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10 min
El ultimo trayecto
Reales |
17.07.15
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Sinopsis

En ese momento, recordó el instante exacto en que sus sueños y esperanzas de infante dieron paso a la historia de su vida, al destino de sus esfuerzos. Se vio a si mismo transformando todo aquello que le resultaba familiar, modificando su vida, la de sus vecinos, la de su vereda, la de su municipio, la de su región. Se vio a si mismo creando un nuevo mundo para si mismo y para sus hijos, se vio construyendo los sueños de su hijo, tal y como su padre los había construido para el.

Don Antonio Castro  se dispuso a iniciar su trayecto con el estoicismo propio de los habitantes de estas tierras. Calzó sus botas, ajustó su sombrero, envainó su machete, tomó dos tazas de café negro y amargo, endulzado con panela y humo, cosechado en las  tierras que fueron de su padre, con un gesto de aprobación recibió las riendas de la bestia que pocos minutos antes había ensillado su hijo, que,  además de su porte y rápida sonrisa, había heredado el nombre que una vez perteneció a su padre.

Antonio Castro,  llevar ese nombre había despertado un sinnúmero de sentimientos encontrados a lo largo de su vida. Cuando el sopor de la tarde lo vencía, se veía a si mismo siendo un  niño,  recordaba las largas horas dedicadas a escudriñar los senderos del camino real con ansias de ver la primera Res transportada por su padre desde los llanos de Apiay hasta la distante ciudad de Caquezá. Recordaba las largas semanas de su ausencia, recordaba lo orgulloso que se sentía frente a Gregorio Rey y Carlos Angarita los dos niños que compartieron su niñez en aquellos parajes y que veían  en su padre a un héroe con una vida llena de aventuras, visitando tierras lejanas e inhóspitas, lugares y hogares tan diferentes a los suyos que bien parecían ser fruto de la imaginación. Recordaba también  a su madre, doña Esperanza de Castro, recordaba sus manos duras y ásperas por el trabajo extenuante y la dedicación absoluta a sus trece hijos, recordaba el aroma del café por la madrugada conjugado con el olor de la madera húmeda, recordaba los días en que junto a ella cosechaban el Sagú para hacer panes y arepas. Recordaba a sus hermanos, a Francisco, a Pedro, a Andrés, a Eccehomo, a Carlota, a la pequeña Margarita, a Martín, a Jesús, a Ricardo, a Maria, a Josefina y particularmente a Sandra, la menor de todas,  recordaba su sonrisa diáfana y pura, recordaba su llanto profundo y doloroso, recordaba el ataúd pequeñito en el zaguán de su casa y a sus tías consolando a su madre, y a don Antonio Castro bebiendo guarapo sin derramar una lagrima.

El sol aún no despuntaba, pero el cielo ya deparaba una claridad mesiánica que anticipaba un día sin nubes, subió a su otrora zaino caballo, que al igual que él, había dejado su coraje y bravura adoquinando los empinados senderos de su natal vereda. Con un gesto derivado de la cotidianidad había vuelto sus ojos hacia su paternal hogar, y sin detenerse a dar un segundo sorbo de pasado, emprendió su camino cansino hacia el lugar donde sus cuitas y pesares perdían el sabor a fardo viejo y pesado y se teñían de nostalgia, melancolía y esperanza.

A lo lejos, en la cordillera, los ecos del pasado replicaban al unísono las melodías de los días perdidos, indiferentes a las penas y alegrías de los hombres, alzándose por encima de sus esperanzas y sueños perdidos, haciendo hincapié en su pequeñez e intrascendencia.

Antonio conocía cada uno de los recodos del camino mejor de lo que se conocía a si mismo, reconocía y casi saboreaba la dureza de su tierra, la tersura de sus vientos, veía en cada saliente, en cada valle, un gesto de cariño, un rasgo amigable y tranquilizador,  podía escuchar sin esforzarse  el caudal del Rió negro, imperturbable y terco, arrasador y atemorizante, marchando implacable en lo profundo del cañón,

A su lado, sin preocupación alguna, su hijo se embriagaba con el amanecer distante. Siempre habían dicho que era su viva estampa, de espalda ancha y manos de piedra, de cabello hirsuto y mirada profunda.

Don Antonio no pensaba igual, para él su hijo era tan diferente, como  la cordillera lo es del llano, como la luna del sol, como el trino de un ave difiere del grito del Alcaraban. Sabia que era diferente, por que su vida era diferente, cuando don Antonio Castro, su padre,  reinaba en estos parajes, el soñaba con navegar por el océano verde de la llanura, cual centauro ancestral, emprendiendo  travesías épicas a través de territorios plagados de peligros y amantes de posta,  de días soleados y noches tormentosas, enfrentado madremontés y lloronas, bolas de fuego y bandoleros, conquistando cumbres olímpicas y valles dignos del hades.

Su hijo sin embargo, no compartía estas fantasías infantiles con su padre, y Don Antonio sabia el por qué, él mismo, su vida, sus obras, habían marcado las esperanzas e ilusiones de su hijo y habían trazado nuevos caminos y  horizontes.

Don Antonio Castro, hijo de Don Antonio Castro, padre de Antonio Castro, había transitado una y mil veces los recodos de su tierra, disfrutado de las mieles de sus gentes, de la gentileza  y dureza de sus hombres, de la dulzura y franqueza de sus mujeres, del arduo terreno, del cambiante e indómito clima, esperanzado en algún día recorrer los pasos recorridos por su padre,  de revivir sus aventuras, desventuras y romances, de remontar la cordillera por las venas y arterias de sus laderas, y alzarse vencedor en la eterna pugna  entre la minúscula  humanidad y la magnífica y grandiosa naturaleza, aunque fuera solo por un segundo, aunque fuera una quimera, aunque fuera un espejismo causado por el soroche.

Pasaron un recodo, dos, tres, hasta que su hijo dejo de contarlos, para él, el sendero, esté sendero, era igual a muchos de los que abundan por la región, un camino minúsculo e insignificante, que permitía acceder a la finca de sus abuelos, en donde pasaba sus días feriados y las vacaciones, carente por completo de emociones y aventuras, desprovisto de magnificencia y respeto.

Remontaron la última montaña, desde la cual se divisaba el pueblo enclavado en la ladera desafiando el tiempo y la gravedad, con nostalgia noto que el campanario del templo, desaparecido varios años atrás, ya no lo recibía con gesto sublime y amable, que la plaza en donde conoció a la madre de sus hijos estaba agazapada bajo toneladas de ladrillos sin memoria ni sentimientos, que los techos de paja habían desaparecido,  que el empedrado de sus calles  había sido sustituido por una cobertura sin alma, sin historia, abajo, en el rio, se veía la carretera y a su lado, impasible, Puente.

Rodearon la última curva del sendero y se vieron a sí mismos transitando por lo que ahora  era un camino asfaltado por el que cajas de metal trasportaban gentes y mercancías, se adentraron  por sus calles y desembocaron en un espacio amplio y ligeramente inclinado en el que se percibía de forma evidente la ausencia de algo fundamental, una playa sin arena o mar,  había dicho Don Gregorio Rey antes de morir, refiriéndose esta plaza sin iglesia, en la esquina opuesta, una mujer de apariencia tranquila , acompañada de una niña de no más de diez años y de dos jóvenes que se esforzaban por procurarle un apoyo que no necesitaba, levanto su mano y  esgrimió una sonrisa, mezcla de alegría y angustia frente a lo inevitable.

 

 

 

Don Antonio, bajo de su transporte sintiendo que su mente era mucho mas joven que su cuerpo,  apoyo su mano en el hombro de su hijo y se dispuso a darle un beso fraterno a su  esposa y madre de sus hijos, fue abrazado con entusiasmo por sus hijas y  tironeado sin pudor por su nieta menor que veía en su abuelo más a un nuevo cómplice que a un respetado y soberbio representante de la raza de centauros que poblaron esta tierra empinada y dulce.

En ese momento, recordó el instante exacto en que sus sueños y esperanzas de infante dieron paso a la historia de su vida, al destino de sus esfuerzos. Se vio a si mismo transformando todo aquello que le resultaba familiar, modificando su vida, la de sus vecinos, la de su vereda, la de su municipio, la de su región. Se vio a si mismo creando un nuevo mundo para si mismo y para sus hijos, se vio construyendo los sueños de su hijo, tal y como su padre los había construido para el. Si bien nunca fue un centauro remontando las alturas y desafiando a los elementos, si bien nunca pudo cumplir el sueño que se había trazado junto a Gregorio Rey y Carlos Angarita de navegar el archipiélago vertical de la cordillera conquistando en cada posta amores y aventuras, Don Antonio Castro había contribuido con una gesta de equiparables proporciones a las acometidas por su padre, había delineado una nueva quimera en el horizonte de sueños de sus coterráneos.

Recordó su pasado, y se vio a si mismo emprendiendo una empresa digna de reconocimiento y alabanza, condimentada con sangre y sudor, con dolor, sufrimiento, esperanzas y esfuerzo. Don Antonio se vio a si mismo labrando con sus manos un camino para ser recorrido por muchos, se vio a si mismo sufriendo miles de penurias insoportables para aquellos  incapaces de amar su pasado, su presente y su futuro, para aquellos que no comulgan con su tierra, para aquellos que no respiran y saborean el aire, la arena, la montaña y el valle, el filo y el fondo del cañón.

Don Antonio, se vio hombro a hombro junto a muchos de los que sacrificaron muchas horas de su vida procurando que otros no tuvieran que sacrificar las suyas, se vio en batalla franca contra la ladera, en duelo abierto con el barranco, en pugna mortal con los limites del esfuerzo humano.

Finalmente, instantes antes de ser arrastrado por un tiron en la camisa más impetuoso por parte de  su nieta, Don Antonio,  recordó el momento en que su vida y sus acciones transformaron la vida de todos aquellos que compartían su municipio y su región, el dia en que sus acciones y esfuerzos mudos y honestos, le permitieron  a los hijos de sus amigos y a los suyos propios alzar sus ojos al mundo y trazarse nuevas metas y objetivos, más allá del océano verde de la llanura, de las inalcanzables cumbres de la cordillera, del infranqueable rio y del profundo cielo.

Don Antonio Castro, Hijo de Don Antonio Castro, Centauro ancestral y constructor de sueños y caminos, sintió como una lagrima se  deslizaba por su  mejilla al ver a su hijo abordar el vehículo que le permitiría ir aún más lejos de lo que nunca había soñado, recordó a su padre llevando ganado de Apiay a Caquezá, recordó a sus hermanos, a su madre, a sí mismo soñando, luchando, amando y creciendo. Supo en ese momento que los sueños y  esperanzas están unidas por un camino que todos, incluso el mismo, construimos con cada gesto de amor hacia los demás.

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