cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

13 min
El último día (primera parte)
Fantasía |
30.07.13
  • 4
  • 4
  • 2313
Sinopsis

Relato de lo que sucedió durante las últimas horas de vida de Boromir de Gondor...narradas por él mismo.

Ese día iba a ser el día. Ya lo había decidido y nada ni nadie impedirían que diera marcha atrás con mi propósito. Sí, ese día lo llevaría a cabo y apenas podía contener la emoción que me producía la idea de que pronto habría de hacerlo. Por fin, después de tanto tiempo y esfuerzo, mi más grande, pero también secreto deseo se cumpliría y ya no habría más llanto ni sufrimiento para mi pueblo. Todo eso quedaría en un pasado oscuro y tenebroso del que pocos se acordarían ante un brillante futuro en los que seríamos libres de la Sombra y donde la abundancia y la prosperidad serían constantes en los que serían mis dominios. Esa era una visión hermosa que regocijaba  mi corazón y me alentaba a continuar con mi plan de ese día.

Después de una larga y fatigosa jornada de diez días de recorrido a través del  Río Grande, al fin tocamos tierra en la isla de Amon Hen y resolvimos permanecer en el citado lugar para reponernos del viaje y tomar una decisión final concerniente al destino que habríamos de seguir luego de donde nos hallábamos. No se había resuelto si marcharíamos rumbo a la horrorosa tierra de Mordor, que era donde debíamos dirigirnos para deshacernos del Daño de Isildur, cumpliendo la misión que se le había encomendado al mediano Frodo Bolsón durante el Concilio de Elrond, celebrado en Imladris; o si iríamos a la majestuosa Minas Tirith, de la cual yo provenía y a la que quería regresar para verla de nuevo. Tengo que confesar que quería que la Comunidad a la que yo pertenecía me acompañara de vuelta a la Ciudad Blanca no sólo para que pudieran contemplar su grandeza y esplendor; que eran destellos de lo logrado alguna vez por los Grandes Señores de Númenor en su reino durante sus años de gloria y de los cuáles mi gente desciende, sino también para cumplir el deseo de mi querido padre de que el Anillos Único llegara a mi patria y poder utilizarlo en contra del Señor Oscuro. Él creía que si lo obteníamos y usábamos en contra de aquél  que lo había forjado en los fuegos de Orodruin, le infringiríamos una poderosa derrota de la cual no podría reponerse y entonces Gondor conseguiría un poderío y una magnificencia sólo equiparables a Oesternesse en la cúspide de su reinado. Estaba fervientemente convencido de ello y me implantó sus ideas al respecto de tal manera que yo también creí que si atacábamos a Sauron con un arma tan poderosa tendríamos la victoria asegurada.

Yo trataba de persuadir a mis compañeros de que lo mejor que podíamos hacer era tomar el camino hacia mi tierra y permanecer un tiempo ahí antes de ir a Mordor para poder defenderla de las ofensivas del Enemigo. Ciertamente algunos sí deseaban que  nuestro destino fuera Minas Tirith, pero Frodo, el Portador del Anillo y quien más me interesaba que se dirigiera a mi lugar de nacimiento con su carga, parecía indeciso acerca de la dirección que habríamos de tomar; y eso me molestaba. Mordor era un sitio repulsivo y despreciable a la que nadie con cordura osaría dirigirse a no ser que fuera siervo del Señor Oscuro y tenga sus mismos negros propósitos. Minas Tirith, en cambio, era la más hermosa, altiva y admirable ciudad en el Oeste de la Tierra Media que se erigía como un permanente recuerdo de la gran Númenor ahora sepultada bajo en Mar. No entendía el por qué no se había decidido a dirigirse hacia mi amadísima Ciudad Blanca si cualquiera lo hubiera hecho sin dudarlo siquiera ¿Qué era lo que le impedía decidirse por Minas Tirith? No lo sabía, y eso me irritó porque tal cosa parecía indicar que el Mediano era débil de carácter y temeroso.

No creía que Frodo pudiera llevar a cabo la difícil empresa asignada, ni aún con el auxilio de ocho compañeros. Con tan sólo mirarlo mis suposiciones parecían confirmarse, ya que quién podría pensar que un simple Mediano proveniente de un casi olvidado país en el Norte, que nunca había salido de los límites de este y que contaba con una apariencia y constitución frágiles  sería capaz de acarrear sobre sus hombros una tarea tan riesgosa como la de llevar el Anillo único a través de tantos lugares en los que ya nadie podía sentirse seguro. Ese “hobbit”, como se hacían llamar sus congéneres, no encajaba con el prototipo de persona que se consideraba la apropiada para semejante misión: un poderoso y magnifico guerrero elfo o humano que pudiera enfrentarse contra un ejército de orcos en compañía de sólo unos cuantos y que a base de puro esfuerzo y lucha, llegaría al Monte del Destino y ante la mirada del Ojo de Sauron, arrojaría el Anillo a la rugiente lava y entonces el Mal se acabaría para siempre. Ese prototipo claramente concordaba más conmigo, Boromir de Gondor,  que con ese Mediano, con la diferencia de que yo no hubiera entrado a Mordor para destruir el Anillo, sino que desde Minas Tirith lo habría usado para darle un devastador golpe al Señor Oscuro y a sus huestes malditas sin necesidad de ir a la Tierra Tenebrosa. Después de esto, pensaba, habría un panorama luminoso en el que ya no habría que temer y Gondor sería inimaginablemente poderoso.

