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22 min
El secreto de las amazonas
Fantasía |
17.02.13
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Sinopsis

Lo saqué para hacerle algunas correcciones y lo vuelvo a traer. Muy apropiado alargar la longitud de los relatos expuestos en primera página. Que no decaiga la fiesta.

Ellos eran los conquistadores. Nadie se resistía a la fiera determinación que los lanzaba hacia delante, una batalla tras otra, dejando regueros de sangre a su paso y pueblos sojuzgados. Todos sucumbían al poderío de los causitas. Tánger era su jefe. Fuerte, arrogante, inteligente y sibilino. Sus hordas, una evocación terrorífica que todos evitaban, rezando a los dioses para no encontrarse en su camino. Pero no eran bárbaros. La suya era una civilización fiera y despiadada, donde los débiles eran sacrificados sin ningún tipo de contemplaciones, pero civilización al fin y al cabo, y dejaba la impronta de sus conocimientos sembrada entre los rescoldos de su destrucción.

  El sueño de Tánger era sembrar su vasto imperio a través del mundo conocido, implantar las raíces de sus creencias y dejarles después las riendas de todo a sus hijos, a los que educaba férreamente para que fueran dignos herederos de su padre. Ya había sacrificado a dos, con dolor, pero convencido de la piedad de su acción. En su sociedad, los débiles solo sufrían dolor. Era mejor enviarlos a los campos helados del más allá, para que su espíritu se fortaleciera antes de volver a reencarnarse.

  Recio, hirsuto, con larga melena ondulada de brillos azabaches y fieros ojos grises, contemplaba  desde las lindes de la selva su densa vegetación, de suelos umbríos cubiertos por la espesura que formaban las copas de los árboles.

  Le habían hablado de un pueblo de mujeres que reinaban en su interior, al que todos temían. Usaban a los varones como esclavos, para saciar sus apetitos sexuales y trabajar en las labores de desbrozado en el interior de la selva. Se hablaba de extraños poderes, pero a Tánger eso no lo amilanaba. Sus guerreros se merecían una recompensa.

  Se adentraron en la selva, despejando el camino a fuerza de espada. Pero no podían segar los gruesos troncos de los árboles con el filo de sus aceros, por lo que tuvieron que resignarse y seguir el camino que marcaba la senda de los mameys, zapotes y   jabínches. Ciertamente no esperaba el clima húmedo y caluroso en el que se iba adentrando, a cada momento más asfixiante, lleno de insectos que aguijonaban la piel, con esa sensación de estar llenando los pulmones de agua a través del aire que respiraban, la penumbra envolviendo la luz de la mañana, y esos gritos de animales desconocidos escondiéndose tras la vegetación. Pero nada de todo eso le detendría, ya había desafiado a los hielos del norte y a los huracanes de la península del fin del mundo. Solo era cuestión de empuje, de voluntad, de determinación.

  La sangre hirvió en sus venas cuando le llegaron los primeros informes de hombres desaparecidos. Sin lucha, sin ataques, solo engullidos por la selva. Diez, veinte, cincuenta. No había llegado hasta allí para ver como su ejército se disolvía entre la brumas de la selva, Ordenó a sus tropas salir y se quedó con un centenar de hombres.

  Pero ni aun así cambió su suerte. En menos de siete horas volvieron a desaparecer otros doce. Necesitaba saber a qué se enfrentaba. Recurrió a su experiencia de soldado en busca de una solución, a la sabiduría adquirida a través de sus largos días de fuego y batalla. A su lógica de general. Lo primero, marcar distancias entre sus hombres y la selva lujuriosa. Mandó montar un campamento despejando un amplio perímetro. No quiso agotar a sus hombres talando las bases de aquellos descomunales árboles, pero sí que construyeran afiladas estacas rodeándolos por si a alguien se le ocurría descender por ellos.

  Cuando el campamento estuvo establecido era casi de noche. Las sombras devoraban la escasa luz que atravesaba la tupida vegetación. Temiendo alguna emboscada al amparo de la oscuridad ordenó que se encendieran varias hogueras, que no faltara la luz. Media tropa dormiría mientras la otra montaba guardia. Siempre en grupos, ningún hombre aislado, no quería sorpresas desagradables.

  Finalmente pudo relajarse y tumbarse sobre una piel de tigre. Comió carne de ciervo en aceite y bebió vino de miel, lo mismo que tomaron sus hombres. El cansancio y la digestión los sumergían en el sueño. Tánger perdió su vista entre las llamas mientras cavilaba los próximos pasos a seguir.

  Los diminutos dardos cayeron como si se tratara de lluvia. Ningún hombre, despierto o dormido, se libró de ellos. El desvanecimiento era casi inmediato. Tánger, fuerte como un toro, logro incorporarse, pero solo para recibir una dosis mayor. Finalmente, sucumbió al sopor que provocaban.

  Solo murieron dos hombres, a causa de la reacción que el veneno provocó en su sangre. Los demás, Tánger incluido, fueron maniatados y conducidos al campamento de las amazonas. Cuando despertaron se encontraron con un entorno paradisíaco. Árboles frutales, un arroyo oscuro de calmosas aguas, curiosos ingenios ideados para facilitar las tareas cotidianas, mujeres desnudas de deslumbrante belleza...  nada que ver con lo que esperaban.

  Pero ni rastro de los esclavos. Tánger receló de su destino. Por más que sus ojos escrutaron los confines del campamento, no consiguió ver uno solo de los famosos esclavos. Eso podía significar que las amazonas no conservaban con vida a los guerreros apresados. ¿Acaso eran caníbales? Intentó liberarse, pero fue en vano. Las ataduras eran perfectas. Esperó alguna reacción por parte de las mujeres guerreras, pero se comportaban como si ellos no estuvieran allí.

  Finalmente una de ellas se le acercó. Tánger admiró su espléndida figura. Melena roja como el fuego, ojos oscuros llenos de vida, senos turgentes de pezones oscuros cruzados por una correa que sujetaba el carcaj a la espalda. Ningún adorno. Deliciosa cintura y poderosas caderas, apenas cubiertas por una diminuta falda hecha de hojas lanceoladas. En su costado derecho, una espada corta sujeta por un cinturón de piel de serpiente. Al cruzarse con su intensa mirada, comprendió que ella le examinaba con idéntico interés y deseo.

  —Soy Irmala, la reina de las amazonas —le dijo en urdo, el idioma común.

  Voz perfectamente modulada, sin ningún tipo de acento. Tánger se sorprendió. Incluso él, criado en el centro del imperio, tenía un leve acento estepario heredado de sus antepasados.

  — ¿Coméis hombres? –espetó sin más.

  Irmala le contestó con una carcajada.

  —Qué va. Eso es una burda leyenda. Nosotras solo los usamos como amantes. Es Krakan quien  se encarga de hacerlos desaparecer.

   — ¿Krakan? –indagó Tánger—¿Quién es?

  —Un dios poderoso que habita tras las cascadas. Un devorador. Enviamos a los hombres que capturamos con la esperanza de que acaben con él, pero ninguno ha sobrevivido. Los convierte en alimento —esperó la reacción de Tánger

  El guerrero no se hizo de rogar.

  —Déjame libre y acabaré con él.

  Una sonrisa afloró a los labios de Irmala.

  —Tranquilo, tendrás tu oportunidad. Como todos —una pausa, deleitándose en la musculatura del guerrero—. Sé quién eres. Tánger, el poderoso.

  Quería seducirlo, pensó él. Se dejaría. Cualquier batalla merecía primero los encantos de una hermosa mujer, para llevar buenos recuerdos a la muerte si llegaba. Pero también deseaba averiguar más detalles de aquel pueblo de mujeres.

  — ¿Todas sois tan bellas? Se me antoja raro, son muchos los pueblos que he conocido. ¿Condenáis a la muerte a las que no los son?

  Nueva carcajada de Irmala.

  —Eres perspicaz. Lo que contemplas solo son las reproductoras. Nosotras nos encargamos de perpetuar la especie. Pero hay más clanes. Las recolectoras, que nos procuran alimento. Las guerreras, que nos protegen y están siempre en primera línea de batalla. Su ataque es letal, como habrás comprobado. Pudimos mataros a todos.

