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20 min
El último año
Amor |
25.12.14
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Sinopsis

Cuenta la realidad de un personaje principal, adolescente y con una reciente pérdida, pero también se centrará en la realidad de los demás personajes, que tanto quieren decir, pero no tienen fuerzas ni voluntad para ello. Si bien está en la categoría amor, también le añadiría la de drama, adolescencia y crudeza. Actualmente, sigo escribiéndola, así que se irán añadiendo capítulos.

Eran ya las 6 y 45 cuando sonó el despertador de su móvil, mas él llevaba un buen rato despierto. Aquella alarma estridente y molesta solo significaba la hora de salir de la cama, pues hacía un buen tiempo que se despertaba por si solo a cosa de las 6 y 20 o y media. Tomó las gafas de su mesilla para ponérselas y se levantó con pesadez, rascándose su corto cabello acompañado de aquel aperezado bostezo.

Una vez levantado, se dirigió a su escritorio, cogiendo el último cigarrillo que le quedaba en su cajetilla metálica retro, con el logo de Chesterfield. Salió al balcón descalzo, descamisado y con aquel viejo pantalón de chándal cortado bastamente a la altura de las rodillas hace tiempo por unas tijeras. Para él su placer mañanero de todos los días era echarse el piti en el balcón, observando a la gente salir de sus casas y en invierno, observar los primeros rayos violáceos del sol iluminar el horizonte, tras el puerto. Vivía bastante lejos del mismo, pero al ser una zona alta podía apreciar el paisaje que alcanzaba a verse entre los edificios de poca altura de su barrio.

Después de prepararse un sencillo desayuno, ducharse y hacer el vago un rato más, salió a cosa de las 7 y 35. Él ya daba por hecho que a esa hora los dos autobuses que tenía que coger para llegar a su instituto no le daría suficiente margen para llegar a la hora, pero sencillamente le daba igual. Sin embargo, al amparo de la música de sus audífonos, mientras se agarraba a lo que podía en el abarrotado primer autobús, solía recordar lo que su madre le decía: ''Si no hubieras dejado que te echasen del anterior instituto, no tendrías que pasar por eso todas las mañanas. Tonto, vago. Inútil.''. Entonces después se acordaba del cariñoso desayuno que le servía para despertarlo.

Llegó a su instituto a cosa de la de las 8:15, y como de costumbre, se ponía en la puerta, sin decir nada, agarrando el barrote y esperando que la anciana portera le abriera la puerta. 

-Las clases empiezan a las 8, mi hijo. -Le solía decir, mientras pulsaba el interruptor para abrirle-

-Que si. 

-¡Pero cierra la puerta!

-Viene gente.

Al llegar a su clase, en la tercera planta, entró sin llamar y como de costumbre, la profesora ni se molestó en interrumpir la clase por aquel tardado. Simplemente no le decía nada, mientras él llegaba con parsimonia a su sitio, tocaba el hombro de su compañero de pupitre a modo de saludo y se sentaba en silencio, tardando unos cinco minutos más en sacar la vieja libreta que usaba para más de una asignatura y el estuche de lápices, que llevaba cursos enteros sin cambiar.

La mañana se le pasó lenta, hasta que por fin tocó la tercera campana del día y salió disparado al patio, con un pitillo en las manos que había pedido hora antes a cualquier apurado transeúnte mientras esperaba el segundo autobús. Debía ser rápido, si quería llegar a tiempo de fumarse su cigarro en las canchas superiores de baloncesto.

Allí estaba ella, en la esquina de la cancha, sentada en la tercera y última grada de piedra. Esa muchacha de pelo rojo, lasio y de puntas mal cuidadas, con aquella expresión malhumorada, mientras le veía venir. Puso cara de asco, asegurándose de que él la vería. Era un ritual para ella. Él en cambio, como de costumbre, no le hizo caso y se sentó a unos pocos metros de ella, encendiéndose el cigarrillo en lo que sería un incómodo silencio, si no fuera por que ambos ya estaban acostumbrados.

Ella se concentró en su móvil un rato, él atendió una llamada al suyo propio.

-Sí, soy yo. Sí. Sí. -Asintió unos segundos en silencio, mientras se subía la capucha de su sudadera y apretaba la mandíbula. Aspiraba del cigarrillo, con calma- Entiendo. Pasaré por allí...

