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7 min
El valor de la amistad
Reales |
11.01.09
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Sinopsis

Hoy me levanté con la sorpresa, de que mi relato " la caja de las suertes" había sido premiado como el relato ganador del mes, me siento tan feliz, que he querido compartir mi alegría, con todos vosotros... a " mi saco de amigos " porque todos me habeis ayudado a dar un gran paso hacia adelante en mis ilusiones... muchas gracias, os dedico este nuevo relato, para que " el valor de la amistad " nos acompañe siempre...













Manuel se puso su abrigo de forma nerviosa y apresurada, sabía que llegaría tarde.
Últimamente estaba obsesionado con una frase que su padre repetía mucho cuando tenía su edad, “el que llega tarde, come las peores tajadas” y se refugió en el consuelo de que no había pasado las necesidades de su padre.

Ya en el rellano, resopló el bostezo de una maldición al ver que el ascensor tardaría 7 pisos desde su llamada. Desde un principio, no estuvo de acuerdo con que su hija se comprara el piso en la planta 7ª, aunque pensó que si hubiera comprado el 1º como él insistió en su día, seguramente ahora el ascensor estaría en el 7º, y además no alcanzaría a ver las cumbres nevadas de la sierra.

Pasó frente a la portería y sin mirar dio las buenas tardes, como no obtuvo respuesta, dedujo que la portera no estaría en su sitio. Los pasos cortos y acelerados lo llevaron a bordear el monolito de piedra que indicaba el acceso principal al parque.

Le molestó ver en el suelo unos cristales rotos, pertenecientes a una farola que con su luz hubiera impedido la sinrazón de los gamberros que todas las noches, bajo el auspicio de la oscuridad, destrozaban el mobiliario del parque.

Desde la distancia, vio frustradas sus prisas, alguien estaba sentado en su banco. Manuel lo consideraba su banco, lo eligió el primer día que su hija lo acompañó para que conociera el parque, en un empeño inútil de que le recordara a la cárcava de su añorado pueblo de Extremadura.

Con gesto torcido, pensó en ocupar otro banco, pero le ofendió la idea, si lo hacía, perdería su territorio. Ese banco era discreto, podía ver a los demás sin que estos le vieran, no era objetivo de las necesidades de los perros, pero la mejor de sus cualidades era el seto que tenía a sus espaldas, le protegía del viento del norte. Desde que era niño, sabía que todo lo delicado había que protegerlo de ese viento, tanto las delicadas lechugas allá en el huerto del pueblo, como su reuma que tan a menudo le visitaba.

Ocupaba el banco una mujer que tenía enfrente un carrito con un niño. Al verle las intenciones, la mujer se movió hacia un extremo del banco, arrastrando el coche de un niño, que aún no había soplado su primera vela. Fue entonces cuando el niño se dio cuenta de su presencia. Miró al anciano con aire interrogante. Manuel le mantuvo la mirada desafiante.

—“Seguramente no tardará en llorar, y para no molestarme, la madre se lo llevará”—. Pensó Manuel.
Miró a la madre para confirmar tal posibilidad pero esta le ignoró, y siguió perdida entre las páginas del libro que leía.

Durante un buen rato, se sintió observado por la criatura, oía su balbuceo mezclado con el sordo susurro de un sonajero. Manuel no lo miraba, porque no quería concederle ningún crédito de confianza, o ganaba hoy la batalla del banco o la perdería para siempre. Se acordó del viento del norte.

—“Es un niño, y si lo miro de reojo no se dará cuenta”— pensó.
Su vanidad de superioridad lo traicionó. Dos ojos castaños, tan abiertos que se comían los parpados le estaban esperando como dos guardianes. Manuel se sintió desarmado cuando aquel bribón de cabello rubio abrió la portezuela de sus dos únicos dientes.

La madre sin dejar de leer, apoyaba su mano en el carro, como necesidad vital de asegurarse de que todo estaba en orden. Siguió entre las páginas del libro.

Manuel, fiel a su propósito de ganar el reto vio que el niño no colaboraba y se abandonaba al mordisqueo de un manojo de llaves, de todos los colores y tamaños.

La actitud del contrincante defraudó al anciano, si la partida terminaba en tablas no le valía. Le molestó tener que agacharse para coger un palo seco del suelo. Se inclinó hacia delante y trazó un círculo en la arena, dejó de oír el tintineo de las llaves pero no miró, le añadió al círculo dos puntos, una raya más en el centro y unas orejas desproporcionadas. Como seguía sin oír las llaves, quiso premiar su atención y trazó una línea de oreja a oreja con curva hacia arriba.

Estaba a punto de rematar la faena. Ahora miraría al niño.
—“Los niños ahora están muy consentidos, la más mínima mueca y el niño usará su arma más recurrente: el llanto”— pensó de nuevo.

Aún estaba pensando que máscara ponerse cuando…
—Mira Marcos, el señor te ha pintado un amiguito, pregúntale como se llama.

— “No, no, ni lo he pintado para él, ni es su amiguito, ni tiene nombre, ni el niño va a preguntar nada porque no sabe ni hablar”. Pensó para sus adentros Manuel.

Se encontró con la mirada de ambos y el niño prometió no dejar de hacerlo hasta oír el nombre del monigote orejudo.

—Manolito –dijo mirando al suelo—se llama manolito y todas las tardes se sienta en este banco— “¿cogerán la indirecta, de que cuatro en un banco son muchos?”
—Dile:” yo me llamo Marcos”.
—“¡Ya! A los viejos hay que repetirles las cosas dos veces ¿no?”.

Y usted, ¿cómo se llama? –preguntó la madre moviendo la mano del niño como si este fuera el monigote de un ventrílocuo.

—Manuel… el padre de Manolito.

El niño sonrió e hizo ademán de salirse del carro. La madre cerró el libro, liberó al niño de las ataduras y lo puso de pie entre sus piernas, pero el niño había fijado su mirada en el monigote del suelo. Se movió torpemente a lo largo del banco hasta apoyarse en las rodillas de Manuel, donde dejó la impronta de su manecilla.

Manuel confesó con la derrota cuando la madre del niño, volvió a la lectura.

El niño se sentó encima de Manolito, y Manuel lo observaba, lo enderezaba cuando se inclinaba por culpa de su incipiente equilibrio, sus pantalones se fueron estampando con huellas de arena. Sintió pena no haber tenido un banco como aquel cuando sus hijos eran pequeños y cuando los recuerdos de Rosa, su mujer le llevaron a un cementerio de aquel pueblo de Extremadura.

—Bueno Marcos, despídete del Sr. Manuel que nos tenemos que ir.

—Hasta mañana Marcos— dijo Manuel.

—Bueno no sabemos hasta cuando—sonrió la madre—es que no somos de aquí, estamos esperando que mi marido termine de reparar una máquina en una cafetería aquí cerca.

Manuel no disimuló su disgusto, se había olvidado del viento del norte. Marcos no soltaba la pierna del anciano. Cuando su madre le obligó a hacerlo rompió a llorar. El llanto del niño se fue apagando en la distancia.

Manuel caminó despacio hacia su casa, buscando las llaves del portal encontró en su bolsillo el chupete de Marcos, sonrió y lo volvió a guardar.

* * *

—Papá, si no te das prisa, te ocuparan el banco.

Manuel salió pausadamente de su habitación con la ceremonia de quién se burla del tiempo, esperó pacientemente al ascensor y se dirigió hacia la entrada del parque.

Vio que una señora con un perrito se sentaba protegiéndose del viento del norte—. “¡Lo que me faltaba!, compartir mi banco con un perro…”.

Acarició el chupete en el bolsillo y acordándose de Perla, su fiel perra allá en el pueblo, se fue hacia su banco.
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  • que bonito y que real ,
    la amistad!! que bonita palabra, de los que se ven cada dia, de los que no se ven incluso de los que no se conocen y sin embargo se sienten amigos, hay que hacer que este mundo gire de nuevo en torno a esa palabra, si con el valor de la amistad me pase a ver a mi padre..ahora me gustaria llevar a mi nieto al parque...pero bueno, para eso tendre que esperar un poco je je enhorabuena Lucía, espero que no escribas ningún relato de bajar a los infiernos porque querré bajar...
    MUY BONITO Y SENSIBLE , DEBERIAMOS SER TODOS UN POQUITO NIÑOS Y NO ALEJARNOS DE NUESTROS MAYORES. MUY BUENO
    ¿Qué más puedo añadir que no no hayan dicho ya? Un relato enternecedor y bastante bien llevado :)
    Un relato entrañable, y una interesante reflexión sobre la vejez.
    enhorabuena por el relato del mes, la verdad que te lo mereces, yo hace tiempo que no entro, pero comenzare a leer todo con calma, me ha encantado este relato, un beso
    Estimada Lucía. ¡fantástico!.. te mereces ese reconocimiento por estos minutos de evasión gratuita que disfruto cuando leo tus relatos, seguramente echos con porciones de tiempo que no te sobra. Me ha encantado como en 3 minutos has doblegado el caracter recio del abuelo al ver un par de dientes de leche. Sigue así.
    Prometo ller tu "relato del mes" pero ahora te valoro este. Muuuu bonito.
  • Llegó mi turno... esta semana estaba muy liada pero no he querido que pasara más tiempo... así que Roberto es hora de que pienses en una buena venganza... jejeje. Esto se acaba y me da penaaaa...lo he pasado bien. Gracias a todos por dejarme compartir espacio en estas páginas.

    La historia se reparte en tres capítulos...los niños soldados y el porqué de su crueldad. Siempre detrás de ellos está la mano negra...

    La historia de Samir la voy a repartir en tres entregas...

    Espero que no tengamos que esperar a esto para firmar un contrato indefinido... ojalá se arreglen las cosas pronto...

    No he podido evitar incluir un toque de romanticismo...drama...y alguna sorpresa. Espero que os guste,lo he escrito con mi mejor intención y he disfrutado haciéndolo. Ahora le toca a nuestra compañera Marfull así que ánimo, y a seguir escribiendo que es lo de que se trata.

    De lo bueno a lo malo solo hay un paso...y viceversa...

    A veces se escoge el camino equivocado para llegar a un fin...

    Una ilusión... un hecho... y no solo una vida destruida. Es un relato largo y por eso lo enviaré en tres o cuatro capítulos. Me apetecía volver...

    A escribir se aprende escribiendo, no dejemos nunca de hacerlo.

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Me gusta escribir para transferir a la realidad cosas positivas. Y en esta balanza de la vida además de obligaciones compartimos aficiones.

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