  Esperó, desafiante, la réplica de Tánger, pero como este callaba, continuó.

  —Y quedan las cuidadoras, que se encargan de los niños y los caballos.

  — ¿Qué hacéis con los varones? —preguntó Tánger.

  Un brillo de inteligencia asomó a los ojos de Irmala.

  —Los criamos hasta los quince años. Después les damos a elegir. Si quieren un puesto entre nosotros deben enfrentarse a Krakan. Si no, deben refugiarse lejos de nuestros poblados. Casi todos perecen entre las fauces de Krakan. A los otros se los traga la selva. No les dejamos regresar.

  — ¿Y los caballos? —inquirió Tánger.

  —Mañana los montaremos —contestó Irmala—. Nos llevarán hasta la gran cascada.

  — ¿Y porque no dejáis tranquilo al dios en su morada?

  —Cuando no tiene alimento, sale y se alimenta de nosotras. El veneno de nuestros dardos y flechas no le afecta. No le podemos parar.

  Empezaba a estar harto de aquel calor pegajoso. Era el momento de negociar.

  — ¿Y qué obtendré si le acabo con él?

  —Tu libertad y la de los tuyos. Y veinte de nuestras hembras más hermosas. Las amazonas sabemos ser generosas.

  Tánger intentó adivinar cuál era la trampa.

  — ¿No temes que vuelva con mi ejército y arrase con todo por habernos apresado?

  —Puedes. Pero perderías a muchos de los tuyos antes de llegar a nosotras. ¿Y para qué? Aquí no encontrarás riquezas, solo vida, vida salvaje extendiéndose por todas partes.

  En eso llevaba razón. Entrar en la selva había sido un error. Pero no se fiaba de la amazona. Aún no habían salido de allí.

 —De acuerdo. ¿Cuándo partimos? –preguntó Tánger.

  —Mañana al amanecer. Hay un largo trecho hasta las cascadas. ¿Cuántos hombres necesitaras?

  — ¿Tiene ejercito ese dios?

  —No. Pero es muy poderoso.

  La contempló otra vez detenidamente, solazándose en sus sensuales formas.

  —Si fuese cuestión de número ya habríais acabado con él. No enviaré a mis guerreros a una muerte vana.

  Ella aproximó sus labios a los del guerrero y los rozó.

  —Tiene una joya incrustada en el pecho. De ahí proviene su fuerza. Quiero que me la traigas.

  Tánger no respondió. Apresó los labios de la amazona entre los suyos y los saboreó. Ella se dejó hacer, y respondió penetrando la boca el guerrero, enzarzándose en un beso caliente y apasionado.

  —Desátame —pidió Tánger.

  Irmala sonrió lascivamente.

  —Vas a averiguar de lo que es capaz una hembra apasionada. Solo te desataré lo justo, guerrero, solo lo justo. Seré yo quien te posea.

  Le ayudó a incorporarse y lo arrastró entre besos hasta su cabaña. Lo tumbó sobre unas pieles y con su espada cortó algunas de las ligaduras del guerrero, para que pudiera moverse con comodidad, pero sin liberar sus manos ni sus pies.

 Se desprendió de la escasa vestimenta y se sentó a horcajadas sobre él. Sus manos acariciaron la recia musculatura del causita, labios y yemas recorriendo la orografía de su cuerpo, recreándose en los estremecimientos del imposibilitado guerrero, que se dejaba hacer. Acercaba los pezones a su boca, para que los lamiera, retirándolos cuando empezaba a saborearlos. El juego creció en intensidad, no había muchas oportunidades de disfrutar de hombres como aquel. Hasta que  ya no resistió su propio deseo y cabalgó, como solo saben hacerlo las amazonas, llenándose de él, dirigiéndolo a través de su interior, con pericia de amante experimentada, alcanzando el éxtasis una y otra vez, haciéndoselo alcanzar a él.

  Fueron largas horas de gozo, de gemidos, de suspiros arrebatados.

