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5 min
Suicidio de un muerto.
Drama |
22.02.15
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Sinopsis

Un humo blanco, como vaho en invierno, comienza a salir por mi boca. La nubecilla desaparece al chocar contra el techo y mi cuerpo queda vacío.

Hoy he despertado muerto. Me he contemplado en el espejo y este me ha devuelto una mirada hueca. Ahora comprendo que ayer lo que escapó de mi cuerpo era mi alma.

No me lavo los dientes ni peino el poco pelo que me queda, gris como el tono de mi piel. Creo que aún es pronto para que se pudra, pero ya tiene un color verdoso.

Me marcho sin desayunar y sin destino. La comida ya no tiene sabor en mi boca.

Deambulo por las calles vestido a medias. Llevo la camisa del revés y no me importa. En realidad, nada me importa. No siento tristeza de estar muerto, ni alegría por no tener que ir al trabajo, ni dolor cuando mis pies descalzos pisan los cristales de una botella de cerveza rota y veo las huellas de mi sangre en la acera, ni vergüenza cuando la gente me señala.

Me siento perdido aunque conozco las calles. Recuerdo pasear miles de veces por este barrio y lo hermoso que me pareció al mudarme. Su belleza me incomoda ahora. Es una belleza amenazante que me pregunta acusadora qué hago ahí manchándola con mi fea presencia.

Necesito un lugar tranquilo donde poder descansar eternamente porque aquí, a la brillante luz del sol veraniego, asediado por el ruido del tráfico y con las miradas de la gente clavadas en mí, no puedo.

El cementerio. Por casualidad llego a él y el cadavérico mármol de las lápidas, la lúgubre figura de los árboles y las sombras que estos crean, me atraen. Es el lugar apropiado para descansar. Me gustaría estar enterrado en una de estas tumbas. No sé porqué no estoy en uno de esos ataúdes, porqué he sido castigado a vagar sin alma, como uno de esos ridículos zombis de las películas de terror. Maldito muerto en vida.

 

Hace una semana me ingresaron en el hospital después de que intentara colarme en un tanatorio. Estuve a punto de conseguir estar en comunión perfecta con la muerte, pero un médico me descubrió intentado encerrarme en uno de esos armarios con cajones llenos de fiambres. Debió de resultar cómico el susto que se llevó cuando me vio semidesnudo allí tumbado, buscando la manera de cerrar el cajón y quedarme atrapado para siempre, pero los cadáveres no se ríen. No hay humor en la muerte.

Los médicos dicen que no estoy muerto y me tratan como a su nueva rata de laboratorio. Pruebas, pruebas y más pruebas. Llamadas a expertos, a reputados psicólogos, a especialistas de la mente. Y ninguno se da cuenta de que el problema no es mi mente, sino todo mi cuerpo, que se está pudriendo. Dicen que no hay gusanos que estén devorando mis entrañas pero yo los siento moverse dentro de mí; dicen que no perciben el olor de la putrefacción que cada día se hace más penetrante y persistente. Apesta, ¿cómo no pueden olerlo? Apesta a que mi cuerpo se está pudriendo y ellos lo único que hacen es someterme a más pruebas y conectarme a estúpidas máquinas. Inútil. Todo inútil. Lo mejor que podrían hacer es enterrarme.

 

Hace unos días, no recuerdo cuantos porque ya he dejado de contarlos y el tiempo no tiene importancia, me negué a comer. Como castigo me han clavado una aguja en el brazo de forma permanente.

Esto no puede seguir así. Estoy harto. Está claro que el mundo me odia y que no quieren que descanse como el resto de los muertos. Los médicos se aprovechan de mí para ganar fama. Se creen que no me doy cuenta de la presencia de la prensa tras la puerta de mi habitación. Cuando uno de esos fotógrafos se acerca demasiado, escucho hasta el click de su cámara. No tienen vergüenza. Y mi ex mujer no ha venido a verme en todo este tiempo. Vivo o muerto, lo mismo le da. Le importo lo suficiente para que se preocupe de que le llegue el dinero del divorcio y nada más. Sin embargo, ella no me importa. Lo que me impacienta últimamente es el día de mi entierro, que parece que nunca va a llegar. En algún momento se tendrán que cansar de mí y dejarme en paz.

 

Ha llegado el otoño, lo veo a través de la ventana. El entierro ya no es una opción. Claramente, no van a deshacerse de mí, su tesoro científico, su posible ascenso.

Ya me voy despidiendo de ustedes. Un año de espera. Ya es hora de que encienda el mechero antes de que llegue la próxima enfermera. He rociado mi cuerpo con alcohol, de ese que usaban para curar las heridas que me hacía al rascarme intentando atrapar a los gusanos que se alimentaban de mí, y arderé rápido. Los extintores están atascados, lo acabo de comprobar.

En vida, no me habría agradado la idea de la incineración. Demasiado cercana al infierno, al diablo. Ahora es mi única salida. Puede que sepulten mi cuerpo negro bajo tierra, en un bello y cómodo ataúd, una vez hayan logrado apagar liberarlo de las llamas. Aún estando muerto me gustaría que lo hicieran. Tengo esa esperanza.

 

Adiós, adiós, y gracias por escuchar los lamentos de un muerto en vida, de un enfermo mental, como decían los médicos. Qué sabrán ellos, que se ocupan de mantener a salvo la vida. Yo era su paciente muerto.

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