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8 min
El salón de fiestas
Terror |
01.11.18
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Sinopsis

Nunca creas ciegamente en lo que miras porque tu mente te puede traicionar...

Soy estudiante de ingeniería Industrial.

Vivo solo en la ciudad de Culiacán.

Llegué hace un mes a esta casa buscando paz para mi alma. Además porque la renta es barata y me gustó la ubicación cerca del centro Universitario. Nomás camino unos minutos y llegó a clases. A lado de esta casa hay un salón de fiestas. Cada dos o tres días hay música y gritos, la gente celebra algo. Bodas, cumple años, que sé yo. Pero casi siempre está ocupado, y solo eso me importa a mí.

Muchos podrían decir que les molesta el ruido de los carros y las motos, y más del salón de fiestas. Lo contrario de mí. El ruido que proviene de él, me da tranquilidad, sosiego en mi temor.

Porque hay veces que tengo mucho miedo. No a los aparecidos. Pues, siempre he pensado que son estúpidos todos aquellos que temen a los fantasmas. Porque los fantasmas son seres inmateriales, no pueden tocarte, mucho menos hacerte daño, con un cuchillo o alguna arma letal.

Mi incertidumbre empieza cada noche que llego a casa de la Universidad, porque nomás mirar la fila de carros en la calle me siento feliz. Porque sé que habrá  música del otro lado de la pared, voces de seres iguales a mí, de carne y hueso. Pero cuando no hay carros, y todo es silencio, me siento nervioso, muy nervioso, y no me atrevo a entrar a casa.

Les parecerá extraño, sin embargo, cuando el salón de fiesta está habitado, lo siento como si fuera otro ser humano, como un amigo, como una esposa acostada a mi lado haciéndome compañía en la oscuridad de mi cama, de mi cuarto. Alguien a quien escuchar desde la pista de baile, cantando música de reggaeton en la rocola con la lengua pesada por el alcohol, aunque no lo conozca, ni nunca lo haya visto.

Muchas veces cuando llegó y miró las luces apagadas en el salón de fiestas, huyo por el parque, doy un rodeo, visito un amigo, tratando de retrasar lo inevitable. Hasta que tengo que llegar a casa y sentarme en el piso, a las orillas del corredor, cerca de la puerta, buscando alguna salida que nunca llega.

Algunos días sale el vecino y me pregunta si me pasa algo. Le digo que no, sonriendo. No quiero que piense mal de mí. Luego platicamos un rato de la escuela, el trabajo y la ciudad. Cuando él entra, y cierra la puerta de su casa. En ese momento me resigno, sacó mis llaves y abro la puerta. La casa está a oscuras. Tengo miedo de mí mismo. Enciendo la luz en cada uno de los cuartos y ni así se me quita ese terror, porque sé que no podré dormir.

Se preguntarán ¿por qué?

Porque le tengo miedo a la soledad de la noche, y que mi mente y mi espíritu se perturbe y me haga ver cosas que no son reales...Como a esa figura que una noche miré asomándose por la ventana de mi cuarto.

Sé que si alguien lee esto se reirá de mi contradicción, al asegurar anteriormente que no le temo y nunca he temido a los fantasmas. Lo que no saben es que…esa figura, sombra con forma de humano no es un fantasma…

Era una noche de a finales de octubre cuando la miré por primera vez. En toda la tarde en clase no me sentí bien. Me sentía aturdido. Confundido, como si algo o alguien pensara en hacerme daño. Además, estaba nublado y hacía frío. Un día melancólico, rematado con una llovizna que se dejó caer al adentrarse la noche. Como a las ocho salí de clases, y pensé en irme a casa, pero cuando estaba por abordar el transporte decidí que no me gustaría estar en mi cama a esas horas, solo, como en la rutina de mis dos últimos años de Universitario.

Pasó el microbús que iba al centro de la ciudad y me subí en él. Minutos después bajé frente a Woolworth. Mucha gente se preparaba para celebrar Halloween. Iban por la avenida Obregón con sus máscaras, todos pintarrajeados de vampiros, duendes y calaveras espantosas. En unas esquinas había veladoras y ofrendas a los muertos. Había decidido dar un paseo. Ver algo que me distrajera. Comprar alguna cosa, la comida china para la cena, que se yo. Pero no pude comprar nada, pues ver esas cosas grotescas  aumentaba mi agitación mental, junto a los latidos de mi corazón desbocado.

