cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

4 min
El último día de trabajo del cartero
Drama |
29.09.15
  • 5
  • 4
  • 905
Sinopsis

Transcripción gráfica de uno de esos relatos, con los cuales, en forma oral, mi amiga Alicia, de Cientacuentos-Cuentapiés, nos encanta cada vez que se deja caer por nuestro pueblo, en la mejor tradición de los cuenteros errantes.

Gris, como todo lo que le había acontecido en la vida, vio llegar su último día de trabajo en aquel pequeño pueblo en el que, durante más de treinta años, había sido una especie de Mercurio sin alas - aunque con bicicleta al principio, que posteriormente cambió por una Mobilette pedorreadora- que, día tras día, excepto los festivos, se había dedicado a repartir por las casas de los vecinos toda suerte de envíos postales, desde cartas y paquetes hasta tarjetas de felicitación o notificaciones de multas de tráfico.

   Sin el más mínimo interés lucrativo, únicamente como detalle de cortesía, se había hecho confeccionar por la imprenta local unas estampas de cartón  en las que, junto a un dibujo, cuyo modelo había esbozado a rotrin por su propia mano - el cual pretendía representar vagamente la imagen de un cartero con una abultada cartera colgada del hombro y una gorra de plato en la cabeza- aparecía un breve texto de despedida - impreso primeramente en caligrafía sütterlin y vuelto a rehacer en letras de abecedario vulgar, dada la ininteligibilidad criptográfica resultante de la primera- por el que le comunicaba al vecindario el haber llegado ya el día de su jubilación forzosa, al mismo tiempo que le agradecía individualmente su amabilidad  y hasta su tolerancia con los errores y despistes inherentes a las funciones del cargo.

   A pesar de encontrarse enclavada a mitad del recorrido, había dejado para el final la casa celeste -con balaustrada trepada de jazmines y dama de noche que subían de unos bien regados arriates del jardín- donde, desde que que contrajo matrimonio con un concesionario de coches, vivía aquella mujer, la misma que -desde el día que había reparado en su presencia, siendo aún una niña con vaqueros y mochila que volvía en autobús todos los días del instituto, hacía veinte años- se había ido convirtiendo en un ideal lejano e inalcanzable, pero siempre presente en su mente, especialmente en muchas de aquellas noches en las que confortaba su soledad con estériles manipulaciones mientras evocaba su imagen por debajo de las sábanas.

   La llamada al telefonillo de la cancela le facilitó la entrada hasta la misma puerta de la vivienda, en cuyo vano se recortaba la figura de su adorada en silencio -de aquel amor prohibido, guardado tantos años en secreto- que ahora se mostraba ante su vista cubierta solamente por una corta combinación transparente que, además de sus bien modelados muslos, permitían entrever unos senos firmes de rosados pezones y las redondeces parejas de los glúteos - separadas por el surco del que afloraba una fina banda de encaje- cuando se dio la vuelta para guiarlo hasta el salón de la casa, en el cual acercó un par de sillas con respaldo de terciopelo rojo a una mesa provista de unos cuantos platos con manjares variados, junto a los que una botella de Faustino quinto se enfriaba dentro de una cubitera, procediendo además -a pesar de ser aún mediodía- a encender un par de velas colocadas sobre la misma.

   El mudo asombro del cartero derivó en abierta perplejidad, cuando, tras haberle hecho el amor en el pequeño dormitorio donde después del almuerzo lo había conducido, la mujer de sus sueños y sus noches en vela  -una vez vueltos a vestir ambos- abrió un pequeño monedero de tela y le alargó un billete de diez euros. Entonces las palabras acudieron atropelladamente a su boca, rompiendo su mantenido silencio en frases de protesta que ella se apresuró a aquietar llevándose un dedo a los labios.

   - Debo contarte, comenzó a decirle a modo de explicación, que, con todo esto que he preparado para ti, no he hecho más que seguir casi todas las instrucciones dadas por mi marido. Cuando anoche, a la hora de la cena  - prosiguió contando- le comenté que hoy era tu último día de trabajo en el pueblo, me respondió con gesto distraído: Pues dale diez euros, y que lo follen. El almuerzo con velas es lo único que ha sido ocurrencia mía.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 67
  • 4.58
  • 296

Siempre hay una historia que contar

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta