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5 min
El Sexo en lo Temprano
Varios |
05.12.14
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Sinopsis

Edificios y corazones.

De pequeño creía que morir virgen era imposible. Como si el karma existiese, me fue vetado tal mundo hasta los treinta años. Harto y arrepentido de aquellas palabras, descubrí un rumor sobre una tienda que conseguía cambiar tu suerte. Interpreté aquello como quise y me aventuré incrédulo. Por una vez que no desconfié, acerté.

La tienda tenía en la parte trasera una habitación oculta llena de pequeñas estatuas de todas clases sobre repisas. En su mayoría parecían humanoides. No comprendí por qué esconder aquello si no suponía nada ilegal. Di mi petición y el dueño me guió hasta una estatua con la forma de una mujer: la más bella de haber sido real. Me pidió que le rezara de la forma que supiese. Después pidió que le pagara. Sentí el robo como si me arrancaran un órgano.

Sin embargo, al salir a la calle noté al mundo distinto; era yo el cambiado, y conmigo todo se transformó alrededor...

 

Mi primera vez quedó oculto en una de las puertas a las que llamé. Soy comercial y ya llevo tiempo, pero hasta ese momento nadie se había fijado en mí. Fue en ese día que noté que la gente miraba con otros ojos, ¿o era acaso por cómo miraba yo? Tan lleno de nueva seguridad desconocida, coloqué a las cosas en su lugar. La señora me cortejó y me invitó a pasar a su casa. En media hora alcanzábamos en lo mutuo el orgasmo y el recuerdo. Nunca pensé en acostarme con una mujer más adulta que yo, pero las ideas cambian por necesidad; por supervivencia.

Casa a casa y puerta a puerta recorrí el nuevo mundo bajo la forma de la misma ciudad, y en una semana terminé acostándome con dos personas más. La semana siguiente fue más intensa, y alguna me llamaba para tenerme vigilado por si le surgía la necesidad de desahogarse mientras regresaba el marido, hecho de un tono gris y sucio en comparación al aura que desprendía de forma natural.

 

Reconozco que me sorprendí de mi soltura para amar a quien fuese, no habiendo cabida de quién era yo. Tosí decenas de labios cuando me sentí atragantado, y sin embargo continué. Incluso tomé la costumbre de esperarme a oscuras en los pasillos y escaleras por si escuchaba a parejas hacerlo; parecía como si yo invocara tal hecho al verme en mi labor de tantas. Ya me era costumbre de cuando joven por culpa del hambre natural que nunca supe saciar y que murió en vano, y la rara situación parecía hacerme regresar a otro estado anterior que bien se convocó con facilidad. En esa época a veces escuchaba a los vecinos e idealizaba el acto: cuan distinto son los sueños una vez penetrados. El caso es que en un par de ocasiones logré escuchar a través del patio de luces a una pareja hacerlo con intensidad, acaso con rencor hacia los vecinos por alguna queja pasada de las que permanecen. Pero en lo actual, fue que escuché demasiado...

Tras hablar y no convencer a un tipo de que comprara, supe que lo había interrumpido de cierto momento importante –que ya no me era desconocido– por cómo se ponía la camiseta al abrirme la puerta. Hice como que bajé y esperé en el piso de abajo a que la oscuridad me acompañara. Subí de nuevo y me quedé junto al portal a escuchar el acto.

 

Me arrepentí.

 

Fue ahí, en medio de ese momento, cuando abrí los ojos y comprendí lo egoísta que siempre había sido. Cada grito de aquella mujer maltratada y suplicante se me clavó y me llenó el cuerpo hasta sentirlo enfermo. De saber llorar, lo habría hecho, y la impotencia por lo horrible –tanto de mi acto como el que acontecía dentro– me hizo temblar las piernas. Marché sin importar si hice ruido, sin fuerzas por lo inservible que se siente uno cuando no puede hacer nada. Un último grito me acompañó hasta casa.

 

Regresé con la mujer a la que regalé mi virginidad. Se sorprendió de verme, sobre todo tan decaído en comparación a la energía que eché por cada poro sobre ella en aquella tarde que se salvó de quedar ahogada en aburrimiento. Le confesé toda la historia de mi patetismo y cómo una estatua o deidad me brindó un don, que una vez conseguido lo que deseaba, ya no tenía ningún otro camino. Se sorprendió de la historia, aunque sigo convencido que no me creyó, que un virgen no lo hace así. Dio igual, porque sí creyó la historia de la chica maltratada. Viendo que no era capaz ni de ser persona, preguntó si tenía la dirección de dicha casa y afirmé, puesto que por trabajo lo suelo apuntar todo. Se la dije y llamó al número nacional contra el maltrato para comentar como anónimo lo que sucedía en dicha casa. Me sentí mal por los vecinos, pues aquel hombre actuaría contra ellos al creer que el delator estaba entre ellos. La señora me señaló que ellos mismos se lo habían buscado, porque peor que actuar mal es no hacer nada...

 

Suspiré.

 

A día de hoy sigo viviendo con ello como pacto por ella. La visito, acompaño y hago las cosas de su casa como única forma de expresar mi agradecimiento. A veces lo hacemos, siempre de forma tranquila y con besos más sinceros, lejos de aquellos días salvajes que me quedaron como un sueño que acabaré olvidando.

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