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21 min
El Trilero
Terror |
14.04.15
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Sinopsis

Todos hemos conocido alguno.

En el parque, el trilero situaba sus artimañas sobre una mesa desplegable. Era el clásico juego de encontrar la bolita debajo de uno de los tres pequeños cuencos. Carol intuyó que se trataban de cocos partidos y tallados con algunos símbolos. Quizás runas.

La impertinente de Sharon, que tanto se había reído de los terrores nocturnos de Carol, fue la que tomó la iniciativa para participar en el juego. Se terminó el cigarro, lo tiró y se adelantó. Sin palabras fue exigiendo que comenzara el asunto, como solía hacer.

El fullero pareció reír por lo bajo. Era un hombre barbudo, con eterna sonrisa destacando su diente de plata. Con los ojos entornados bajo greñas y un sombrero de copa impecable a pesar de tener aspecto de antiguo. La silla desplegable donde se sentaba crujía a cada movimiento preciso de su orondo cuerpo, y el siguiente fue acercar el torso para preparar la bola y colocarla con calma debajo del coco de en medio. Inició la destreza tan propia de su profesión busca vidas. Los cocos fueron rápidos por dedos ágiles, casi mecánicos. Se esperaba tal pequeña proeza, pero aun así los ojos de los presentes observaron expectantes, capaces de creer que en algún momento fuera a ir más veloz. El hombre se detuvo. Miró a Sharon con eterna paciencia.

La chica, en una postura de intentar se adulta con la mano en la cadera ladeada, observó como si aún estuviese asimilando lo que acababa de suceder. De mientras el hombre repasaba a aquella pre-adolescente delgada, puesta de pantalones cortos vaqueros, zapatillas y una camiseta interior de tirantes que remarcaba su ridiculez. Carol sabía que ella hacía eso para ver si así Ethan le prestaba atención. El chico también estaba allí, apoyado en un árbol como si no le importara, pero delataba su mirada hacia la mesa. A Carol también le gustaba Ethan, pero sabía que no tendría oportunidad porque él también se había reído alguna vez de sus miedos.

Sharon se animó y acercó la mano al coco de en medio. Lo levantó y no estaba la bola. El trilero rió amistoso y eso sentó mal a la niña, que no paró de mirar de reojo a Ethan.

–Y ahora mi premio –dijo el hombre.

Los tres espectadores fruncieron el ceño: el trato del jugador iba en serio. Antes de realizar la prueba, Sharon se había apostado con el trilero un poco de “esencia”. Habían interpretado que llamaba así al dinero, pero la dirección fue hacia otra impensable cuando el hombre sacó una cuchara de su bolsillo, brillante y acorde a su diente. Con misma maña, enfocó la vista y cuchara por delante como si estuviese midiendo a Sharon. Con presteza, colocó la cuchara de lado y escarbó en el aire. Acto seguido se la llevó a la boca. El silencio se remarcó durante un rato más.

La joven Sharon comenzó a reír. Quiso disimular, pero le fue imposible. Se dio la vuelta y se tapó la boca, acercándose a Ethan para apoyarse con descaro. El chico pareció molesto, aunque pronto la acompañó en la risa. El hombre no pareció molesto, sino lo contrario, ampliada su sonrisa como cómplice del suceso. La única que no reía era Carol. Juraba que antes de ir la cuchara a la boca, en ella había una especie de gelatina transparente que antes no estaba. Miró a sus compañeros y los descubrió mirándola entre risas y la cara roja, con lo que disimuló fingiendo una risa que le incomodó incluso a ella.

Fue entonces que Ethan, en parte para quitarse un rato a Sharon de encima, se acercó animado frente a la mesa. Habló con el trilero y acordaron el mismo trato. Esta vez el hombre no guardó la cuchara, dejándola a la vista sobre la mesa.

Se inició un nuevo juego. Pareció como si se repitiera el proceso con exactitud, mismos movimientos y velocidad como si acaso estuviese repitiéndose el visionado de una cinta de vídeo. Terminó quedando la impresión que había durado exactamente los mismos segundos. Eso le dio una pista al chico para creer que la bola no estaría en la misma posición.

–Espera, Ethan –inició Sharon–, que te ayudo...

–¡No!

El instante se cortó. Miraron al hombre como si hubiese explotado de verdad:

–Sólo puede hacerlo él –dijo el trilero de forma más relajada–. Lo consideraría trampa, bonita –aclaró y sonrió.

Eso relajó el ambiente, salvo el que habitaba alrededor de Carol.

