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4 min
El Silencio de tu Ausencia
Drama |
18.12.14
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Sinopsis

Hay silencios.

Te rodeé con mis brazos. Tú a tu vez lo hacías con los tuyos, oculta la cara a todas las personas que miraban. Nadie dijo nada, y eso enalteció mi susurro tranquilizador torno al caparazón que formé. Te dejaste guiar por mi voz para salir de la recaída de nuestra maldición y confidencia, apegados un poco más de tantas dentro del abismo que sólo nuestros ojos pueden diferenciar del resto de la oscuridad.

La oscuridad.

Un día decidiste, y sin decir ni consultar quisiste marcharte de todos los nosotros posibles. Debió ser otro de los secretos de tantos que caracterizan a los de nuestra condición, y apuesto que fue el más pesado de todos. Yo también lo he cargado, y supe dónde dejarlo a pesar de su inmensidad. El mero hecho de llevarlo durante el tiempo que acontecieron tus segundos habla de lo fuerte que fuiste.

Ojalá hubieras sabido verlo.

Nuestra relación fue de hadas, cúmulo de pasos específicos para encontrarnos. Surgió mi brote, me ingresaron, quise superarme y te conocí entre la multitud de aquella hora semanal. Por tu parte surgió tu brote, te ingresaron, quisiste superarte y conocerme de entre tantos en esa hora que marcaba la semana. Los caminos específicos definen de misma forma a quienes lo siguen, y me dijiste que no hay casualidad, sino causalidad. ¿Ves? Comencé a aprender de ti desde el primer momento.

Claro, perdona, por supuesto que ya no lo ves.

Superadas las barreras de nuestros impedimentos sociales, soñamos con una familia. Nos agarramos de la mano una semana después y lo hicimos apenas en dos. Cincuenta y cuatro después deseabas llenar tu vientre con vida. No te dije que no, pero quisiste inventarte de repente el después que nunca llega a nada. Creímos que un hijo nos haría de mediador para la enfermedad, que nacería bien y nos haríamos fuertes junto a él. Esa fue mi convicción, pero algo me dice que no la tuya. Qué desgraciado el modo de confirmarlo...

Sigo odiando las afirmaciones de nuestro mundo.

En tu entierro se afianzó nuestro amor. Muchos pensaron que estuve contigo porque creí que me quedaría solo, que te acepté al no haber alternativa. Qué ignorantes, y así lo comprobaron cuando me vieron llevado sin fuerzas en una silla de ruedas.

La cara blanca; roja bajo párpados. Las manos temblorosas por cómo se deslizaba la realidad como si se me escapase de las propias venas...

Entonces fui consciente del silencio de la multitud.

Del silencio en mí.

Del silencio de tu ausencia.

 

Te quisiste marchar sin planificación e improvisando, como siempre gustabas. Nuestras escapadas así lo eran, fieles reflejos de nuestros pensamientos desordenados. Me quedé anclado en la realidad mientras tú volabas hacia otra que nadie sabrá ver... fue la única vez que me decepcionaste. Todo lo acordábamos y planificábamos en conjunto como las piezas del puzle de artesano que eramos. Ahora te pido perdón por tardar en comprender que tu decisión final es lo más personal que puede existir junto a la parca, el último amante del que nadie se siente infiel.

Vago en tu recuerdo fabricado por una mente obsesiva. No cambio de rutina, aunque es distinta a cuando vivías. Camino como un zombie y hablo como tal. Estrecho la mano por inercia y contesto de forma automática y acertada, a veces certera. Pero nada más.

Nada más.

No sé si alguien lo ve, pero cuando me miro al espejo lo percibo enseguida: fallecí el mismo día que tú. Hasta en eso somos armonía.

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