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6 min
Al son del carabiné
Históricos |
02.08.15
  • 4
  • 5
  • 1782
Sinopsis

Los albores de la independencia de Haití

La tarde anterior a la que su cuerpo hecho cachos anduviera flotando en la cenagosa agua de la acequia, Jean Jacques apartó de sí sobre la la mesa el plato de charque de cerdo asado que no había llegado ni a tocar. Nunca se había cansado de comerlo desde el día que abandonó definitivamente la plantación, robándose el nombre y de paso la vida de su amo. Papilla de mandioca y arroz con pimentón dulce habían sido su única pitanza desde el día que, encadenado y oliendo a salitre y a excrementos propios, había sido bajado del galeón que desde la costa ecuatorial de Guinea lo  había trasladado en una apestosa y oscura bodega -a él y a seiscientos más- hasta el caribeño puerto situado en el Santo Domingo francés. Después la plantación y el amo; un blanco mulato que usaba látigo de capataz y calabozos particulares para esclavos indóciles.

   De nada le había servido, ni a él ni a los otros, el arribo de aquella fragata que -según le habían contado, pues ningún esclavo de la plantación habría soñado siquiera el acercarse al puerto a verla- aquella mañana de Termidor -así se le llamaba entonces, aunque  a él todos los meses del año tropical le pareciesen siempre el mismo- de 1793 fondeara en Port Prince y de él hubiese descendido un hombre con levita de faldones, botas de cuero de becerro y pelo anudado en coleta, que bajó la pasarela llevando bajo el brazo un libro de un tal Rousseau- así lo había oído decir- seguido de seis robustos marineros que portaban unas voluminosas cajas de madera que, una vez abiertas, demostraron contener el armazón de una máquina dotada de dos raíles verticales provistos de una cuchilla, la cual una vez montada quedó expuesta en la plaza de armas de la capital. Después, en las noches, en los barracones de los esclavos, los negros referirían incrédulos que aquel artefacto inverosímil estaba sirviendo para que mulatos blancos sin peluca y con botas hiciesen caer las cabezas de blancos mulatos con medias blancas y peluca. Aunque tal vez,- pensaba él mirando la luz del farol del galpón que les servía de dormitorio- eso no fueran más que habladurías y chismorreos de negros supersticiosos, ya que a ningún esclavo negro los blancos mulatos le iban a permitir asistir al espectáculo de sus propias muertes.  Después al Santo Domingo Francés le llegó la guerra mientras él andaba escondido en la sierra en compañía de una partida de cimarrones, evadidos de sus amos como él. Ingleses contra franceses y españoles primero, y franceses después contra ingleses que se habían apoderado de la mitad de la isla. Blancos mulatos contra mulatos blancos. Él junto a muchos más había descendido de la sierra para ayudar a los franceses a cambio de quedar libres oficialmente de la esclavitud a la que oficialmente volverían apenas dos años después. Sobre el papel, se entiende, porque aquellos negros libertos ya no iban a andar resignados a perder su recién estrenada libertad ni mucho menos a entregar las armas con las que se la habían ganado. Él personalmente había encontrado un inmejorable maestro en la persona de un general, negro como él y que en su nombre llevaba el de Todos los Santos, aunque, si se miraba bien, eso de poco le había servido, ya que ahora se encontraba pudriéndose en una prisión en tierra francesa.  

 Recordaba el día en que el mundo entero había estallado en risotadas, una vez que -expulsados para no volver ya más nunca los franceses y vuelto a tomar el país su nombre indígena de Haití- a él le hubiese dado el volunto de proclamarse, emplumado como un faisán, emperador de la patria libre, y emperador de opereta, como le llamaban ellos desternillándose de risa. Aunque él llegó a encargarse de que las burlonas carcajadas se helasen en todas las gargantas ante la broma macabra del espectáculo de más de tres mil cabezas de blancos mulatos rodando por el suelo de la isla. Aunque lo de las cabezas rodantes era un decir metafórico, ya que su guardia negra personal encontraba más a su gusto el trabajar con el machete o la soga.  Y una o ambas cosas merecían los dos traidores - fils du con de putes- que encandilados por el oro blanco habían intentado derrocarlo a él, y que ahora acorralados en un rincón de la sierra aguardaban el último golpe de su mano implacable y vengadora.

  Apartó definitivamente y por primera vez en su vida el plato con el cerdo ya frío y apuró de un trago el vaso de ron de caña que tenía delante. La soledad del atardecer le cayó encima, abrumándolo con el peso de una incierta premonición. La sierra era traicionera, y los hombres, negros, mulatos o blancos, lo eran más todavía. Tal vez al día siguiente, en lugar de la ejemplar victoria con la que contaba, le tocara comparecer ante el dios aquel del que en las tardes de la plantación, acabada ya la faena en las cañas, les hablase aquel viejo de barba espesa, vestido con túnica y sandalias. Un dios para el que, les había dicho, no había blancos ni mulatos ni esclavos negros.

  Aunque, dado que -según recordaba haberle oído decir a aquel hombre santo- aquel era un dios que ordenaba no matar, él no sabía aún como le iba a poder justificar la friolera de los tres mil blancos mulatos pasados a cuerda y machete. Aunque ya se le ocurriría alguna manera de hacerlo. Al fin y al cabo él, Jean Jacques Dessalines I de Haití, siempre había sido un negro de recursos.            

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