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20 min
El trilobites
Terror |
27.12.14
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Sinopsis

Algunos tienen desgracias; otros obsesiones. ¿Quienes son más dignos de lástima?, Del inconveniente de habar nacido, Emil Cioran.

                                                         El trilobites

                                                          José León

Cuando Gemma llegó lo encontró tumbado en el sofá con una manopla humeante sobre la frente, un vaso de té verde a medio beber y varias cajas de pastillas sobre la mesa. Entre los envoltorios rotos tras haber sido abiertos con desesperación pudo encontrar asqueándose preocupada algunas colillas convertidas en gusanos de cenizas bien formados que terminaban en filtros devastados por algunas pocas pero contundentes mordidas, probablemente al encenderlos. Se conocieron una tarde de otoño después de que el turno de Roberto, recientemente becado en el museo de historia natural de Londres, tocara a su fin y este saliera a fumarse un cigarrillo a un banco de las inmediaciones. Llevaba unos tres meses en Londres. El cambio de pueblo, era natural de Alcalá de Guadaira, a una capital de varios millones de habitantes le resultó muy traumático, no solo por el idioma y la temperatura; lo primero lo pudieron solventar sus muchos años de estudios mientras que lo segundo era tan sencillo como ponerse ropa para el lugar, sino por lo que significaba alegarse de su familia, entorno y amigos. Su rutina los primeros días fue un frenético ir y venir en taxi desde el museo hasta su pequeña habitación de un hotel encajado entre dos enormes edificios cerca del Támesis. Los gastos corrían a cargo del Natural History Museum. En pocos días se trasladó a un umbrío apartamento cercano donde encontró estabilidad y bastante tiempo para sí mismo. No podía afirmar que disfrutaba de las mejores condiciones ni que el sueldo le diera para demasiados caprichos, aunque no sentía ninguna necesidad, al menos entendiendo esta en el sentido estricto, sin satisfacer. La moqueta que tapizaba por completo el suelo de la casa estaba salpicada de quemaduras, y manchas de café que por aquí y allá peleaban con el tono ocre original, los fluorescentes funcionaban en ciclos anárquicos de perfecta iluminación y cortocircuitos que muchas veces además de dejar sin luz la casa, apagaba el departamento entero, el agua de los grifos a pesar de ser de un sabor dulzón muy agradable al paladar estaba siempre rozando el punto de congelación, en las bisagras de la puerta debió emplear más de un bote de aceite, poco menos en las ventanas y en el frigorífico, pero la calefacción funcionaba bien, se encontró una televisión de plasma ridículamente cara teniendo en cuenta el resto, desde primera hora notó que era un lugar decididamente silencioso y la decoración, aunque muchas veces polvorienta, no estaba mal del todo. Deshizo las maletas en el cuarto en el que dormiría. Preparo sus prendas colgándolas en las perchas del armario y, después de hacer sitio para su colección de fósiles del pérmico junto al televisor, colocó sus quizás demasiados libros, tantos que tuvo que facturar dos maletas independientes de la de la ropa, ordenados alfabéticamente en una estantería que similar al televisor, deslumbraba fuera de lugar con sus matices de roble carísimo iluminado bajo la escueta luz anaranjada de la lámpara. Una vez que terminó con todo los trámites de la mudanza, se preparó un té que bebió envuelto en una desigual presión de satisfacción y ansiedad. Sintió entonces por primera vez desde que llegó que estaba en casa. Apenas pudo estar diez minutos descansando bebiéndose el té con un Marlboro en entre los dedos. Hubiera seguido ahí, pero una llamada del museo le obligó a salir para estar lo más rápido que pudiese en una sala que acababan de estrenar. De ultimísima apertura, disponía del capital necesario para estar en las mismas condiciones envidiables del resto de las instalaciones. Una serie de vitrinas caoba estilo victoriano en fila india con separación de un metro y medio dividía la estancia en dos mitades. Los fósiles del cámbrico, ordovícico y silúrico aún lado, mientras que en el lado contrario reposaban expuestos los del devónico, el carbonífero y el pérmico. Un enorme cartel con letras góticas en forma de arco de medio punto hacía de dintel en la entra con el título, La era Paleozoica. En las vitrinas que dividían las dos ambientes se podían encontrar ámbar con insectos, documentos enmarcados de investigaciones del siglo XIX y XX, algunos sostenían hipótesis tan graciosas como que los trilobites en realidad provenían de las estrellas, réplicas de algunos trilobites en cera que parecían enormes langostas de banquete de boda de lujo, réplicas también de cera de plantas de le época, sobre todo Gossopteridales aunque algunos modelos representaban flora con probablemente más de 560 millones de años y unos pocos trajes de Sir Charles Darwin. Una de las expresiones menos originales del mundo se le vino al pensamiento a Roberto estando la primera vez, “esta sala lleva a otro tiempo”. Llegó ese día solo quince minutos después de que le hubieran llamado. Hizo acto de presencia con los pantalones algo