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8 min
EL SENTIDO DE LA NAVIDAD
Varios |
13.12.15
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Sinopsis

Recuerdo de unas Navidades inolvidables.

Insomne, desazonado y ansioso me retuerzo en mi dormitorio. Pero el día no termina de llegar, y una y otra vez acuden a mi memoria los recuerdos de mi infancia. Aquel año trascendental que marcó mi vida con tan solo ocho años.

Era 22 diciembre, último día de colegio antes de las vacaciones. El patio bullicioso y juguetón hervía de impaciencia   por que sonara el timbre y salir corriendo a casa. Hablábamos de todo lo que habíamos pedido a los Reyes Magos. Recuerdo que  anhelaba  recibir unas peonzas que estaban de moda, de colores llamativos y atrayentes, y que emitían un rugido amenazador cuando las hacías  bailar, todos mis compañeros tenían una.

Mi pandilla, amontonada en la escalera,  soñaba  alborotadamente, cuando se nos acercó Raúl.

-Vamos Miguel ponte el abrigo y coge tu mochila que no quiero que mama me regañe ¡vámonos a casa de una vez!- le ordenó a mi compañero.

 -¡Jo...! si todavía no ha sonado el timbre y Carlos aun no nos ha contado que le van a traer los Reyes-  le contestó contrariado.

-¡Miguel,  mamá te ha dicho que me obedezcas! y además no creo que Carlos sea tan crio como tú, que todavía no sabes que los Reyes Magos no existen, y que son los padres ¿verdad Carlos, que no eres tan crio?

-  Raúl me miró con una sonrisa fría, que en aquel momento me pareció malvada y un escalofrío me recorrió el cuerpo de la cabeza al estomago, quedándose allí finalmente, ocupando todo el vacío de ilusión que se me acababa de crear. Le miré fijamente a los ojos sin saber que decir durante un segundo…  sonó el timbre y se abrieron las puertas.

Mi madre esperaba en la puerta del colegio. Me notó algo serio pero yo no conté nada.

En el interminable camino a casa mi cabeza saltaba de una idea a otra sin darme tregua. El ritmo de mis pensamientos lo marcaba el acelerado sonido de mi corazón. Quizá Raúl era tonto y no tenia ni idea de nada, en realidad nunca me había caído bien.

Esa tarde,  después de comer,  mi madre insistió en que montáramos el árbol y el belén, como todos los años. Mi hermana que aun tenia 4 años estaba entusiasmada, y mi madre parecía feliz.  No lo podía entender, si lo que me había dicho Raúl era verdad, cómo es que mi madre estaba tan feliz con esto de la Navidad. Cómo podía haberme mentido todo este tiempo.   Siempre me había dicho que mentir estaba mal. ¿Mis padres me habían traicionado?, cómo podían haberme engaño de esa forma y ni siquiera se sentían  mal por haberlo hecho. Pensé que era tonto, cuando yo le contaba a mi madre una mentirijilla tenia mal cuerpo durante una semana, sentía que la fallaba, y ahora me acababa de enterar de que me habían estado engañando durante ocho largos años, ¡toda mi vida!

 Estuve muy callado y taciturno esos días. El nudo del estomago mermaba mi espíritu y me invadía la desolación. Sin magia y misterio el mundo se había transformado en un entorno  hostil y antipático.  Y así me alcanzó el 25 de diciembre, en que decidí hablar con mi prima mayor, en la acostumbrada comida de Navidad,  ella seguro que sabía la verdad, tenía 10 años.

-Eva ¿tu crees que los Reyes Magos existen?- la aborde por sorpresa

-Por supuesto, ¿tu no?- me contestó mi prima sorprendida

-Es que un niño del cole me ha dicho que no existen

-y entonces ¿quienes nos traen los regalos? – pregunto Eva

-Dice que los padres, ¿tu crees que mis padres me han mentido todo este tiempo?

- Bueno tus padres no sé, pero estoy segura que mis padres a mi no me mienten nunca, y ellos dicen que los Reyes Magos existen, además si no es así ¿dónde guardan los regalos?

La conversación con mi prima me animó bastante, sosegó mi ánimo y me reconfortó.  Yo nunca había visto los regalos por casa antes de la noche de Reyes, y por la noche las tiendas están cerradas.

Había sido un idiota creyendo a Raúl, seguro que se había reído mucho pensando en que me había engañado. El problema es que el nudo del estomago no terminaba de irse, me seguía sintiendo raro.

Pase unas fiestas grises y melancólicas. Mi madre empezaba a estar preocupada, pero no tenía valor para decirla nada.  ¡Por fin llego la noche de Reyes!

  Como todos los años fuimos a ver la cabalgata del pueblo. Me fijé mucho en Los Tres, no les note ningún aura mágica como años anteriores. Cuando llegue a casa, mientras mi madre cocinaba decidí registrar la casa de arriba abajo.

Subido en una silla, con el maletero del armario de mis padres abierto me dio un vuelco el corazón, sentí que caía por un precipicio eterno. ¡Allí estaban!  Un montón de paquetes envueltos en bonitos papeles navideños. Cerré el armario, me baje de la silla, fui a mi habitación, me acurruque en mi cama y lloré inconsolable hasta la hora de la cena. ¡Papa y mama eran unos mentirosos!

Cenamos, mi madre insistió en que pusiera algún zapato a lado del árbol, apático la di esquinazo una y otra vez, harta de insistir se encargó ella misma… ¡Yo  ya no quería la peonza!

Creo que eran las 7 de la mañana cuando Sara, con la cara llena de legañas y muy nerviosa vino corriendo a despertarme

-¡Carlos, Carlos! ¡Corre,  levanta que han venido los Reyes Magos!- grito excitada

-Déjame dormir, no quiero bajar, abre tus regalos si quieres pero a mi ¡déjame en paz enana!

-Jo… Carlos,  mama me ha dicho que te despierte, no puedo ir a ver los regalos si no estamos todos

-¡Pues dile a mama que estoy dormido!- la grité furioso

Sara se fue gimoteando a buscar a mama, que enseguida vino muy preocupada

-¿Qué te pasa cariño? ¿No quieres ver lo que te han traído?- pregunto amorosa, retirándome inconsciente el flequillo de los ojos.

-Mama, ya lo se todo. Los Reyes no existen, los regalos los habéis comprado papa y tu, que nos habéis mentido, y no entiendo por qué, tu siempre dices que mentir está mal.- La reproche aguantándola la mirada.

- Ah… era eso lo que te pasaba… mira cariño siento mucho haberte engañado, no creía que te fueras a enfadar tanto con nosotros, pero si quieres entender el porque lo hemos hecho, hazme un favor, ves al salón con tu hermana de la mano- me contestó sin pestañear.

A regañadientes salí de mi habitación busque a la enana y me fui con ella al salón, allí al lado del árbol nos esperaba mi padre, con la cámara de video, dispuesto a no perderse nada. Cuando se abrió la puerta vi un árbol ramplón, con un montón de paquetes navideños bastante vulgares, amontonados sin gracia ninguna. Y casi al instante escuche el Ooooooh! de Sara, me gire… Ella me apretaba la mano con fuerza, estaba paralizada en la puerta del salón, tenia los ojos abiertos como platos, y la iluminaba la cara la sonrisa más grande y hermosa que había visto jamás, por un instante volví la cara otra vez hacia los regalos, ya no me parecían tan vulgares, el árbol era mas bonito y quizás un poco más mágico, la atmosfera estaba cargada de ilusión, detalle que no había percibido segundos antes.

De pronto Sara estallo en gritos nerviosos, risas, carcajadas, corría por el salón de un paquete a otro presa de felicidad, comenzó a abrir regalos como si la fuera la vida en ello, no paraba de reír. Estuve media hora hipnotizado por su felicidad, sentí la magia de la navidad recorrer mi cuerpo como nunca lo había hecho. A toda la familia nos embargó su energía. Ya no recuerdo si tuve mis peonzas.

 Ese día lo pase jugando con la enana, con sus hadas, sus  princesas y sus bebes, hasta la noche, me acosté  arropado por la mágica felicidad de mi hermana.

Las siguientes Navidades hasta que Sara cumplió los 10 años, fueron las mejores y más mágicas Navidades de mi vida.

Hoy es otra vez la noche de Reyes, mi hija de 4 años ha tardado horas en dormirse, pero lo ha conseguido, sin embargo yo llevo toda la noche en vela, nervioso, contando los segundos para que amanezca, recordando aquellas Navidades mágicas que me regaló la enana, y deseando volver a vivir la magia, esta vez  junto mi hija.

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