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9 min
El último día de la Malvaloca
Humor |
20.07.15
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Sinopsis

El burdel del pueblo acabo cerrando.

Todos los días , el sol lentamente inundaba la finca de la Malvaloca, y a cada rayo nuevo de sol que atravesaba sus cristales un tanto más de serenidad y paz reinaba en mi casa. Por aquella época yo era la dueña de la Malvaloca, la mejor casa de citas de toda la sierra de Madrid, y con ese mismo nombre se me conocía. Ahora soy solo Milagros pues la historia que os voy a contar es como en una sola mañana se acabó todo.

Era una mañana de Martes, las chicas y yo desayunábamos tranquilamente en la cocina, mientras Paquita, limpiaba la habitaciones, Todas la mañana desayunábamos juntas, me gustaba escuchar las historias de la chicas, todos los chismes de la noche anterior. Una vez estuvieran la habitaciones hechas nos iríamos a dormir, como lo murciélagos, este era el mejor momento del día, cuando el sol nos iluminaba, con la cara lavada y relajadas, y permitía que se nos viera tal como éramos.

Rara era la vez que algo venia a perturbar nuestra tranquilidad por la mañana, pues a la luz del día pocos eran los audaces que se atrevían a llamar a nuestra puerta. Pero aquella mañana sonó el timbre a las 8. Paquita corrió a abrir y al minuto apareció en la cocina con el padre Andrés.

- Hombre padre, no le esperábamos hasta el Viernes, ¿no me dirá que tiene alguna urgencia carnal?- le pregunté zalamera.

-Nada eso Malvaloca, ya le ha dicho mil veces que tengo unos botos que cumplir, pero es que Doña Asunción me ha pedido una misa por el alma de su difunto marido para el viernes y no podré venir a confesaros, así que vengo hoy.

-Pero si el difunto lleva muerto mas de veinte años, Doña Asunción no sabe ya que inventar para no salir de la Iglesia.

El padre Andrés confesaba a las chicas una vez a la semana. Yo nunca me confesé, no desde que comencé a ser La Malvaloca.

Estando ya el Padre con Susana en el comedor, y yo de nuevo tranquila a punto de dar un sorbo a café volvió a sonar la puerta. Como todos los Martes era Leandro el sereno. Leandro llevaba viudo tres años y era un buen hombre, educado con mis chicas, así que con él hacíamos una excepción. Era el único cliente recibido durante el día en la Malvaloca, el pobre no podía venir  por la noche, cosas del oficio.

 Tras saludar brevemente con la boina en la mano, como si el fuera un caballero y nosotras unas señoritas, subió con Magdalena a una de las habitaciones.

No había probado aún mi café cuando volvieron a llamar a la puerta, La Malvaloca cada vez se parece mas a la calle Real , pensé fastidiada.  Al instante apareció Don Manuel, venia a revisar los bajos a Juana. Don Manuel el farmacéutico nos ayudaba de vez en cuando con las enfermedades propias de la profesión, y Juana llevaba días sin poder trabajar por unos picores un tanto molestos.

 Le indique a Paquita que le llevara al salón verde, pues no quería que se cruzara con el Sereno y tampoco con  el Padre, seria incomodo para todos.

Me senté para seguir disfrutando del desayuno y los chisme, cuando volvió a aparecer Paquita en la puerta de la cocina con una nueva visita.

Al momento me levante, pues Don Sancho con su uniforme de capitán de la guardia civil infundía mucho respeto.

- ¿En que podemos ayudarle Capitán?- pregunte con una de mis sonrisas mas picaras, que  me había librado de apuros en muchas ocasiones.

-Estoy de servicio Malvaloca, vengo a hablar con Susana. Anoche alguien asalto a un pasante en el Puente del Herreño, y creemos que ha sido Pedro.

- Pues Susana ahora esta ocupada, tendrá que esperar unos minutos, pero le adelanto ya, que hace mucho que no ve a ese desgraciado. La ultima vez que ese mal nacido apareció por aquí le dije que no volviera, y la Susana acabo con un diente menos y los ojos morados como la sotana de un cardenal.

Como el capitán insistió en hablar con ella, le indique a Paquita que le llevara a esperar al salón de té. Como siguiera viniendo personal me iba a quedar sin burdel para esconderlos. De todas formas, Susana no debía de tardar muchos más con el Padre Andrés, todas la semanas se confiesan los mismos pecados, vamos los propios del oficio.

Ya solo quedábamos María y yo en la cocina, y no podíamos acostarnos hasta que se fueran todas la visitas, y encima a la pobre Paquita con tanto ir y venir,  seguro que no la había dado tiempo a hacer las habitaciones. en estas meditaciones andábamos cuando a las 8:30 apareció Pepe junto con Paquita en la cocina.