  Apenas habían dormido cuando los alcanzó el alba. Irmala le dejó durmiendo y salió a preparar la expedición. Pero Tánger estaba con todos los sentidos alertas cuando se deslizo entre las sombras aquella mujer morena de piel completamente tostada, pelo oscuro rizado e intensa mirada de ojos castaños. Debía correr algo de sangre negra por sus venas. Tocó sus pies, como intentando espabilarlo.

  —Señor, despertad. Tengo algo que deciros.

  Hablaba el urdo con un fuerte acento.

  — ¿Qué quieres? —indagó Tánger.

  —Soy Nella, hija  de Flamea.  No le entregues la joya de la diosa a Irmala. Es cruel y solo desea el poder. Destruye la joya si la consigues, o el mundo lo lamentará.

  Al escuchar pasos aproximándose, se escabulló entre las sombras y desapareció.

  Tánger se quedó pensando en las palabras que acababa de oír en labios de la mulata. Desde luego que no pensaba entregar nada a la reina de las amazonas, sin saber qué se escondía tras aquella extraña expedición. Intentaría volver a ver a la enigmática Nella  para sacarla más información.

  Irmala interrumpió sus cavilaciones.

  —Todo está listo. Levántate, te liberaré. Saldremos en breve. Hay carne en el fuego, comeremos antes de partir.

  Le besó en la boca. Quería tenerle de su parte. Tánger se dejó llevar, pero percibió la fría determinación que movían aquellos labios. Había besado a muchas mujeres en su vida.

  Comieron carne de serpiente y de mono, y huevos de tortuga, de beber sirvieron agua.  Irmala y una docena de procreadoras formaban la expedición, entre ellas  Nella, la mulata que le había visitado en la tienda. Supuso que todas pertenecerían la casta dominante. Y entre las sombras de la selva vislumbró la presencia de las guerreras, atentas a cualquier percance. Se distinguían del resto de las amazonas porque sajaban su pecho derecho para acomodar el carcaj. Recorrieron un sendero que los condujo a una zona despejada de vegetación, donde se encontraban los caballos rodeados por una empalizada. Sacaron uno para cada uno y los montaron. Irmala se colocó a la cabeza de la expedición, llevando con ella a Tánger.

  Avanzaron en silencio. La reina observaba la actitud ensimismada del guerrero y pensaba que estaba concentrándose para la lucha que se avecinaba. Lo que no imaginaba era que el fuerte instinto de Tánger le impelía a considerarla a ella como su enemigo más peligroso.

  La vereda discurría próxima a un río de aguas oscuras, en las que el guerrero deseó zambullirse más de una vez, agobiado por el calor sofocante. Pero se contuvo, su sombría corriente prometía también peligros insospechados. A pesar de la asfixiante humedad, la selva se asomaba exuberante y hermosa. En el agua asomaban flores enormes, de casi un metro de diámetro, y en la fronda, de diferentes tamaños y colores colgaban del tapiz vegetal. Profusión de rojos y rosas, orquídeas seductoras, blancos y anaranjados. Todo un polícromo resalte de colores sobre el fondo verde oscuro.

  A medida que se aproximaban a las cascadas el ruido del agua engullía el de aves y monos. Al doblar un recodo se encontraron de frente con la catarata, la imagen de cantidades ingentes de agua derramándose en caída libre impresionó a Tánger. Nunca había visto algo semejante. El camino terminó ubicándolos justo detrás del agua, por un sendero que se adentraba en la roca salpicado por miles de gotas de agua refrescante.

  Allí el ruido era ensordecedor. Irmala tuvo que acercar sus labios junto al oído del causita para hacerse entender.

 —A partir de aquí es asunto tuyo, Tánger. El pasadizo atraviesa la montaña para adentrarse en un rincón de la selva al que solo se puede acceder desde aquí. Síguelo, te conducirá hasta los dominios de Krakan. No hables con él o te embrujará. Mátalo apenas lo veas, arranca la joya de su pecho y regresa. Si le escuchas sucumbirás a su poder.

  Besó la boca del guerrero. Como una promesa de nuevas delicias si cumplía su misión.