mojados, la chaqueta empapada, su maletín con una de las cerraduras a medio abrir y jadeando. La cantidad de tráfico que tuvo que soportar unido al mal tiempo así como los innumerables semáforos, todos sin excepción en rojo, no solo le barraron de la cara la sonrisa sino que además le llevaron a volver a morderse las uñas, un hábito que creyó superado en su etapa de instituto. Uno de los bocados fue tan desmedido que le abrió una herida en la yema del pulgar derecho. Mientras intentaba curarse la herida con un pañuelo de papel, la voz inconfundible del supervisor rompió el silencio. Le pidió con su acento londinense que le ayudara con las últimas cajas de material del Museo británico. Debían descargar con la ayuda de uno de sus especialistas y dos operarios de la agencia de trasportes, un total de tres cajas especiales que contenían algunos fósiles, unos pocos documentos preciosos de los inicios de la paleontología y varias obras de pintores del siglo XX. Los cuadros con dinosaurios fue lo único que no apareció, sin embargo, tanto los ámbares como los fósiles con trilobites, tuvo Roberto que desenvolverlos y clasificarlos en el almacén. Los manuscritos de científicos pioneros que encontró en las cajas, eran de lejos de un valor histórico muy inferiores a los expuestos ya en las vitrinas. Despues de toser unas cuantas veces, la lluvia no paró y el frio congelaba en la zona de carga y descarga de esta área del museo, le preguntó a Jenkins que si podía descansar diez minutos. Este viendo que tenía tanto la clasificación como la queja por la falta de los cuadros terminada, asintió al tiempo que sacaba de su bolsillo derecho un reloj circular con una foto de Trafalgar Square. “Diez minutos” dijo en español. Roberto pestañeó y atravesó la puerta plegable con el paquete de tabaco en una mano y los bolsillos de la cazadora repletos de etiquetas sin inscripción. Ocurrió entonces que vió por primera vez a Gemma. Estaba sentado sobre un medio muro de ladrillos rojos fumando distraído, pero se dio cuenta de ella nada más aparecer tras una furgoneta de comida congelada al lado de la esquina que formaba uno de los límites del pequeño parque con algunos árboles, césped, columpios y bancos ubicados a unos diez o veinte metros del muro sobre el que estaba sentado. La chica le dedicó una mirada distante aunque muy azul. Roberto dio varias caladas a su cigarrillo mientras la miraba por lo demás sin hacer ningún gesto. Cuando estuvo en mitad del parque, se levantó y empezó a andar en su dirección con la descabellada idea de tener una cita con ella. A unos dos metros le pregunto forzando la voz que si había visto un movil, un Samsung Galaxy, perdido por algún lugar del parque. Gemma contestó con modales británicos que no. Él replicó con una mentira audaz y, luego de peinarse unos segundos con la mano su pelo cortado al estilo tradicional europeo, preguntó mirando al cielo apagado y cobrizo unas cuantas pamplinas con la única idea de entablar una conversación. Ella se mostró cautelosa y marcó las distancias durante varios minutos, pero entre que le gustaba su aspecto, que curiosamente trabajaba en el lugar al que iba, o sea, el museo de historia natural y que sentía un deseo muy hondo de olvidar lo de su ex novio, terminó cediendo y aceptando la invitación de Roberto, un pase con café gratis y guía que sería el mismo. Regresó el joven español entusiasmado a su puesto de trabajo. Su supervisor, Jenkins, casi no le reprochó que hubiera tardado más del doble de lo pactado. Tenían todo el trabajo hecho y el turno estaba a punto de concluir cuando terminaban entonces las cinco de la tarde, noche en la práctica, de inicios, nervios e ilusiones. Ambos empezaron a pasear por la sala recién inaugurada caminando con idéntico paso, las manos en la espalda formales. Tuvieron una conversación amena y tranquila en la que hablaron desde paleontología, la ciencia que habían estudiado los dos, hasta del estúpido error del otro museo con el retraso en el envío de los cuadros, pasando por la cantidad de dinero que esperaban facturar con la exposición. Un apretón de manos acompañado de un suspiro complacido puso el fin en la conversación. Mientras que suspiraba, estando de nuevo en el almacén, Jenkins citó a Roberto para mañana por la mañana a primera hora. Este le guiñó un ojo, se abrigó con el chaquetón que descolgó de la percha y salió en busca de Gemma. La chica lo esperaba con su bufanda de terciopelo anudada y las manos en los bolsillos de la chaqueta sentada con las piernas cruzadas en uno de los taburetes de la terraza del cercano bar Lima. La saludó con dos besos, terminaron dos tazas de té, entre tanto hablaron del tiempo y de como se veían en veinte años vista y al poco, más o menos a los veinte minutos de estar ahí sentados, marcharon al museo para visitar la nueva sala. A partir de este momento, los dos se embarcaron en una relación acalorada con perfiles contrapuestos que hacían equilibrio mutuamente. Ella era fría, ordenada, distante, espontánea solo cuando señalaba lo malo, verdaderamente pálida y guapa, muy noble de corazón. Él era un hombre sin sistema, soñador, bohemio, de pensamiento hondo pero en el fondo infantil, muy dado a estar a millas de cualquier cosa que tuviera cerca realmente. Eran mujer y marido de matrimonió típico y estable en el tiempo como los de antes, pero algo absurdo, una de esas cosas que no deberían pasar y que sin embargo suceden de una forma u otra de vez en cuando, hizo que se rompiera todo. Ya en la primera cita, estando bajo el calor del fuego de una estufa con forma de champiñón en la terraza del bar, Roberto comentó algo del tema casi sin darse cuenta y sin darle demasiada importancia. Medió en broma medio en serio, soltó un comentario a Gemma diciendo que había visto un trilobites fosilizado con signos extrañísimos y formas que no había encontrado nunca antes. Tenía alterado el caparazón, la cabeza y las extremidades aunque su estado de conservación era excelente. Estuvo a punto de decirle que pensaba que podía tratarse de un fósil de antes del Paleozoico, uno del precámbrico pero por considerarlo estúpido se reservó el cometario. La cita se desenvolvió tranquila y dulce para los dos, la velada del museo lo mismo; estuvieron muy bien juntos y exceptuando algunos momentos de tensión, por ejemplo el del comentario que Roberto finalmente no hizo sobre lo que había encontrado en una de las cajas, todo surgió tan bien que hasta salieron del museo agarrados de la mano en una actitud de cercanía de caramelo que mantendrían hasta mucho después. Roberto lo primero que hizo cuando se despertó al día siguiente fue llamar a Gemma, que mientras se preparaba el desayuno, mantuvo con él una conversación de media hora en la que convinieron un cita para las 7:30, momento en el que los dos podían. El de España luego de la conversación, se pegó una ducha y salió al trabajo con el extraño trilobites en mente. Nada más llegar al almacén, lo sacó de la estantería, lo desenvolvió y comenzó a estudiarlo otra vez con una lupa y un microscopio. Durante tres horas, desatendiendo muchas veces las peticiones del supervisor a pesar de llevar solo una semana en el museo, estuvo concentrado en el fósil. Mirando con distintas luces desde distintos ángulos, buscando información en libros y en internet, observando con el microscopio fragmentos cuidadosamente seleccionados del increíble ejemplar. No podía creer que tuviese algo así entre las manos ni que ninguno de sus compañeros lo despreciara tanto dando explicaciones tan pedestres. Roberto sencillamente no podía convencerse de que fuera un ejemplar falso que en realidad no contaba ni setenta años, ni de que se tratase de una malformación. Definitivamente, eso era el primer trilobites del precámbrico, el primer eón de la tierra. La idea le pareció un disparate incluso a él mismo hasta bien entrada la noche ¿cómo era posible que los conocimientos que había adquirido en sus largos y duros años de preparación quedasen en evidencia por un único fósil? No lo sabía. Lo cierto era que había estado durante toda la tarde con uno imposible que, conociéndose a sí mismo, sabía que cuando menos le daría mucho en lo que pensar. Varias horas después, en su cita con Gemma, tampoco dijo nada del trilobites, pero no obstante lo tuvo en mente como una idea fija. Estuvieron, un rato luego de haber cenado, manteniendo relaciones sexuales en la casa de Roberto. Empezaron entrando en tono en el sofá de la sala de estar con el tema imagine de los Beatles reproduciéndose suave en el DVD del televisor ridículamente caro y terminaron en la cama de su cuarto sin ningún tipo de protección. Aunque fueron momentos muy tiernos y entrañables, y dio la talla, no pudo quitarse ni por un segundo de la cabeza la figura del fósil. Desayunó al día siguiente té chino rojo con un cigarrillo, dio un beso de despedida en la frente de la chica, que tenía su turno en el banco en el que trabajaba una hora después, y emprendió el camino al museo. En la calle un día gélido de Febrero detenía el aliento y la imagen mental del trilobites para Roberto flotaba en todos lados. Al llegar lo primero que hizo fue abalanzarse sobre el para seguir estudiándolo. Continuó haciéndole pruebas de todo tipo, algunas verdaderas locuras como arrancarle un trocito con cuidado casi enfermizo, machacarlo con la misma actitud grotesca y diluirlo en ácido sulfúrico para observar el resultado al microscopio. Sus compañeros durante esos días notaron que algo iba mal en él, pero prefirieron no decirle nada. Intentaba por todos los medios hacer bien su trabajo, hacer cuanto le pedían, en definitiva ganarse la beca, pero cada vez el fósil se iba apareciendo más a una piedra que alguien había atado a su espalda en una pena similar a las de Tántalo. Gemma le llamó cuando terminó su jornada laboral. Fueron a una bolera y luego estuvieron viendo películas. Durmieron cada uno en su casa, pero Roberto no lo hizo pensando en ella, sino en el fósil. Casi no pudo conciliar el sueño, y el poco tiempo que durmió, aunque fue un sueño profundo y reparador, fue también un sueño plagado de imágenes borrosas con fauna prehistórica. Recordó al despertar arboles primigenios, probablemente del devónico, mamíferos extintos hace millones de años y lagartos de comienzos del pérmico. Despertó cansado con sudores. Fue al museo a pie. Realizo su jornada lo mejor que pudo, estuvo luego con Gemma, y durante toda la noche hizo bocetos del fósil. Los tres meses siguientes