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29 min
El Silencio de los Siglos
Terror |
24.06.15
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Sinopsis

Relato de vampiros que, lejos de tópicos y esteticismos, regresa a las raíces antropológicas y míticas de esa leyenda. Un joven viajero se zambulle en una tierra desconocida, donde descubrirá que el verdadero Terror surge de cierta forma de Silencio, de cierta soledad insondable...

~~
EL SILENCIO DE LOS SIGLOS

 

Llegué a la posada hacia las siete de la tarde, después de caminar durante todo el día, a buen paso, a través de una inhóspita sierra. A mi alrededor se extendían valles de bosque frondoso y zonas de pedregal y risco. Al fondo, dos o tres montañas se dibujaban en la niebla.
Me habían hablado de aquella posada antes de salir del pueblo donde me había estado hospedando durante los últimos cuatro días. Según me habían informado, quedaba a muchas horas de camino, más allá de las sierras, y era el único sitio habitado en muchos quilómetros  a la redonda; durante muchos años había servido para proporcionar un techo a los escasos viajeros que atravesaban el valle y las singladuras a pie. Ninguno de los habitantes del pueblo, sin embargo, había sabido decirme si estaba todavía regentada por alguien.
Era un caluroso día de verano; faltaban un par de horas para que oscureciera. Al llegar a la puerta de la rústica posada –más o menos animado por el hecho de haber encontrado, dos o tres quilómetros antes, un descolorido cartel colgado de un árbol que anunciaba la existencia y el pleno funcionamiento de ésta– me paré un momento. Observé que, más que un hostal, se trataba de una especie de masía, cuyos propietarios debían alquilar, de vez en cuando, una habitación a cualquier caminante que necesitara descanso, abrigo o compañía después de una buena excursión a través de la silvestrez más rigurosa. Estaba hecha de piedra, y las ventanas y puertas, de madera antigua y seca, estaban todas carcomidas y astilladas.
Llamé a la puerta y una voz de mujer me invitó a entrar. Vi, al hacerlo, una viejecita esmirriada que se levantaba para recibirme. El interior del recinto era muy espacioso y estaba pintoresca y modestamente decorado: una cabeza de jabalí colgada en la pared, un gran hogar con el atizador viejo y ennegrecido, una mesa enorme de madera de roble. Detrás, una escalera ascendía hasta el piso de arriba, donde supuse que se encontraría la habitación a alquilar. La vieja era una campesina sencilla que ofrecía una conversación cálida; sólo era necesario darle una ojeada para darse cuenta de que debía llevar cincuenta años viviendo allí y ofreciendo hospedaje a visitantes, ya que sus maneras eran desenvueltas, nada temerosas y muy poco formales; así, se dirigió a mí como si me hubiera conocido de siempre. Se movía sin dificultad, y casi desde el primer momento me mostró el cuarto, una cela extraordinariamente coqueta el lirismo basto de la cual venía dado, quizá, por la propia escasez de objetos; sólo contenía una cama, un armario con algunas mantas de lana, velas y fósforos en el estantería de encima y un viejo escritorio sin ningún utensilio a la vista. A la hora de cenar le dije que me quedaría un par de noches. No mostró la menor objeción; y además cocinó sólo para mí, ya que ella, decía, no cenaba nunca. Tomé un sabroso potaje de verdura con toda la calma del mundo, pues sólo eran las nueve de la noche y seguramente la vieja se iría a dormir muy pronto. Pero me equivoqué; le gustaba explicarme anécdotas sobre la zona donde nos encontrábamos, que ella conocía hasta cierto punto, ya que había tenido toda la vida para recorrerla con su marido, muerto muchos años atrás. Estuvimos hablando hasta las once y media; durante este tiempo, me explicó que no había otro sitio habitado -ni el más mínimo villorrio, y ni una sola casa o masía- en centenares de hectáreas a la redonda. 
–Tan sólo hay la estatua -dijo, de repente, cambiando el tono de la voz, como si el tema que iba a abordar fuera más extraño o menos agradable que los anteriores.
