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4 min
El suave susurro de tu mortaja
Terror |
25.08.07
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Sinopsis

Tal vez penséis que trabajar de guarda de seguridad es un buen negocio. La gente lo piensa, ya sabes. Estás tranquilamente sentado en tu garita, dando una vuelta de vez en cuando por la fábrica, el museo o la nave que te haya tocado en suerte, y a poner el cazo. A cobrar.
Bueno, yo también lo creí en un momento dado de mi vida. Por eso me metí a segurata.
Por eso y por lo de llevar pistola, algo que siempre gusta, ¿no?
Pero probad a ser guardas en mi último destino. Probad suerte.

Tenía veintitrés cuando entré en esto. No fue muy difícil, la verdad. Nunca se me ha dado bien estudiar, pero no porque fuese tonto, sino porque lo que enseñan en las escuelas no me interesaba. Empecé a trabajar en verano para ayudar en casa, porque mi madre estaba paralítica de cintura para abajo y mi padre, de cerebro para arriba. Sí, el tío era incapaz de durar más de un año en un trabajo. Cuando mi madre quedó paralítica (por culpa de un accidente de coche que ella provocó al saltarse un semáforo) tuvimos que mudarnos a una de esas casas adaptadas, con puertas anchas, servicios que ella pudiese utilizar y todo eso. Precioso, os lo digo yo.
Por supuesto que el estado proporciona ayudas, pero son tan insuficientes como las bajadas de impuestos, las ayudas a la vivienda de los jóvenes y las demás mierdas que nos venden envueltas en papel de regalo durante las campañas electorales. ¿Os habéis fijado que las invasiones militares también se llaman campañas? Por algo será, digo yo.
Bueno, me voy por las ramas.
El caso es que mi primer trabajo fue como aprendiz a media jornada en una fábrica de muebles. Después de eso, cuando debería empezar el segundo curso de instituto (ahora no sé cuál es el equivalente, con lo de la ESO y tal), empecé a currar a jornada completa en la cantera. Vaya, amigo, eso sí es trabajar.
A las tres semanas había perdido cinco kilos, y al mes había perdido la paciencia por completo.
Salí de allí antes de que los pulmones se me llenasen de polvo y con cinco centímetros más de contorno de pecho y tres más en cada bíceps. Pero no fue sólo por lo duro del trabajo, sino porque allí tuve… bueno, allí escuché por primera vez el suave susurro de mi mortaja.

Era verano. Agosto, creo. La mayor parte de la gente estaba de vacaciones, y tres de nosotros trabajábamos a destajo para acabar un pedido importante. El verano es buena época para las canteras, decía un compañero mío, un viejo que fumaba Partagas tras arrancarles el filtro. Mateo, se llamaba.
-El verano es bueno para las canteras –decía- porque un montón de gente se mata en los coches.
-Todo el año se mata gente –respondía Julián, mi otro compañero.
-Y todo el mundo caga por el culo –decía Mateo-, pero si comes mucho cagas más que cuando no comes.
El tema es que allí estábamos nosotros, cortando lápidas y las piezas laterales que se usan para forrar las tumbas, no me acuerdo cómo las llamaban. Después las montábamos sobre un palet, las flejábamos con flejes de metal y las subíamos al camión.
En una de las ocasiones en que subí al remolque para guiar a Julián, que manejaba el torito que usábamos como grúa, las eslingas se partieron y doscientos y pico kilos de piedra cayeron de golpe sobre mí. Salté por puro reflejo, y caí fuera del remolque esquivando las piedras por los pelos. Recuerdo la hostia en la cabeza, y luego un velo negro que lo tapó todo.

Sé que poca gente cree en esto
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La literatura en general. aunque si tuviera que elegir un género probablemente sería la fantasía épica. Por lo demás, lo normal. Nada mejor que una buena tarde tomando cervezas con los amigos y hablando de lo que se tercie.

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