no pudo quitarse ese aberrante trilobites de la mente. Una pieza de unos diez quilos en carbonato cálcico, genialmente conservada y negra como el azabache puro. Con su novia, formalizaron la relación al mes, se mostraba centrado, pero la obsesión por eso corroía cada uno de sus pasos sin que nadie lo supiera. Los sueños cada vez fueron más vividos e intensos, la obsesión cada vez peor. Cuando robó la piedra del almacén a nadie le sorprendió y, a pesar del enorme valor histórico que tenía, todos hicieron la vista gorda y ninguno denunció la desaparición. Entonces empezó la etapa más demente de su vida. Lo puso en la estantería sobre el televisor. Durante todo el día pensaba en él y el resto del tiempo, a excepción de cuando trabajaba, trataba con Gemma o hablaba con su familia, no hacía más que mirarlo expuesto. Su mirada se detenía en cada forma, en cada detalle, pestañeando casi nunca, recorriendo los granitos que uno a uno formaban el conjunto. Cuando se cansaba de la distancia se acercaba al espécimen o acercaba el espécimen a él, asi minuto tras minuto, hora tras hora. Volvía a repasar el estudio de edad mediante datación radiométrica, volvía a sorprenderse con el resultado, 300.00 millones de años, volvía a no creer que nadie los tomara en serio, volvía a ver el trilobites superpuesto en cada forma en la calle, desde un coche a una farola, y volvía a soñar con lo mismo dispersado en escenas inconexas y muchas veces sin sentido. Imágenes de bosques primigenios con absurdas combinaciones de árboles del triásico y dinosaurios del cretácico, animales por parajes extinguidos millones de años antes de que ellos hubieran podido llegar a ese grado de evolución. Cada vez que se despertaba, veía a modo de fotografías que un desorden psiquiátrico hubiera dejado en su subconsciente, Plateosaurus, Tyrannosaurus Rex, Herrerasaurus, Ankylosaurus con la bola de huesos de la cola pintada de extraños colores y, algunas pocas veces, hasta simples focas de mar. Noche tras noche las visiones se incrementaban y se hacían más absurdas y desagradables, aunque era peor, de lejos, despertar y caer otra vez en la obsesión por el objeto. Irónicamente, la relación con Gemma no iba mal y llegó a afianzarse. Muchas veces pensó que era el antídoto de ese pedazo de infierno. Con ella su obsesión se serenaba y podía de vez en cuando perder de vista al fósil. Concretamente cuando la miraba directamente a los ojos. Aunque muy poco era capaz de encontrar el silencio, la quietud y el estado de ánimo como para que en serio su mente apartara el fósil de la consciencia. Gemma no supo que realmente estaba mal hasta el día que la llamaron del museo diciéndoles que no tenían noticias de Roberto. Despues de haber perdido media jornada buscándolo, terminó por encontrarlo en su casa acostado en el sofá con unas mantas arrugadas mal colocadas cubriéndole de cintura para arriba. En este tipo de situaciones lo veía cada vez más a menudo, cada vez con más colillas sobre la mesa y restos de té en vasos sucios. Cuando le preguntaba, respondía que no era capaz de dormir bien, que tenía el pensamiento embotado. Supo antes que el que terminaría mal, pero no se lo dijo. En una ocasión lo encontró especialmente afectado en la salita de estar. Olía a mierda desde el otro lado del umbral, y naturalmente preguntó que sucedía. Entonces Gemma llevaba una semana con las llaves del piso y desde hacía unos días ejercía más de hermana mayor que de novia. "Me he comido un trozo del bicho", suspiró mirándola. Quiso llevarlo al médico, pero se negó tajante, pegó un salto sacando fuerza que no tenía y estuvo medía hora bañándose. Despues de tener el primer acceso de diarrea, cayó aún más en algo que no sabía cómo calificar y que devoraba su cuerpo y su vida. Más obsesión por el trilobites, más noches pintándolo sin parar, más deambular con el fósil entre las manos por las inmediaciones del museo recordando en volátiles flashbacks momentos de cuando trabajaba ahí, muchos más sueños incatalogables con seres en periodos en los que no habían podido estar y comportamientos enloquecidos. Siempre se despertaba con mal cuerpo y humor agónico. Se empezó a acostumbrar, cansado ya de la ineficacia de las pastillas, a comer cada mañana un trozo del trilobites. Era lo único que le paliaba el malestar, la fiebre, la diarrea y el insomnio. Si no ingería al menos un trocito del fósil, no solo no conseguía dormir más de diez o quince minutos por noche, sino que al despertar lo hacía sintiendo que había venido de un mundo de caos, crueldad, salvajismo, amenazas constantes que lo hacían sentir siempre una presa fácil. Roberto se repetía una y otra vez que no era más que carbonato cálcico, que su problema era psiquiátrico, pero lo cierto era que sin comerse al menos un trozo al día, se sentía aún peor. Poco antes de haber ingerido toda la pieza le comentó por teléfono a Gemma que no fuera a buscarle ese día. Ella aceptó y al día siguiente fue a ver qué tal estaba. Abrió la puerta y al entrar vió una escena que le marcaría de por vida. Roberto estaba tumbado en el sofá con la boca muy abierta y desencajada. En su interior un gusano blanco se retorcía enloquecido. El diagnóstico fue muerte por Ascaris lumbricoides o gusano intestinal. 

 

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    El trabajo de Maringá es un relato que habla por si mismo

    Lo ocurrido en Pripyat es uno de los incidentes que más marcaron el siglo XX. Tengo pensado hacer una novela ambientada en este lugar. Espero que guste.

    Algunos tienen desgracias; otros obsesiones. ¿Quienes son más dignos de lástima?, Del inconveniente de habar nacido, Emil Cioran.

    Un filósofo alemán describió la locura como la rotura del hilo de los recuerdos. Humildemente encuentro esa definición perfecta.

    He querido hacer critica social, sin perder el estilo en el quiero especializarme, del momento presente.

    He estado en una tienda muy parecida a la que aparece en el relato. No me encontré nada tan irónico, pero si una profunda sensación de extrañeza en ese lugar. Humildemente estoy muy satisfecho con el resultado, y quisiera intercambiar opiniones cuando lo valoren.

    Este relato lo publiqué hace algún tiempo bajo un seudónimo. Lo hago público ahora con mi nombre auténtico, pero manteniendo el sentido original; que sea como un chispazo. El titulo, Paréntesis creativo, apunta ya en esta dirección. Espero que guste.

    No recuerdo quien dijo que para hacer una buena historia, debe parecer más real que si hubiera sucedido en realidad; esta era mi intención cuando escribí Infierno.

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Soy un estudiante de bachillerato de vida agitada y vocación literaria inquebrantable.

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