–La estatua? -pregunté yo, remarcando la palabra como para darle a entender tácitamente que me interesaba mucho lo que se disponía a explicar.
–Sí -hizo ella. Hay una gran estatua de piedra, no muy lejos de aquí, hacia el este, a medio camino de la cima de una de les montañas de la carena. Ya hace tiempo que está en ruinas. Según me decía mi padre, a partir de allí comienza una zona nada frecuentada. Nadie lo sabe muy bien -y calló; parecía reticente a seguir hablando.
–¿Una zona nada frecuentada, en estos parajes? -yo estaba entonces totalmente intrigado. ¿A qué se refiere?
–Como le digo -respondió ella-, nadie se aventura a hablar con certeza, y esto, hijo mío, es porque nadie, que yo sepa, ha visitado la zona en muchos años. La gente explica muchas cosas, desde hace diversas generaciones...no son cosas agradables...
Se detuvo un momento, como disponiéndose a cobrar fuerzas para explicar algo más. Se notaba que lo que decía le producía un cierto respecto, pero a la vez saltaba a la vista que sentía un cierto placer y una especie de morbosidad secular al explicarlo.
–Parece que, más allá de esa estatua, comienza una zona rocosa y yerma. Hay colinas frías y desérticas, y lugares que ni los animales salvajes suelen visitar. Después, de golpe, la tierra se escinde, y comienza a bajar y bajar –hasta nadie sabe dónde. Además, dicen que allí es tierra de fantasmas. Aunque no me crea, le diré que tengo mis motivos para creer..., hay algo que atraviesa el llano, cada noche, alrededor de las doce. Yo he escuchado historias de seres monstruosos, de hombres lobo, de murciélagos gigantes y de seres nocturnos, seres que durante el día se esconden bien lejos de la mirada de los hombres. Hay una vieja casucha, allí, en medio del bosque, en un claro; dicen que la luna no la ilumina jamás, y que ni siquiera el mismo viento tiene suficiente valentía para pasearse por ahí. El silencio, dicen, es lo más horrible de aquel sitio...
La vieja calló unos momentos, totalmente abstraída, casi ausente.
–La música del horror -siguió, solemne, y la cara se le había vuelto más blanca de repente- es el mismo silencio. Pero no el silencio de las noches de ciudad, ni siquiera el de aquí, en mitad de la montaña. No es un silencio imaginable. Es algo infinitamente maligno que te envuelve y te mira...te mira con unos ojos helados, terribles, los ojos del mismo Diablo...-se sirvió un vaso de vino y calló. Algo le había asustado de veras. Continuamos hablando de otras cosas, pero en adelante, no sé si por casualidad o por tácito acuerdo, no tocamos tema alguno que tuviera a ver, ni de lejos, con lo que acababa de explicar.
La mañana siguiente era fresca, radiante. No podía hacer más buen sol ni se podía pensar en un día más azul. Con el corazón ensanchado, hacia las nueve de la mañana decidí  poner rumbo hacia la estatua para visitarla. Llegaría alrededor de la una o las dos del mediodía, si no me demoraba mucho por el camino. No le comenté nada a mi hospedera, pero me aseguré de llevar en la mochila todo lo necesario –cantimplora bien llena, un bocadillo, una gran navaja, prismáticos, algún medicamento de urgencia, brújula, etcétera.
Salí de la posada en dirección al este hacia las diez de la mañana. Hacía un calor brutal: soportarlo exigía un gran esfuerzo y una gran resistencia. A buen ritmo, comencé a atravesar el bosque que llevaba hacia una cadena de montañas no demasiado lejanas. Me topé con toda suerte de animalitos y bestias salvajes que huían asustadas al oír mis pasos decididos y rítmicos. El camino se hacía cada vez más tortuoso, y, cuanto más avanzaba, más desdibujado se encontraba; al final era sólo, propiamente, una hilera de rocas.
Ya hacía diversas horas, o eso me parecía, que había iniciado el viaje cuando, habiendo esquivado unos punzantes arbustos, tuve que retirar algunos otros, más altos, con las manos. Lo que vi detrás de éstos, al hacerlo, me heló la sangre por una fracción de segundo.
Una horrible cabeza de demonio me miraba directamente. Aquel ser infernal surgía literalmente de la nada y caía encima mío con todo su peso irreal. Tardé menos de medio segundo en darme cuenta de que aquello era tan sólo una estatua; pero aquel espacio de tiempo fue, de forma inconsciente y oscura, como un primer choque espantosamente real con el Miedo, una suerte de diálogo horrible con algo del Más Allá.
La estatua era de piedra caliza, de color gris claro, compacta y voluminosa. Parecía haber sido hecha diversos siglos atrás, y se encontraba agrietada por diversos puntos. Se aguantaba sobre un pedestal y quedaba totalmente rodeada de vegetación, muy frondosa en ciertos puntos. Representaba un demonio en actitud grotesca, medio riendo y medio gozando del sufrimiento de alguien. Aparentaba estar a punto de levantar el vuelo, a pesar de que tenía las alas todavía bastante replegadas sobre la espalda. Parecía, también, disponerse a saltar sobre algo. Los ojos eran inexpresivos, pero no así la cara, que comunicaba una sensación extraña, oscura: era como si aquella estatua dijera, en un lenguaje remoto e indescifrable, "no paséis más allá".
Me quedé un rato allí, quieto. En el pedestal no había nada escrito, ni una sola letra, y eso confería una especie de misterio al sitio, como si se tratara de un "callejón sin salida" mágico; era como si aquel paraje fuera, ciertamente, el final de una atmósfera, de una realidad, de una concepción del mundo, y el principio de otra.
Consulté el reloj; era casi mediodía. También sentí la necesidad de saberme situado: subí a una roca cercana y, sentado sobre ésta con las piernas cruzadas, estuve mirando durante unos tres minutos, con los prismáticos, todo a mi alrededor. Verde, sólo rocas y verde, y cielo e hilillos de nubes, y más rocas y más verde...; pero de repente, allí, lejos, en mitad de la sierra, rodeado de vegetación, había..., no se veía muy bien qué; parecía una especie de construcción antigua, como un castillo medio derruido o una gran capilla en ruinas. Y, fuera lo que fuera, se habría dicho muy, muy vetusto. Dudé de que la vieja no se hubiera referido a aquello en su relato. ¿Pero, cómo saberlo? Probablemente nadie no había atravesado aquel bosque y aquel espesor en años o siglos. De todas maneras era la única construcción que podía albirarse en todo el vastísimo territorio que comprendía el alcance de los prismáticos –el hostal, que se veía a penas sin éstos, constituía la única excepción.
Así, pues, decidí dirigirme hacia allá, y alrededor de la una volví a ponerme en camino. Hacía aún calor, pero también viento. Iba a buen paso: ni despacio ni deprisa, de forma que pudiera llegar a destinación antes de hacerse demasiado oscuro. Durante horas hube de revolver matojos, arañarme cien veces con toda clase de ramitas, abrir caminitos nada dignos de este nombre, escuchar toda clase de bestias huir a mi paso y pasar sed, mucha sed, ya que me reservaba el agua.
Al llegar a un pequeño claro, un par o tres de horas después, me paré a descansar. El sitio estaba atravesado por un riachuelo ahora seco, y la cama del río, húmedo y fangoso, estaba cubierto por un montón de hojas secas a través de las cuales se escurrían toda clase de insectos. El aire allí era corrompido, fétido. Sin embargo, poco después me levanté de repente, un poco sobresaltado al comprobar una cierta disposición ambigua y amenazadora de las nubes, que parecieran bajar de la montaña hacia los valles, donde yo me encontraba. Bajé un poco la vista: las ruinas no estaban demasiado lejos, quizá media hora o tres cuartos de camino a buen paso. Comprobé con los prismáticos que un trozo de bóveda, o lo que parecía ser tal, se mantenía todavía intacta; podría encontrar ahí cobijo, en caso de necesitarlo, a pesar de que, de todos modos, ya llevaba conmigo una especie de impermeable.
