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5 min
El vietnamita sobre el churro - Mer Curio
Drama |
04.05.15
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Sinopsis

Preparándose para la Operación Cobra

Sentía sudor en la zona del bigote. Sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas, con las manos sobre la cabeza, aún respiraba con dificultad. Los dedos le tiraban del pelo y este movimiento le hacía que mirase hacia el suelo. De vez en cuando miraba a la mesa de operaciones y rápido apartaba la vista lejos, como si buscase algo en dirección contraria. Pero no había solución posible: se había equivocado.

En aquel instante recordó. Se vio muy lejos, mucho más joven, vistiendo la ropa de otra persona. No lo hacía porque tuviese un hermano mayor y heredase la ropa de este; esa costumbre le parecía normal en una familia sin muchos posibles. La situación que recordaba era muy distinta. Hace muchos años, cada vez que le ofrecían la ropa de aquella persona, la aceptaba sin dudar y frente al espejo, se veía elegante con aquel traje, o llevando aquel jersey celeste de lana, con aquella línea marrón que remataba los puños y el cuello a la caja; lo que no veía es que en los ojos de quienes lo miraban aparentaba más edad. Y ahora, en el suelo, entendía el porqué: cuando él aceptaba aquel jersey usado, ese que su dueño ya no se ponía porque había pasado de moda, ese que ya no le gustaba cómo le quedaba, no quería recibir solo el jersey; quería recibir inconscientemente la elegancia, la seguridad de la persona que había sido su propietario. Por ese motivo, como un niño tonto, todo lo que le daban de aquella persona le quedaba bien; y ahí estaba él engañándose, creyendo, sin saberlo, que el cambio que había llegado de fuera lo había hecho distinto, pero no, era él mismo con un jersey viejo, él dejándose llevar por las buenas intenciones de los demás. Cuánto le hubiese gustado ser en ese momento Alopécico Perdido, él que siempre medía las consecuencias antes de ejecutar cualquier movimiento, él que no erraba en cualquier ocasión. Él, se habría dado cuenta que antes de una operación uno tiene que revisar cada uno de los ingredientes que debe utilizar.

Se levantó del suelo y se acercó a la mesa de la cocina. Allí, hace no más de una hora, había colocado los cuchillos que cortaban, los buenos, por tamaño. A su vera la harina y la cebolla. Sobre la tabla de madera había picado la cebollita en cuadraditos siameses. Se acercó a la hornilla. Vio la sartén que había utilizado para freírla a fuego lento hasta que quedó pocha, perfecta. Recordó cómo había vertido el aceite de oliva con amor y cómo había removido la harina con paciencia antes de que se quemase y cómo, en el último instante, había ido a la nevera y había cogido la caja de leche, ¡oh ingrata!, ¡oh leche traicionera!, leche que no revisó, que estaba agria y que le estropeó la bechamel de las croquetas que estaba realizando para celebrar su aniversario. Sobre el delantal, que estaba decorado con el cuerpo del David de Miguel Ángel, rodaron dos gruesas lágrimas que huyeron veloces como la sorpresa que estaba preparando. Aún así, no quiso darse por vencido. Intentó arreglarlo con algún remedio que la espesara. Recordó una receta donde utilizaban nata para hacerla y, ¡eureka! Había un bote en la nevera. Vertió el contenido junto con sus rezos en la sartén y le dio vueltas y vueltas y más vueltas, mas todo esfuerzo fue inútil: el resultado fue una masa informe, viscosa, con grumos, imposible de trabajar. Un auténtico churro.

 

Los latidos de su corazón, las manecillas del reloj de la cocina, los pasos de su chica subiendo la escalera indicaban que quedaban segundos para las dos de la tarde. ¿Cómo solucionaría el churro de su regalo de aniversario? ¿Cómo hubiese reaccionado ante aquel desastre su mentor, Alopécico Perdido? Quiso meterse una vez más en sus ropas y recordó que, si la realidad terca se hubiese puesto en su contra, la habría mirado a la cara. Él hubiese reconocido su error, hubiese afrontado ante los ojos de su amada que es inconcebible no tener otro cartón de leche en la despensa y hubiera asumido que habría fastidiado su regalo de aniversario. Tres golpes secos lo devolvieron al presente. - Hay momentos en los que un hombre tiene que enfrentarse a su destino. Caminó hacia la puerta. Su mano giró el pomo y la sintió inmensa, circular, como la puerta blindada de un banco antiguo con una manivela pesada, una de esas a la que tienes que darle trescientas vueltas para liberar las barras de seguridad de la cerradura, una de esas en las que tienes que utilizar el peso de todo tu cuerpo para comenzar a abrir una rendija, una rendija por la que respirará el ambiente cerrado de esa cámara insana, el polvo de tantas horas muertas sin luz. La abrió. Y allí estaban los ojos de su amada. Entonces, el nudo de su estómago subió por su garganta y al llegar a su boca se hizo palabras: “Rubia, llevo toda la mañana relajado, sin hacer otra cosa que pensar en ti. Felicidades: te invito a comer en el Vietnamita de la esquina”.

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