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2 min
El sendero
Fantasía |
15.06.15
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Sinopsis

Salió a caminar como solía hacer varias veces por semana. Caminó y caminó y continuó caminando hasta encontrarse con un sendero...

Salió a caminar como solía hacer varias veces por semana. Caminó y caminó y continuó caminando hasta encontrarse con un sendero. ¿Cómo podía ser que nunca, entre sus largos paseos, hubiera llegado a ese lugar? Un punto en la tierra en el que jamás había estado, pues la idea de que el sendero no existiera hasta el momento actual, quedaba descartada ya que se trataba de un sendero natural. De esos que se van formando a medida que la gente recorre el mismo camino para adentrarse en la plena naturaleza que toda agradable ciudad ofrece a sus visitantes.


Recorridos ya unos cuantos cientos de metros la desconocida senda comenzó a esfumarse muy poco a poco. Estaba dispuesta a dar media vuelta, tras alejarse ligeramente de su improvisado itinerario, cuando, sobre una especie de roca semi-dorada cubierta por musgo -pensó ella que asemejaba artificial pues relucía como plástico recién pulido con un algodón empapado en algún abrillantador de éxito- distinguió una especie de alimaña. Era la primera vez. Otra novedad para el día de los descubrimientos. La criatura contaba con ojos grandes, como de una mujer, pestañas negras, largas y redondeadas, propias de habérselas rizado con uno esos artilugios que parecen creados a partir de otros utensilios más "básicos" o que sencillamente ofrecen soluciones para más variedad de situaciones. Su mirada y pestañeo era particulares de una modelo, joven y guapa, un poco triste quizás. No podía decir nada. La pobre criatura, a la que decidió mentalmente apodar con alguna ocurrencia fruto de su recubrimiento escamoso, no podía hablar, imagínense, ¿cómo hablar sin boca? Puede que si poseyera manos, tendría la capacidad de comunicarse mediante señas. O incluso algún tipo de extremidades. Si su anatomía contara con algún tipo de apéndice, del cuál dominara el control, al menos existiría una remota posibilidad, aunque probablemente mínima, o no, de comunicación entre ambas.

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  • Muy curioso este microrrelato. Quizá sea una interpretación absurda pero, para mí, es una metáfora de cómo algunos caminan y otro miran silentes! Me ha gustado, sobretodo lo del sendero que se hace por la gente que recorre el mismo camino. Muy hermoso. Un saludo
  • La paciencia la vendo. La envuelvo en gasas y después la regalo. Porque quiero deshacerme de ella. Porque no me trae nada inesperado y lo que espero, con paciencia, ya no lo quiero.

    Me encontraba perdida. Sabía dónde estaba pero no qué hacía. O qué debía hacer, ni por qué debería hacer algo. ¿Era esto la vida? Debía buscarlo. Me adentré en aquel barrio de casas y parcelas, de familias y cuidadores, de bicicletas y rastrillos.

    ¿Cómo es despertarse a su lado? Cuéntame cómo es por las mañanas. Dime si te besa o si cita sus primeros versos. Dime si puede contener sus ganas de hacer el amor. Dime si te mira o si continúa soñando. Dime si es conmigo con quien sueña.

    No me pidas que te haga el desayuno. No me pidas que aparezca cuando no estoy. No me pidas que firme lo que yo no he escrito. No me pidas soñar. No te esperaré cual perra obediente, ni te escucharé cuando me ignoras. No me pidas sinceridad.

    Tan pronto un día desvistió la necesidad de justificación que en general se le exigía en gran parte de los ámbitos en los que se relacionaba, por no decir en todos y cada uno.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada.

    Esta noche no te voy a retener. Esta noche no vamos a cenar, no pondré velas, ni siquiera música. Esta noche te desearé como a otras.

    La mitad de una tarde y a lo sumo media noche.

    No sabía como hacerlo pero lo hizo. Parecía imposible pero lo consiguió. Un presente que ni el futuro hubiera imaginado.

    Miro a mi alrededor y los veo a todos. Como si mi situación fuese privilegiada. Como si mi cuerpo no estuviese allí sentado. Conversaban en pareja, en grupos de tres y alguno se dedica a sí mismo. Nos habíamos conocido hace años cuando aún estudiábamos, unos más y otros menos, no todos, pues asistía también quien llegó de la mano, por supuesto bien recibido y felizmente acogido.

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