cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

13 min
Elegía
Fantasía |
19.09.14
  • 5
  • 0
  • 2879
Sinopsis

A veces es bueno ver las cosas desde una perspectiva diferente, al menos sólo por curiosidad.

- ¿Cuánto tiempo? —pregunté al doctor sin siquiera pensarlo, como si se tratara de un auto reflejo.

- Pues… —pronunció después de un dramático silencio, mientras contaba en su mente los días que él estimaba que me quedaban de vida. De pronto noté un atisbo de tristeza en su cara, lo cual me bastó para saber que daba igual cualquier número que dijese, no sería alentador. Entonces lo reconsideré.

- No, espere —interrumpí su cálculo mortal— No quiero saberlo.

- ¿Seguro?

- Seguro —afirmé sin vacilar. Me levanté, le di las gracias al doctor, salí del consultorio y me alejé del hospital dando largas zancadas.

 

Sinceramente, en ese momento quería correr sin rumbo, como si el resto de mi vida se escapara veloz delante de mí, mientras que a mis espaldas la muerte se avecinara blandiendo su inmisericorde guadaña. Pero por más que corriera no llegaría a ningún sitio; mi destino estaba sellado.

Sin nada más que hacer, me senté en la banca de la parada del autobús a contemplar cómo el viento barría las nubes grises a su antojo; unas gotas comenzaban a repiquetear sobre el techo de la caseta de la parada. Yo no soportaba el simple sonido de la lluvia. Para mí, era como interferencia que te obligaba a escucharla a ella y a nada más. Y yo en ese instante necesitaba realmente escuchar algo más.

Me puse los audífonos e hice sonar el concierto más largo de Gizel Vásquez, una poco conocida pero excelente pianista. Su elegante y suave tecleo siempre me había hecho olvidar todo, pero esa ocasión no funcionó exactamente como todas las otras veces. Comencé a recordar la muerte de la pianista. Murió sola, en una habitación de hotel. Las hipótesis que se manejaron fueron suicidio y sobredosis, típicas muertes de famosos, pero ninguna de esas teorías se comprobó jamás, y eso me alegraba mucho. Lo que en verdad importa de un artista obviamente son sus obras, su arte en sí, todo eso de lo que el mundo no suele darse cuenta hasta que el artista muere; tratándose, claro, de artistas en las mismas condiciones que Gizel: con mucho talento pero poco apoyo. Y aun así, suele crearse más morbo entorno a su muerte que reconocimiento por su legado. ¡Vaya estupidez!

 

            Días después aun no podía dejar de pensar en Gizel y su triste final. Incluso sentí que desarrollé una conexión especial con ella. ¿Será que la muerte tiene la extraña cualidad de unir a las personas?

Ya que yo no podía aspirar a mucho más en la vida, al menos podía decidir cómo terminarla. Y así lo hice. Gastaría todo mi dinero en alquilar un cuarto de hotel y pasaría allí el resto de mi vida... Mi única preocupación sería que el resto de mi vida durara más que el dinero. Elegí al azar un hotel en la ciudad. No era nada ostentoso pero tampoco era una ruina. Un hotel decente, nada más. La mudanza fue fácil. No tenía nada más que llevarme que mis discos y mi guitarra. Por las mañanas ponía los discos con las canciones que más me gustaba cantar. En las tardes sonaban los instrumentales, tales como el único disco de Gizel. Y en las noches tocaba la guitarra, a veces algo conocido, otras veces algo de mi autoría o me dedicaba a componer sin nunca terminar nada.

 

            Era una vida tranquila, pero pese a ello, la idea de que pronto en cualquier momento podría partir de este mundo siempre estaba presente. Pesadillas sobre mi muerte solían perturbar mi sueño. Despertaba sobresaltado, sudando y con el corazón agitado, solo para descubrir que no, que aun no era mi hora, pero que la cuenta regresiva seguía en marcha.

Una noche, luego de uno de esos bruscos despertares, cuando el frenético ritmo de los latidos de mi corazón se apaciguó, me sorprendió escuchar la melodía de un piano que seguramente venía de la habitación contigua. Y no era una melodía cualquiera. ¡Era una composición de Gizel Vásquez! ¿Quién tocaría el piano a esas horas de la noche, y encima una pieza tan inusual? El intérprete lo hacía tan bien como la misma Gizel. Era fantástico. Juré que me mantendría despierto hasta escuchar el final del recital, pero el son de la difunta pianista había recobrado la magia que yo antes le había conferido. Sus dulces notas me arrullaron hasta volver a conciliar el sueño.