Entonces me fui a casa. Llegué como todos los días desde la Universidad. Entré en silencio. Me duché. Cené, sin calentar en la estufa, lo que encontré en el frigorífico. Luego miré una película romántica en la laptop, tratando de distraerme, de que mi agitación nerviosa y mental terminara. Al no conseguirlo me fui a la cama temprano.

Así estuve como tres horas, acostado entre mis almohadas, de espaldas a la ventana. De pronto, sentí como una mano fría como el hielo me tocaba la espalda. Me di la vuelta rápidamente. Encendí la lámpara en la mesa. Un haz tenue de luz se desparramo por la habitación, iluminando, y dejando en penumbras algunas esquinas. Pero no había nada. Me reí de mí mismo, porque la cortina ondeaba al viento que dejaba entrar los cristales de la ventana entre abierta.

Me volví a acostar, pensando de lo que es capaz  de crear la imaginación. Aunque me convencí de esta afirmación de que solo fue mi mente, no me sentía tranquilo. Y esta vez me acosté mirando a la ventana. Podía ver muy bien en derredor; el sillón, su respaldo, mi meza de trabajo, todo. Miré todas las sombras de los muebles de mi cuarto, hasta que noté algo raro en una esquina de la ventana. Entrecerré los ojos. Ahí seguía, fija, como una máscara asomándose. Era un cabeza con los cabellos largos ondeándole al viento. ¿Qué haces ahí mirando cabrón? Pregunté. No respondió. Me levanté y volví a prender la luz de la lámpara. Me asomé entre los cristales, y no había nada. Fui al lavabo y me eche agua a la cara. Seguramente alguna de esas personas que andaban por las calles celebrando Halloween, se drogo y ahora anda queriendo hacer bromas, pero le daré su merecido, pensé.

Apagué la luz y me senté a la orilla de mi cama, armado con el palo de una escoba, para punzarle  la cara a ese pinche pendejo que se quiere pasar de listo. Hice guardia durante una hora, dos horas, y no apareció. Como no sentía sueño, puse una película en la laptop y la vi un rato. Me ganó el sueño, y me quedé dormido de cansancio, hasta que desperté asustado al recordar lo que había visto. La computadora seguía encendida. La película seguía avanzando. De pronto, al mirar a la esquina del cuarto, miré la sombra recortada contra la pared. Seguramente dejé la puerta principal sin seguro, pensé. Alguien más habría salido corriendo de casa. Lo que hice yo fue lo contrario. Tantee en las sombras la madera de la escoba y me acerqué, dispuesto a matar si es necesario para salvar mi vida. Al estar a su lado le miré la figura, pero no el rostro, cubierto por una sombra oscura.

Era una niña de pie  detrás del sillón, agarrándose al respaldo con sus blancas manecitas pequeñas. ¿Eres Lupita? Le pregunté. Te has perdido y entraste a mi casa por equivocación. Volví a preguntar. Vamos afuera, tu casa es la siguiente, le dije, estirando mi mano para agarrar su brazo. ¿Qué pasó? No lo sé. Porque de repente ya no estaba ahí. Me frote los ojos, con las manos. Grité. Lo llamé a que se apareciera, pero no lo volví a ver. Saben ¿por qué? Porque no era nada. ¡Nada!

Y no la he vuelto a ver en ningún otro lado. Pero sé que ahí está dentro de la casa, en la Universidad, dentro de mi cabeza, en todos lados. Acechándome cuando hay silencio. Como quisiera que se apareciera para luchar con esa cosa. Agarrarla y estrangularla con mis propias manos. Que mis ojos lo vean y demostrar que es real. Porque sé que no es un fantasma, y no es la casa, porque ya me he mudado tres veces y ahí está siempre, aunque nunca puedo verla. No hubo ningún cambio para bien en todo este tiempo, hasta que llegué a esta casa al lado del salón de fiestas; la música y voces  lo ahuyentan y entonces puedo dormir tranquilamente. Por eso la soledad de la noche me aterra y estremece. Tengo miedo a estar solo. Porque es entonces cuando mi razón se quiebra en mil pedazos, y de mi cabeza, de mi pensamiento sale esa niña…

 

FIN

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