   La mirada de Tánger se cruzó con la de Nella. Vio súplica en sus ojos. No entendía muy bien lo que pretendía la amazona de piel oscura, pero su mirada era limpia. Una pena no disponer de tiempo para hablar con ella. Pero no podía delante de Irmala.

  —Tendrás que dejar aquí el caballo —dijo la reina de las amazonas—, les entra pánico en el pasadizo.

  Nella se aproximó para coger las riendas del caballo, y aprovechando que Irmala había ido a buscar una tea dijo:

 —Dile que vas de mi parte. El nombre de la diosa es Flamea.

  No pudo decir más, no hubo oportunidad.

  Tánger comprobó el filo de su espada, aceptó la tea que Irmala había encendido para él y se perdió en la oscuridad de la caverna.

  El humo y el fuego pusieron en fuga a los enormes murciélagos que colgaban del techo. No podía apresurar el paso porque el suelo estaba mojado y algunas piedras brillaban peligrosamente resbaladizas. Resonaban en su cabeza las palabras de Nella, y avanzó tratando de comprender su significado. Verdines y musgos colgaban de las paredes, habitados por gusanos y arañas. Algunos insectos y animales, adaptados a la húmeda penumbra, tenían un malsano aspecto blanquecino y quedaban inmóviles al recibir el resplandor de la antorcha. El túnel resultó más largo de lo que hubiera deseado el causita, que acostumbrado a los espacios abiertos se encontraba incómodo entre sus oquedades.

  Dos horas más tarde y tras varias heridas y arañazos producidos al resbalar contra las rocas, encontró la luz del otro lado. El pasadizo salía a otra porción de selva, algo diferente de la que había dejado atrás. Aquí las hojas y los troncos de los árboles tenían una dimensión mayor, el ambiente era más húmedo, si cabe, y el verde de la vegetación aún más oscuro. Hasta los sonidos producidos por los animales eran diferentes. Tánger tuvo la sensación de haber penetrado en un mundo más antiguo.

  El camino trazaba un surco sinuoso entre la selva. Lo siguió. Percibió en la lejanía el leve rumor de las cascadas, pero ya casi imperceptible, diluyéndose entre el lenguaje de plantas y animales. La aparición de los primeros huesos puso su cuerpo en estado de alerta. Así que era cierto que el dios se alimentaba de humanos. Piezas de esqueletos homínidos mostraban esa opacidad lechosa de los huesos, limpios por la acción de hormigas e insectos.

  De pronto la selva se abrió a un espacio semicircular con suelo de piedra. En su perímetro se alzaban los restos de lo que un día debieron ser hermosas columnas. No había techo. Vestigios de un antiguo templo, evidentemente. Un anacronismo intrigante en mitad de la lujuriosa vegetación, que, por algún ignoto motivo, respetaba las ruinas. En la mitad del semicírculo se alzaba un pedestal con una silla construida en el mismo tipo de piedra. Sobre el suelo, más restos de huesos.

  La bestia surgió como de la nada. Al menos guardaba mucho más parecido con un monstruoso animal que con un dios. Diosa, puesto que su desnudez, aunque cubierta de un hirsuto pelo gris, mostraba claramente su condición femenina. Era algo similar a una espeluznante loba erguida, pero con la envergadura de un hombre y medio, de un hombre de los grandes y musculosos como Tánger. Apoyándose sobre dos poderosas extremidades y con las manos convertidas en garras. El hocico, coronado por crueles y afilados dientes, era una amenaza sobrecogedora que incitaba a la huida. Una terrorífica mezcla entre bestia y mujer. Tánger tensó todos sus músculos y aferró la empuñadura de su espada, presto al combate. Pero la mirada de la bestia, de ojos amarillos, era inteligente. Contempló a su visitante con gesto burlón y señaló los huesos.

  —No fui yo —dijo con voz gutural, pero en un perfecto urdo—.  Bueno, alguno sí que pereció por mi causa, tuve que defenderme. Pero la mayoría sucumbió al mal.

  Tánger se fijó en las afiladas garras que curvaban sus extremidades, pavorosas y amenazadoras.

