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11 min
El vuelo de la golondrina
Drama |
12.10.14
  • 4
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Sinopsis

Una golondrina entra por la ventana...

La ventana estaba abierta para que entrase un poco de aire en aquella sofocante mañana de agosto. Los visillos parecían las velas de un balandro, mientras se columpiaban en el viento. En una de las embestidas de Eolo, una golondrina se coló por la ventana. Estuvo revoloteando por la habitación sin hacer caso de Elena, que, con un pañuelo de seda, intentaba que el pajarillo encontrase su camino de regreso al jardín. Recorrió  el dormitorio como si quisiese tomar posesión del mismo, mientras Elena corría tras él; se enredó en los brazos de la lámpara y revolvió entre los trajes del armario, que le tentó con las puertas abiertas. Mas fue su imagen reflejada en el espejo la que llamó su atención y, cual Narciso enamorado, se lanzó con el pico dispuesto a besar a la golondrina que le miraba desde el otro lado y, estrellado en el duro cristal, cayó, el pajarillo, medio aturdido. Entonces, Elena lo arropó entre sus manos y, al sentir su aleteo, lo dejó en el alféizar de la ventana, libre para seguir su viaje por los cielos.

Así había empezado el día Elena: Con la visita de una golondrina que, no sabia ella, iba a ser heraldo de malas noticias.

Aquella tarde, Pedro, su entonces marido, le había dicho que la dejaba por otra mujer; que la dejaba por una familia que, sin ella saberlo, había formado tiempo atrás. Aquella tarde le rompió el corazón.

Pedro y Elena se habían casado muy jóvenes. Se conocían desde que empezaron a estudiar psicología en la universidad, en un momento de sus vidas en el que, cada uno de ellos se deleitaba con otros amores. No obstante, desde, casi el primer instante en que cruzaron la mirada, nació entre ellos una amistad colmada de complicidades. Cuando estaban juntos, el reloj dejaba de funcionar. Cronos se detenía mientras daban largas caminatas sin un destino fijado, al tiempo que hablaban de los temas celestes y terrenales más diversos: cine, teatro, música, sueños y decepciones. Fue Elena la que le ofreció su comprensión cuando la novia de Pedro lo dejó, después de marcharse al extranjero a terminar sus estudios. Y más tarde, fue él quien la apoyó cuando, aburridos de formar una pareja que no tenía nada que darse, Elena y su novio rompieron.

La amistad, que, con el tiempo, se consolidaba más y más, devino en pasión amorosa en un puente entre dos días festivos en las ruinas de Pompeya. No fueron los moldes de cenizas de los que huyeron de la tragedia tantos años atrás, inmortalizados en el Jardín de los Fugitivos, y que los dejaron sobrecogidos; ni fue la comida picante con la que les agasajó el dueño de un restaurante mejicano al que entraron cansados de la pasta italiana; tampoco fue la visión de otros amantes; ni siquiera fueron los frescos eróticos que les mostraron en el Lupanar los que les arrojó en brazos del otro. No fue sino el roce delicado del dedo índice de Pedro al retirar de la cara de Elena un rebelde mechón de pelo color miel, que se había desprendido del prendedor en forma de camelia, el que encendió la pasión entre ellos.

Aún sorprendidos por el amor recién descubierto, llegaron impacientes al hotel en el que se alojaban y vivieron una noche apasionada entre besos y caricias. Aquella noche traería otras noches; la pasión ya no les abandonaría y, casi sin ser conscientes de ello, se vieron un sábado de abril caminando hacia el altar.

En los casi nueve años que duró su matrimonio, Elena se creía feliz. Pedro, que era un loco de los deportes arriesgados, ponía la misma pasión en arrastrarla en aventuras imposibles que en amarla. Recorrieron media España haciendo rafting, subiendo las montañas más elevadas, volando en un ala delta… La otra España la recorrieron también; más sin correr más riesgo que el de quedarse sordos cuando iban en pos de los grupos de heavy metal que, para sorpresa de quienes no la conocían bien, tanto gustaban a Elena.

Ahora que ha pasado tanto tiempo, ella ya no está tan segura de que aquellos años, desbordados de adrenalina, música y pasión, la hubieran hecho dichosa. Muchas veces se había sentido atacada por un estado de tristeza, sin motivo decía Pedro, y que ella no quería ver de dónde le venía. Cerró los ojos a la aflicción que la envolvía cuando su marido le dijo que no quería tener hijos. La aparición de un ser extraño acabaría con la perfecta relación que había entre ellos; dejarían de ser el uno para el otro en cuanto un hijo se interpusiera entre ellos. Elena estaba convencida de que sólo el miedo de la juventud a la responsabilidad explicaba la negativa de Pedro a ser padre quien, con el tiempo, acabaría cambiando de opinión; mas los años se iban sucediendo unos a otros sin que se moviera un ápice en su parecer. 

El miedo a provocar una discusión cuyo fin no quería imaginar, el temor a abrir la caja de Pandora, la mantuvo en silencio. Calló cómo, desde muy niña, había esperado el momento de ser madre; cómo se detenía en los parques a contemplar los juegos de los niños más pequeños; cómo su amor por Pedro no lograba colmar la ausencia del otro amor: el de los hijos esperados, mas no nacidos.

Sólo cuando caía la noche, cuando la ciudad ya dormía, cuando Pedro, ajeno a los anhelos de Elena, se perdía en ensueños ; sólo entonces, desvelada, se permitía dejar volar su fantasía y evocaba la imagen de un niño que descansaba en su regazo.

