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2 min
El sicario de Dios
Históricos |
11.07.15
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Sinopsis

Un ejemplo de lealtad

Sicario de Dios

Me dieron el mote de Sicario de Dios; mi oficio es matar por encargo. Mi amo o patrón no es cualquiera. Es el mismísimo Creador que minuciosamente me da las instrucciones para los trabajos.

Llevo siglos de servicios a sus órdenes, efectuando desde tareas sencillas con los enfermos y desahuciados hasta matanzas generalizas por guerras incomprensibles.

No pregunto para que ni porque, él me da las herramientas según los objetivos. Solo una vez fracasé con el recado. Fue en aquellos tiempos del rey Herodes cuando me ordenó sacrificar a todos los niños menores de dos años, entre los que se hallaba su hijo.

Quise evitar la matanza indagando a unos reyes de oriente que sabían de su reciente nacimiento y lo negaron.

La ubicación exacta me la indicaron unos sacerdotes del templo de Jerusalem, que situaban su morada en el pueblo de Belén.

Acudí para cumplir mi mandato arrasando con cuanta población infantil se me cruzara por el camino.

Casi al final y con el orgullo por la faena realizada observe como un padre, su esposa e hijo huían hacia el desierto de Egipto. Los pude alcanzar en lo alto de una duna en donde los vientos desfiguraban las imágenes. José abrazaba a María y María al niño.

En el horizonte infinito del inconfundible páramo me quedé exánime, sin fuerzas; tomé decidido mi infalible daga y en el momento de la estocada letal unos diminutos ojos de penetrante mirada detuvieron su trayectoria.

Desperté en la noche fría del desierto, con la soledad a cuestas y el trabajo inconcluso.

Mi amo escuchó atentamente la historia de lo ocurrido, no emitió comentario y me asignó otras tareas que cumplí displicentemente.

Fue recién luego del transcurso de una treintena de años que repitió su pedido: debía terminar con la misión que había comenzado en Belén, esta vez en las colinas del Gólgota, en las afueras de Jerusalem.

Fue un trabajo profesional que culminó con la muerte del reo en la cruz.

Por algún motivo que ignoro lo vieron deambular por las calles del pueblo días después, un error imperdonable que juro por Dios no voy a volver a cometer.

OTREBLA

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