-¿Tienes fuego, enfermo? -No era un tono bromista, amistoso, o burlón. Su mirada y sus palabras eran claramente con intenciones maliciosas e hirientes, pero acabó desencajándose ella sola-

Él no dijo nada al respeto, cosa que a ella la extraña, ya que normalmente le dedicaba una sonrisa piadosa y le lanzaba el mechero. Pero esta vez, no dijo nada. Simplemente arrastró unos pocos centímetros por la grada el mechero, hacía ella, mientras perdía su mirada hacia otro lado, al calor de su cigarrillo. Se llevó la mano a la frente y la pierna le comenzó a temblar, tratando de contenerse. Pero no era por las palabras de ella, ni su desprecio, pues llevaba años aguantándola y ya estaba más que hecho a prueba de sus ácidos motes.

-¿Y el resto, psicópata? -Le lanzó el mechero al regazo, pegándose a la esquina y vigilando el acceso a la cancha superior, distinguiendo a los que iban entrando a la cancha, por si debía apagar su cigarro-

-No lo sé.

-Joder, no se como han podido dejarme sola contigo. Menudos gilipollas.

Nuevamente no respondió nada, y pasó un corto minuto hasta que él apagó su cigarrillo contra la grada y se levantó, tomando su maleta y largándose en silencio.

-Cuidado.

Justamente entró a la cancha el jefe de estudios, un hombre entrado en años, bajito, relleno y sin pelo alguno en la cabeza, postrándose tal cual guardia de centro comercial en el acceso. Ella con premura apagó su cigarrillo, pues no le había visto venir, pero aquel rechoncho hombre solo le dedicó una mirada durante unos segundos, asegurándose de que ella le viese pero después simplemente siguió mirando para otro lado. Claramente su presencia era meramente simbólica.

____________________________________________________________________________

 

Era la penúltima hora de clase, tocaba inglés. En el fondo de la clase estaba él, con la mirada perdida en la hora digital de la pantalla de su móvil, soltando un suspiro de vez en cuando. Una parte de la clase permanecía atenta al profesor, el resto simplemente mataba el tiempo con cualquier distracción posible. Esos pesados últimos minutos.

-Ya podéis ir recogiendo. -Dijo un minuto antes de tiempo, después guardó sus cosas y apagó el único ordenador de la clase-

Ella se acercó a la mesa de aquel distraído muchacho, apoyó los brazos y le miró fijamente unos pocos segundos hasta que por fin reaccionó mirándola también. Una mirada que lo decía todo, acompañada de una fugaz expresión dolorida de la que rápidamente se deshizo, pues no le agradaba el hecho de que todos supieran que aquel muchacho distraído y casi siempre alegre, estaba siendo atormentado por sus problemas.

-¿Ha ocurrido...?

-Sí, esta mañana. -Agachó la cabeza y golpeó su frente con el móvil repetidas veces- Me han ofrecido ir.

-¿Irás?

-No lo sé.

No dijo más, simplemente le abrazó en silencio los últimos segundos antes que sonara el timbre del cambio de clase. Él no pudo evitar derrotar el gesto, y notar como se le enrojecían los ojos, conteniendo unas lágrimas que llevaba desde la última llamada tratando de contener. 

-Vete ya, ya me inventaré algo si la profe pregunta.

-Gracias, Paula.

Él se levantó, tomando aire y recobrando la compostura, devolviendo sus lágrimas a lo más profundo de si mismo. Sabía que tarde o temprano acabarían saliendo, pero no sería delante de todos. Salió al abarrotado pasillo, esquivando a la gente, que a su vez esquivaba a otra gente, adelantándose tan rápido como podía. Era consciente de que no tenía mucho tiempo para llegar a la puerta antes que el jefe de estudios. 

En el último descanso de la escalera, allí estaban ellos, el grupito de amigos de Iskra, la arisca muchacha de piel pálida, pelirroja y de puntas mal cuidadas. Pegados a la pared, burlándose y observando con arrogancia a los de primer año ir con prisas de una clase a otra, verles preocupados por llegar tarde, o simplemente de su corta estatura. Cuando le vieron pasar, inmediatamente desviaron su atención de los pequeños hacia él. Uno de ellos, le agarró el brazo, con una sonrisa burlona.

-Eh, Andre. -Él interrumpió sus prisas, parándose a ver qué quería. Justamente, sus otros amigos, menos Iskra, se agarraron los brazos ellos mismos y comenzaron a sacudirse, tal cual loco de manicomio tratando de deshacerse de su camisa de fuerza-

-¡Buaaaaa! ¡Traedme a mi loqueroooo! ¡Yo no estoy loco, él existe!

Andre no dijo nada. Dedicó una mirada al líder de la broma y comenzó acercarse, con claras intenciones. El burlón muchacho solo sonreía de forma ácida, y la vez cobarde, ya que Andre nunca había reaccionado de tal forma a sus burlas y ya olía la pintura de guerra, al igual que el resto, que observaba expectante, deseando ver una buena trifulca. Cuando Andre hizo el intento de levantar su mano, para encajarle un golpe, apareció su compañero de pupitre. 

Antaño fue un repetidor de cursos, igual que Andre, pero era mucho más fornido y le llevaba un año. Y probablemente más de uno a los chicos burlones. Sencillamente apareció como un buen amigo que era y les separó antes de que Andre hiciera nada que le metiese en problemas. 

-Baja y espérame, ¿Vale? 

Andre puso la mano en la barandilla y bajó al trote las escaleras, sulfurado. El compañero de Andre les miró unos segundos, negó con la cabeza y descendió también el último tramo de escaleras a la planta baja. Cuando ya no había peligro de represalias, retomaron las burlas sobre Andre, aunque por alguna razón, no alzaban mucho el tono de voz. Ellos eran conscientes de que algo raro había ocurrido, por que si bien Andre nunca había sido violento, normalmente encajaba las burlas matutinas con un ''ni te miro'' más un corte de mangas y una sonrisa piadosa y ahí solía acabar la cosa, pero eran tan tercos que ahogaron sus conclusiones en más risitas y burlas, ignorando la agria realidad del asunto. Todos menos Iskra, que había permanecido en silencio todo ese rato y ni se había dejado notar desde el inicio de las burlas hacia Andre.

Por alguna razón, esa despiadada adolescente, sin hueco alguno en sus pensamientos que no sea para ella misma, no sintió ninguna gana de reír, o tan siquiera sonreír. De hecho se forzó a si misma una sonrisilla durante el incidente, que no pudo mantener mucho tiempo, y eso la hacía sentirse extraña consigo misma. Ella, que era la primera en intentar minar la autoestima de aquellos que osaban pasar por delante de ella.

Los dos amigos caminaban por la planta baja del instituto, con la prisa reflejada en su paso, divisando la salida del edificio a lo lejos. Y tras algunos alumnos de bachiller y ciclos medios, esperando que la desorganizada formación avanzara para poder salir, estaba el jefe de estudios, metiendo prisa y dando saltitos entre los altos muchachos para ver quien salía por la puerta del patio y quien no.

-Saimon.

Saimon no lo pensó un segundo, sabía lo que tenía que hacer. Con premura, se acercó al jefe de estudios, le tiró de la camisa y señaló hacia los baños de la planta baja.

-Joder, Pedro. Cerca del baño hay un pestazo a goma quemada que no veas, seguro que están fumándose un saque.

-Pedro, que mi hermana de primero pasa a veces por ahí, macho. -Comentó otro alumno indignado, presa del engaño de Saimon-

Pedro no dudó un segundo en echar el trote hacia el baño, con Saimon detrás, dedicándole un guiño justo antes de alcanzar al jefe de estudios al trote también. Andre no lo pensó y se escabulló con facilidad en la formación. Una vez fuera del edificio, se situó detrás de los más altos y no tardó en escabullirse de la misma forma por la puerta del patio.

Media hora más tarde, ya estaba bajándose del autobús. Observó, nada más bajar, la imponente fachada del edificio, remodelado hace poco y que resaltaba su majestuosidad, pues junto al mismo le seguían unos edificios todavía más, o quizás menos, grandes. Era un centro hospitalario.

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Once de la mañana, algunos días después de su visita al hospital. Andre se miraba en el enorme espejo de esquinas agrietadas que yacía en el pasillo, y en él, podía verse de cuerpo completo. Ahí estaba Andre, un muchacho de diecisiete años, alto y delgado, rapado a la bola y con unas gafas de diseño de lentes cuadrados y las patillas reparadas caseramente en más de una ocasión. Una vieja sudadera, con una o dos tallas extra a la que realmente usa, unos vaqueros cortados a la altura de las rodillas y las costuras colgando a modo de flecos en los irregulares cortes del pantalón. Era su ropa y modo de vestir preferidos, en especial por sus botas Timberland marrones, poco ajustadas.

Entonces solía recordar lo que a veces llegaba sus oídos. Gente que hablaba en base a lo que había dicho otra gente, y que a su vez lo había basado en otra gente que simplemente se dedicaba a sacar sus propias conclusiones prejuiciosas sobre Andre. Recordará con gracia todas esas veces que al conocer cara a cara a una de esas personas manipulada por la información de otros, se mostraban silenciosamente sorprendidas al tener delante a un muchacho de pintas callejeras, contrastando totalmente con lo que habían escuchado o concluido por ellos mismos. Pero recordar con gracieta todas esas veces, había quedado en un segundo plano.

Ya no se sentía como aquel muchacho rompedor de moldes, clichés y etiquetas sociales. Ahora se veía como un hombre destrozado por aquello que le atormentaba de forma activa desde hace un día, y de forma no tan activa desde hace meses. Se sentía con todo el derecho del mundo a llorar por ello, llorar en silencio, tratando de ignorar la necesidad de los cálidos abrazos de su amiga Paula o Saimon, tan reconfortantes y a la vez como recordatorios del tormento que se cernía sobre él.

Una lágrima se deslizó por su mejilla. Luego otra, y otra, y otra, hasta que tuvo que quitarse las gafas y satisfacer su necesidad de gritar y aporrear el cristal con sus nudillos desnudos, pero se vio obligado de volver a contenerse, cuando el timbre de la puerta irrumpió en sus pensamientos. Observó con detenimiento la puerta y rápidamente secó sus lágrimas con la manga de la sudadera, después se puso las gafas de nuevo e inspiró profundamente, mientras la abría. 

-Tío Daniel.

-Qué tal estás, Andre. -No necesitaba una respuesta, simplemente le dio un corto abrazo a su sobrino-

-Tirando...De alguna forma me había hecho a la idea desde hace tiempo.

-Será mejor que no hablemos de eso. Mira, ahora voy con prisas y me gustaría quedarme un rato contigo, pero están esperándome ahí abajo. -Sacó un sobre, dándoselo. Escrito a permanente, se dejaba ver una anotación: ''Comida, necesidades. 50euros''-

Andre tomó el sobre en silencio. Lo metió en el bolsillo frontal de su sudadera, arrugándolo en el proceso.

-Sé que todos serían más problemas para ti y para mi si no te dejara vivir aquí, así que confiaré en sigas cuidándote como lo has hecho hasta ahora. Además, esos lugares no son para ti y en casi nada tendrás dieciocho. ¿Me pillas, sobrinito?

No respondió con palabras. Devolvió un abrazo a su tío Daniel y asintió secamente con la cabeza.

-De todas formas pasaré de vez en cuando a comprobar que estés bien. Si estás dispuesto a hablar, o necesitas pedirme más, me llamas. -Acarició el corto pelo de su sobrino y bajó al trote las escaleras, mientras el claxon del coche que esperaba por él ensordecía los rellanos del pequeño edificio- ¡Voy, voy!

Andre cerró la puerta con un suspiro y sacó el contenido del sobre, tomando asiento en la cocina mientras se recordaba a si mismo que pase lo que pase, todavía no estaba solo en el mundo, y que algún día, las negras nubes que le acompañaban, se disiparían. Mientras tanto, solo debía preocuparse de llorar lo que no había llorado en meses y sacar del pecho a sus demonios. Esta vez pudo llorar y golpear sin interrupción.

Medía hora después, con la angustia de su pecho algo más aliviada, estaba ya a unos metros del pequeño minisuper de su barrio y recordó, al ver la verja bajada, que ese día caía festivo, pero como llevaba días sin aparecer por clase, no supo distinguirlo de un día lectivo. ''Con lo explotadores que son, seguro que han abierto hoy'' recordó justamente en ese momento, justo antes de echar a andar.

No tardó en llegar a las puertas de cierto supermercado, conocido por su hilo musical pegadizo, algo más lejos de su casa que el minisuper. Efectivamente, habían abierto ese día. Se tomó su tiempo para comprar aquello que creía necesitar, pues había hecho la lista mentalmente, y necesitaba tomarse su tiempo para recordar esto o lo otro. Cuando tomaba las últimas cosas que había conseguido recordar, la tragedia volvió a postrarse ante él.

