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4 min
Ella y él
Varios |
07.01.20
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Sinopsis

Nunca te has preguntado, ¿Cómo le vas a gustar a alguien? Mírate, ¿realmente crees que alguien se llegará a enamorar de ti? Le reprochaba a su reflejo mientras lo apuñalaba con la mirada.

Los días se iban suicidando para él, los minutos se desangraban atónitos observando el remojo diario en su letrina de frustración, la vida para él no era más que un automático inspirar y exhalar. Derrotado, consumido, sabía que el único motivo que lo mantenía en pie era la cobardía, Coger un arma, encañonarse el hocico y estallarse el cerebro, ahorcarse en el techo de su habitación, cortarse las venas con una cuchilla tan afilada que el dolor sería imperceptible, atiborrase con un puñado de pastillas. Él sabía que no era capaz de ponerle fin a su lamentable vida, había días en los que se acostaba soñando que se iba ahogar con su propio vómito, para él esa muerte era perfecta, para él esa muerte le parecía poética.

Ella

Una luz roja y tenue que abraza un hedor a sexo, a sufrimiento, a coraje. Ella tenía una niña de 10 años, toda charla sobre ella era superficial: si papito, tengo una niñita que me la cuida mi “madle”, es lo mejol que me ha pasado en la vida, su padle es un canalla, me abandono cuando estaba de tles meses de embalazo”. Su acento caribeño lo embriagaba, pocas veces subió con ella, la gran mayoría de días sólo quería hablar.

  • Hay papito con la lengua que tú me tienes debes comel coños que da gusto, ¡ay que rico! - Le repetía al oído justo después de lamerle el lóbulo derecho.

No le importaba pagarle las copas siempre y cuando ella estuviese a su lado, no le importaba saber que lo suyo era una simple interpretación. Él sólo quería que escuchar y ser escuchado, no importaba cuantas veces ella rozaba su sexo contra su muslo, no importaba las numerosas veces que se levantaba el vestido y frotaba sus nalgas contra su sexo, él sólo quería sujetarle la mano. Ella no entendía nada, nadie lo entendía a él, era como ir a una frutería a comprar ternera.

Su mirada era inquietante, sólo tenía ojos para ella, la sensación que el mundo era ajeno, la sensación de un abrazo en una perpetua oscuridad donde sólo brillaba ella, muy pocas veces he vuelto a ver a una persona dar esa sensación con una simple mirada, el mundo se puede acabar, el techo se puede derrumbar, pero siempre te sentirías único, especial, irremplazable aferrándote a esa mirada.

Ella era una muñeca rota y él la sentía, ella no se sentía digna de merecer amor, pero él la amaba, él sólo quería respirar lo que ella exhalaba.

Pero él no sabía que tan rota estaba, un día llegó y no la encontró, no preguntó, miró a los lados y cabizbajo se marchó, uno, dos, tres, cuatro, siempre a la misma hora, siempre daba los mismos pasos y siempre se marchaba cabizbajo. Aquella noche fue distinto, entró, miró a los lados y se aproximó a la barra a sentarse en el mismo taburete, espero, 10, 15, 20, media hora y se acercó al barman a preguntar sobre ella. Se había quitado la vida hace 1 semana, su hija la encontró con la boca llena de espuma tirada en el salón de su casa al regresar del colegio. Esbozó una pequeña sonrisa y se marchó. La envidiaba, nadie sabe lo que hay después de la muerte, pero él sentía que ella tuvo el coraje de querer descubrirlo, ¿Una vida nueva? ¿Un comienzo fresco? ¿Un mundo donde no sintiera tan irremediablemente miserable y desahuciado? Un mundo donde hubiese espacio para él.

A los dos días volvió, esta vez todo era distinto, se sentó en su taburete favorito y pidió una copa, la primera se acercó y a los 10 minutos se marchó, la segunda, la tercera, la cuarta. Terminó su copa y con un paso decidido se acercó a una de ellas susurrándole algo al oído y se fueron para arriba. Un ruido ensordecedor y un grito desesperado advirtieron que algo había pasado, entraron a la habitación y lo vieron con la cabeza abierta, las paredes manchadas con trozos de su cabeza, un arma en su mano derecha y un papel con gotas de sangre en el que se podía leer. Te encontraré.  

 

 

 

 

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