El chico se centró en los cocos. Recordó su teoría y levantó el de la derecha. Nada.

Ethan, remarcada su camiseta de “Lamb of God” por anchos hombros, medio sonrió y se mantuvo a la espera.

–Y ahora mi premio –dijo el hombre.

El trilero repitió el proceso de coger la cuchara y escarbar la nada entre ambos. Se sucedió la cucharada.

Ethan se mantuvo y poco a poco comenzó a reír, esta vez con menos descaro al compartir la broma con el trilero, descubierto como un bromista de pasar el rato. Regresó junto al árbol y Sharon, donde recordó tarde que tendría que aguantar su pesada impertinencia cuando ésta se posó sobre él.

Sin embargo Carol seguía sin saber cómo reír, sobre todo porque había vuelto a ver la gelatina y que, por lógica, ya era su turno. Comenzó a ignorar el momento para ver si así lograba librarse del estúpido juego. El ambiente se enrareció y Sharon no pudo aguantarlo ni un segundo, gritando a Carol que moviera su culo de pato. Ésta se puso nerviosa y sacó su móvil para disimular:

–Me da igual. Es una tontería de juego –dijo poco convencida.

–Qué idiota –dijo Sharon sin poder evitarlo–. Siempre estropeando la diversión...

–No es verdad.

Pero Carol se notó insegura, mirando de reojo a Ethan por ver si también reaccionaba de mala manera. Exhaló aire y eso le hizo sentir el pecho impregnado de un dolor frío. Se centró en avanzar sin dejar de toquetear el móvil.

Habló el mismo trato con el trilero, tan preciso en su sonrisa. Un destello en sus ojos reveló que le gustaba más las anchas caderas de Carol, que no le importaba cómo fuera su culo. La niña sintió entre asco y odio, sin saber si acaso eran cosa suya esos pensamientos.

El hombre ejecutó el juego. En eso, la chica rememoró el momento en que el trilero había gritado a Ethan. Se había sentido violenta, capaz de arremeter contra el charlatán. Lo analizó mejor y eso le dio una idea. Buscó por un programa en su móvil.

–Déjate el móvil y escoge de una vez.

La voz de Sharon había sonado lejana. Carol miró despistada al hombre, que seguía sin parecer importarle cómo fuese Carol. Se apresuró a terminar lo que realizaba en el móvil y, antes de que Sharon se pudiera quejar de nuevo, escogió el coco de en medio. Nada.

“Qué tonta, si el tío ese hace siempre lo mismo, ¿no? Quedaba el de la izquierda” se escuchó por lo bajo, un cuchicheo tan maleducado como su dueña. Pero Carol había preferido hacer caso del programa de número aleatorio de su móvil. Introdujo del uno al tres y el dos fue el escogido, por lo que ella no había decidido en verdad.

–Y ahora mi premio.

Mismos movimientos, con lo que pareció el mismo momento revivido. Al tenerlo más cerca, Carol se percató mejor de la gelatina que iba escarbando entre ella. Ya no era transparente, mas bien verdosa, con un tono amarronado. Siguió quieta, atenta con el móvil en el pecho agarrado por las manos como un santo.

El hombre dio su bocado esperado. Relamió el cubierto y quedó con su sonrisa, que a Carol le pareció ahora estúpida. En eso, el hombre tosió. Volvió a hacerlo, ésta vez más intenso y flemático. Se fue incorporando y enfocó su cara hacia abajo. Lo que quedaba al descubierto de la cara entre tanto pelo se descubrió roja y palpitante.

Las chicas y el chico comenzaron a asustarse y no les hizo falta ponerse de acuerdo para comenzar a alejarse. En la carrera, Carol miró hacia atrás, donde a pesar de la distancia le pareció apreciar la mirada de odio.

 

 

Su móvil no se encendía. Hasta que no llegó a casa en el día anterior no apreció el detalle. Parecía sin batería, pero puso un recambio nuevo y siguió sin funcionar. Lo dejó estar tras probar de nuevo esa mañana en el instituto con ayuda de un compañero entendido en tecnología.

Carol suspiró y se centró en el profesor. Iba escuchando por detrás el susurro de Sharon, que todavía no se había recuperado del susto de ayer. Se lo había comentado a todos, y la mitad habían reído o seguido el juego. Estaban de acuerdo que era un tipo raro el trilero, aparecido un par de días antes por el pueblo, pero no era nada nuevo entre los viajantes que solían visitar la zona. De entre los compañeros, Carol se quedó con el detalle de Pete, que comentó que también había jugado con él, cada vez más pálido conforme escuchaba el suceso una y otra vez de boca de Sharon, la eterna inalcanzable para un gordito como él.