Se giró para echar el último paquete de arroz en la cesta, cuando por accidente, pateó una cesta ajena a la suya. Un tarro de tomate triturado estalló contra el suelo e hizo dirigir la mirada de algunos curiosos al lugar del incidente. Andre dio por hecho que ese tarro no sería la única víctima del día, al descubrir que la dueña de esa cesta era Iskra. Ella permaneció en silencio, mientras su pelo le cubría ligeramente la cara, mirando el tomate triturado esparcido por el suelo tal cual mancha de sangre de la escena de un crimen. Él miró al estante, y afirmó más su teoría al notar que no quedaban más en el mismo.

-Antes de que digas nada o me fulmines aquí mismo: Tengo algunos en casa y no me importa darte uno.

Por alguna razón, ella solo miró con un odio de otro universo al muchacho y regañadientes, aceptó. Andre se desencajó al verla asentir con la cabeza y lo que era una opción desesperada, se había convertido en su posible salvación.

-Sería lo mínimo. Friki. -Miraba fríamente al muchacho, pero aunque Andre no lo supiera, para ella también esa desesperada opción sería su salvación ese día-

Un rato después, ambos ya se encontraban en el portal del edificio de Andre. Ella observó el salvaje y descuidado jardín que apenas dejaba ver un caminito de piedras a la parte trasera del edificio. Luego observó el mal estado de la pintura, y entonces miró a Andre. Sus pintas callejeras de alguna forma, ahora le encajaban más.

-Espérame aquí.

-Me has manchado las zapatillas, imbécil. -Apretó el gesto y agarró con fuerza las bolsas de la compra- Al menos limpialas.

-Suspiró- Sube entonces.

Al entrar a la casa, ella no perdía detalle del estado de la misma. Entró con recato hasta el salón, fijándose en que estaba bastante cuidada, mientras el sonido del ventilador del techo, ligeramente chirriante, se dejaba oír por gran parte de la casa. Andre rebuscaba en la cocina y en el baño, mientras ella paseaba, manoseando los adornos de los estantes y entonces se fijó en aquella pared de vestidor, que ocupaba un buen tramo del salón. Empujó la separación que hacía a modo de puerta, y reparó en la cama, el escritorio y las mesitas.

No pudo evitar fijarse en el ruido que procedía de debajo del escritorio. Eran varias torres de ordenador, mal acondicionadas para amortiguar el sonido de los ventiladores. Alzó la mirada, detallando los tres monitores de distinto tamaño, con el central como el que más. Ladeó la mirada, visualizando el panel de corcho, con unas pocas fotos bordeando la parte inferior. Reconocía en algunas a Paula o a Saimon. Después abrió la cajetilla metálica que yacía sobre una de las torres, tomando un cigarro y poniéndoselo en la boca. 

Andre salió de la cocina con un cigarrillo encendido en la boca, dejando caer las zapatillas a los pies de Iskra y se irguió, dándole el tarro prometido.

-¿Y dónde escondes a tus víctimas?

-Bonitos calcetines.

-¿Te deja fumar? -Se apresuró a ponerse el calzado-

-No está está en casa. -Encendió el cigarro de la muchacha, sin preguntar. Después tomó su cajetilla metálica, medio abierta por el desvalije de antes, metiendo el mechero dentro y cerrándola- Si querías uno, pídemelo.

-¿Y si vuelve y lo huele? -Evadió ella-

-No lo hará.

-¿Por qué llora? -Señaló el monitor de la derecha, con un vídeo pausado. En él se dejaba ver a una chica de rasgos asiática, sollozante y que hablaba ante un micrófono. En el subtitulado de marcos negros y letras blancas, yacía escrito: ''Cuando se estropeó la brújula, seguimos las estrellas hacia la libertad''-

-Contaba como era su vida en Corea del Norte antes de escapar del país con su familia. Perdió a su padre y cruzó con su madre el desierto del Gobi. 

-Ah...-Observó pensativa la pantalla. Luego a Andre- Cosas tuyas de trastornado, supongo. Lo que sea, me voy. 

-De nada. Cierra al salir. -Se dejó caer en la silla, tomando el cenicero-

Nada más salir de la casa, se percató de que Paula esperaba en un muro cercano, cruzada de brazos. Ella la siguió con la mirada, mientras Iskra se le acercaba.

*Desgraciadamente, ese video existe.

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