  — ¿Qué mal? –preguntó, sin el menor atisbo de miedo en su voz.

  La bestia fue a sentarse sobre la silla.

  —Ojalá lo supiera. Es algo que hay en el ambiente. Mata, rápidamente. Seguramente que ya está dentro de ti, devorándote. No tardarás en sentirlo —por unos momentos sus ojos se llenaron de tristeza—. ¿Te envía Irmala? —y se contestó ella misma— Pues claro que sí. Ella, siempre ella y su maldita codicia. Conseguirá que el mal salga de aquí y se extienda por el mundo.

  Tánger tuvo la impresión de estar siendo utilizado.

  —Nella me pidió que te saludara. Te llamó Flamea. Aunque Irmala dijo que eras Krakan

  La bestia lanzo un rugido estremecedor.

— ¡Soy ambas! Nella es mi hija, y como madre soy Flamea. Pero también soy Krakan. Es el destino de las reinas de las amazonas. Convertirse en Krakan y evitar que ningún ser humano que llegue hasta aquí pueda salir con vida. Aunque casi nunca intervenimos, el mal actúa con premura. Me extraña  que aún no sientas su efecto. Quizás si tenga que devorarte, después de todo.

  Tánger acarició de nuevo la empuñadura de su arma.

  —Dijeron que llevabas una joya incrustada en el pecho.

  La bestia esbozó algo parecido a una sonrisa.

  —Solo es leyenda. ¿Acaso ves alguna? Una leyenda que corre de boca en boca de las reinas de nuestra raza, para que nunca perdamos el interés en atravesar el pasadizo. Pero para cruzar acá primero debemos renunciar a nuestro reinado. Irmala es ambiciosa, desea las dos cosas.

  Tánger no sabía que creer. Él era un guerrero. Nunca se había encontrado en una situación semejante.

  — ¿Y cómo te transformaste en lo que eres?-preguntó.

  La bestia hincó el codo sobre el brazo del trono y apoyó el hocico sobre la palma de  su garra. A pesar de su espeluznante aspecto, conservaba en sus movimientos una esencia sensual y seductora.

  —Cuando llegamos aquí debemos tomar la poción. No te interesa donde está. Ella nos transforma. Y leemos el libro sagrado, él nos cuenta que en esta porción de selva aislaron un mal que estuvo a punto de acabar con la humanidad. Solo afecta a los seres humanos. La misión de las amazonas es preservarlo y alejar a los extranjeros de aquí. Y el destino de las reinas, convertirse en Krakan y destruir a los que burlen la vigilancia de las amazonas.

  —No parece que Irmala sea de tu misma opinión –apostilló Tánger.

  —Irmala está haciendo todo lo contrario de lo que debe, movida por la codicia. Nella acabará con ella. Nuestro destino es custodiar el mal para que no se expanda.

  Tánger ya había tomado una determinación. No sabía de qué manera afectaba el mal, pero simuló sentirse incómodo, esbozando un gesto ambiguo que bien podía entenderse como que trataba de disimular el malestar. Krakan cayó en el engaño, nadie había sido inmune a los efectos del mal, no tardarían en presentarse los estertores de la muerte.

  —Mi hija Nella te utilizó para que me hicieras llegar su mensaje. Quería decirme que esta lista para derrocar a la necia Irmala y asumir las riendas de las amazonas. Nuestra misión está por encima de todo.

  Pero no era la casualidad la que había hecho de los causitas un pueblo dominante que conquistaba y sojuzgaba a las naciones, ni la que hizo a Tánger su líder. En un salto espectacular en el que puso en juego toda su pericia de guerrero se plantó frente al trono. Krakan, pese a ser muy superior tanto en reflejos como en fortaleza, se había confiado. Y cuando quiso reaccionar el acero causita atravesaba su pecho. Un estremecedor rugido de furia y dolor aterrorizó a los animales de la selva. Pero Tánger unía a su experiencia de soldado una inteligencia poco común, comprendió que tenía que rematarlo, esquivó la embestida de la garra y sin darle tiempo a reaccionar hundió una y otra vez su espada en el magnífico cuerpo, hasta que la luz de la vida empezó a abandonar sus ojos amarillos.

  Cuando Tánger retrocedió su poderosa musculatura estaba salpicada de la sangre de la bestia. La adrenalina había disparado su ritmo cardíaco y la intensidad de su respiración. Sintió un leve malestar en sus pulmones. Fruto del tremendo esfuerzo, pensó. Jamás  había tenido delante un enemigo con semejante poder.

  Su ejército le esperaba a las afueras de la selva. Volvería a cruzar el pasadizo y burlaría a las amazonas. Esta vez no le pillarían por sorpresa. Él era Tánger, el jefe de los causitas. El azote de las naciones. Y acaba de matar a la más poderosa de las bestias. A una diosa.

  Y regresó por el pasadizo, llevando consigo el virus que volvería a sumir a la raza humana, una vez más, en la noche de los tiempos.

 

Registro de la propiedad intelectual en safecreative

en Twitter @enderJLduran

http://www.facebook.com/JoseLuisDuran.ENDER

 

 

 

 

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Otros relatos del autor
  • Perdona por no comentar antes. Es una muy buena historia, da la sensación de estar ante una leyenda mitológica. La prosa es muy fluida y tremendamente descriptiva. Me ha gustado mucho!
    Has llamado mi atención y he ido derecha a leer algo tuyo. Lo primero que leo es El secreto de las amazonas... Y por supuesto, me ha encantado. Te seguiré la pista...
    Buscaba un relato de fantasía tuyo, ya que creo que en la novela que queréis hacer colectiva prima ese género... y como tu eres el alma mater de ello, sabía que lo que leería no me defraudaría... ( recuerdo habértelo anteriormente) y desde luego que me ha dejado un buen sabor de boca, aunque el final sea con la muerte de una Diosa ( para una vez que os usábamos como esclavos, jejeje) en fin, que me encanta como narras en cada uno de los temas... no se te resiste ninguno... Enhorabuena.
    Excelente a todo nivel, narrativa, aventura, historia, poesía y muchos etc. Me llamo la atención el titulo y me puse a leerlo. Lo he disfrutado mucho. Gracias Ender.
    Gran relato de aventuras. Narrativa absorbente, ritmo trepidante, cadencia cinemática y una muy lograda composición y construcción de paisajes y personajes.
    ¡Mi madre, y mira que es duro eso de "escribir"! Y yo, con mi trabajo, hora tras hora con libros en la mano, la verdad es que cada día, amigo J L, me vuelvo más perezoso -también ando escaso de tiempo- para darle a la tecla. Pero ¡cuán misteriosa será siempre la génesis de este afán! Bueno, más o menos, como lo son todas. Yo siempre discuto- ¡y mucho, no lo puedo remediar!-con aquello de que "hay que escribir como se habla" Y que todo queda perfecto con tal de que se haya sentido, observado, etc. Eso es una concepción incierta. A lo que se escribe ¿cómo podemos dejar de vincularle la fantasía, la ilusión, la aventura, bueno, y acepto hasta la memoria. Y aunque a un buen escrito nunca le debemos negar el pensamiento, la idea, y el naturalismo, (no siempre, ya me conoces, ¡ah la fantasía!, pero sí muy a menudo) me decanto mucho por la imagen y el color. ¿Defecto de cinéfilo? ¡Seguro! Y por ello tus "amazonas", con sus 22 minutos largos, me hicieron disfrutar, "aventurero ender". Un abrazote largo también -después del rollo que te he soltado- y buenas noches.
    Un relato de género excelente. Me gusta mucho la fantasía que envuelve a la historia. Su lectura atrapa desde el principio hasta el final. Un saludo.
    El relato está muy bien logrado, sobre todo teniendo en cuenta lo difícil que resulta hoy en día escribir algo interesante en este género. Saludos
    Relato extraordinario lleno de aventura, poesía, acción y hasta sus toques eróticos. No puede uno leer el primer párrafo sin devorar el escrito entero. Bravo
  • Pues continúa la historia. Gracias a Boy por las correcciones, que me ahorrarán trabajo después.

