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13 min
El Visitante Maligno: Capítulo II
Terror |
22.05.15
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Sinopsis

Capítulo II de la novela de terror: "El Viisitante Maligno" de Fernando Edmundo Sobenes Buitrón

EL VISITANTE MALIGNO

Fernando Edmundo Sobenes Buitrón

CAPÍTULO II

— ¿Has visto como está aclarando el cielo?  La tormenta se fue muy rápido, ¿no te parece Peter? ¡Qué extraño! —comentó Jeff.

—Sí, la luna está muy brillante. Deberíamos estar llegando ya al puesto de control de Relámpago Dos. – respondió Peter.

            Siguieron avanzando por la carretera y el lago ya no se divisaba. Los árboles lo cubrían haciendo la vía un poco más angosta.  Sin previo aviso y de entre los matorrales, emergió un venado corriendo atravesándose por la carretera. El reflejo de las luces de la patrulla hizo que sus ojos se vieran rojos como el fuego y brillantes, por un instante. A duras penas el vehículo  consiguió detenerse. El animal siguió su carrera a toda velocidad  y se detuvo al estrellar de cabeza contra un árbol.

— ¡Joder! ¿Viste eso Jeff?—Exclamó Peter—Parecía que quería embestirnos. ¿Pero qué diantres le pasó a ese venado?

Descendieron del vehículo y  fueron al lugar donde estaba el animal.

           A pesar de la claridad de la luna, no era posible distinguir muy bien las condiciones del venado. Caminaron hacia éste que se encontraba a unos quince metros y Jeff encendió la linterna.

— ¡Dios mío!— exclamó Peter.

            Una de las astas del animal se había partido producto del choque contra el árbol, la otra se introdujo en la corteza en tanto  sus patas temblaban  en un  violento y agónico espasmo. Del lado de la cabeza en que faltaba parte de la cornamenta manaba abundante sangre brillando con el reflejo de la luz de luna mostrando parte del cerebro. Del hocico escurría un flujo de espuma blanca mezclada con el líquido púrpura y descendía por el pecho de la bestia aterrizando sobre la hierba bajo éste. Las sacudidas incontrolables  dominaban su cuerpo haciendo que emitiera un escalofriante y angustioso bramido de dolor. Su sufrimiento era terrible.

—No podemos ayudarlo. — dijo Peter.

—Tienes razón, no hay nada que hacer. ¿Quieres que yo…?— dijo Jeff, señalando hacia su pistola.

—No, gracias. Yo lo hago.

            Peter desenfundó su pistola de reglamento  aproximándose al malherido animal.  La masa encefálica había emergido casi por completo por la herida y  colgaba por un lado de la cabeza dándole un pavoroso aspecto. Al sentir la proximidad del hombre, abrió sus ojos  de forma desmesurada mientras el bramido se hacía mayor rompiendo el silencio en la espesura. En aquel instante, no era la misma sensación de sufrimiento  — podían sentirlo — se percibía con claridad su furia. El animal trataba  con frenesí de liberarse del árbol.

            El Sheriff colocó la pistola en la cabeza del cérvido haciendo contacto con su pelaje.

—Lo siento amiguito. Tengo que hacer esto, para que no detener tu sufrimiento.

            Los  ruidosos y espeluznantes bramidos se mezclaron con el disparo que retumbó en la noche. El proyectil atravesó la cabeza del venado lateralmente destrozando lo que permanecía de cerebro pero el animal no cayó.  Seguía luchando por zafarse, Abría más los ojos inyectados de sangre. Su mirada despedía un odio  tan desmedido que; de haber sido rayos,  hubiera calcinado a los policías en un instante. 

            Ambos no creían lo que veían:

— « ¿Cómo es posible que no haya caído?—  pensó Peter—  ¿habré fallado?»

            Alumbró hacia el lugar donde había disparado. El círculo negro del tatuaje producido por la combustión de la pólvora, así como el orificio ensangrentado de entrada y salida le dio la respuesta.

            Volvió a apuntar a la cabeza al animal para darle el tiro de gracia, cuando de pronto, una sombra enorme los sobrevoló cubriendo todo de oscuridad; más solo fue por un instante.

— ¿Qué fue eso Peter? ¿Viste algo?— preguntó Jeff.

—No pude ver nada. ¿Qué pudo haber sido?

            El venado seguía con desesperación tratando de zafarse. En ese momento y apuntando la base de la cabeza, Peter disparó.

            El animal permaneció quieto por unos instantes luego de recibir el segundo tiro. Después, comenzó  una vez más a sacudirse tratando de huir. Peter y Jeff retrocedieron unos pasos sin comprender lo que sucedía. En un instante el venado logró zafarse dejando clavada su asta en el árbol y volteó hacia los hombres;  con la mirada en blanco y bañado en sangre, avanzó un metro hasta  desplomarse fulminado.

            Los policías sin salir de su asombro permanecieron observando el cadáver tendido sobre la hierba, mientras un charco bajo éste daba cuenta de cómo iba escapando  el rúbeo líquido a través de lo que permanecía de su destrozada cabeza.

— ¿Puedes oír algo? — preguntó, Peter.

—No, no escucho nada —contestó Jeff.

—A eso me refiero. No hay ruido alguno, todo está en silencio.

            En efecto. No tan solo había calma. Lo en verdad singular era que no existía sonido  alguno: ni el chirrido de los grillos, ni el roce de las hojas de los árboles al ser agitadas por el viento. No se percibir onda acústica de cualquier tipo. Era como si todo se hubiera paralizado. Todo es hallaba inerte como en una fotografía y no se escuchaba ni un alma.

           Los policías todavía desconcertados, fueron  sorprendidos cuando sonaron sus receptores de radio sobresaltándolos.

—Jefe Donovan, jefe Donovan, aquí Central.

—Adelante Central. Utilice los códigos — contestó Peter.

—Disculpe Tornado, — era la voz de Jack—continuamos sin contacto con Relámpago Dos. Los otros relámpagos no reportan novedades.

—Está bien Central— respondió Peter—siga tratando de comunicarse con ellos, nosotros estamos llegando a la zona.

—Comprendido Tornado. Cambio y fuera.

            Los hombres retornaron al vehículo, meditando sobre el momento que acababan de vivir. La luna había descendido  a la mitad del cielo y lucía amenazadora y misteriosa, con una tonalidad roja.

— ¿Crees que les haya sucedido algo? — Preguntó Jeff— Es raro todavía no se hayan reportado.

—Ya veremos. Sólo faltan unos kilómetros para llegar a su ubicación.

            Siguieron conduciendo por unos minutos por la carretera  escoltados por los árboles y entraron a una vía recta donde se podía ver nuevamente el lago.

— ¡Qué olor tan horrible!,  — exclamó Peter frunciendo el ceño.

—Sí, es como el de un zorrillo o algo así – secundó Jeff.

— ¡Pero qué demonios!— exclamó Peter deteniendo el coche.

           Desde aquel lugar se podían divisar en el camino unos extraños bultos a los lados de la carretera.  Emprendieron la marcha con lentitud acercándose a esos objetos y por descubrieron de lo que se trataba; eran venados tirados en el asfalto. Todos se hallaban muertos. Con los hocicos y ojos abiertos en estremecedor gesto de pavor. No menos de treinta estaban dispuestos a lo largo del camino de esa forma.

           Pausaron la marcha encendiendo las luces más fuertes iluminando el camino sembrado de cadáveres y descendieron del vehículo  con las escopetas en una mano y la otra, cubriéndose la nariz y la boca. Llegaron al cuerpo del primer animal al tiempo que la fetidez de la osamenta descompuesta les hacía casi imposible poder respirar con normalidad; en tanto que miles de moscas revoloteaban el despojo produciendo un diabólico zumbido. Su vientre estaba abierto y su interior estaba esparcido en el piso como si hubiera estallado.  Todos los cadáveres se encontraban de ese modo; con las entrañas expuestas e infestados por larvas, gusanos y otros repulsivos insectos.

            No había signos de lucha, ni rastros de algún otro animal. Tampoco hallaron huellas de vehículos o algo que indicara que los cérvidos hubieran sido muertos en algún otro lugar y trasladados allí; y de acuerdo al estado de la descomposición por lo menos debían de tener unas veinticuatro horas de fallecidos.

Jeff, sobreponiéndose a la repugnancia de aquel macabro espectáculo, tocó a uno de los animales y dijo.

— ¡Todavía está caliente!

— ¿Qué?— preguntó Peter.

—El cuerpo del venado aún está caliente—repitió Jeff sorprendido.

—No puede ser— dijo Peter haciendo lo propio. — Tienes razón. ¡Es increíble!, vamos a ver a los otros.

            Fueron acercándose a los demás y constataron que todos conservaban el calor corporal como si estuvieran vivos.

— ¡Esto es imposible!—exclamó Peter—. Por su estado ya deberían de llevar por lo menos un día de muertos; además la tormenta, la lluvia debería de haberlos enfriado y por la fuerza de ésta, los órganos deberían de estar esparcidos. La sangre….

—Podría haberles caído un rayo. — Intervino Jeff.

Peter reflexionó y dijo:

 —No lo creo. No hay ningún rastro de quemaduras en los cuerpos, ni en a la vegetación, tampoco en el asfalto.  Vamos a buscar a los hombres.

            Les era imposible seguir en el vehículo, los cuerpos de los cérvidos obstruían el paso así que tuvieron que continuar a pie.  La luz de los faros de la camioneta los alumbraba desde atrás mientras avanzaban por la carretera a través de los cadáveres de los animales. Las sombras de ambos se proyectaban sobre los árboles y hacían que se vieran como dos gigantes que a medida que se acercaban hacia el otro lado, se hacían más cortas.

            En aquel instante escucharon un disparo; luego otro, y otro más. Sintieron el sonido inconfundible de las balas volando sobre sus cabezas.

— ¡Al suelo, nos están disparando!  — gritó Peter.

            Se arrojaron al piso, mientras los disparos continuaban. Pero ya no eran hacia la dirección  donde se encontraban.

— ¿Ves algo?—preguntó Peter.

—No, no veo nada—. Respondió Jeff.

Nuevamente los disparos y  gritos de desesperación.

— ¡NO!, ¡MALDICIÓN!, ¡NO!   ¡SOCORRO, AYÚDENME!

— ¡Es la voz de Franklin!, —dijo Jeff.

—Vamos a ayudarlo, — intervino Peter.

            Las detonaciones proseguían y en ese instante vieron a Franklin que salió corriendo de espaldas de entre los arbustos, disparando hacia los árboles.

— ¡Franklin, Franklin!, ¿qué sucede? ¿A quién disparas?— le pregunto Peter.

            El policía estaba pálido; el terror lo hacía temblar.  Tenía los ojos abiertos como pelotas de golf y la pistola en sus manos se encontraba con el conjunto móvil hacia atrás sin proyectiles. Pero él trataba de seguir disparando, en vano.

Peter y Jeff levantaron sus escopetas apuntando hacia los árboles y se acercaron a Franklin.

— ¿Qué hay allí? ¿Qué te estaba atacando? ¿Dónde está Michael?— pregunto Jeff.

— ¡Allí vienen, allí vienen!, —respondió Franklin pálido como la cera, empapado de sudor  y temblando— ¡Allí están!

            Primero escucharon chillidos similares a los que producen los cerdos, luego se multiplicaron transformándose en gritos de personas y lamentos. Después se convirtieron en voces claras de hombres y mujeres, suplicando por ayuda y profiriendo insultos.  Los gritos se hicieron desgarradores, escalofriantes y venían de allí, del lugar donde hacía unos instantes, el policía había estado disparando.

            Los arbustos empezaron a moverse y entonces, aparecieron de la nada, una manada de  seres escalofriantes y sobrenaturales. Enormes y cubiertos de oscuro pelaje Con cuerpo de jabalí, prominentes  colmillos y rostros humanos con ojos de fuego que los sorprendieron lanzándose sobre los policías, gruñendo y riendo.

            Peter y Jeff dispararon sus escopetas sin éxito.  Las bestias los arrojaron al piso mientras los hombres trataban de protegerse cubriendo sus cabezas con los brazos. Empezaron a morderlos por todas partes. Los gritos de dolor de los policías se oían retumbar en el bosque mientras las bestias reían y bufaban. Así estuvieron por unos minutos, siendo masacrados por los monstruos, hasta que se fueron corriendo hacia el lago y desaparecieron en el agua.

            Jeff y Peter  continuaron en el piso cubriendo sus cabezas con las manos hasta que notaron que las bestias habían desaparecido, luego se levantaron mirando alrededor.  Se hallaban mareados y experimentaban una aguda jaqueca. Franklin por su parte estaba  de rodillas sobre el barro, al tiempo que vomitaba sin control. Poco a poco fueron reponiéndose hasta que emprendieron la huida,  corriendo tambaleantes en dirección al vehículo que  los esperaba más allá con las luces encendidas.

           Cruzaron el pasadizo de los venados muertos hasta alcanzar el coche. Los tres se encontraban sin respiración, con el terror reflejado en sus rostros y sus pulmones a punto de estallar debido a la carrera en la que sus vidas estaban en riesgo.

— ¿Qué fue eso? ¿Qué demonios fue eso?— preguntó Jeff, casi sin aliento.

— ¡Nos estaban persiguiendo!, ¡querían matarnos!— dijo Franklin.

            Recobrando la respiración, e incorporándose, Peter miró a sus hombres y se comenzó a palpar el cuerpo, comprobando que no tenía ningún tipo de herida. Tan solo su ropa estaba sucia; inmunda, por haberse revolcado en la vegetación. Se hallaba cubierto de barro, las huellas de pezuñas de animal estaban por toda su vestimenta al igual que las de Jeff y Franklin, pero no estaban heridos.

—Vamos a calmarnos—dijo Peter.

— ¿Qué pasó?—preguntó Jeff—. ¿Qué coño fue eso?

Franklin; aún en estado de shock,  no profería palabra.

—Franklin, ¿qué sucedió?—le preguntó Peter.

El policía no contestaba y continuaba mirando con espanto hacia atrás.

Peter lo sujetó de los hombros con fuerza  empezando a sacudirlo para que reaccionara.

—Franklin ¿Qué pasó allí atrás? Contéstame.

Franklin  miró a Peter, luego a Jeff y empezó a balbucear.

—No…so… Nosotros, Michael yo estábamos yendo hacia el lago, revisando por si había alguna persona bañándose y advertirlos de la tormenta.

En ese momento Peter  reparó en que habían olvidado al otro oficial.

— ¿Dónde está Michael? ¿Dónde lo dejaste? — preguntó Jeff.

—No lo sé. — Respondió Franklin— estábamos corriendo juntos y nos separamos al llegar al camino.

—Tenemos que ir a buscarlo. — Dijo Peter—Hay que encontrarlo.

— ¡NO!, — gritó Franklin— ¡NO QUIERO VOLVER ALLÁ!

—Tiene razón jefe. No podemos hacer nada, al menos solos. Volver a ese lugar sería un suicidio. —dijo Jeff.

El sheriff miró a sus hombres y asintió diciendo:

—Tienes razón Jeff; es mejor que  solicites refuerzos. Da la orden de que despierten a todo el personal. Que dejen tan solo dos puestos de control: En la entrada y el centro del pueblo.  El resto  que venga de inmediato. 

—Sí, jefe. — contestó Jeff  procediendo a establecer la comunicación con la central.  En tanto el hedor  iba en aumento al igual que los insectos que revoloteando los cadáveres,   llenando todo el lugar con su aterrador y desesperante zumbido.

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