Harta ya de visitas le hable descarada

- Que pasa Pepe ¿que con lo de anoche no tuviste suficiente?

- Vengo en visita oficial, Malvaloca. Por lo que le agradecería que se dirigiera a mi o bien como Don José o como Señor Alcalde.

- ¿Pero que puñetas le pasa hoy a todo el mundo? , ¿que se os ha perdido hoy aquí a todos?

- ¿quienes son todos? Yo  hoy he venido comprobar el deposito del agua y que el muro sur de tu propiedad no se ha movido de su sitio, pues Don Amancio piensa que se está metiendo en su finca.

- que honor Señor Alcalde y yo que pensaba que se pasaba el día fumando puros en su despacho.

- ¡No me busques Malvaloca!, ningún empleado del ayuntamiento a querido venir, dicen que tienen esposa y que son decentes

- Pobre señor Alcalde, ¿Y que dirá su mujer cuando se entere que está usted en la Malvaloca?

Justo cuando el alcalde abría la boca, sonó el timbre de nuevo, le ordene a Paquita que lo acompañara a ver lo que necesitara, y que por lo que mas quisiera no se separara de él, pues no queríamos encuentros inoportunos.

Me dirigí hacia la puerta, dispuesta a no dejar entrar a nadie más, ni que fuera el mismísimo Dios. Y cual fue mi sorpresa cuando al abrir la puerta me encontré precisamente, no a Dios, pero si a su máximo representante en el pueblo.

Doña Asunción y las  catorce viudas mas  beatas de Collado Villalba. Venían todas de luto riguroso,  con mantilla y un rosario en la mano. Por un momento pensé que tenia delante una bandada de urracas, dispuestas a saltar sobre mi.

La inoportuna visita cruzó el umbral de la puerta, rápidamente la corté el paso y desafiándola con la mirada la saludé

-Buenos días Doña Asunción ¿que las trae por aquí? la advierto que ese tipo de servicios no los hacemos.

Unos segundos después, al comprender mis palabras, su cara enrojeció de ira y con todo el desprecio del que fue capaz me contestó.

- Venimos a purificar este antro de lenocinio y perdición que está arrastrando a los buenos hombres de Collado Villalba a los mimos brazos de Satanás

- Aquí los únicos brazos que hay son los de mis chicas, y le aseguro que son bastante mas agradables que los de Satanás.

En ese mismos momento Doña Asunción hizo una señal a las demás y como si se tratase de un escuadrón militar bien entrenado, invadieron La Malvaloca y separándose en parejas se distribuyeron por todo el edificio.

De nada me sirvió alzar la voz y exigirlas que abandonaran mi propiedad. Cada pareja llevaba un pequeño incensario que agitaban frenéticamente, despidiendo un humo espeso y negro, mientras su acompañante salpicaba con agua bendita en todas dirección.

Venían rezos de todas partes del edificio y mientras Doña Asunción me amenazaba con crueles torturas y sufrimientos en el purgatorio yo  me acorde de mi café, debía de estar ya frío.

No paso un minuto cuando comenzaron a oírse toses y carreras por todo el burdel,

- Estas viejas brujas me van a asfixiar a las visitas, con lo hospitalarias que somos siempre en la Malvaloca- pensé aterrada. Al momento comenzaron a desfilar ante la atónita mirada de Doña Asunción, Don Manuel el farmacéutico y Juana, Leandro el sereno y Magdalena, Don Sancho  el Capitán  con Susana y  Don José el Alcalde con Paquita.

Venían todos corriendo en busca de aire fresco y tras de ellos solo se apreciaba una nube de humo negro y espeso.

-¡Algo se está quemando, señora!- me gritaba Paquita mientras venia corriendo hacia la puerta por el pasillo.

- Lo que se está quemando es el mal y los pecados que anidan en este Lupanar- contestó airada Doña Asunción- que por lo que veo ha atrapado a todos los insignes caballeros del pueblo- dijo recorriendo con la mirada a todos los presentes en la abarrotada estancia.

Se miraron unos a otros sin saber que replicarla y al notarlos avergonzados Doña Asunción añadió

- Seguro que sus esposas estarán de acuerdo con migo en que este domingo tienen que confesarse con el Padre Andrés y espero que le encarguen unas misas por la redención de sus pecados.

En ese mismo instante aparecieron corriendo y tosiendo el Padre Andrés y María que al ver tanta aglomeración de gente pararon en seco, quedando el Padre Andrés frente a Doña Asunción.

Pálida y con la voz quebrada se giro hacia mi

- Has llegado demasiado lejos Malvaloca, pero yo me encargare de arreglarlo.- y tras decirme esto se dio media vuelta y se fue. Poco a poco se fueron yendo todos en silencio, dejando otra vez a la Malvaloca en paz.

Esa mima tarde me clausuraron el burdel.

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