Con el paso de los años, la pasión que se encendía con sólo encontrarse cerca dejó paso a la rutina; las largas conversaciones, a monosílabos, primero, al silencio, más tarde. El trabajo de cada uno los absorbía como si quisieran esconder en él el vacío que se iba extendiendo entre ellos, cual una mancha de aceite pegajosa e imposible de limpiar. Ya no salían juntos en busca de deportes de riesgo: la edad, creía ella, no les era propicia para las aventuras. Mas,  Elena, aún enamorada, creía que, con sólo su amor, lograría rescatar de las cenizas la pasión y el cariño de Pedro. Olvidaba que las figuras que vieran tiempo atrás en el Jardín de los Fugitivos estaban huecas, perdidas, ya, las vidas que en otro tiempo contuvieran. Sus intentos por reavivar la pasión, que los consumió al principio, no encontraban más respuesta que el hastío de aquel que había sido su único amante.

El caluroso día de agosto en el que irrumpió en su habitación una golondrina despistada, Pedro se había levantado con el alba, pese a estar de vacaciones. Sin despertar a Elena, se había vestido con ropa deportiva y, en una nota que le dejó en la mesita de noche, le pedía que no le esperase porque iba a correr por el bosque que había cercano a su casa: el único deporte que entonces practicaba. Elena pasó la mañana en el jardín, disfrutando, glotona, del sol estival, mientras pasaba perezosamente las hojas de una revista. Pese al aviso de Pedro, no quiso entrar en la casa a comer hasta que él no regresase. Y vio pasar las horas en el reloj sin que hubiese rastro de su vuelta.

Al fin llegó; a deshora, entrada ya la tarde, como había anunciado. Indiferente, ajeno a la impaciencia de Elena. No comió con ella: ya lo había hecho en otra casa, con otra familia; con su nueva familia. Mas Elena aún no lo sabía. Quería hablar, con ella, dijo. Y sin apenas dejarla terminar el postre, se lo contó todo, de un tirón, sin aliento, sin darse ni tan siquiera tiempo para respirar.

-Llevo cuatro años amando a otra mujer. La conocí en la oficina, donde trabaja como socióloga. Pese a que la quise tan pronto como la vi, estuve muchos meses luchando contra un sentimiento que sabía te heriría. Mas su bondad y ternura me vencieron, no pude evitar amarla; ni ella a mí tampoco. Tenemos un hijo de dos años y viene otro en camino. Hoy sólo he venido a contártelo; a recoger mis cosas para irme a vivir con ellos.

Elena quiso contestar, mas no pudo. Su mente no hacía sino dar una y otra vuelta alrededor de la imagen de Pedro y la vida que había llevado tanto tiempo oculta; tan lejos del hogar que habían creado juntos. No dejaba de pensar que, con ella, no había querido tener hijos; había hecho oídos sordos a sus fervorosos deseos de maternidad; se iba con la familia que no había querido tener con ella, en tanto que la dejaba sola. Y, mientras iba y venía sobre estos pensamientos, notaba cómo su corazón se rompía en mil pedazos.

Elena buscó refugio en su hermana, que tenía tres niños pequeños, y en su trabajo como psicóloga en una residencia para mayores. Intentó esconderse de la desdicha que le había dejado Pedro llenando sus días de una actividad sin descanso y sus noches, de los sueños vacíos de ensoñaciones que le producían las pastillas que le recetaba el médico. 

Habían pasado ya muchos año, cuando una tarde de primavera, iba paseando distraída por un parque y el vuelo de una golondrina atrajo su atención. Siguió con la vista el dibujo que iba haciendo en el cielo mientras se dirigía al nido en el que, pensó Elena, la esperarían los polluelos. Con una sonrisa pasó su mirada por los caminantes del parque y, entonces, divisó una familia que iba en bicicleta formando una hilera. Se trataba de un padre, una madre, un niño de unos siete años y una niña de cinco. Elena se fijó en la pequeña, que, al final de la fila, se distraía mientras entonaba una cancioncilla. Elena le mandó un beso por los aires y la niña, sorprendida, la saludó con la mano. Entonces dirigió su mirada al resto de la familia y pudo ver quién era el padre.

Encontró a Pedro muy cambiado. Tenía el cabello cubierto de nieve y el rostro surcado de arrugas. Había perdido aquella expresión inquieta que se le acentuaba cuando planeaba un viaje o se preparaba para algún deporte de riesgo; en su lugar, una mirada más dulce y serena. Al verlo, Elena, sintió, por un instante, una punzada en el corazón, que no supo si era debida a la envidia o a la añoranza por una familia que pudo ser la suya. Estuvo tentada a acercarse; hacerse la encontradiza y saludarle. Mas los dejó pasar: Ella ya no conocía al Pedro que montaba plácidamente en bicicleta, ni él a la Elena que, desde hacía unos meses, guardaba un tesoro en su corazón.

Alzó la vista al cielo en busca de la golondrina. Creyó verla emprendiendo el vuelo desde una acacia, mas, tal vez, no se tratase sino de una de sus hermanas. Sacó del bolsillo una fotografía y, sin que fuese consciente de ello, una sonrisa iluminó todo su rostro. Como a la golondrina, a ella también la esperaba un polluelo en su nido: Ángel, el niño de tres años que tenía en acogida.

 

 

 

 

 

 

 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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