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5 min
El túmulo del empalado
Históricos |
23.09.15
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Sinopsis

Si no llegó de verdad a suceder, pudo haber sucedido.

Fue el reinado de la casa de los Austria época convulsa tanto en el aspecto religioso como en el social. Eran las tierras de población eminentemente campesina y jornalera las más proclives a que, en ellas, surgiera de vez en cuando algún predicador que supiese canalizar, a través de su persona, el descontento popular, transformado en odio, hacia los poderosos que la esquilmaban, convirtiéndolo a veces en abiertas y hasta sangrientas revueltas, como las acaecidas un par de siglos antes en la villa andaluza de Fuenteovejuna o la matanza de judíos en la capital de Córdoba. 

   Cierto es que muchas de estas revueltas no fueron narradas por los cronistas de la época ni por los posteriores. El Santo Oficio ejercía de órgano censor y silenciador de la propagación de noticias que pudiesen atentar contra el sacrosanto principio de la autoridad del monarca como proyección terrenal de la divina, a lo que se aunaba el hecho de que cualquiera de estas agitaciones era eclipsada por otra posterior, terminando todas al final por perderse en el olvido, o quedando en el acervo popular como cuento de Mari Castaña, para contar a los niños frente al fuego de la chimenea.

  Comparsa a pesar suyo fue, la joven Madeleine de Maury, de una de estas revoluciones campesinas acaecida en una España regida por uno de aquellos Felipes de la casa de Austria, y que acabó como en la realidad solían acabar en aquella época todas las revueltas protagonizadas por bandas de alucinados en pos del iluminado de turno: hoguera, horca o empalamiento, y galeras o presidio para los levantiscos y derrotados sobrevivientes.

   Ejercía Madeleine el papel de -aunque francesa- modosita concubina del Conde de Peña Horadada, el que, por casi triplicarle la edad, procuraba distraer sus ardores de veinteañera -que a él le hubiesen exigido un más dedicado cumplimiento marital- con espectáculos de danzarines y bufones, y hasta alguno pagano de gladiadores con sangre vertida en el patio de armas del castillo, pasando así, en fiestas y saraos, los días hasta aquel fatídico en que una horda de campesinos, armados de hocinos, guadañas y algún que otro trabuco, olvidado en un arcón y limpiado de óxido apresuradamente, pusiera cerco al castillo condal, en seguimiento de algún charlatán, más o menos anarquista, que andaba predicando el poner boca abajo el orden natural de las cosas, que era que a los de arriba les toca mandar y a los de abajo obedecer, como Dios lo había dispuesto desde que el mundo era mundo.

  El fanatismo furioso de los asaltantes conjugado con la flaqueza de los defensores, dio a los revoltosos en pocas horas el dominio del castillo, donde sus habitantes, sin distinción de rango ni clase social, eran masacrados cruelmente. Lo mismo les servía un alférez a los insurrectos que un pinche de cocina para dar desahogo a sus instintos sanguinarios. Hasta tiernos adolescentes de ambos sexos fueron ultrajados por un puñado de cabreros, poco exigentes en materia de agujeros carnales, antes de ser degollados.

   Un mozo, veinteañero como ella, alcanzó a encontrar a Madeleine temblando escondida en el fondo de un aposento, y sin más preámbulo le envainó un palmo de verga en el chumino a la muchacha que, poco hecha a un manjar de esas dimensiones, lo encontró tan reconfortante que, en afán de repetir, provocó que a la puerta del aposento se formase una cola de ávidos de introducir la suya propia en los surcos que la joven, cual si fuese una renacida Mesalina  -de la cual se cuenta que en una apuesta sexual derrotó a la prostituta más profesional de Roma- placentera y gustosamente les ofrecía, hasta que uno de ellos, maricón por más señas, valorando más las joyas que el coño de su dueña, la apuñaló hasta la muerte para arrebatárselas.

    Cuentan las viejas, en las noches de tormenta a sus nietos que, descubierto el atroz crimen por los que aguardaban turno para yacer con la muchacha, procedieron a ensartar, con una pica suiza por el culo al homicida, en justo pago a su contranatural condición, quedando así empalado en el patio de armas del castillo, sirviendo el cadáver de blanco -junto a una tosca diana de cuyo centro pendían los testículos del dueño del castillo- para cuadrillos de ballesta y hasta para las piedras de los tirachinas de los niños, hasta que el hedor convirtió su macabra presencia en insoportable y, desenclavado, fue arrojado al borde del camino, quedando oficialmente insepulto, aunque cubierto por las piedras que los caminantes iban echando, una a una, encima de su cuerpo, hasta formar un túmulo, que, las lluvias y el tiempo, fueron cubriendo de tierra hasta formar un cerrillo que aún puede verse a la derecha del camino que va desde Puertollano a Amodóvar del Campo.

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