La clase terminó y Carol prefirió quedarse repasando para un examen. Sin embargo no pudo centrarse, con la cabeza de un lado a otro recordando, con detalles como la mano de Ethan en la cadera de Sharon. Cerró los ojos rendida a los pensamientos. Pete estaba por allí y comentó por lo bajo a otro compañero. En eso pareció rabiar. Carol abrió los ojos y lo miró. El chico parecía limpiarse la boca con un pañuelo, alegando que ya le estaban sangrando de nuevo las encías. La imagen dejó marca en la chica, que no se la pudo quitar de la cabeza por el resto del día.

 

–Papá, ¿puedo dormir contigo?

Su padre acostado se giró y puso mala cara. Siempre estaba agotado por culpa del trabajo, y apenas prestaba atención a los tormentos que su hija seguía permitiendo que existieran.

–Está claro que no –respondió su padre–. ¿Desde cuándo vuelves a tener cinco años?

–Esto es distinto. Es que hay algo en mi cuarto.

El padre miró la mesita y re-colocó por manía el libro que había allí. Su expresión apenas cambió, emanando más pasividad:

–Algo.

–Hablo en serio. No es alguien que se haya colado. Es algo que enfría la habitación.

–En verano sienta bien...

–¡Te estoy hablando en serio!

Carol se llevó las manos a la boca. Sus ojos se tornaron llorosos, inundada por negatividad por la cara que puso su padre. Éste se mantuvo medio ladeado, tan severo con la mirada más allá de ella.

–Haz lo que te de la gana.

Su padre no tenía ganas de reproche por culpa de la fatiga, pero a Carol le esperaba discusión al día siguiente en la hora de la comida. Sin embargo, no había dicho que no a dormir con él.

La chica no esperó ni un segundo y se introdujo debajo de la sábana. Esperó a que su padre apagara la luz y entonces se abrazó a su espalda. Se sintió mucho mejor, pero no pudo evitar rememorar los recientes sucesos en su cuarto o lo ocurrido en el día.

Por la tarde se había unido a Sharon para contar y repetir hasta la saciedad lo ocurrido con el trilero. No solían ir juntas, y de repente a Sharon se le antojaba su compañía. Estaban en las escaleras de la puerta de la biblioteca local, aprovechando que pasara cualquier conocido para sentarlo y contarle lo sucedido. Carol se notaba incómoda y avergonzada, con ganas de irse de allí cuanto antes. Le tocó contar la historia de forma fragmentada debido a la timidez, dejada sola cuando Sharon fue en varias ocasiones al baño. De normal solía ir, pero esa tarde se superó. Sharon en cada vez regresaba un poco más pálida, sin menguar su energía por presumir de un momento que a Carol ya le parecía estúpido. Lo peor es que Ethan había logrado escabullirse, preguntándose dónde estaría.

Lo vieron más tarde. No parecía de humor, con el labio enrojecido y el ojo remarcado por un morado. Por las piernas lucía algún que otro cardenal. Iba con Tony, que le apoyaba en lo moral tras la pelea sucedida con los chicos de otro instituto. Las chicas se mostraron preocupadas, y lo acompañaron a casa. Durante el camino Carol apenas habló, atacada como con mordiscos por una intuición que la obligaba a echar las culpas al trilero. Se sintió idiota, y sin embargo las conclusiones continuaron hasta la hora de dormir.

En su cama, comenzaron los ruidos que por algún motivo esperaba. Parecieron arañazos desde el otro lado de la pared. Después se convirtieron en pequeñas patitas recorriendo la superficie hasta el techo. Escuchó el suspiro inaudible, y eso le tensó el cuerpo. Se recogió y pasó un brazo por debajo de la almohada. Apretó y esperó a lo que tuviese que ser. Intuyó una presencia inexistente detrás, acaso una sombra reconocible que intentaba respirar en su nuca. Comenzó a sentir el frío, poco normal incluso para un invierno; inútil el verano que debería en esos momento abrigarla.

