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24 min
Ella 19, yo 30
Ciencia Ficción |
13.03.15
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Sinopsis

La vida de Dani y Loira, dos estudiantes universitarios de traducción en 2018, cuya ciudad, Barcelona, está en guerra contra el terror ruso. Ambos tendrán que enfrentarse a un nuevo concepto de vida, alejado de las comodidades de haber nacido a finales del siglo XX y acostumbrados a una democracia ultra permisiva. Sin embargo, todo cambiará cuando los dos protagonistas se vean inmersos en un proyecto gubernamental insólito. En este primer relato, únicamente se describirá la primera parte de la obra. La verdadera acción, comenzará en un siguiente relato ;)

Preámbulo

Vocacerunt Barcelona

 

Alboroto. Gente que ríe pero que llora. Sonrisas de cariño, de respeto, que almacenan cuatro años de buenos momentos. De esas que son puramente auténticas, de corazón. Estas nunca se alegran del adiós pero sí de la supuesta positividad que éste otorga a una nueva etapa vital que da comienzo esa misma noche. Sonrisas que, aunque inevitablemente resultan ambiguas al observarse por separado, no dejan de rendir homenaje al momento de felicidad compartido por todas esas personas en ese mismo instante. Al mismo tiempo, tratan de ocultar de la mejor manera posible la desazón de la nostalgia de un presente vivo que actúa como un ser consciente de sí mismo, y que respira a sabiendas de que un día será visto desde el futuro como algo que ya hará muchos años que habrá muerto. Oigo carcajadas. Puedo distinguir las voces de la promoción 2018, formada por aquellas personas con nombres y apellidos que aún hoy recuerdo perfectamente y que compartieron conmigo los mejores años de su vida. Escucho la alegría de las personas a las que he admirado y defendido de manera incondicional durante 48 meses. Sin embargo, no puedo evitar sentirme afligido porque sé que ese momento, deliciosamente perfecto, no volverá a repetirse jamás. Es difícil explicar la consciencia de la impotencia que te permite saber que en ese mismo instante estás siendo testigo de un adiós definitivo a la vida de algunas personas; por muchos años que vivan, no volverán a compartir ni un momento de su afable existencia con la tuya.

 

La universidad Pompeu Fabra de Barcelona en su sede de Poblenou fue el lugar donde invertí los mejores años de mi juventud en formarme como traductor e intérprete. Todavía recuerdo con cariño los primeros días de clase, aquellas miradas perdidas entre personas desconocidas que más tarde se convertirían en compañeros, amigos y otros tantos en hermanos de armas. Relativamente, tuvimos la suerte de pertenecer a la última promoción que pudo graduarse antes del inicio de la guerra y el consiguiente cierre de la universidad. Tanta OTAN, tanto aliado presuntamente infalible, tanta supuesta magnificencia patriotera, para nada. El año anterior, España había adquirido una remesa de 53 cazas YF-35 del ejército estadounidense y actualizado los sistemas de defensa aérea de nuestros vetustos F-18 para que resultaran eficaces contra la guerra electrónica de nueva generación. Recuerdo como el presidente Sánchez y su plana mayor solicitaron el cambio de la Constitución, empujando a la oposición a firmar un tratado a toda prisa que permitiese portar armas y munición a los españoles mayores de 18 años siempre que estas fueran visibles y que los portadores no dispusieran de antecedentes. Todas las ratillas imberbes que jugaban en ordenador o videoconsola a juegos de guerra acabaron por pedir a sus padres algún fusil o pistola como regalo de cumpleaños, y podías ver a niños de teta por las calles con un fusil de precisión a sus espaldas entrando a comprar Doritos y Red Bull en un paquistaní. Obviamente, más de la mitad del país se negó a vivir como tejanos paranoicos, pero a la otra mitad le vino muy bien disponer de una bocanada de aire fresco que le permitiese invertir en un negocio que parecía pujante y así al menos intentar salir a flote de la eterna crisis de 2007. Para 2015, los rusos ya habían invadido gran parte de Barcelona capital, y aunque su armamento nuclear, íntegramente neutralizado por drones estadounidenses, ya no suponía una amenaza para el mundo, se podía oler el hedor de su vodka caliente y su sudor frío en algunos edificios tomados y reconvertidos en acuartelamientos para sus tropas. De vez en cuando, en un intento por debilitar la moral de los militares rusos, la OTAN utilizaba bombas de mil libras guiadas por láser para reventar las illes arrebatadas. El Mando del Atlántico tenía órdenes explicitas de nuestro presidente de no bombardear edificios de interés histórico, como el patio interior de nuestra universidad y su columna bicentenaria. Pese a ello, no eran pocos los ataques aéreos que se sucedían con más margen de error que de acierto reduciendo siglos de historia barceloneses a escombros carísimos.

 

En el preámbulo de la guerra, se dieron cuatro años decisivos en la toma de decisiones en cuanto al despliegue español, junto con las fuerzas de la OTAN   –a buenas horas– y la liga árabe en ultramar. No había habido consenso de estas dos facciones jamás antes en la historia. Ahora, por primera vez, la alianza de estos dos bloques supuso un mosaico de cultura, conocimiento, sabiduría y aprendizaje de vida para muchos de nosotros. Sin darnos cuenta, llegamos a adquirir una especie de desdoblamiento en cuanto a mejora de aptitudes como ciudadanos y en calidad de seres humanos. Lo mismo se podría decir de nuestra carrera universitaria; podría poner la mano en el fuego que la última vez que fuimos felices de verdad fue en aquel restaurante de lujo en Montjuich. Allí es donde concluyeron cuatro cursos formados por cientos de clases, asistencias y campanas, madrugones, noches interminables de estudio, deberes y encargos, exámenes, chuletas y nervios, suspensos y aprobados. Qué felices que éramos entonces y sin embargo, cómo nos quejábamos por todo.

A diferencia de otras carreras infamemente insustanciales, como turismo, magisterio o psicología, en traducción e interpretación de nuestra universidad se trabajaba de verdad. Tanto en períodos de paz, como incluso durante la guerra, la nota media exigida para entrar ya revelaba que como mínimo se requería un nivel de notable para el acceso. La docencia se impartía en un conjunto de edificios de obra nueva, con siete plantas, construido en hormigón visible hasta los tres metros y a partir de esta altura, ataviado con amplios ventanales de cristal de color rojo burdeos en el edificio más bajo, y de cristal azul celeste cromado en el más alto. Tanto desde la calle como desde el interior se divisaban tres pasarelas de vidrio templado en las plantas 4, 5 y 6, de unos tres metros de anchura, que conectaban el edificio A con el B. Entre otras estancias, los estudiantes se apiñaban en los bancos de la plaza central, regida por una columna restaurada que había pertenecido a una factoría textil de 1889. La dedicación de los materiales era exquisita y de categoría; se podía visionar un vídeo a todo volumen en un aula y en la contigua apenas se apreciaba el eco. Por supuesto, un nivel académico elevado exigía una docencia a la altura. Traductores de prestigio, profesores de distinguido linaje universitario familiar y otros profesionales como científicos o abogados reconocidos impartían la mayoría de clases. Asistir a todas esas horas lectivas te daba un empuje, un motivo para la creencia en tu vocación. Algunos le habíamos encontrado tal sentido a la vida haciendo algo que nos encantaba que resultaba inevitable en ocasiones evitar ser consciente de que estás siendo parte de tu historia personal. Se trataba de disfrutar ese momento al máximo, saboreándolo, diciéndote a ti mismo en cada instante que debes ser consciente de lo que vives. Ser un espectador activo de tu realidad; eso, amén de enfermedades relacionadas con la falta de memoria, es lo que te permite poder recordar con claridad momentos determinados del pasado con la misma intensidad que si los hubieses vivido hace cinco minutos.

 

Pero la guerra nos cambió a todos, y de qué manera.

 

Cuando convives día a día con la muerte, llegas a asociarte con su esencia y eres capaz de dirigirte a ella tuteándola. No es que te resignes, todo lo contrario, es que cuando eres un tipo generalmente afortunado, hay demasiados momentos en los que olvidas que tú también eres susceptible de ser liquidado por las líneas enemigas. Aunque siempre quede un lugar para la duda, das genéricamente por supuesto que vivirás para siempre y que a ti “eso” no te va a pasar. Hay gente a la que le pasa todo lo contrario; no se ven a sí mismos envejeciendo al lado de una mujer, haciéndole el amor cada noche, teniendo hijos sanos y viéndolos crecer, disfrutar, fracasar, prosperar, vivir y al final, muy al final, morir de viejos en una casa tranquila, con jardín, dos coches y un perro de quince años. Lo único que puedo deducir, supongo, es que el psicólogo de la oficina de reclutamiento vio en mí a un individuo de esos que dan su buena suerte por sentada. Ser uno de esos que por alguna razón creen que ellos siempre van a tener una segunda oportunidad en una situación hostil y que acabarán el día recordando sus hazañas con sus otros compañeros untados en dicha.

 

Y es que, sucede que no me da la gana creer que hay algo ahí fuera, acechando en la atmósfera, que controla los designios de nuestro destino y que juega con nosotros a modo de muñequitos de un tablero de Risk. Empero, siempre he sentido esa presencia extra-vital. Algunas personas se autosugestionan porque necesitan creer, saber que hay algo ahí fuera, llamémosle “suerte”, “ángel de la guarda” o sencillamente “Dios”. A menudo sucede que dichas personas creen por inercia, ya sea por costumbre, educación paterna o auto convencimiento propio. Hasta hoy, ninguno de ellos ha sentido nunca nada que pueda determinar una reciprocidad entre sus seres y el ente misterioso en sí. Por otro lado, existimos las personas que realmente percibimos esa energía, aunque el entorno nos haga creernos a nosotros mismos de que no es posible su existencia. Somos aquellos que vivimos con ella y rara vez explicamos esa sensación a otros desconocidos, ya que sentimos que si lo hiciésemos se nos condenaría a la burla e incredulidad. Puedo entender que resulta difícil distinguir a los individuos que profesan una auto-sugestión desencadenada por unas ganas imperiosas de creer, que a aquellos que notan en la boca del estómago una especie de punto de inflexión de chacras, tan indescriptiblemente intensa, que roza lo físico.

 

Capítulo 1

Loira et ego

 

Me desperté en la residencia de estudiantes. A los pies de la cama, sentada y apoyada en la pared Loira y su metro sesenta y nueve acompañada de su pelo castaño claro ondulado comía una magdalena mientras me observaba, masticándola con media sonrisa. Estoy convencido de que ya haría una media hora que estaba despierta. Era la segunda noche que estábamos juntos, y no fue hasta años después que supe que le encantaba mirarme dormir cuando se me adelantaba en el despertar. Aquella noche había sido un criadero de ojeras; realmente no habríamos dormido más de cinco horas seguidas. Es imposible olvidar la forma de aquella habitación blanca, alargada, de unos dos metros y medio de ancho por unos siete de largo. Nada más entrar había un pequeño grifo cromado con un lavamanos y un espejo sin marco. Continuabas caminando por el suelo de baldosa ocre y podías apreciar un armario de madera de Ikea gigantesco a mano derecha, y algunas estanterías no muy grandes separadas por bases de metal y con baldas de madera efecto oscuro titanlux. El mobiliario era sencillo, liso, y me gustaba especialmente el estilo minimalista del cuarto, sin grandes atiborramientos de muebles que acaban por quedarse vacíos, ni enormes cuadros inútiles y acumuladores de polvo. El cuarto se había restaurado allá por inicios del XXI y se notaba que había sido pintado recientemente. Las ventanas eran vetustas, de madera pintada de blanco brillante sin brillo ya, algo astilladas por los cantos, pero todavía conseguían cerrar bien y pese a su diseño arcaico cumplían con la función de librarnos de inclemencias y ruidos de la calle. Las paredes eran blancas, de yeso, y si existe algo que a día de hoy recuerdo con especial lucidez, es una gran columna blanca próxima a la pared izquierda, ancha y de tipo dórico, que sostenía el techo justo dos metros antes de llegar a la ventana. La de veces que Loira y yo habremos hablado sobre aquella columna, lo que sostenía y lo que supuso para nosotros nuestros casi tres primeros años relación perfecta en Barcelona.

 

A 21 de mayo de 2014 la miré a los ojos, y con la misma certeza que sé que algún día voy a morir, mi corazón, interpretado por mi voz, se dirigió a ella de manera literal:

– Mira, Loira. Escúchame atentamente. No sé qué va a ocurrir con nosotros; queda nada y menos para que toda España entre en guerra y la verdad, no nos engañemos, eso significa que no sabemos si mañana, como quien dice, seguiremos con vida o no. Así que, por si acaso, y como no quiero arrepentirme en caso de que pase lo peor –al tiempo que decía estas palabras, Loira miró hacia otro lado con preocupación en su rostro– no quiero que existan verdades a medias contigo. Has de saber que por fin conozco a alguien que me gusta de verdad.

Esta vez, Loira se limitó a tragar saliva y continuar con una sonrisa amable.

 

–Debes saber que esto no se lo había dicho a nadie antes y lo cierto es que me da igual mostrar debilidad y total afección contigo, porque creo en ti, y algo me dice que tú también piensas lo mismo de mí. De verdad, preciosa, te admiro por ser como eres, puedes estar tranquila porque no te voy a poner una de esas frases que llevan un “pero” incluido. 

 

¡Y que gran verdad le dije! Detesto la incertidumbre que se presenta cuando dos personas comienzan a hablar y por el tono de una de ellas puedes comenzar a evidenciar que se acerca un “pero”. Esa espera, desesperante, evita que pongas atención en la totalidad de la oración, pues te hace estar completamente pendiente de cuándo llegará el fin de ese párrafo infinito y comenzará ese “pero” que desmoronará tu realidad.

–O sea, que olvides los peros conmigo. Fuera todas esas frases que son… que en sintaxis reciben el nombre “ese” de…

–¿Una adversativa?–Loira sonrío con una mueca en su mejilla derecha.

–Exacto, tú eres la crack en eso de la lengua. Pues eso, ¿vale, nena? No hay “peros” que valgan entre nosotros. No los acepto, y no lo digo en el tono del típico machito, sólo que, al menos esto, no lo acepto, no lo quiero entre nosotros. Es a ti a quien quiero conmigo, y vas a saber todo lo mío. Ya sé que no es necesario; sé que confías en mí, y sabes que he sido infiel a otra mujer antes de estar contigo. ¿Qué puedo decir? Menuda carta de presentación, lo sé. Está bien claro que a priori no parezco un buen modelo de chico del que pudieras enamorarte. Pero si te lo he dicho, si te he confesado esa infidelidad nada más conocerte, a sabiendas de lo mal que pudieras pensar de mí, es porque estoy completamente convencido de lo nuestro, de nuestros sentimientos, y de tu estabilidad emocional, que, por lo pronto, es superior a la mía, o al menos lo ha sido hasta estas últimas semanas. No quiero que, y ojalá sea así, termine la guerra, sobrevivamos a este horror y habértelo ocultado todos estos años a sabiendas que cualquier día uno de los dos podría haber muerto, engañados.

Loira siguió acomodándose en la cama y tapó sus piernas con el edredón.

–Si me apuras, niña, peor todavía sería que hubiese que descubrirlo por terceros. Creo que eres una mujer fiel, pero si algún día me fueras infiel, quiero que me lo digas, porque yo haría lo mismo. Sea cual fuere nuestra respuesta, creo que vale la pena vivir juntos sabiendo que hasta en eso podríamos confiar, Loira. Creo que el pilar principal de nuestra relación debe basarse en la confianza absoluta; en mi caso, si hay cosas que no te digo, no es porque las oculte, sino porque sencillamente no las he tenido en cuenta o recuerdo. Somos mejores que el resto de parejas y punto. Los top gun de nuestra generación, elegidos para la gloria.

Loira sonrío agachando la cabeza, como si incidiese su barbilla hacia abajo y cerrando los ojos para volver a levantarla un segundo después y volver a nivelar su mirada con mis ojos.

–Que sea mi generación, ¿no? Que de la tuya ya hace más tiempo…

 

Con orgullo, para evitar reírle la gracia, callé a Loira con un beso en los labios largo e inmóvil. La interrumpí nuevamente mientras sujetaba sus dos manos con las mías y la miraba fijamente a los ojos mientras notaba como ella en su interior se estaba muriendo de la risa.

–No, de veras, bonita. Es cierto que no soy lo que se dice totalmente inmaduro, o al menos trato de evitar serlo en muchos aspectos. Pero no nos vamos a engañar, Loira: milagrosamente no eres una chica de 19 años como la mayoría. ¡Seguro que existen otras como tú! En el sentido de tan maduras, con las cosas tan claras –y te juro que esto último me asusta–. Pero yo estoy enamorado de ti, no de ellas. Sabes pensar con más frialdad que yo, que no quiere decir que seas fría, pero sabes mantener la compostura. Tal vez no seas muy buena hablando en público, tal vez es ahí cuando demuestras tu dulzura de ser una chavalilla vergonzosa que no está acostumbrada a comerse al público como yo. Tu vergüenza viene dada por tu miedo a no encontrar las palabras adecuadas o no recordar bien la lección, la mía en no llevar la base de maquillaje correcta, ir bien afeitado u olvidar esconder un poco de barriga o tensar los músculos en público para parecer más fuerte a los demás. Mis visiones son de niño, mi oratoria de adulto. Tu oratoria es de una adolescente inteligente, pero tu cabeza es la de una mujer hecha y derecha, y te juro por Dios, que hay algo más sexy todavía que unas muslazos de deportista esculpidos como los tuyos o esta carita de angelillo, y es la inteligencia. Las mujeres inteligentes y maduras, nena, que habláis con una voz tranquila, apaciguada, relajada, como tú, sois d’allò més sexy que los hombres podemos respirar.

Loira sonrió nuevamente, inclinando las cejas hacia abajo con gesto de felicidad y emoción al mismo tiempo mientras pronunciaba “cariño”.

 

–Ya acabo, pero no sin antes decirte algo que creo que cuando te lo diga sabrás que no he dicho en mi vida a otras antes. A ver, cómo te digo esto sin que te vayas corriendo. Tú sabes que a mí los niños no me gustan nada ¿cierto? No es que les odie por ser niños, no soy tan burro –Loira río–Sencillamente ya desde muy pequeño no me gustaban los bebés, y ahora que soy adulto es cierto que los niños no me gustan porque como catalanito que soy, los considero caros, hacen ruido, se ensucian, y algunos huelen, los bebés huelen.

–Ahí lo va, ¿Y esta frase hecha tan recurrente es de…?

–Jurassic Park, por supuesto.

–¡Ja!, ¡Cutre! ya decía yo que me sonaba.

Mientras charlábamos, desconectaba para viajar con mi mente y pensar en que debía ser consciente de interiorizar ese mismo momento y así asegurarme de no olvidar la frase que estaba a punto de inmortalizar en ese cuarto.

–Lo que te quiero decir realmente es que, sin lugar a dudas, yo tendría un hijo contigo, o varios.

 

Loira se quedó perpleja, paralizada. La boca, medio abierta. No era la típica mueca de quien acaba de sorprenderse por una visión o frase ajena y deja su boca abierta de lado a lado, sino más bien una expresión que sin ser exagerada, deja prever que no hablaría hasta terminar por escuchar todas mis palabras. Me gustaba esa cara porque mientras yo continuaba recitándole mis sentimientos, su boca medio abierta iba adoptando la forma de una sonrisa de ilusión.

–He estado observando tu comportamiento desde que te conozco. Ya sabes que soy bastante observador, no por mi trabajo, sino porque ya desde bien pequeño siempre lo he sido. No quiero que pienses bajo ningún concepto que te analizo cada vez que hablas. Para que te hagas una idea, soy más bien un espectador activo de tus expresiones faciales, gestos, detalles conmigo y demás etcéteras. Con todo, me he dado cuenta de que tú si serías la mujer idónea para casarse y formar una familia. Sabes que siempre he estado en contra del matrimonio, lo he considerado de tontos, de romantiquitos palurdos y de gente insegura que cree que hay que casarse porque “tengo treinta años y ya toca, cari”. Bueno, y no me tires de la lengua con el tema de las bodas, que ahí sí que sigo manteniéndome en mis trece.

 

Finalmente, Loira recuperó la compostura interrumpiendo su estupefacción:     

–Ya lo sabemos, Dani, son caras ¿verdad? –.Ironizó. 

–Exacto, cuestan pasta, y encima, financiadas por los padres ¿Dónde se ha visto que tengan que financiar la boda aquellos que no se casan? ¿Qué estúpida tradición es esa? Menudo morro, qué egoísmo: así cualquiera se casa, los pobres padres, ahí, pagando el caprichito –levanté la mano a media altura para seguir pidiendo la palabra– Sí, sí, ya sé lo que vas a decir: “es tradición” y todo eso. Pero también es tradición que a la vuelta al cole de Chechenia los padres disparen con Kalashnikovs al cielo y tampoco me parece muy ortodoxo, tú.

–Tú, que no falte “tú”. Catalán de pura cepa, ¿eh?

–Sí, sí, de raza, no lo ves quin acsentu que tinc? –. Mientras bromeaba con mi pésimo acento catalán y ambos reíamos.

 

Vuelvo a lo que decía, que me pierdo. No te estoy poniendo fechas, ni te quiero agobiar. Por Dios, si acabo de conocerte. Pero esto es… tan grande. Sólo son mis sentimientos, es lo que pienso, no lo que te voy a exigir: yo contigo sí que tendría hijos, te lo firmo ahora mismo, y si algún día, cuando seamos (hice el ademán de comillas con los dedos en el aire) mayores, si seguimos juntos, que espero que sí, y quieres tener uno, no vas a tener ningún problema en pedírmelo. No va a haber ninguna negativa por mi parte, ni te voy a poner excusas, ni los “peros” de los que hablábamos antes. Cuando acabe la guerra, dejemos de combatir y podamos dedicarnos a ser verdaderamente traductores, que para eso es para lo que estamos aquí, no me importaría para nada el ver revolotear a una Loiriña por casa dando por saco y pidiendo más Nutella.

–¡Qué mona!–Loira comenzó a imitar la voz de una niña pequeña exigiendo más Nutella y ambos reímos de su comida de letras final–, te quiero mucho, cariño, y si todo sigue como dices, estaré encantada de que algún día tengamos hijos. Te prometo que yo me quedo contigo, ¿vale?

 

Nos levantamos de la cama. Nos desperezamos, eran las 12:23 del mediodía y la verdad es que la pereza se esparcía por todos nuestros músculos. Pese a que practicaba deporte regularmente, aparte de la instrucción reglamentaria semanal, las agujetas habían venido para quedarse un par de días, de modo que decidí acercarme a la nevera del cuarto y acabar con un donut de chocolate como si no hubiese mañana. Ofrecí el otro a Loira que se lo comió pausadamente mientras me observaba cargar la equipación en su chaleco táctico. Carles, el nuevo vicedecano de la universidad, de vuelta de su stage en formación académica en Méjico, nos había recomendado que no nos fiásemos de nadie y que desde el momento de la invasión tomásemos todas las precauciones necesarias para evitar abusos por parte de las unidades desplegadas del ejército ruso. Terminé de cargar la munición real en el chaleco táctico de Loira, al tiempo que ajustaba sus velcros contra su pecho. Noté que Loira, pese a tener un vientre plano, rígido y relajado, se encogía aún más para poder asimilar la simbiosis con las placas balísticas. Por más que me encontraba a un milímetro de ella, tocándola, palpando su cuerpo y comprobando sus sistemas, la miraba a los ojos con tristeza, oculta tras una sonrisa perfectamente fingida, mientras en mi interior sentía pavor pensando en que la guerra podría llegar a arrebatármela.

 

Mientras salíamos al rellano, Loira acomodó su mano izquierda con mi mano derecha, uniéndolas hasta llegar al ascensor y se dirigió a mí.

–¿Sabes, Dani? últimamente me cuesta acordarme de las caras de la gente. Hecho mucho de menos a mis padres, pero por más que intento recordar sus caras, no puedo dibujarlas en mi mente. Imagínate, que me pasa incluso con Clara o con Rocío, y eso que las veo a diario.

–Verás–Le dije, espirando unos gramos del aire viciado de la escalera de la residencia– cuando te suceda eso, que es normal, no tienes más que imaginártelos en una situación determinada que hayáis vivido juntas. Recuérdalas cuando dijeron según qué frase, hicieron según qué broma o se rieron de tal manera en la cafetería. Aunque es verdad que así no podrás recordar sus caras en un estado relajado, como mínimo podrás visualizarlas y recordarlas tal y como eran en ese momento.

Loira frunció su ceño, arrugando sus claras cejas rubias mientras miraba al infinito en dirección a mis ojos y emitía un casi imperceptible aunque sonriente “am”.

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