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9 min
El viejo museo
Amor |
19.07.15
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Sinopsis

En ese viejo museo ocurrió un hecho extraordinario...

Mi trabajo en aquél viejo museo me enseñó a valorar y a comprender aquellas obras de arte que nunca pensé que algún día podía  interpretar.

Desconozco si fue por aquél profesor que tuve en el colegio en mi último año de estudio. En ese llamado COU, que era la antesala a la Universidad y cuya asignatura de Arte era impartida por un tal  don Alfonso. Éste,  más estaba interesado en que aprendiéramos de memoria cada uno de los pintores de la historia, que en profundizar en la belleza de los cuadros. No sabía quién era Goya, pero me conocía perfectamente su nombre completo: Francisco de Goya y Lucientes natural de Fuentetodos… , Velázquez, los pintores impresionistas, holandeses, cubistas, etc. Sabía sus apellidos, incluso sus cuadros y hasta la época en la que vivieron. Mis calificaciones en esta asignatura siempre eran  de sobresaliente. Plasmaba sobre el papel del examen todo aquello que me preguntaban. Recitaba,  por mi gran capacidad memorística, pero nada quedaba de mi imaginación, de mi comprensión, de mi análisis. No había sitio para ello. La conclusión, en mi impoluto expediente,  es que era un auténtico experto en arte. La realidad es que no sabía nada. Que no comprendía el verdadero significado de las obras y por ende tampoco me interesaban. Imaginaba que una obra era buena porque era conocida, porque la había pintado un genio de la pintura y como tal debía ser una obra maestra. Yo sólo sabía quién lo había pintado, pero no el motivo de esa pintura.

Tras unos años de infructuosa búsqueda de empleo conseguí, después de superar alguna entrevista,  uno como auxiliar de Sala en un museo de pintura en una pequeña sala de exposiciones de Valladolid. Al principio no me atraía la idea. Quizás pensaba que me habían escogido atendiendo a mi expediente académico y más concretamente a mis sobresalientes calificaciones en Arte, aunque, en realidad,  como cuidador de sala no pareciera que fuese el sitio ideal para poner en práctica mis supuestos conocimientos. En un principio lo acepté , simplemente porque necesitaba trabajar, luego supe que ese trabajo cambiaría  mi vida.

Me sentía solo, vacío. Mi vida carecía de sentido. No encontraba aliciente a nada de lo que hacía. Estudiaba sin problemas porque mi memoria me lo permitía, superaba cursos e incluso la Universidad no era un reto para mí. Concluí mis 5 años en la Facultad de Derecho y salí de allí sin tener claro a dónde se encaminaba mi vida. No me gustaba el Arte, ni las leyes, ni  tan siquiera mi vida. No la encontraba sentido hasta que entré en ese museo…

…En aquella sala a la que llegaba cada mañana. Ya era mi sala, una especie de segunda o primera vivienda. Poca era la gente que venía a visitar el museo, excepto los fines de semana  en las que se acercaban los turistas a contemplar la belleza de las obras. Cada uno de mis compañeros ocupaba una sala y por ello  distinguíamos cada una, no por la exposición que contuviera, ni tan siquiera por su nombre oficial. Para nosotros las salas tenían el nombre del cuidador, de cada uno de mis compañeros que permanecían allí toda la jornada. La sala de Eva, la de Jorge o la de Mario, eran las primeras, luego la de Elena, María y la mía, la última de todas, apartada del resto. La única comunicación que teníamos era al cruzar las salas  un simple saludo.

Yo  cumplía  fielmente con mi trabajo. No permitía realizar  fotos, tampoco que pasaran líquidos, ni comidas. Estaba muy atento a que no tocasen esas pinturas y que la luz y la temperatura siempre fuesen las adecuadas. Me ocupaba  sin duda de proteger las obras.

Fue un domingo cuando un hombre de avanzada edad y con el paso lento y cansado se acercó junto con otros visitantes a mi sala. No me llamó la atención especialmente ese anciano, únicamente reparé en él porque fue el último en marcharse de la sala y también porque se despidió de mi deseando que pasara un buen día. Aquella educada persona cada día se acercaba a la sala y provisto de una silla se quedaba sentado en frente de uno de esos cuadros. Sabía que no debería permitirle estar sentado allí con aquella silla, pero no pude ni supe decirle nada. Era demasiado viejo y bueno aquel hombre

 Un día, quizás por mero aburrimiento, comencé a mirar uno de esos cuadros que allí estaban expuestos. Intuí como esa obra a las que nunca había dedicado la más mínima atención cobraba vida. Como esos colores que hacían contraste con la pared de la sala intentaban expresar  algo, esos clarooscuros, esos rostros parecía que  estuvieran mirándo. Había una increíble luminosidad en ese cuadro. No sabría cómo explicarlo pero algo me animó a enterarme quien había pintado  aquello y que significaba toda esa obra  y el porqué yo sentía algo parecido.

Cuando llegué a casa encendí el ordenador y realice la búsqueda Anne Hallstrom. Nacida en Noruega pero residente en Madrid desde su adolescencia. Tras su fallecimiento en diciembre de 2012 se encontraron en su casa cientos de cuadros de una belleza extraordinaria y que nunca los había dado a conocer. En su testamento indicó que los cuadros que ella había pintado fuesen donados al ayuntamiento de Valladolid. Actualmente se está exponiendo su obra en la Sala de Exposiciones de la Catedral de esta ciudad.

Ninguna referencia más había de su vida y de su obra.

Desgraciadamente la información que recogí era demasiado somera. Resultaba extraño que tuviese ocultos esos cuadros. Por qué lo haría, cual era la razón?? Nada pude averiguar, ni en el propio museo nos aportaban más información que una fecha de nacimiento y una descripción y análisis por parte de expertos de la obra de Hallstrom.

Las mañanas ya no resultaban tan monótonas y aburridas como siempre, por la noche me acostaba pensando en esos cuadros, en especial en ese cuadro que parecía que cobrase vida. No sabía con qué me podría encontrar al día siguiente, que sorpresa me podría deparar ese museo. Sin saber muy bien por qué la emoción que sentía por ese cuadro me contagiaba, me  llenaba de plenitud. Muchos me tomaban por loco, a los pocos compañeros a los que quise hacer partícipe de ese sentimiento no me atendieron o no vieron nada , más allá de unas manchas en un lienzo , que poco o ningún significado tenían. Me sentía sólo pero ilusionado.

Muchas veces tuve ganas de compartir con aquél señor sentado en esa silla,  al que todos tomaban por loco,  lo que sentía, pero imaginaba que tampoco me entendería. Bastante tenía yo con ocultarle para que no le echaran de allí. Mis compañeros pensaron que era un vagabundo buscando cobijo, yo simplemente vi a un buen hombre  que necesitaba descansar y que no encontró un sitio mejor que ese museo, que esa sala y quizás incluso que ese cuadro.

Un día llegué como siempre al museo, recorrí como hacía  habitualmente todas las salas, saludando a mis compañeros, comprobando la amargura de sus rostros, la inexpresividad de sus caras la falta de fe para poder ver esos cuadros que tanta vida reclamaban. Yo me desplazaba alegre y ágilmente hacia mi sala, sabía que ningún día era igual que siempre descubría algo nuevo e interesante. En la realidad  suponía que quizás no estuviera pasando lo que estaba contando,  pero yo si era consciente de que algo sentía, de que algo más maravilloso que el amor transmitían esos cuadros. Al llegar a la sala, para mi sorpresa no noté nada. Después de una semana sentí nuevamente que aquella sala volvía a estar como antes, las pinturas para mi eran sólo unos tonos grises, unos marcos, unos cuadros, unos lienzos que no entendía,  que nada significaban.

Me sentía mal, me sentía triste. No sabía que ocurría, desconocía por qué otra vez había vuelto al sinsentido,  a la monotonía. Quise imaginar que pronto todo volvería a la normalidad y volvería a ver brillar esos cuadros. Coloqué como siempre hacía,  delante de aquél cuadro la silla de mi querido y desconocido anciano. Antes la traía de su casa, pero quise tener el detalle de guardársela yo para que no cargase con ella. Aquél día por primera vez en una semana esa silla quedó vacía. No llegó el buen hombre y así ocurrió en los días siguientes. La silla continuó vacía y los cuadros sin vida.

El viudo de Anne Hallstrom, la artista que exponía sus cuadros en mi sala cada mañana provisto de una silla se quedaba mirando la obra de su querida mujer, a través de ella se comunicaban y se transmitían todo el amor. Fue tan fuerte lo que sentían que los cuadros revivían. Ahora ya no necesitan los cuadros para comunicarse, se han reunido en el cielo donde se profesan todo su amor.

Su obra cobrará vida nuevamente si hubiera alguien que sintiese a través de ellos. Ese alguien fui yo.

 

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