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6 min
EL TSUNAMI
Suspense |
01.04.16
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  • 2309
Sinopsis

No todo lo que el mar se llevó era agua y trigo limpio.

- No sé si tienes madera de navegante - le dijo Alba.

La gorra escocesa calada hasta las cejas, también dentro del bar. Alba nunca se la quitaba. Llevaban hablando de su proyecto desde media mañana y a la hora de la comida todavía seguían en la barra donde Eustaquio les servía la enésima cerveza.

- Me embarco, y punto. ¿No entiendo qué problema le ves?

- Pues que tú ni siquiera sabes nadar... ¿te parece poco?

- Alba, lo que ocurre es que no quieres perder a un dependiente eficaz como yo y no...

- Hombre... eficaz, eficaz...

Era cierto que en la pescadería de Alba le miraban de reojo cuando acometía un pescado con el cuchillo. Emérito lo sabía y le daban mucho coraje las risitas y el cachondeo sobre su manera de coger la herramienta porque llevaba trabajando casi tres años allí y nunca se había cortado ni estropeado una pieza. ¿Qué más daba su forma de coger el cuchillo?

- Pues sí señora, eficaz como ninguno. Lo que ocurre es que os falta imaginación y no concebís más que una forma de hacer las cosas. Que yo las hago de otra manera, ¿qué más da, si el resultado es mejor de cómo lo hacen los demás, eh? Así, que pienso que todo lo que me dices de mi miedo al agua y que no sé nadar no es más que las ganas de retenerme en tu tienda.

La pescadera carraspeó y mojó los labios en la espuma de la cerveza que recién le renovó Eustaquio.

- No te pongas así, Eme -ahora su voz se hacía tierna- A mí, la eficacia que me importa es otra... ya sabes... -y apoyó la mano que no sostenía la jarra sobre la rodilla de Eme, que la notó cálida y húmeda a través de la tela del pantalón.

- Eso es chantaje, amiga. Sabes bien que lo nuestro ha sido siempre sin compromiso, de esta manera lo acordamos la primera vez porque tu lo quisiste así -le vinieron a la mente imágenes de nalgas y batas desabrochadas sobre los sacos de rafia del almacén- Lo tuyo conmigo es un aquí te pillo, aquí te mato...

- ¿Nada más?, ¿estás seguro de eso, Eme? -la mano la sintió más cálida y húmeda todavía a Eme.

- Entonces... ya te digo... yo quiero embarcarme en un pesquero de esos que van al sur de África a por lenguados falsos y calamar, y están siempre de viaje. Y vas y me dices que tengo miedo al agua cuando resulta que lo que echarás de menos son nuestros encuentros del almacén... -le pareció que se incrementaba el temblor húmedo en sobre su rodilla y algo más arriba- Tú misma lo dijiste, lo nuestro no puede ser otra cosa, tu eres la jefa y yo sólo un dependiente.

La mano se estremecía algo más sin detener su curso alcista. De la puerta de la taberna entraba el sol del mediodía a columpiarse sobre el aire y las volutas de humo de los fumadores. Se escuchaba el trajín de los muelles y las voces de los estibadores despidiéndose para la comida.

- Yo... -¿asomaba algo parecido a una lágrima en la mirada de Alba?- Eme, nunca pensé que fueras a irte de esta manera... Yo...

A Eme ya le costaba permanecer impasible, con la cara puesta de póker, mientras la veía flaquear y notaba aquella humedad familiar ya más arriba de la rodilla. La emoción contenida de estar consiguiendo su propósito le impedía escuchar el sordo rumor que se mezclaba ahora con los habituales sonidos del puerto de pescadores.

- Si tú quisieras, Alba... yo no me iría.

- Pues eso es lo que  quiero -dijo pescadera con la emoción columpiándosele en un susurro.

Ya es mía, se dijo gozosamente Eme. Estaba a punto de dejar de ser un miserable dependiente para ser el prometido, y luego el marido, de la jefa.

- Pero no, Alba, yo no puedo seguir así... y también siento que te echaré de menos como se echa de menos lo que más se quiere -y aferró la mano de ella con la suya sobre su pierna, empujándola suavemente hacía arriba.

Entonces el rumor se hizo más fuerte, se escucharon gritos y vio a la gente despavorida correr en la calle. Apenas tuvo tiempo de pensar y tomar a Alba por la cintura cuando reventaron las ventanas y por la puerta entró una masa enorme de agua que los envolvió en un remolino frío y salado con los muebles, las botellas y demás clientela. Antes de perder el conocimiento sintió cómo Alba se escurría de su abrazo y le pareció ver a Eustaquio flotando a través de una ventana, y pensó que era mala suerte no haber aprendido a nadar.

 

- Teníais que haber visto cómo empuñaba el cuchillo mi amor. Justo al revés que el resto de los mortales, con la empuñadura hacía el borde de la mano y la hoja asomando entre el índice y el pulgar, apuntándole siempre al corazón o a las tripas. Aunque es cierto que nunca se cortó ni estropeó una pieza. ¡Pobre Eme! Cuando pienso en los tiempos del tsunami siempre me acuerdo en él- y Alba se quedaba en la barra del nuevo bar de Eustaquio, con su enésima cerveza, contando a quien quisiera escuchar cómo el tsunami arrasó con todo, Eme incluido. La vieja y poco agraciada pescadera terminaba los días farfullando etílica y alicaída sobre la gran ola que se llevó su amor, justo en el instante en que decidió casarse con él- Ni siquiera se lo pude decir -gimoteaba melancólicamente trompa.

Cuando Eustaquio le negaba la última cerveza, Alba salía a trompicones el bar. Tras ella se iban apagando, sordos, los comentarios sobre lo mal que llevaba la pescadera que el bravo mar se hubiera llevado para siempre al joven, apuesto y, sobre todo, ambicioso Eme.

                                                                       ***

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