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4 min
El tiempo. (II)
Reflexiones |
18.05.15
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Sinopsis

Solo el tiempo sabe lo que por él transcurre, lo que sus manos moldean y sus pies destruyen, solo él es capaz de explicarlo todo, de conocerlo todo, de vivirlo todo sin estar vivo realmente.

Realmente el tiempo nunca se cruzó contigo antes pero él siempre supo de ti, y de todo el mundo. El tiempo lo sabe todo de todo lo que por él pasa, sabe el minuto exacto en el que naciste, conoce cada centímetro de pelo que crece en tu cabeza, cada vez que sonreíste, cada lunar de tu piel. Pero nunca se enamoró. El tiempo solo sabe andar y recordar. Nunca le enseñaron a amar. El tiempo no siente, no padece, solo camina. No sonríe, nunca le enseñaron a sonreír. Solo mira sus pies grises, siente los cayos, le duele. A veces es difícil seguir adelante, pero él no sufre. Nunca ha sabido qué es eso, por eso nunca pudo entender qué sienten los demás cuando él se los lleva de su lado.
Él camina por las solitarias calles del infinito, pensando, recordando. Él solo sabe andar, andar y recordar. Recuerda el día en que nació, recuerda que no tuvo tiempo de decir adiós, solo comenzó a caminar y se fue.
Se perdió en la inmensidad del futuro, y fue entonces cuando empezó a recordar. Desde ese instante no ha dejado nada en blanco.
A veces se aburre, se pasa la vida de un lugar a otro, le hubiera gustado andar más lento, pero no sabía como hacerlo, o no quería aprenderlo. Tal vez tenía miedo, miedo a lo desconocido, a quedarse quieto. 
El tiempo no tiene boca, o eso es lo que él cree. Siempre había visto a los hombres hablar entre ellos, sonreír, pero él nunca se había mirado a sí mismo, nunca ha pensado en él.

Es como una nube

que todo lo engulle,

pero con traje y sombrero.

Él vio nacer al hombre

y lo guardó en su recuerdo,

y él es el único que recuerda eso.

Él vio como moría el hombre,

ese hombre que vio nacer,

y él es el único que recuerda eso.

Él vio el primer amor de un hombre

la primera cicatriz,

los primeros pasos de la humanidad.

Y él no pensaba, él es solo un hombre corriente que camina y que de vez en cuando se cansa, y descansa caminando. Y así es como fue testigo de toda la belleza del universo y toda la grandeza de la vida. Pero nunca sintió curiosidad. Nunca penso qué significaría aquello, solo lo guardó en su memoria para que otros pudieran recordarlo. Él no distinguía entre bien y mal, no existían para él, para el todo eran sucesos que veía y recordaba, sentía y recordaba.

Cuando el mundo se vistió de sangre él la limpió con sus huellas.

Cuando el mundo se cubría de nieve él la borraba con sus pasos.

Cuando el mundo se cubría de rosas él lo secaba con su andar.

Pero no lo veía malo, era necesario aunque, de algun modo, no le gustaban demasiado esas cosas, al final se hicieron muy repetitivas, muy... rutinarias. Le gustaba más el hombre, descubrir los pequeños universos que se escondían en cada uno de nosotros, le parecía intrigante ver como el hombre hace y deshace, ver como nacen y mueren, y siguen avanzando,

a su paso,

a su ritmo.

Le gustaba pasear cerca de los niños, verlos crecer, y guardar en su memoria, en su caminar, cada paso que dieron, cada herida, cada alegría. Pero sin duda, lo que más le gustaba era cruzarse con hombres adultos o ancianos, y con un parpadeo recordar, recordar cuando nacieron, recordar su infancia en una fracción de segundo, su primer amor, sus penas, sus alegrías... Adoraba ver los rostros de aquellas personas, contar sus arrugas y recordar cada una de ellas. Así ha sido siempre. Es una historia que no tiene fin... no para él.

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  • No fue sino cumplir un sueño, el sueño de aquellos que anhelan la libertad, volar, y de aquellos que extrañan esas nocheviejas en familia, con aquellos que ahora les cuidan desde el cielo.

    -Y dime cariño, ¿cuál es finalmente el color de los espejos? Él miraba por la ventana del cuarto, frente a la que se levantaba un gran muro, un muro invisible, que solo él podía sentir. -¿Lo sabes tú?

    Porque todos algunas vez hemos pensado eso de... "no creo que pueda pasarme a mí".

    A veces un día cualquiera es algo más que cualquier día.

    Él era el hombre que tenía la misión de cambiar el mundo. Pero nunca llegó a saber con certeza cómo hacerlo.

    La puerta se cerró. Ella sabía que sería para siempre, pero no quiso decir nada, porque sabía que tenía que marchar. Era solo cuestión de tiempo, no quería entretenerlo más, y así, haciéndose la dormida, comenzó su llanto, que duró eternamente.

    Y es que después de tanto tiempo, nunca olvidó aquella frase, aquellas seis palabras que cambiaron su vida para siempre.

    Dicen la mayoría de las leyendas que los héroes son grandiosos, que los héroes son fuertes y poderosos, nobles y atractivos. Pero esta no es una de esas leyendas, no es una historia heroica, no es una gran gesta ni nada parecido. Es una historia sencilla que nace en el recuerdo y muere en los recuerdos...

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