Ahora estaba junto a su padre, y eso no arreglaba nada. Siguió sintiendo la misma presencia erizando el traslucido vello de la espalda. Tenía boca pero no ojos, una silueta con sombrero riéndose desde otra dimensión. Carol comenzó a temblar y quiso controlarse, siendo imposible a pesar de sentir el calor de su padre. Lo abrazó más fuerte pero no se despertó. Parecía sedado, demasiado agotado por la rutina. Carol había tenido esa última esperanza y asumió que sólo le quedaba perderse entre la mente y el momento, tan imprecisos ambos.

La discusión surgió desde un único lado. Fue despertada por los gritos de su padre, enfadado porque Carol se había meado en la cama. La llamó de criaja y asquerosa, puta niña que no sabría nunca crecer. La joven se mantuvo callada con pensamientos de defensa sin liberar, preguntándose por qué su padre tenía que ser así. Hacía años que no le sucedía aquello y, sin rechistar, roja de llorar, recogió la colcha y la puso a lavar. Después recordó cambiarse mientras escuchaba a su padre gruñir en la ducha, en la que ya llevaba bastante rato.

Flotaban cabezas de pescado dentro del bol con leche y cereales. Había preparado el desayuno y dejado en la mesa de la cocina. Se levantó para buscar por más azúcar y al regresar se encontró con aquello. Miró alrededor. Regresó a llorar, muda para que su padre no la escuchara. Miró en la nevera y descubrió que las cabezas pertenecían a esas mismas sardinas. No quiso preguntarse como única medida para ser fuerte contra la situación. Buscó por una bolsa de basura de las pequeñas e introdujo allí el contenido del bol. Se aseguró que no goteara y marchó hacia el instituto sin despedirse de su padre. Por el camino había un contenedor.

En clase el ambiente estaba enrarecido. No sólo Carol contribuía a ello, en parte Ethan salpicaba gotas de sangre sobre su pañuelo cada vez que su labio enrojecido casi negro volvía a abrirse. Había cogido un catarro y en cada estornudo regresaba el dolor y el fugaz recuerdo de la pelea en el día anterior. Pete hacía juego con sus constantes quejas por lo bajo al limpiarse cada pocos minutos las encías ensangrentadas. En conjunto los tres significaban algo nefasto, pero nada comparado con lo que Sharon por sí sola emanaba cada vez que regresaba del baño. De un día a otro se la notó más delgada, marcadas la parte inferior de sus costillas por la camiseta corta que portaba. Carol observó hasta el punto que le llamaron la atención. Se alegró de la insistencia y de ganarse ser expulsada al pasillo con tal de no seguir viendo aquel panorama.

De vuelta a casa estuvo revisando de nuevo su móvil. Sustrajo la batería y se fijó en que un gota de líquido había surgido. Era de un tono verdoso con toque de marrón... eso le recordó a la gelatina de la cuchara. Temía por la conexión, y a sabiendas de que nadie la creería, se aventuró sola hacia el parque.

 

 

–Sabía que volverías.

El trilero, el satisfecho, posando como en una carta de tarot, tenía el mismo aspecto como si lo hubiera visto apenas cinco minutos antes. Carol se acercó a la mesa y no mostró la presión interior, aunque intuyó que el hombre no necesitaba nada más que ser él mismo para saberlo.

–Quiero hacer un trato.

El silencio otorgó la palabra:

–Déjanos en paz y vete del pueblo, ¿vale?

–Esencia.

Una palabra lo resumió todo. Pero antes de preparar el juego, la niña pareció tener algo más que decir:

–Quiero saber que no haces trampa, así que revisaré la bola.

–Vale.

La respuesta fue tan rápida como inesperada. Carol acercó las manos y examinó primero los cocos. Eran runas que no salían en los libros ni webs que había investigado. Desde el suceso estuvo leyendo acerca de los trucos de manos tan propias de la predistigitación. No eran tan difíciles los secretos de un trilero, radicando el truco en su destreza.

Carol elevó la vista y se fijó en las manos del hombre. Como imaginaba, tenía la uña del meñique larga:

–Córtate esa uña.

El hombre amplió su sonrisa, y eso provocó un estremecimiento en Carol. Parecía contento de que le pidieran tal cosa, y enseguida escarbó en la punta del dedo para cortarse la uña gracias a las otras. No le fue difícil.

–Arremángate.

El hombre hizo caso y se subió las mangas de su chaqueta. La joven se percató que el trilero no parecía sudar ni sufrir por el sofoco de ese día.

Terminó de examinar los tres cocos y la diminuta bola y no encontró nada raro. El juego se inició.

La velocidad fue idéntica, programado el jugador. Carol se esforzó por ubicar la bola, pero la perdió tras los primeros movimientos. Imaginó que a Sharon y Ethan les sucedió lo mismo.

El trilero se detuvo y llevó su espalda hacia atrás. Se mantuvo expectante sin mostrarlo.

Ya estaba allí, frente a la prueba real. Fue entonces que se arrepintió de su muestra de coraje. Tragó saliva e interpretó que estaba analizando qué coco escoger. Algo le dijo que la bola no iba a estar en ninguno de los que levantara, pero que sin embargo sí estaría en otro, escogiese lo que escogiese. Había sido idiota aun sabiendo que ese tipo no era normal.

–Tener miedo te hace creer, ¿eh?

Carol se esforzó por ignorarlo.

–Mientras que los otros se muestran ignorantes, tiene que ser la cobarde la que se de cuenta. Me encantan las ironías.

–Cállate.

Eso dejó al trilero con la cara fija, con los ojos destacando y la boca un tanto abierta. Remarcó su sonrisa que ya pareció que fuera a romperle los lados de la cara.

Carol cerró los ojos y analizó la trampa. Sólo había un posible cuando la situación era, de verdad, imposible:

–No voy a escoger.

El hombre no gesticuló. Carol intuyó que era la primera vez que le decían esa frase con su juego. Su juego, el del trilero imbatible.

–No vas a escoger.

–No.

La joven dio media vuelta para comenzar a alejarse. La cobarde hacía honores, y sin embargo no había perdido.

–Vuelve aquí, zorra de los cojones.

Pero nadie parecía haber en el cuerpo que se alejaba.

–¡He dicho que vuelvas!

Las chicharras acompañaron a la soledad del trilero.

 

 

Habían ido a dormir a casa de su tía por su culpa. Lo había provocado, y el monstruo se había olvidado de mascaradas y secretos, actuando de forma directa contra la psique de Carol.

La joven, de pie en medio del comedor, se mostró ausente a ojos de los adultos, tan temerosos como ella aunque no supieran lo sucedido.

¿Y ahora qué? Quedaba esperar, como bien le había prometido la sombra.

Carol comenzó a recordar a sus compañeros, empeorados, donde Sharon ni había acudido a clase. Recordó cómo dos horas antes se volvió a mear en la cama, esta vez la suya por culpa de la presencia que le había prometido surgir desde su ombligo para que sintiera el aire por dentro del cuerpo. Ya supo que esa noche iba a suceder algo conforme sintió el dolor de barriga. A veces le sucedía cuando se enfriaba, le empezaba a doler el estómago y un intento de diarrea que nunca llegaba quería surgir. Sabía que era psicológico, siempre lo había sido desde que leyó aquella noticia en Internet.

Sus compañeros habían caído en los mismos síntomas por cuenta propia, y el trilero sólo los había enaltecido como si se alimentase. Ethan siempre estaba en peleas, y el labio partido ya era una característica suya que remarcaba su carisma. El problema era que cada vez que regresaba de las peleas volvía siendo un poco más feo por dentro. Pete siempre había tenido problemas con el dentista, su mácula de nacimiento. Una vez aseguró que no le importaría estar mellado sin dientes con tal de no regresar allí, a la consulta, de la que hablaba como si fuese un lugar lejano situado detrás de una pared de realidad. Sharon sólo imitaba a su hermana, obsesionada por adelgazar para gustar a todos los chicos posibles. Al principio se daba cuenta de las miradas de asco de la mayoría de la clase, aunque con la rutina de los vómitos también expulsó la conciencia. Ahora estaría tan débil como lo había estado Carol en la cama, donde casi se pudo levantar del miedo que había sentido tras el reciente suceso.

Y es que todo se sucedió rápido a pesar de la larga espera y paciencia que se tomó la criatura hasta obtener los gritos de Carol. Sabía que su manía venía de creer que a lo largo de la vida mientras dormimos se introducen arañas por la boca. Su padre le había demostrado que era mentira, todo una investigación, y que no tenía lógica, alegando casi desesperado ante esa Carol niña que los bichos se asustan al notar la respiración. Ella ya sabía que las arañas no pueden habitar dentro, que de hacerlo morirían, pero la impresión jamás se había borrado y allí seguiría...

Vio la sombra fugaz por la puerta entre abierta del cuarto donde iba a dormir. Se mantuvo observando la oscuridad que desprendía la habitación como si hubiese sangrado sombras; como si dentro hubiese habido una masacre de carne negra, bien podrida.

La joven caminó sin dar las buenas noches. Entró y cerró la puerta.

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