    Pues con un ERE sobre mi cabeza, igual luego me queda todo el tiempo del mundo para escribir. Otra cosa es como llenaré la olla de lentejas. Bueno, al mal tiempo buena cara, seguimos con la Hermandad. Ya llevo corregido hasta el 15 y añadidas las incorporaciones de Zaza antes del 21, que no están aquí.

    Y comenzamos el año.

    No quería que pasara el año sin despedirme, y que mejor forma que con otra entrega de la Hermandad. Estos tres últimos meses he tenido que alejarme de la pluma. No puedo prometer nada, pero a ver consigo estirar un poco el tiempo.

    La historia sigue.

    Una de las opciones posibles.

    Tiene su encanto la rutina, nos afianza a sensaciones conocidas y agradables. Recordemos que las vacaciones son la excepción a lo largo de todo un año. Por eso el resto del tiempo tenemos que construirlo de manera que nos conforte. Leer es uno de esos rituales deliciosos que nos alegran los días y nos llevan de vacaciones sentados sobre el sillón o la silla. La Hermandad regresa también. Leer, escribir...de nuevo en Septiembre.

    Los que se van y los que vienen, la vida sigue en un sentido u otro. No releguéis el amor, que se enfria si no se toma calentito. Para los que tenga tiempo para leer, el ebook ·El otro lado de la supervivencia" os lo podéis bajar gartuitamente durante unos días. Ofertas de verano. "El secreto de las letras", "La vida misma" y "Sin respiración", se han quedado también en oferta a 0.98 euros. Yo sigo liado con la novela, que pienso terminar durante este mes. Por un lado estoy terminándola y por el otro corrijo. Pero el día es largo, asi que aprovecharé también en estos días para pasar unos rato leyendo por tr. Vacaciones literarias a tope. Os dejo un poema fresquito, un poco de pasión y una sonrisa, como no. Saludos y abrazos. Y no corrais, que es peor (Como en el sexo)

    Bueno, ando dándole vueltas al título en el blog. Cambié el nombre de Peña por el de Briones pero finalmente se quedará Peña, porque en su primera aventura, "Atrapando a Daniela", uno de los once relatos de "El secreto de las letras", ya se quedó con Peña. Aquí llega el 25, tengo próximas ya las vacaciones y entonces concluiré la novela. No sé, igual al final también dejo el título, pero es que no termina de convencerme.

    Toca dar las gracias a los que leen una novela por entregas. A todos en general por su aliento, bien se yo que uno quiere leer de tirón y no a trozos, o al menos que el momento de parar o continuar lo decida el lector. Para mí lo que empezó como experimento por el formato ha terminado siendo un deleite. A amets tengo que agradecerle sus correcciones, siempre bienvenidas. A Paco además de eso su comentario en el capítulo 18 en el sentido de que la trama se estaba volviendo previsible, lo que me hizo plantearme la necesidad de terminar de definir el argumento, ya se a dónde conduce y como acaba. Y a J.M. Boy por sus recelos ante la Hermandad, que me hicieron modificar el final, para nada quiero transmitir complicidad con entidades de cualquier tipo que se crean poseedoras de una verdad que esté por encima de la libertad de elección de los individuos. Si tuviera que decidir sobre los tres males que aquejan al género humano uno de ellos sería el de aquellos que se creer en posesión de verdades irrefutables, el segundo la mezcla de avaricia y egoismo y el tercero ese fuerte sentimiento del "yo" que empleamos a todos los niveles en nuestras relaciones con el prójimo y que aflora en un amplio abanico que cubre desde los celos hasta el menosprecio.

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A los doce años leía “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender, haciendo de lector para mi hermano, corrector tipográfico y de estilo, así conocí a muchos autores que alterné con las aventuras de “los cinco” y las de “Oscar y su oca”. Soy escritor tardío, mi primer relato lo publiqué en esta página en el 2007. Mi madre enfermó y en su lecho de muerte le mentí diciéndole que me iban a publicar en papel. En realidad no le mentí pero en ese momento yo no lo sabía. Y desde entonces no he parado de escribir.

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