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16 min
El Visitante Maligno
Terror |
19.05.15
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Sinopsis

1991, Guerra del Golfo Pérsico. Peter Donovan Teniente del Ejército de los Estados Unidos, encontrará en las arenas del desierto un objeto que cambiará su vida y la de los suyos. Para siempre…

EL VISITANTE MALIGNO

FERNANDO EDMUNDO SOBENES BUITRÓN

  PRÓLOGO

          

  Nunca podría apartar de su mente el día cuando sucedió aquello tan aterrador que le congeló el corazón y cambió su vida para siempre. Era el mes de febrero de 1991. Peter Donovan, teniente del ejército de los Estados Unidos, perteneciente a la segunda división de infantería se encontraba en el Golfo Pérsico al mando de un grupo de cuarenta soldados que debían llegar al campo petrolífero de Ar Rumaylah al norte de Kuwait; donde las tropas iraquíes habían situado cargas explosivas en los pozos de petróleo con la finalidad de hacerlos estallar en cuanto llegaran los efectivos de la coalición, acatando las órdenes de Saddam Hussein “El Carnicero de Bagdad” convirtiéndolos en “tumbas de fuego”, creando caos y destrucción. Su misión consistía en desactivar los explosivos y asegurar el área antes de que las fuerzas  del dictador iraquí lograran su cometido.

            El objetivo se encontraba a quince kilómetros de distancia y el desplazamiento lo hacían a pie, puesto que aún existía algo de resistencia de la Guardia Republicana iraquí y era necesario  neutralizar las tropas enemigas que encontraran en su camino. Para esto contaban con apoyo aéreo en caso de necesidad.

            La marcha por el medio del desierto se hacía pesada debido al equipo y al armamento de dotación que portaban. El oscuro firmamento estaba plagado de estrellas cual campo de luciérnagas y se podía escuchar el ronroneo de los aviones volando a gran velocidad sobre el espacio aéreo iraquí. A pesar del inclemente frío, se movían con rapidez.

            Los visores nocturnos les permitían detectar algunos enemigos ocultos bajo el manto de la noche. Disparos esporádicos; una silueta humana encerrada en el lente de la mira, las ráfagas de los fusiles y ametralladoras automáticas acompañadas por los haces de luces de los proyectiles trazadores y el objetivo caía. La resistencia en efecto, era mínima.

            El estruendo de las explosiones se escuchaba en la distancia haciendo temblar la arena bajo sus botas.  La cortina negra sobre sus cabezas se iluminaba con los fogonazos de las bombas y misiles que dejaban caer los aviones. A lo lejos; las lenguas de fuego de algunos pozos que se encontraban ardiendo despedían nubes de humo negro logrando que la noche se hiciera aún más tenebrosa, al tiempo que el olor del combustible quemado inundaba el aire y lo hacía casi insoportable.

— ¡Sargento Wilkins! ; —dijo el teniente —mande a los hombres colocarse las máscaras, todavía nos faltan  seis kilómetros para llegar al objetivo.

— ¡A la orden señor! —Respondió el sargento — ¡Todo el personal a colocarse las máscaras!—indicó a los soldados.

            Los militares proseguían con su avance en silencio soportando el frío y el viento del desierto que azotaba la arena contra sus cuerpos, mientras se acercaban cada vez más a su destino.  La ansiedad era creciente. No sabían con que se toparían y si podría haber alguna emboscada. De la nada se pudo oír un corto silbido y  luego una explosión se hizo presente en la retaguardia matando a tres de los infantes en el acto e hiriendo a otros dos. Donovan cayó  sobre la arena impulsado por la onda expansiva del estallido del proyectil de mortero.  No podía escuchar nada, tan solo un pitido intenso que le horadaba la cabeza y los oídos. Veía los destellos de las armas que asemejaban luciérnagas en la penumbra y a lo lejos empezó a sentir el ruido de los disparos y el tableteo de las ráfagas de las armas automáticas.

— ¡Morteros! , ¡Morteros, a cubierto!, ¡cúbranse! — gritó uno de los soldados.

            Desde una trinchera a unos doscientos metros de distancia podían observar el resplandor de los proyectiles trazadores  de los fusiles AK cuarentaisiete que les disparaban sin pausa, mientras las explosiones no cesaban en proferir su salvaje y aterrador canto de horror y muerte.

— ¡Wilkins! — Ordenó Donovan— verifique el estado de los hombres; divídalos en dos grupos para rodear a… ¡Wilkins!

            Volteó hacia el sargento y lo vio tendido sobre el suelo a unos metros de distancia retorciéndose de dolor. La pierna izquierda del militar había desaparecido por completo y el brazo del mismo lado, solo se mantenía sujeto del cuerpo mediante un jirón de músculos al tiempo que la vida se escapaba de sus venas, tiñendo de escarlata la arena bajo éste.

— ¡Cabo Torres! — Comandó Donovan —solicite apoyo aéreo de inmediato.

— ¡Sí señor! —respondió el cabo, haciendo uso del equipo de comunicación: — ¡Fox dos, Fox, dos!  Aquí sabueso tres. Solicito apoyo aéreo de inmediato, coordenadas: cero-cinco-siete. Estamos bajo fuego intenso de morteros, ¡tenemos seis bajas!

— ¡Copiado Sabueso tres!; ¡el apoyo aéreo está en camino!—respondió la voz en la radio.

            Donovan y sus hombres se defendían repeliendo el ataque  que los tenía acorralados sin ser capaces de moverse de aquel lugar. Los disparos proseguían sin descanso convirtiéndose en una horizontal lluvia de metal que les impedía levantarse del suelo. Pese a que hasta hacía tan solo unos instantes la resistencia había sido escasa, se toparon con una fuerza que los superaba con creces y que amenazaba con aniquilarlos. Sin embargo, de un momento a otro se escuchó el ruido esperanzador de un helicóptero Comanche lanzando sus misiles Hellfire hacia la posición enemiga y eliminando los nidos de morteros desde donde los estaban atacando. Iluminando la lobreguez del lugar con las bolas de fuego rojas y amarillas causadas por las explosiones que desmembraban sin piedad a los soldados árabes en una exhalación; convirtiéndolos en fragmentos de carne, huesos, y sangre, esparciéndose sobre la arena del desierto cual espeluznante alfombra de restos humanos.

            La incursión aérea no duró más de un par de minutos, hasta que el ruido de los disparos cesó. Otro helicóptero de rescate médico apareció de la nada en la penumbra comenzando a descender para auxiliar a los heridos y recoger a los cadáveres, mientras  la aeronave de combate daba vueltas protegiendo al personal en tierra y verificando que no existiera más peligro.

            Donovan y sus hombres entraron en la trinchera para comprobar si quedaban sobrevivientes de la parte enemiga. Al ingresar permanecieron en el sitio, impresionados al contemplar lo que quedaba del enemigo.  El espectáculo que tenían ante sí  era dantesco.

            Cadáveres carbonizados y desmembrados. Órganos y restos humanos diseminados por doquier. Cabezas desprendidas de sus cuellos. Trozos de cuerpos incendiados y arrojados contra las paredes de la trinchera. Algunos cadáveres describían posiciones grotescas e inauditas producto de las ondas expansivas que les hacían parecer marionetas destrozadas. El color púrpura  teñía el lugar, como si una mano gigante se  hubiera  sumergido en una piscina color carmesí sacudiéndola en ese sitio. El olor a sangre, carne quemada y muerte reinaba en el ambiente transmitiendo a los soldados todo su espantoso y pavoroso hedor.

            Algunos de los soldados iraquíes se retorcían de dolor: hombres sin brazos, otros sin piernas. Uno solamente conservaba un brazo, con el que trataba de arrastrarse sobre su propia sangre sin lograrlo. Los gritos de dolor y los sollozos de los heridos eran inaguantables.

                — ¡Teniente! ¿Qué hacemos con los iraquíes heridos? — Preguntó el cabo Ferris —, quien llegó en el helicóptero médico.

— ¿Hay especio en el helicóptero? —preguntó el teniente.

— ¡No señor!, ¡estamos copados con las bajas! La orden del…

— ¡Sí, sí! ¡Lo sé! No prisioneros. —Respondió Donovan.

— ¡Cabo Torres!—llamó el teniente.

— ¿Señor?

— ¡Disponga que los hombres verifiquen si hay algún tipo de información!, ¡registren todo el lugar!  ¡Destruyan las armas que encuentren!

— ¡Si señor!

— ¡Torres! …

— ¿Señor?

— ¡No prisioneros!

— ¡A la orden señor!

            Como una película en  cámara lenta, los soldados se acercaban a los enemigos heridos y les apuntaban con los fusiles en las cabezas haciéndolas estallar  al ser impactados por las balas a quemarropa.

— ¡Toma hijo de perra!, ¡maldito! 

— ¡Maldito Hussein!, ¡traga plomo!

           Tronaban los disparos en una sinfonía letal emergida del averno. Algunos de los lesionados rogaban por su vida; imploraban que no los mataran, había otros que lograban ponerse de rodillas pero de igual modo eran asesinados. Algunas cabezas estallaban despidiendo una nube roja conformada por miles de partículas del fluido púrpura que impregnaban la piel y el uniforme del verdugo con aquel aterrador matiz, haciéndolos lucir igual que carniceros en plena faena de matanza. La venganza estaba de fiesta. La rabia por el ataque sufrido hacía que los soldados se ensañaran con los caídos. Algunos utilizaban las bayonetas para cumplir con su infernal cometido, disfrutando el momento de degollarlos, otros les golpeaban las cabezas con las culatas de sus rifles de asalto, causando que estallaran como melones. El saturnal de horror parecía no tener fin.

            Peter Donovan no fue capaz de detener la carnicería. Es más; había dado la orden de aniquilar a los enemigos siguiendo instrucciones superiores. Si bien era cierto que se sentía mal por las atrocidades que cometían los soldados, también recordaba como los habían emboscado y la forma en que sus hombres habían caído destrozados por el fuego enemigo.

— ¡«Que se jodan!»  — Pensó —, « ¡se lo merecen esos hijos de puta!»

— ¡Señor!, — dijo Ferris —Catedral se ha comunicado por radio y ha ordenado suspender la operación, dispuso  que todos los hombres retornen a la base.

— ¡Está bien! —respondió Donovan y se dirigió a uno de sus hombres diciendo:

— ¡Cabo Torres!: nos vamos, la misión ha sido cancelada. ¡Ordene a los hombres replegarse, volvemos a la base!

— ¡Entendido, señor!

            El helicóptero con los infantes heridos comenzó a alzar vuelo mientras sus aspas levantaban la arena del desierto  creando  una nube de polvo en el lugar. Los hombres empezaron a regresar sobre sus pasos mientras Donovan se detuvo mirando el amasijo de  cuerpos mutilados en la trinchera. El recuerdo de los ruegos de los soldados iraquíes, sus voces y lamentos todavía podía sentirlos perforando su cabeza.

—« ¡La vida es una porquería! »— recapacitó.

            Volteó y empezó a caminar con la intención de abandonar aquel infierno más;  de repente su bota izquierda tropezó con  algo que lo hizo trastabillar. Miró hacia abajo y le pareció ver un objeto que brillaba entre la arena, pero sólo fue por un segundo por lo que se  agachó procediendo a  recogerlo. Era una pequeña figura plana de unos diez centímetros de largo y unos cinco milímetros de espesor. Estaba hecha de piedra negra. Tenía tallada una cabeza de felino, cuernos de cabra en la frente; de rostro fiero y desafiante. Los ojos fijos al frente denotaban crueldad y las fauces abiertas mostraban los colmillos con gesto salvaje. La figura tenía un orificio en la boca de tamaño de una moneda grande que la traspasaba y los colmillos asomaban por ella.

—«Debe ser algún tipo de amuleto»— dijo para sí y lo guardó en el bolsillo de su pantalón de campaña.

            Sus hombres ya estaban a unos treinta metros de distancia cuando escuchó un murmullo, algo que no se distinguía claramente. Giró para ver de qué se trataba, pero no pudo observar nada. Supuso que se trataba tan solo del viento y se preparó para emprender la marcha, cuando lo oyó claramente. ¡Era el llanto de un niño!

            Debido a la oscuridad tuvo que hacer uso del dispositivo para visión nocturna, por lo que regresó al lugar de la masacre  al tiempo que escuchaba con más fuerza el llanto penetrante y desgarrador, clamando por ayuda. Provenía del fondo de la trinchera que tenía unos tres metros de profundidad.

— ¿Quién está allí? — Gritó —levantando su fusil y apuntando hacia la dirección de dónde provenía el lamento.

            El llanto se hacía más fuerte mientras Peter avanzaba entre los cuerpos, más; no podía distinguir muy bien debido a que el visor infrarrojo empezó a parpadear por lo que se despojó de éste, apagándolo. Encendió su linterna y allí fue capaz de verla. Al fondo casi fuera de la vista. Se trataba de la entrada de una pequeña cueva. De aquel lugar provenía el llanto. Inclinándose, alumbró el interior pero no se veía nada. Tuvo que arrojarse sobre el piso y comenzar a arrastrarse  a fin de entrar por el angosto hoyo en la arena similar a la guarida de un animal. En ese momento, un nauseabundo olor se introdujo a través de sus fosas nasales. Allí había algo  descompuesto; no cabía duda de que existía algo muerto en aquel escalofriante lugar.

Sin embargo; pese a todo, el oficial continuó avanzando impulsado por el deseo de ayudar al menor que imploraba ayuda con desesperación.

— ¡VOY EN TU AYUDA!, ¡AGUARDA UN MOMENTO!—gritó Donovan.

            El hedor se empeoraba a medida que avanzaba. Se colocó nuevamente  máscara antigases más;  pese a ello, a duras penas soportaba las arcadas. Logró abrirse paso a lo largo del diminuto túnel arrastrándose, descendiendo y finalmente consiguió ponerse de pie. Había llegado a una especie de cámara amplia. Con la linterna alumbró a su alrededor distinguiendo en las paredes algunos dibujos y letras que no podía entender pero presumió que eran caracteres antiguos.  Poco a poco se percató de la presencia de fardos cubiertos por mantos; eran mortajas y había algunos de ellos a medio enterrar.  Se encontraba en un sepulcro.  Los cráneos y huesos se podían divisar tanto en las paredes como en el  piso del recinto; en tanto,  el techo estaba a unos cuatro metros de altura.

            El llanto proseguía; era un lamento terrible y atormentado que provenía del final de la sepultura. Alumbró en la dirección del sollozo y vio una figura extraña que se hallaba  de espaldas e inclinada sobre una de las momias; cubierta con un manto negro  y murmuraba algo raro, en un lenguaje incomprensible.  En ese momento la luz de la linterna se apagó  y el murmullo de “eso” finalizó. Donovan era incapaz de encenderla nuevamente, no funcionaba…

— ¡Peter, Peter!—  pudo oír su nombre en la penumbra.

Una maraña de voces sobrenaturales de hombres y mujeres susurraron…

—Te estábamos esperando…

La sangre  se transformó en hielo seco en sus venas cuando escuchó esas palabras y el pánico empezó a invadirlo.

— ¡Únete a nosotros!… —se dejó sentir con estridencia  en aquel macabro lugar.

— ¡Peter, Peter, únete a nosotros!

            La oscuridad era absoluta,  el frío le calaba los huesos pero el terror que sentía le llegaba hasta el alma.

           De manera instintiva se colocó nuevamente el visor nocturno y lo que vio hizo que todos los vellos del cuerpo se le pararan en punta. Las momias en  el sepulcro estaban en movimiento ¡habían cobrado vida! El “ser”  que estuvo agachado hacía unos instantes,  se encontraba  frente a Peter de pie. Era muy alto y a través del dispositivo electrónico fue capaz de distinguir sus fantasmales ojos, que lo envolvieron en un paroxismo de espanto.

— ¡Peter, se parte de nosotros!, ¡ven a nosotros!—  dijo el “ser” de voz atronadora.

            El militar levantó su arma y comenzó a disparar a “eso” que tenía enfrente hasta que vació el cargador, al tiempo que  el “ser” reía a carcajadas.  Peter Donovan sabía que de no huir de allí iba a encontrar  la muerte. Nuevamente el visor infrarrojo comenzó a parpadear dejándolo en tinieblas.

           Por instinto se arrojó al piso y comenzó a arrastrase por donde entró lo más rápido que pudo.

— ¡PETER, PEEEETEEEER! …

Los gritos eran ensordecedores y se oían cada vez más cerca.

— ¡PETER, ÚNETE! ¡ÚNETE A NOSOTROS!

            Prosiguió su desplazamiento velozmente, despavorido por lo que estaba detrás. Sin ser capaz de ver, solo escuchaba voces y lamentos pavorosos. Apenas avanzó unos metros cuando de manera repentina, sintió que lo agarraban de las botas y lo jalaban para hacerlo regresar. En medio de risas y gritos, “algo” le impedía avanzar y lo hacía retroceder devolviéndolo al sepulcro.

— ¡SOCORRO!, ¡AYÚDENME!, ¡AUXILIO!… ¡POR DIOS, QUE ALGUIEN ME AYUDE!— comenzó a gritar.

Desde atrás, oyó con claridad:

— ¡DIOS NO ESTA AQUÍ!  ¡SE HA OLVIDADO DE TÍ, PERO NOSOTROS NO!  ¡VEN!  ¡ÚNETE A NOSOTROS PETER!

            Las fuerzas casi lo habían abandonado, lo  que antes  lo sujetaba de las botas ahora lo hacía  de las pantorrillas atravesando la tela del pantalón y quemándole la piel. Esos “seres” lo arrastraban regresándolo a la tumba, mientras Peter trataba de escapar sin poder conseguirlo.

            De imprevisto, sintió unas manos que lo sujetaron  con fuerza de los brazos tirándolo  hacia adelante, liberándolo de su dantesca prisión. Se trataba de sus hombres que hicieron una cadena humana para sacarlo de allí. En ese instante, Donovan perdió el sentido…

            Cuando recobró el conocimiento estaba en el helicóptero de rescate, tenía las piernas vendadas. Podía sentir el dolor  y ardor de las quemaduras.  Todavía estaba  conmocionado por el horror de la experiencia vivida en el sepulcro.

— ¿Teniente se encuentra bien? ¿Qué pasó allí abajo?— preguntó Ferris.

—No lo sé. —Contestó Donovan— No lo sé. Mientras el helicóptero se alejaba dejando atrás la espantosa orgia de sangre, terror y muerte.

 

——————oooooo——————

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