Al darme la vuelta, una extraña imagen, que en otras circunstancias habría sido perfectamente corriente, me llenó de una vaga sensación de inquietud. De la montaña, y aproximadamente de la dirección donde se encontraban las ruinas, bajaba una suerte de neblina no demasiado espesa de color blancuzco e inconcreto. Algo me decía que, paradójicamente, aquella vaga telina poco o nada tenía que ver con los no muy simpáticas nubes que bajaban hacia los valles. En pocos minutos, éstas quedaron sumidas en lo que podría llamarse sombra, y, a medida que yo ascendía, el aire se volvía más enrarecido: el ambiente entero se me antojaba imbuido de un tufo de estancamiento silvestre, de putrefacción sutil y como irreal. La vegetación, no obstante, no era menos densa ni menos incómoda. La niebla, a ratos más pesada y a ratos casi nula, se filtraba y corría difusamente; los arbustos dejaban, como si alguna fuerza arcaica se lo mandara, una suerte de caminito libre que se habría dicho no pisado en siglos; el terreno ascendía y ascendía con abruptez. Los ruidos guturales de animalillos, el graznar de cualquier ave, cesaron. No se podía hacer otra cosa que avanzar entre aquella especie de luz melancólicamente apagada, a través de aquellas sombras extrañamente concretas, intensas, finas y pegajosas.
Finalmente llegué a un roquedal escarpado, un terreno de muy difícil relieve tras el cual, a unos trescientos metros, se divisaba la silueta de una torre vetusta. No me costó atravesar el roquedal; era accidentado, pero tan sólo requería paciencia; y veinte minutos después, a las cinco de la tarde aproximadamente, me encontraba casi delante de la que debía de haber sido una iglesia de montaña, o al menos una ermita de gran tamaño, durante la Edad Media, ahora completamente en ruinas excepto por una parte del ábside central. El campanario se encontraba también bastante derrumbado, a pesar de que una porción se mantenía aún en pie formando un apéndice vertical, derruido; la bóveda requería gran dosis de imaginación; sólo el cementerio parecía permanecer en su totalidad. El conjunto entero ofrecía un aspecto desolado, solitario en grado máximo, completamente aislado de la esfera de lo humano.
Bajé, y, lentamente, recorrí la parte este del ábside. El silencio era absoluto: la gran nube, todavía encima mío pero ya mucho más diluida, no ofrecía señales de vida, a pesar de que la luz oscura que parecía emanar provocaba que apenas pudiera yo divisar ciertos detalles menudos e interesantes. De vez en cuando el sol se filtraba y lanzaba rayos de luz sobre algunos rincones, cosa que me ayudaba a hacerme una idea global del sitio. El ábside era muy grande para tratarse de una capilla silvestre, aunque sus paredes de piedra caliza no eran excesivamente gruesas; el techo –la bóveda– se había venido abajo hacía muchos años, y tan sólo se aguantaba la parte que unía el cuerpo principal con las otras secciones de la cruz. Me situé justo allí donde, acaso mil años atrás, cuatro incultos, oscuros y beatos campesinos debían haber franqueado la puerta de entrada, algunos trozos astillados del cual se conservaban todavía desparramados por todas partes. En aquella parte, todo el techo se había derrumbado y un montón de pedruscos enormes impedían cualquier avance. Estaba a punto de entrar en el recinto sagrado cuando me fijé en el menudo cementerio al lado, constituido íntegramente por lápidas en el suelo. Decidí explorarlo primero.
No tenía ningún tipo de valla alrededor, por supuesto. El tiempo y el olvido lo habían dejado allí, totalmente abandonado, sepultado en parte por rocas, recorrido sacrílegamente por toda clase de bestezuelas y bichejos, cubierto de hojarasca diversa y de una espesísima capa de malas hierbas, y manchado aquí y allá de arbustos secos. La forma básica de las tumbas, sin embargo, todavía se dibujaba; debía de haber allí alrededor de doce o quince. Algunas presentaban, incluso, un pequeño texto sobre la lápida, en latín, escrito en apretados y casi indescifrables caracteres carolingios que, además, permanecían prácticamente del todo tapados por la maleza. En un rincón, medio caída pero inmóvil en su descenso informe, se divisaba una enorme cruz de hierro de puntas puntiagudas y groseramente acabadas.
El día se fue aclarando un poco; parecía que la nube se deshacía, se deshilachaba.  Di media vuelta y me dirigí de nuevo hacia la entrada de la nave. Hacía siglos que nadie no lo había pisado, todo aquello. La hierba había crecido casi hasta la altura de la rodilla; el montón enorme de piedra que muchos años atrás había constituido, quizás, la base de magníficas bóvedas de medio punto, seguía allí, ahora un armonioso elemento más del paisaje. Mis pasos eran acaso el primer ruido oído por el hombre que se producía allí desde el mundo industrializado, desde la Revolución Francesa, quién sabe si desde mucho antes del descubrimiento de América. Trozos de madera vieja, carcomida, blanda, cedían y crujían bajo mis pies a cada paso. Multitud de ciempiés y otros insectos, y quizás algo más voluminoso, corría deprisa a esconderse. Las telarañas lo cubrían casi todo; tan sólo la zona del medio, sometida a las inclemencias de la intemperie, permanecía más o menos limpia, pero la gran cantidad de ruinas y maderos mezclados en grandes montones hacía muy difícil su tránsito.
Finalmente, allí lo tenía: la parte donde se unían los cuatro brazos de la imponente cruz, encima de la cual todavía se conservaba un trozo de techo. Aquel trozo, qué duda cabía, había sufrido menos el embate de los tiempos. Estaba igual de ruinoso, pero se lo veía más entero. Al mirarlo vi que, en el suelo, a un lado, se abría un gran agujero, medio escondido entre matas altas de hierba. El lugar era muy oscuro –la bóveda frenaba la poca luz que penetraba dentro– pero podía distinguirse bien. Aquello, esa especie de catacumba, no era nada corriente dentro de una iglesia románica de montaña. Me asomé. Era un gran agujero, enorme. Unas escaleras de piedra bajaban hacia alguna parte.
Descendí dos o tres peldaños. Estaba terriblemente oscuro. Sentía algo parecido a un temor, pero sabía que nunca más no volvería por aquella región; era ahora o nunca. Encendí una pequeña linterna que llevaba en la mochila. Manteniéndola en la mano derecha, y alzando ésta, decidí bajar siete u ocho peldaños más. Iluminé el punto donde se acababa la escalera; éste no parecía lejos, quizás unos treinta peldaños más abajo.  El hedor a estancamiento que ascendía era inaguantable. Me consolaba algo el pensar que, detrás mío, la entrada de aquel pasaje permanecía siempre abierta, y un poco de luz indicaba que aquel mundo que yo exploraba tenía contacto –bien que mínimo, claro está– con la realidad de fuera, de la superficie, del aire fresco. Los peldaños eran irregulares en altura y forma; todo el pasadizo descendiente estaba excavado directamente en la roca de la montaña, pringosa, húmeda, fresca, llena de anfractuosidades por doquier. Caminando con mucha cautela llegué finalmente abajo.
Me desanimé: el pasadizo continuaba; el aire resultaba cada vez más apestoso y enrarecido. Dirigí el foco hacia allí donde seguía aquel túnel: al principio no se divisaba nada, pero cuando hube recorrido, poco a poco y asegurando los pies a cada paso, unos pocos metros, la luz del artilugio me mostró, a cosa de otros cinco o seis más allá, un espacio donde parecía acabar aquel corredor de malsueño. El silencio era terrible, un silencio espeso, envolvente, remotísimo. Su presencia, casi palpable, era espantosa, amenazadora en grado máximo. El terror más absoluto era el idioma de este Silencio. A los pocos minutos me sentía paralizado psicológicamente, apenas podía moverme, ni avanzar o retroceder. Recordé, ¡maldita hora!, las palabras horrendas de la vieja.  Me rodaba la cabeza, todo yo bullía, no sabía si seguir o dar media vuelta. Para empezar, no podía entender el porqué de unas catacumbas en medio de la silvestrez más inaccesible; la quietud, el desconocimiento y la sensación de total aislamiento respecto de la opción de cualquier salvamento o compañía me infundían, además, un respeto solemne, espantosamente macabro, que rayaba con el terror; y, de forma paralela, sentía en el fondo de mi corazón, aunque no sé exactamente a consecuencia de qué, que aquel silencio era una suerte de anuncio, de presagio, de aviso...Pero, ¿qué era lo que me estaba diciendo? De qué, pues, me advertía?
No sabría explicarlo científicamente, pero el miedo y la pérdida de la tranquilidad también tienen su inercia, su morbosidad, que te impulsan adelante. Habían pasado cinco minutos y ningún ruido, ni el menor movimiento, no se percibían en ninguna parte. Decidí aventurarme a contemplar un poco el interior de la bóveda donde se acababa el pasadizo. Éste finalizaba de golpe, desembocando en una enorme sala también de arco de medio punto casi vacía que la luz de la linterna no llegaba a iluminar entera; reinaba allí la más absoluta tiniebla y el más terrorífico -no puede existir ninguna palabra que sea capaz de describir mejor tal sensación que ésa- de los silencios.
De buen principio no fui capaz de distinguirlo demasiado bien. Podía albirar más ruinas, y las paredes de piedra húmeda de la espaciosa estancia. La luz, que yo hacía bailar de un lado a otro, era demasiado escasa. Habría necesitado unos minutos para poder dar una descripción pasable del interior de aquella cueva escasamente civilizada por la obra material del hombre. En cierto momento, empero, detuve el chorro de luz en un punto que me llamó poderosamente la atención.
Algo negro, o muy oscuro, mucho más que la roca desnuda, yacía echado sobre un sitio remoto del suelo de la estancia. Lo escrutiné bien, sobrecogido de miedo y de una especie de asco. Vi que se trataba de alguna clase de caja enorme. El lado que yo observaba era oscuro y liso, y parecía hecho de un material que, tiempo ha, habría sido madera delicada.
Tardé un minuto o dos en deducir cabalmente qué era aquello. Al principio no podía creerlo, pero después me di cuenta de que lo que estaba iluminando mi linterna era un ataúd, un ataúd de color marrón oscuro que parecía –aunque, dada la total penumbra, era consciente de que podía equivocarme– no particularmente viejo. Quedé paralizado, creía no poder estar viviendo aquello; era una sensación semejante a la del borracho ocasional que, a pesar de estar consciente, percibe la realidad como dentro de un sueño. Hacía acaso siglos que nadie debía de haber entrado allí, o eso parecía deducirse por el horroroso tufo de encerrado y estancado que de allí emergía, así como por el hecho de que el argiloso suelo del pasadizo, por donde no circulaba ni gota de aire, no presentaba la menor pisada; y, sin embargo, se habría dicho que el ataúd no había sido fabricado muchos años atrás.
Enfoqué otros rincones. Todo roca y telaraña; aunque en algunos puntos se divisaban más ataúdes. Uno de ellos tenía la tapa apoyada sobre uno de los costados, de forma que se veía su interior: estaba vacío, excepto por el hecho que, aparentemente, un montón de humus fértil y putrefacto había sido dejado en el sitio donde habitualmente se coloca la cabeza del difunto. Aquello era asqueroso, surreal; ¿en qué infierno me había metido? No sé por qué, me volteé de repente y enfoqué el pasadizo. Nadie.
Ya estaba a punto de abandonar aquel sitio maldito de Dios cuando vi, casi por casualidad, algo que todavía hoy me provoca escalofríos, y, que de haber ocurrido en sociedad, hubiera considerado una broma funesta y demasiado macabra para causar la menor gracia. En un lado de la enorme bóveda, echado plano sobre el suelo fangoso, y abierto, yacía, totalmente vacío, un ataúd igual que los demás pero de una tamaño muy superior. Mi sensación de asco y odio, así como una angustia inexpresable, llegaron a su apogeo. Habría dado cualquier cosa por encontrarme en aquel momento en el mismo Infierno a condición de que ser extirpado de aquel sitio inmediatamente. Aquello sólo podía haber sido diseñado para un ser monstruoso, que mediera mucho más de dos metros de estatura. Aquel sarcófago horrible se habría dicho el centro de aquel sitio; parecía irradiar algo;  todos los deshechos, escombros y maderos allí presentes convergían, de alguna manera, hacia  él.
Lo que ocurrió a partir de aquí, no sé cómo lo explicaré; no sé si resulta siquiera explicable o narrable, o si podré exprimir con palabras, aunque sea de una manera muy pálida, la esencia de los hechos; pues, al fin y al cabo, ¿no son los datos fenoménicos del alma mucho más reales y tangibles, aún, que cualquier hecho comprobado, positivo, frío y gratuito, falto de la pinchada intensa del sentimiento y la emoción? Corrí tanto como mi juventud y la poca lucidez que me quedaba me permitieron. Pedí a toda divinidad que hubiese existido o pudiera existir que me sacara de allí al precio que fuera. Habría hecho cualquier cosa para sentir un ser humano a mi lado, así se tratara del peor de los criminales; para percibir algo de raíz humana junto a mí, aunque fuera tan sólo el sonido de una sílaba pronunciada fugazmente por unos labios desconocidos. Estaba a punto de llorar de solitud moral, desesperación y alejamiento de todo y de todos, de todo lo bueno y sencillo que yo concebía ahora infinitamente inaccesible y remoto..., me parecía que no alcanzaría nunca la salida, cuando comprendí la verdad: estaba encerrado! Encerrado para siempre en aquella trampa horrible de murciélagos, arañas y tufo de siglos, en aquel agujero asqueroso donde el Tiempo no tenía ni principio ni fin y donde existía tan sólo una especie de maldad diluida, una maldad sin forma ni expresión, un odio arcaico clavado y fusionado en las paredes y en el propio aire. Deseaba ardientemente que mi curiosidad malsana no me hubiera llevado al fin más horroroso; ¡que no me hubiera sepultado allí alguien mientras yo me encontraba en el fondo de aquel pasadizo del Averno, premiándome así con el más pavorosamente indescriptible de los sufrimientos, castigándome con un destino mil veces peor que la muerte!
No sé cómo atravesé los diez o doce metros de pasadizo fétido hasta alcanzar el pie de la escalera. Ningún ser humano que no haya pasado lo mismo que yo podría comprender cuál fue mi ilusión al ver el pie de la escalera tenuemente iluminado por la luz del sol. ¡La entrada seguía abierta! Corrí hasta perder totalmente el aliento. Las escaleras, las subí horrorizado; creía, en medio de mi delirio mezclado con una horrible lucidez, que el sádico que me quisiera allí encerrado esperaría justo hasta el último instante para hacer rodar la lápida, exactamente antes de que yo consiguiera alcanzar el aire libre.
Cuando salí finalmente de aquella cueva de repulsiva blasfemia temblaba tanto que –diría– había caído en un estado de semilocura quizás semejante al que tenían, después del castigo, los reos de la Antigüedad condenados a cien latigazos; la semilocura, totalmente ajena a uno mismo, que tan sólo proporciona la desesperación del sufrimiento más intenso.
Me dejé caer al suelo: ovillado en un rincón, aún temblando, me paré a tomar todo el aire puro que pudiera. Podía seguir viendo el cielo, la luz, los árboles, el mundo – yo era el hombre más feliz del universo.
Y en ese instante –¡Horror sin nombre!– le vi. Mi vida desde entonces ha quedado marcada a fuego por aquellos fugaces instantes. Sigo teniendo no ya sólo pesadillas, sino visiones –y no meras proyecciones o imágenes– que me salen a veces del fondo del alma y de lo más profundamente arquetípico que exista en la mente humana; un terror mucho más fuerte que los terrores de los que se enfrentan con fuerzas comprensibles y delimitadas, un frío horroroso y nauseabundo que me recorre la conciencia y la carne. Lo que vi o sentí al contemplar el ataúd no es nada, no podía ser nada, comparado con aquella visión, aquel choque con la esencia del Horror mismo.