 

El día siguiente fui a tocar la puerta del cuarto de al lado. Llamé varias veces, pero nadie abrió. El hecho de que mi vida estuviese terminando no significaba que la de todos en el mundo también, así que supuse que quien quiera que fuese mi vecino, habría salido a trabajar, a estudiar, a reunirse con alguien en algún café… Alguna de esas cosas que las personas hacen cuando su vida no está amenazada por un inminente final, así que regresé a escuchar los instrumentales. Esa fue una de las dos únicas veces que salí de mi cuarto.

Esa noche, mientras hacía sonar al azar las cuerdas de mi guitarra, el piano se dejó escuchar una vez más. Nuevamente se trataba de una obra de Gizel Vásquez, una que yo conocía tan bien que hasta había creado un acompañamiento para ella, así que yo también comencé a tocar. Muchas veces había tocado mi guitarra al mismo tiempo que sonaba el disco de Gizel, pero hacerlo acompañando a un piano real era diferente, era más especial. El piano cesó unos segundos, seguramente debido a la sorpresa al escuchar mi guitarra, pero pronto se acopló a mis acordes y juntos dejamos fluir la magia.

Después del diagnóstico del médico me sentí muy desubicado, como si en este mundo no hubiese un lugar para mí, pero en ese momento en el que tocaba mi guitarra junto a ese piano, sentí que ese era el único lugar al que yo pertenecía. Y no me refiero al cuarto de hotel, sino al mundo que se creaba cuando las cuerdas y las teclas se entrelazaban y bailaban con gracia. Fue como un sueño. Y lo digo literalmente, ya que no recuerdo haber dejado de tocar e ir a la cama esa noche. Desperté en el piso, con la guitarra en brazos y el corazón emocionado. Entonces me descubrí a mí mismo haciendo algo que no había hecho en mucho tiempo: sonreí.

 

            Decidí no conocer a la persona que tocaba el piano. Si nos conocíamos, definitivamente yo le apreciaría, y cabía la posibilidad de que ella también llegara a apreciarme, y si me apreciaba, lamentaría el hecho de que yo tuviera que morir. No quería cargarle esa pena. Así que me conformé con esas noches oníricas de  magia musical entre esa persona, Gizel y yo. Y desde entonces así fueron todas las noches. Hasta que ese fatídico día llegó…

 

            El fatídico día en que se acabó el dinero y yo seguía con vida. No supe qué hacer en ese momento, pero sí sabía qué no quería hacer. Abandoné el hotel por mi propia cuenta, sin esperar a que alguien viniese a desalojarme. No quería ser una molestia ni una carga para nadie, al menos no en vida. Fue la segunda y última vez que salí de mi cuarto.

Echaría mucho de menos a mi vecino el pianista… Tanto así que me tomé el atrevimiento de preguntar por él en la recepción, al mismo tiempo que entregaba la llave de mi cuarto.

 

- Disculpe… —dije con discreción al recepcionista— ¿Sabe usted quién es la persona que se hospeda en el cuarto al lado del mío? A la derecha.

- Señor, ahí no se hospeda nadie —respondió de manera seria y tajante.

- ¿Cómo? Claro que sí. ¡El que toca el piano!

- Señor… —dijo con un suspiro apesadumbrado— Hace años hubo una pianista llamada Gizel Vásquez, no sé si usted recordará. Nadie sabe de qué murió, pero su cuerpo fue hallado en ese cuarto. Por eso nunca hay nadie allí, porque nunca se lo ofrecemos a nadie. Algunos dicen que por la noche el sonido de un piano aun se escucha provenir desde el interior de ese cuarto…

 

            Se me heló la sangre. El recepcionista no tenía por qué mentirme así. ¿Entonces yo había estado tocando todo este tiempo con el fantasma de Gizel? ¿Tan cerca de la muerte estaba yo que hasta los fantasmas ya comenzaban a considerarme como su amigo? No sabía qué hacer ni qué pensar. Todo era tan irracional… Desconcertado y arrastrando los pasos, caminé por horas hasta llegar inconscientemente a aquella parada de autobús. Comenzaba a llover, justo como la otra vez.

En ese momento sentí que ese cuarto era el único sitio en el que deseaba estar. Quería volver a ese cuarto y comprobar que Gizel estaba ahí, al menos en espíritu. Pero no podía volver, ni al hotel ni a ningún otro lugar si no tenía dinero. Solo me quedaba la banca de la parada bajo el techo de la caseta… Mi pecho dolía, aunque no sabría decir si era de puro desconsuelo o porque mi hora finalmente se acercaba. Tomé la guitarra y comencé a tocar, mientras acompañaba al dulce piano de Gizel que claramente se escuchaba en mi cabeza. Ni siquiera la interferencia de la lluvia fue capaz de interrumpirme. Decidí no parar, hasta que el cansancio o la muerte me vencieran…

 

            Reconocí el techo que vieron mis ojos cuando desperté. Me encontraba en mi cuarto del hotel. Salí de la cama de un brinco y para mi sorpresa me encontré con que no estaba solo. Una mujer joven, con cabello negro rizado y piel blanca estaba frente a mí.

