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8 min
El vestido negro que odié y amé
Amor |
11.06.13
  • 4
  • 2
  • 1949
Sinopsis

Lo relatado es real y explica como una simple prenda de vestir es la protagonista de la peor y mejor noche de tu vida. Cada vez que tengo un bache o un bajón pienso en esta experiencia y me demuestra que lo mejor está todavía por llegar y que detrás de una tormenta siempre aparece el arco-iris o el sol.

Nunca había esperado con tanta impaciencia aquella nochevieja. Intuía que sería especial, inolvidable, mágica, maravillosa. Hacía unos meses que salía con el grupo de mi hermana. Del grupo de diez personas, éramos solo tres chicas, mi hermana, Leire la hermana de otro chico, y yo. Hacía años que salían todos juntos y me aceptaron sin problemas. Me sentía muy a gusto con ellos y me reía tanto que los sinsabores del trabajo, quedaban olvidados enseguida. Empecé a fijarme en Dani. Coincidimos en preescolar y luego le perdí la vista. Ahora con 30 años estaba muy atractivo. Cuando comentamos lo del colegio, el hecho nos unió y los coqueteos y flirteos no tardaron en llegar. Aquel beso furtivo y clandestino en la discoteca aún me enamoró más de él. Por eso sabía que aquella nochevieja sería la mejor en mis 30 años de vida.

Me pasé toda una tarde de tiendas hasta que por fin lo encontré. Era un vestido negro, ni corto ni largo, por encima de las rodillas, con el cuello redondo y hecho de lana. Era precioso y aunque no era mi color preferido, sabía que me haría más elegante y estilizada. Combinado con el rojo carmín de los labios y la sombra de ojos verde todavía resaltaría más. El toque de las botas de piel fue la guinda final. Cuando nos reunimos todos para irnos de cotillón ya me percaté que Dani pasaba completamente de mí, estaba muy frío y distante. La última semana había coqueteado con Leire pero creía que me estaba provocando para darme celos y demostrarme que en el fondo estaba loquito por mí.

La noche empezó aciaga y con las tripas retorciéndose como nudos en mi estómago cuando descubrí que no estaba jugando. No se escondían y sus rostros lo decían todo. Los ojos de ambos estaban brillantes y no era solo por el alcohol. Mientras yo era incapaz de beber ni comer nada. La música me parecía estridente, desagradable, quería largarme de allí pero en el fondo pensaba que era solo una broma de mal gusto y luego Dani vendría a mis brazos. Verlos abrazados estrechamente, como él le acariciaba el pelo planchado, como las yemas de sus dedos rozaban sus labios tintados de rosa chicle...!Cuánto dolor presenciar aquello! ¿Por qué tuvieron que enamorarse precisamente en aquel momento? Habían estado juntos en el grupo desde hacía más de cuatro años y ahora que había llegado yo, Cupido más que travieso había sido perverso para enamorarlos ante mis morros. Siempre me encontraba en el lado de los sufridores, las víctimas, los que acaban llorando y maldiciendo el mundo. Nunca había entrado en el lado de los afortunados que son correspondidos a la primera, que te piden para bailar y tu vida es maravillosa. La vuelta en metro fue horrible. Aquel túnel negro era un terrible presagio. Dani y Leire ya no se escondían y se besaban apasionadamente delante de todos, jaleados por todo el grupo, felices por aquella nueva pareja que se había creado con el año nuevo. Para ellos el inicio del año era como tocar el cielo con las manos mientras que para mí era la entrada en el infierno.

Los días siguientes fueron como si tuviera una resaca horrible, me dolía la cabeza, el estómago, mis ojos lagrimeaban, no tenía hambre ni sueño. Y aquel vestido negro...Lo odié como nunca. Quería despedazarlo, deshilarlo, quemarlo, rajarlo, rehogarlo en un cubo con lejía ó ácido sulfúrico, tirarlo a la basura. Pero no lo hice. Lo colgué en la percha sin lavar, con el olor a humo impregnado y mi triste recuerdo y negatividad pegados en él. No sé porque lo guardé.

Pasados unos dos años, entró en mi trabajo un atractivo cuarentón que me hizo tilín pero fui prudente. La experiencia me había enseñado a esperar, a no hacerme ilusiones, a no entregar mi corazón sin saber antes si lo querían de verdad o me lo querían atravesar con un cuchillo hasta hacerlo picadillo. Me gustaba mucho, me hacía sentir mariposas en el estómago, por las noches fantaseaba con todo su cuerpo, deseaba sus labios, pero en el trabajo andaba con pies de plomo. Estuve más de un año coqueteando y sonriendo, pero era solamente un amigo cómplice, no dejé que penetrara en mi alma todavía herida. Nos complementábamos muy bien pero yo era solo la amiga con la que hablaba de fútbol y de horóscopos. De lejos percibía sus signos de seducción, la mano acariciándose el cabello a la altura de la sien, subirse los calcetines, desabrocharse el botón superior de la camisa y abrir las piernas como un vaquero cuando estaba sentado en una silla. Captaba sus señales pero pasaba de ellas.

De nuevo llegó una nochevieja y se celebró la cena de empresa. No me apetecía ir, me negaba, prefería quedarme mirando la tele pero él insistió constantemente, no paró hasta hacerme ceder. Acepté y pensé que al menos cenaría pagando la empresa y lo pasaría bien con el resto de compañeros. Me vestí con el mismo vestido negro porque prácticamente estaba nuevo e intuía que sería una noche igual de aburrida. Según leí en un libro, la gente que vestía de negro era porque querían pasar desapercibidos y eso era lo que yo quería. Nos encontramos todos en el restaurante y nada más verlo me fijé que realmente estaba muy atractivo. Acostumbrado a verlo con bata blanca y tejanos, era una gozada para los ojos observarlo con traje elegante color azul marino, camisa blanca deslumbrante y corbata de un tono azul eléctrico. La  colonia que desprendía era embriagadora. Todas las mujeres pululaban a su alrededor y aunque me miraba de reojo con una sonrisa cómplice y guiñándome un ojo, no me fiaba ni un pelo. Como decía el refrán de mi abuela "Gato escaldado, con agua tibia tiene bastante". Todas querían llamar su atención mientras yo lo ignoraba completamente y quizás aquello fue lo que desencadenó su reacción.

Estaba sentada saboreando la tacita de café cuando se acercó él y me pidió bailar. Tuve un súbito dejà vu, por un instante me vi como aquellas damas de la regencia, con largos vestidos, guantes hasta los antebrazos y un moño bien trenzado. Pero no, estábamos en los últimos días del año 2000 y la canción que acabó de sonar era Beautiful Day de U2. Era una dulce premonición, un guiño del destino. Empezaron las lentas y en aquel instante sonó "Mad about the boy" de Dinah Washington. No creía en las casualidades pero aquella canción iba como anillo al dedo. Notar sus manos en mi cintura, sobre mis hombros, sus piernas tocando las mías, el soplo de su aliento a café, su mirada penetrante y profunda que me derretía como mantequilla bajo el sol...Tocaba mi vestido como si fuera suave como un manto de armiño o una capa de terciopelo. Aquel vestido que había detestado con toda mi alma y ahora no sacaba los ojos de encima. Me sentía como una reina y estaba tan hipnotizada por su mirada que ni me fijé en las miradas asesinas de las que hubieran querido estar en mi lugar. Fuimos los últimos en abandonar el lugar y se ofreció para llevarme a casa en su coche. Sonaba música disco de los 70 que me pusieron todavía más las pilas. Deseaba que se cumpliera mi sueño, aquel por el cual visualicé y fantaseé durante más de 400 noches.

Cuando por fin saboreé sus labios pensé que valía la pena haber esperado tanto tiempo. Mi corazón enloqueció cuando sentí su lengua caliente  y húmeda mientras sus manos grandes acariciaban mi cabello suelto que caía sobre mis agarrotados hombros. No podía creerme que me estuviera sucediendo aquello. Pero lo que realmente me dejó asombrada fue cuando me dijo.

-Cuando te vi aparecer con aquel vestido negro ya no pude sacar mis ojos de ti. Eras como una diosa y  me atraías poderosamente. Eras como una estrella brillante en un cielo tapizado. Eres diferente a las demás. Tu virtud es la paciencia y has sabido esperar tu momento y ese momento ha llegado.

Fue la noche más maravillosa de mi vida y cuando suena la canción todavía se me salta el corazón y noto mariposas y cosquillas encima y debajo del ombligo. También se me escapa la sonrisa cuando ordenando mi armario me encuentro el precioso vestido negro. Moraleja: A veces lo que primero te hace llorar a la larga te llena de felicidad. Nunca pierdas la esperanza  ni te rindas en conseguir cualquier meta.

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  • Una historia romántica cautivadora; muy bien narrado el tránsito de la decepción a la dicha, los personajes secundarios correctamente colocados, como los escenarios y la trama circunstancial, todo gira alrededor de la carencia sentimental que embarga a la protagonista desde la noche vieja hasta que felizmente la colma. Y de guinda, moraleja. Saludos.
    Una preciosa historia de amor amiga y magníficamente narrada. La moraleja toda una declaración de optimismo con la que estoy totalmente de acuerdo. Has dejado claro que conservas el vestido pero ¿que pasó con el cuarentón?. Espero que lo conserves también y sino es así lo bueno estará por venir. Saludos
  • Es la marca de la pasión, de un vibrante momento donde las llamas invisibles de unos labios dejan la huella roja en la piel.

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