A unos diez o quince metros delante mío caminaba, dándome la espalda, el ser más terrorífico y repulsivo que haya existido jamás en la Realidad o en la Imaginación. La misma palabra "ser" no ofrece, ni de una manera remota, una idea aproximada de lo que intento, supongo que vanamente, plasmar. Debía pasar, con mucho, de los dos metros de estatura, y era espantosamente flaco. Recordaba una forma humana, pero del todo gigantesca y monstruosa, y caminaba muy rígido, lenta y solemnemente. Iba enfundado en un largo abrigo, negro como la Muerte –a pesar de que aquella cosa era mil veces peor que la Muerte–, que le llegaba hasta los pies; una especie de capa o pelliza muy gruesa y pegada al cuerpo, me pareció. Por la parte de arriba, aquella vestimenta acababa en una ancha solapa de puntas puntiagudas, alzada del todo hacia arriba, que le tapaba la parte inferior de la nuca –porque aquello no tenía pelo.  Tan sólo surgía, por la parte de arriba, un horrible cráneo redondo, de color espantosamente blanco –aquel tono cromático sobrenatural que sólo las peores pesadillas, hasta entonces, me habían mostrado, y aun vagamente– y dos orejas terminadas en punta. No me puedo imaginar nada más pavoroso que el contraste entre su negrísima y angulosa vestimenta y el blanco de su piel, un blanco intenso, vívido dentro de la No-vida...
Caminaba gravemente, remarcando mucho sus pasos –que no emitían ningún ruido, como si aquello no existiera en absoluto– y se alejaba sin hacer el menor movimiento lateral, sin perder lo más mínimo su rigidez horrenda. En pocos minutos, y caminando siempre sin salirse un solo centímetro de una recta perfecta, ya estaba en el extremo de la pequeña colina donde se situaban las ruinas; de allí empezó a descender la cara opuesta de este último hasta que lo perdí de vista.
Yo había permanecido absolutamente quieto y mudo, medio escondido y sin dar ni el más pequeñísimo señal de mi presencia allí. No lo hice expresamente, la pura visión me había paralizado en todos los sentidos. Lloré de miedo y de horror y estuve temblando con violencia durante mucho rato. Yo diría que vomité; no lo sé. Doy gracias a la Providencia por no haberme hecho contemplar en ningún momento el rostro de aquel ser; durante muchos segundos, los más largos y peores de mi vida entera, los peores de cualquier vida, y atrapado entre la lucidez de la locura, la adrenalina del miedo y la pérdida absoluta de toda capacidad de razonamiento lógico y sereno, pensé que ningún ser humano, ninguno en todo el planeta, no habría podido cometer un crimen tan aberrante y menospreciable como para recibir el castigo de contemplar de pleno la faz de aquel Monstruo, la faz del Mal en estado puro, de la Perversión, la faz de la más viva y real de las Abominaciones. Y también, aunque más tarde, vertí lágrimas de alegría por el hecho de que no me hubiera visto, por el hecho de que no se hubiera dado cuenta que yo estaba allí; sólo Dios puede saber qué me habría pasado en caso contrario, si es que lo que me hubiera podido hacerme aquello pudiera ser siquiera expresado con palabras, o  ser concebido por un ser humano. ¡Y sólo de pensar en lo que se disponía a hacer aquella noche...!, ¡sin duda habría salido a alimentarse, y...! Durante mucho rato, incapaz de mover ni un músculo, le recé al Destino, al Universo, que de verdad existiera algo equivalente a lo que solemos llamar "Dios" –si no, todo está perdido, definitivamente perdido...

 

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soy un joven escritor de Barcelona de 33 años, de tema y estilo eclécticos, con gran interés por los clásicos de todos los tiempos. Disfruto de los libros tanto a nivel analítico como emocional..

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