Yo no quería que destruyeran el Anillo y se los hice saber desde el primer momento. En el Concilio expliqué mis razones para no hacer eso y las maravillosas probabilidades que teníamos de salir victoriosos si utilizábamos el Daño de Isildur contra su dueño. Sin embargo, se me mencionó que la opción que yo proponía no era considerable ni la más apropiada, alegando que cualquier cosa buena obtenida gracias al Anillo se transformaría en Mal. Yo no dije más, pero me enojó el que ni siquiera la hubieran tomado en cuenta como cualquier opción de las tantas que surgieron en esa reunión. De inmediato y sin más, determinaron que lo mejor era llevar esa poderosa arma a Mordor y tratar de acabar con ella sin ninguna seguridad de poder lograrlo y sólo alentados por vanas esperanzas ¿Por qué consideraron que ese era el único camino que habría de seguirse? ¿Por qué no escucharon más a fondo lo que iba a sugerirles? ¿Por qué Frodo prefería más bien encaminarse en un arrebato de locura con el Anillo hacia la morada del Enemigo y ofrecerle la impensable oportunidad de recuperar su más potente arma para que luego volviera a tenerlo en su poder y sumiera en tinieblas a la Tierra Media sin tener más opción que morir peleando por nuestra gente o convertirnos en esclavos? ¿Por qué el encargado de resguardar el Anillo era una criatura diminuta no podía soportar siquiera una visión cercana de Mordor y a quien dicho objeto nunca habría llegado a sus manos de no haber sido por una infeliz casualidad? Todo eso era una gran duda en mi mente que pesaba cada vez más, y a mi parecer, aquella situación era muy injusta y pensaba que el Anillo debió haber sido mío.

Fue por todo aquello que me había decidido a evitar lo que consideraba una insensatez  y hacer lo que creía era lo mejor: llevar el Anillo a Minas Tirith, ya fuera convenciendo mediante la palabra a Frodo de que era lo menos peligroso y lo más prudente; o ejerciendo la fuerza en contra de este para apoderarme de su carga si lo que obtenía era una negativa. Ya estaba decidido y habría de realizarse ese día en Amon Hen, pues ese sería el día en que habríamos de arribar antes de dirigir nuestros pasos hacia Mordor o hacia Gondor. Si hubiera pospuesto mis planes para otra fecha, probablemente la Comunidad habría deliberado ir hacia los dominios del Señor Oscuro y, ya encaminados hacia allá, hubiera sido más complicado llevar el Anillo con o sin el consentimiento de su Portador hacia Minas Tirith que si lo hubiera hecho en esa que sería nuestra última parada en todo lo que llevábamos de travesía. Con este panorama, ya tenía resuelto lo que tenía que hacer y, pasara lo que pasara, no iba a dar ni un paso atrás.

La Comunidad se sentó a analizar la situación por la que nos hallábamos para tomarla en cuenta y determinar el rumbo que nos convenía seguir. Frodo, todavía indeciso, pidió un momento a solas para pensar claramente y ver si así lograba tomar una decisión; lo que le fue concedido. El Mediano se alejó rumbo a las profundidades de Amon Hen, lo que consideré como algo propicio para llevar a cabo mi plan. Aproveché un momento de distracción de mis compañeros para des inmiscuirme poco a poco de ellos y dirigirme hacia donde el Portador había ido. Nadie notó mi ausencia hasta poco después. Busqué a Frodo por un rato y lo encontré sentado en una roca meditando sobre el destino que seguiría. Al parecer, sintió que me hallaba presente ahí porque volteó repentinamente hacia donde estaba como si esperara encontrarse con alguien. Cuando me descubrió, yo comencé a hablarle a hablarle en tono conciliador y me le acerqué al tiempo que le comentaba acerca de lo urgente de nuestro estado y la necesidad de una buena decisión. Él me miraba desconfiado, como si intuyera lo que iba a hacerle. Yo le mencioné acerca de mi país y de mi ciudad, de los golpes que le iba asestando el Enemigo mientras yo estaba lejos., de la ayuda que requeríamos y del poder que alcanzaríamos mi pueblo y mi persona si conseguíamos obtener un arma con la cuál derrotaríamos a Sauron sin sacrificar vidas. Dije que si podía utilizar aunque fuera un poco dicha arma ya no habría más pesar para mi gente y todo mal quedaría atrás, y para ello habría que ir a Minas Tirith para darle un buen uso a esa cosa y no arrojarla de inmediato al Orodruin, desperdiciando una oportunidad única de vencer para siempre al Señor Oscuro.Esto último no salió de mi boca, sólo lo pensé mientras platicaba con el Mediano e intentaba convencerlo de ir conmigo a la Ciudad Blanca. Mis palabras sonaban tan ciertas y las razones que exponía parecían tan razonables que no dudé que mi interlocutor pronto habría de ceder ante mi petición.

Pero Frodo no se dejaba convencer. Su mirada era recelosa y rechazaba cualquier motivo que le diera para ir a mi lugar de nacimiento. Le ofrecí darle un buen consejo de mi parte y, neciamente, la declinó alegando que el corazón le advertía estar prevenido. Negó que el miedo que decía experimentar fuera su buen sentido que se le revelaba, como yo había sugerido. Y sobre todo, insistió en que la Misión debía llevarse a cabo y que destruiría el Daño de Isildur a pesar de lo que otros dijeran. Aquello me molestó ya que el Mediano redundaba en lo mismo que otros presentes en el Concilio, quienes no habían contemplado la opción que yo propuse. Estaba al límite de mi paciencia y me dispuse a darle al Portador una última oportunidad de que me entregara la Carga por la buena. Le palmeé el hombro amistosamente para que creyera que no tenía malas intenciones y recuperara algo de confianza en mí, mientras me dirigía a él con frases dulces. Con lo que no conté fue que no pude controlar el temblor de mi mano producido por la ansiedad que me invadía. Frodo lo notó, se apartó de mí y ya no quiso escucharme. Le grité autoritariamente y apretó el paso alejándose de mí. Junto con él veía marcharse una nada despreciable oportunidad de victoria absoluta sobre el Enemigo y un maravilloso provenir para Gondor. Ante mí aparecieron imágenes de orcos devastándolo todo, guerreros altivos cayendo muertos, gente llorando amargamente y Minas Tirith envuelta en fuego y convertida en ruinas.Con cada paso que el Mediano daba, esas visiones amenazaban con convertirse en una terrible realidad. Me sentí desolado ante la idea de que eso llegara a pasar y deseé poder evitar esas penalidades a mi pueblo. Fue por ello que opté por quitarle el Anillo a Frodo, en un desesperado intento por ver cumplido mi deseo de salvar a Gondor de la desgracia y alejar aquellos horribles pensamientos de mi cabeza. Volví a hablarle con amabilidad para poco después acercarme a él velozmente y atacarlo. Sin embargo, Frodo interpuso en mi camino la piedra en la que previamente se había sentado y, ante mis ojos, sacó el Anillo y se lo deslizó en el dedo, desapareciendo por completo. Estallé en ira tan pronto ocurrió eso y lo maldije a él y a sus compañeros de la misma raza. En eso estaba cuando tropecé con una raíz de árbol y caí al suelo. No fue sino hasta ese momento en que me arrepentí de mi proceder y le pedí perdón a gritos sin saber donde esta aquel a quien había agravado. Tarde me llegó la culpa y, sumamente apenado, regresé con los demás.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Rectificar es de....Saludos y Salus
    Perdona, me equivoqué al valorar, tu relato se merecía, sin duda como mínimo, 4 estrellas...Saludos
    Interesante inciso en la comunidad del anillo, relatado por boca del propio Boromir de Gondor y espejo de su atormentada conciencia ante la influencia del mal, semilla enterrada en el anillo de Sauron. Sin duda, un buen relato de lenguaje pulcro y bien construido, donde se nos muestra como Boromir sucumbe lentamente ante el anillo. Buena idea, buen relato, seguiremos con la segunda parte...Pero cómo sería si escribiésemos un monólogo-obra por poca de Faramir...Saludos.
    Un punto de vista original para conocer mejor a un magnífico personaje
  • Mi sentir en este duro año de 2020. Por cierto, dentro de lo que cabe, les deseo a todos los que lean esto una FELIZ NAVIDAD, desde el fondo de mi corazón.

    Mi homenaje a un grandioso actor recientemente fallecido

    La reseña de una ciudadana mexicana que, como millones de personas en el mundo, fue tomada por sorpresa por una nueva e imparable enfermedad.

    Esto lo escribí hace unos 5 años, luego de una ruptura amorosa. El texto original era más extenso, pero se perdió antes de que pudiera transcribirlo, y hace unos meses reescribí lo que consideré más importante. Fue una manera de recuperarme de una mala experiencia, y espero que les pueda servir de algo.

    Una pequeña reflexión acerca de una preocupante situación que atañe a todas las mujeres.

    En memoria de un personaje recientemente fallecido.

    Mis últimas palabras en este año para ustedes...

    Pues ya pasó el Día de Muertos, pero...siempre hay tiempo para reír, y aquí mi contribución de este año, sobre un de los ex mandatarios más quejumbrosos de los últimos tiempos aquí en México.

    Una historia cien por ciento verídica y muy impresionante.

    Dedicado con amor a los estudiantes de la normal de Ayotzinapa y a sus familiares

  • 144
  • 4.56
  • 31

Apasionada de la literatura desde temprana edad, he comenzado a escribir desde los catorce años, primero por diversión simple, y ahora por una gran pasión y dedicación. Siempre espero innovar y transmitir mis sentimientos a través de las letras.

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta