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8 min
Elvira
Varios |
30.07.20
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Sinopsis

Les presento a Elvira, una muchacha que vivía en una plaza, en la que además tienen lugar otros acontecimientos.

La ventana de Elvira daba a una plaza llena de naranjos con la estatua de un militar presidiendo la misma.

La ventana de Juan también daba  a esa plaza, solo que  por medio había un muro y unos alambres de espino separando los dos mundos.

Los niños correteaban alrededor de la escalinata bajo la atenta mirada de la abuela, que no cesaba de dirigir sus juegos, aunque el éxito era escaso. Subían, bajaban, se arrastraban por el suelo y asustaban a las palomas.

Elvira se asomaba cada tarde, contemplaba el bullicio y dejaba correr su imaginación pensando siempre en la posibilidad de que alguien estuviese tras de ese muro haciendo lo mismo que ella.

Juan, relajado de sus obligaciones, miraba tras las rejas a la gente, se fijaba en las parejas sentadas en los bancos, acurrucándose, jugando con sus manos como si tratasen de soldar sus dedos, reduciendo su espacio vital.

El tráfico no paraba, era como un tren de diseño formado por los últimos modelos de coches salidos al mercado. Las conversaciones tenían un alcance limitado, tan sólo el gorjeo de las tórtolas o alguna sirena lejana lograba superar las barreras y llegar más lejos. Eran sonidos transeúntes.

Un día a Juan se le ocurrió  ⸺de puro aburrimiento⸺ golpear en las rejas que le separaban del exterior con toques de alfabeto morse, mientras recordaba lo asimilado en la clase teórica.

Ese mismo día a Elvira le llamó la atención el ritmo que llegaba desde la ventana contigua a la suya. Trató de analizar y le pareció que se trataba de un ejercicio que ella aprendía en la academia de preparación para telegrafistas.

Los niños cogen un balón, lo tiran contra la estatua, rebota y rueda hasta un banco en el que dos guardacoches discuten sobre la calidad de los tetrabrik, uno va en silla de ruedas, el otro utiliza muletas; refunfuñan por el pelotazo y recriminan a los niños.

La abuela, viuda, hace gestos para que vuelvan bajo su amparo, pero no quiere abandonar el carrito en el que otro nieto juguetea con un globo. Mira su reloj de pulsera y se le tuerce el gesto.

Una chica con el móvil pegado a la oreja, de largas rastas y botas militares se detiene cerca de la abuela casi tropezando con ella; un señor con una cartera en las manos, trajeado, le pasa por detrás, formando una especie de sandwichs de cuatro capas en una.

Juan no podía creérselo. Estaba comunicándose con alguien que no conocía y tan sólo los separaba un muro. De mañana no pasaría, tenía que pedirle una cita.

A Elvira le temblaba el pulso a la hora de emitir sonidos, pero estaba ansiosa por ver el rostro de esa persona que tan buenas sensaciones transmitía. ¿Cuándo conseguiría verle?

En las tardes de primavera los bares sacaban unos taburetes altos alrededor de los cuales se concentraban los amigos para tomarse unas cañas antes de retirarse a sus casas. Parecía un enjambre de abejas a la puerta de una colmena.

La abuela se desespera porque su hija tan sólo iba a tardar unos minutos y lleva ya más de media hora metida en esa tienda. Al pequeño le estalla el globo en la cara, tuerce el gesto y comienza a llorar. Los otros dos han conseguido embarcar la pelota en una catalpa.

Unos chicos hablando francés, sentados en un banco, despliegan un mapa y tratan de averiguar si la identidad del militar que tienen frente a ellos corresponde con el que viene en el mapa.

¡Por fin se pusieron de acuerdo! Hoy era el día. ¿Qué cara tendrá ella? ¿Cómo será él?, a las siete tú sales del portal y yo hago lo mismo del cuartel, tú giras a la izquierda y yo a la derecha, ¿cómo sabré quién eres?, te preguntaré la hora, me pondré algo rojo, yo iré de caqui ¡qué remedio!

En 1808 ocurrieron tantas cosas en Madrid que enumerarlas sería prolijo, pero nos quedaremos con una: Daoíz se puso al frente de la reacción popular contra los franceses.

La hija no llegaba y su madre no encontraba el móvil, que el alguna parte del bolso lo tenía que haber puesto, pero los nietos mayores lo tocan todo, más que nada ella, que es un bicho; ahora, con éste en brazos a ver cómo me las apaño, Dios mío, no se me ocurre nada más que a mí, ¡esta niña!

Tú eres Elvira, y tú Juan. Se besaron en las mejillas y decidieron dar un paseo lejos de aquellos muros llenos de ojos. A orillas del río la luna se refleja en el agua y los árboles forman un bosque donde se enredan los versos escritos para la ocasión.

Hasta el fino olfato de los turistas franceses llega el olor a caldo de caracoles, que emana de uno de los taburetes más cercanos. Se levantan y piden una ración. Hay una joven que atiende las mesas y queda prendada de unos ojos claros; se atreve a iniciar una conversación en la lengua vernácula de su portador.

La abuela logra, por fin, dar con el móvil, se sienta en el banco sin dejar de moverse y marca el número de su hija. Lo tiene en lugar preferente. Los hermanos del bebé suben y bajan, bajan y suben y hacen una limpieza exhaustiva de las escalones del pedestal. Un camarero trae una escalera para recuperar el balón.

Las palomas con su costumbre de posarse sobre los hombros del militar y defecar sin control, dieron lugar a que el Ayuntamiento tomase medidas y colocase unos pinchos disuasorios, tan finos como un estilete.

Pasó la primavera y el verano y todas las tardes, excepto cuando Juan tenía guardia, recorrían la ciudad agarrados de la mano, iban al cine y contaban  las horas y el momento crucial en que él saliera por la puerta del cuartel vestido de paisano.

El camarero consiguió hacerse con la pelota de los niños y a modo de satisfacción, le dio un boleón y ésta ascendió hacia el cielo, sobrepasó la gorda cabeza de la estatua y cayó a plomo sobre los pinchos disuasorios de aves.

Los niños contemplan el espectáculo. El balón quedó clavado, perdió el aire y con él las esperanzas de volver a recuperarlo. En la plaza se oyó un sonoro “¡Ooohh!”. El niño llorando a lágrima viva emprendió una alocada carrera que le llevó a lanzarse a la calzada sin precauciones. Su hermana, Elvira trató de seguirlo.

La abuela convence a su hija para que se dé prisa, ya salgo mamá, estoy en la puerta. Una moto avanzaba entre los coches zigzagueando de un lado a otro. El impacto fue brutal. El niño terminó lanzado al aire como una almohada de plumas y devuelto al asfalto sin un aliento en su seno. Hacia él fueron todas las miradas. Su hermana no salió de la plaza, se lo impidió la silla de ruedas del guardacoches y los brazos de su ocupante.

La abuela no pudo llegar hasta el revuelo, le flaquearon las piernas y tuvo que ser auxiliada por otras personas. Alguien se hizo cargo del bebé, que una vez más irrumpió en un sonoro llanto. Su hija, a codazos, consiguió llegar hasta la sanguinolenta mancha y se arrojó al suelo como el náufrago a una tabla.

La cara de Daoíz se iluminó con los reflejos de las sirenas. No era el dos de Mayo, pero lo parecía.

Pasaron más primaveras y más veranos y un día se oyen cascos de caballo por la plaza, tirando de un floreado carruaje en el que se besan dos novios, él es francés. Tras ellos, en la misma comitiva, otros coches y en uno de ellos, pegada a la ventanilla, la mirada perdida de la abuela buscando una reja en el rancio edificio que tenía enfrente.

J.R. Infante

 

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