 

- ¡Vaya manera de despertar! —dijo la mujer con gran sorpresa en su rostro. Pero definitivamente era yo el que estaba más sorprendido. La voz huyó de mi garganta. Tartamudeaba sin emitir ni un solo sonido. Entonces ella se presentó— Me conoces, ¿no? Sí, soy Gizel Vásquez, la que ha tocado el piano contigo todo este tiempo, porque, tú eres el de la guitarra, ¿cierto?

- Pero… pero… tú…

- ¿Qué? ¿Desaparecí mucho tiempo de la vista pública? Lo sé. Es que hoy en día a casi nadie le interesa escuchar un piano. Pocos lo aprecian. Por eso un día decidí que quería encerrarme y tocar el piano a más no poder, quería tocar solo para mí. Pero ni siquiera podía hacerlo en casa, porque después de escucharme tocar, todos en mi familia se acercarían a decir “qué bonito”. ¡Eso me indigna! —Gizel gritaba— ¡Eso no es apreciar el arte! Eso es ver el arte pasar de largo. Así que vine a este hotel a alquilar un cuarto y dedicarme a lo que me gusta. Pero supongo que ya le he dedicado demasiado, ya que ni recuerdo cuántos años han pasado. Pero eso es lo de menos. Estoy muy feliz. ¡Después de tanto tiempo he encontrado a alguien que aprecia la música tanto como yo!

- ¡Pero tú estás muerta! —exclamé sin pensar.

- ¡Oye! Acabo de decirte que me alegra conocerte, ¿y tú te burlas del color de mi piel?

- ¡No, lo digo en serio! ¡Tú moriste hace años en el cuarto de al lado! ¡Nunca se supo de qué, pero moriste!

- Pues yo no recuerdo haber muerto. Espera… Me he dedicado al piano sin descanso por años… ¿Esto quiere decir que morí de tanto tocar el piano? —el rostro de Gizel se iluminó, como si hubiese alcanzado el mayor sueño de toda su vida.

- Pues no lo sé. Pero ahora que lo dices… Yo no recuerdo haber dejado de tocar la guitarra en la parada del autobús… ¡Yo también morí!

- ¡Santo Dios, estamos muertos!

 

            ¿A caso era esa la única explicación racional para esa situación? Lo cierto es que al darnos cuenta de ello ambos nos reímos como posesos, y terminamos aceptando esa teoría como válida.

 

- ¿Por qué no te apareciste antes? —pregunté confundido.

- Porque tú me rechazabas. Por alguna razón tú no querías que yo te conociera; podía sentirlo.

- ¿Dices que puedes percibir mis sentimientos?

- No exactamente… Fue tu guitarra la que me lo dijo. Tocas excelente, de una manera maravillosa, pero sin que lo quieras, le transmites tus emociones al instrumento, y el que sepa interpretarlo podrá saber cómo te sientes. Incluso te escuché tocando en la parada del autobús. En ese momento tus emociones cambiaron. Deseabas volver a este lugar y conocerme, así que por eso he podido venir a verte.

- Pues yo no recuerdo haber percibido tus sentimientos a través del piano…

- ¿A no? ¡Yo estaba terriblemente feliz cada vez que tocábamos!

- ¿Era tu felicidad la que percibía? Creí que se trataba solo de la mía.

- Era la de ambos, porque, pese a que no querías conocerme en ese momento, yo también percibía la tuya.

- ¿En serio? Convénceme.

 

            Sin una palabra más, Gizel caminó hacia la pared y la atravesó sin problemas. Segundos después me sorprendió escuchar una melodía desconocida en el piano. Una melodía suave y sutil que me llamaba por mi nombre. Pese a su delicadeza poseía un asombroso poder de atracción, así que tomé mi guitarra y la seguí.

Gizel y yo nos prometimos que juntos crearíamos la obra maestra musical más grandiosa jamás concebida, sin importar cuánto tiempo nos tomara. Después de todo teníamos una eternidad para lograrlo.

 

A Charlotte ;)

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 86
  • 4.13
  • 669

Me gusta mucho leer. ¿Por qué estaría aquí si no? jajaja Lastimosamente ya no tengo mucho tiempo para ello, ni para escribir tampoco. Pero bueno, hay que hacer un esfuerzo.

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta