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22 min
EMMA Y YO
Varios |
07.08.17
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Sinopsis

Si pudieses follar con tu amor platónico, ¿lo harías?

 

Me encargo de retirar a los adolescentes que aprovechan la oscuridad de la noche, la sala y las últimas butacas para experimentar “nuevas sensaciones” a cinco soles la función. Me llaman El Caminante. Mi sombra impone respeto y mis velludos antebrazos, algo de miedo. Ni hablemos de mi voz, gruesa y estrepitosa. Cuando hacía turnos de tarde e interrumpía la proyección por una “parejita”, no faltó bebé que se intimidó con mi forma de hablar y derramara lagrimitas inocentes, que se tradujo en abucheos para sus padres por algunos minutos.

Trabajo en este cine desde hace cinco años.  Es una tradición que todos nos quedemos  como mínimo una temporada, tengamos sexo en alguna sala con una compañera cuando nos toque cerrar el día, robemos nachos o palomitas para llevar a casa y en el segundo año de trabajo, consigamos algo mejor qué hacer y zarpemos de este sitio. Yo lo hice todo, menos lo de salir. Pero, en principio, porque no quiero eso para mí. Por ahora no.  Vivo solo, me ejercito por las mañanas con una rutina militar —aprendida en internet— y ceno cada noche un gran envase de popcorn con una gaseosa jumbo que refresca mis encías y las limpia  de los trocitos de maíz atrapados en ellas. ¿Usar hilo dental? Jamás, pero eso es vida. Junto al Wi-Fi gratis y un departamento heredado a dos esquinas de mi trabajo, NO NECESITO MÁS.

Cuando terminan las funciones, mis compañeros me pagan con billetes de diez soles si armé un espectáculo al descubrir a unos pubertos muy calientes. Uno cada uno, tres compañeros. Treinta soles cada dos días fuera de mi sueldo. Unos 450 soles más de mi sueldo básico, 850. Les gusta tener material para redes sociales, que se “filtrarán” y luego serán en “virales”. Dicen que es una forma de “publicitar” a la empresa, muy venida a menos. Ninguna publicidad es mala, me recuerdan. Cómo les encanta tener planos detalles de las ropas desarregladas, las manos sudadas o húmedas,  se alocan por percibir el aroma a placer que traen consigo los muchachos y la vergüenza en sus rostros. Cosas únicas de la vida que no quiero perder —por ahora, ¿ya lo dije, no?—. En fin, yo cumplo con lo que entre líneas de mi contrato reafirma: resguardar las butacas negras, el entretenimiento familiar y las buenas costumbres, limpiar vidrios, encerar pisos, barrer desperdicios, vender boletos, asegurarme que los horarios sean los correctos en la web y la taquilla. Todo eso me es tan sencillo.

También soy muy popular entre mis colegas, nunca dejan de invitarme a sus cumpleaños y coquetearme. Sí, amigos y amigas. ¿Qué puedo decir? Le voy a todo de la puerta del cine para afuera y aquí conservo la decencia. Excepto cuando tengo que cerrar el cine, apagar las luces, los equipos y encerar la sala principal. Es un trabajo arduo y por ser el más viejo, lo hago solo. No siempre fue así.

Durante dos años, tuve siempre la dulce y excitante oportunidad de quedarme con Emma, por casualidad cada viernes... — ;) —. Ella es una mujer ardiente de cabellos lisos muy oscuros, metro sesenta de estatura,  mirada grande y unas piernas blancas muy largas, con nalgas fuertes y un lunar en el lado derecho. Sumado a esas virtudes, una cara de ángel, nariz fina, una espalda delicada, hombros suaves y una voz que me convierte en un lobo rabioso, aún hoy cuando hablamos por wasap y nos desnudamos en videollamadas. Todo ese paquete completo no puede ser perfecto. No confiaba en mí  como yo en ella y no me dejó ser su novio. No la tomé de la mano o besé fuera del sexo. Nunca. Eso no me desanima/ba, hay muchas chicas, pero igual de sexuales como ella hasta ahora no encuentro.

Siempre que estábamos solos y cerrábamos hasta la última cerradura, cuando los babosos de los virales se hubieron robado hasta la última palomita en sus mochilas, me miraba a los ojos, su piel se sonrojaba —es algo pálida—, caminaba hacia a mí, donde seamos observados por las cámaras, y me decía al oído frases mortales. Esos de seguridad no podían escuchar, gracias a Dios: Mira este juguetito —un dildo para mí, mostrado a medias desde su bolsillo con tanta alegría que hasta a mí me emocionó— y de recompensa tendrás una sesión de sodomía brutal, tú a mí...claro. Lo dijo con una sonrisa malévola, pero cumplió su promesa.  Otro día me dijo:  Salimos y después, ¿te gustaría que pidamos pizza, vayamos a tu casa —a los dos nos encanta sin piña— y lo hagamos mientras comemos? Terminamos calientes, húmedos, grasosos, ella con muchas marcas en sus pechos y espalda, yo con trozos de pan en las orejas y unas sábanas inservibles, toscas por el queso y el colesterol frío. No me arrepiento, sin duda. Emma terminó más de dos veces y lloró de placer en los instantes finales de aquel orgasmo. Tiene un fetiche con el queso, creo. Siempre extra en sus nachos. La noche antes de renunciar formalmente y los días que cumpliría antes de irse a Argentina por una beca de postgrado en Comunicaciones, me habló de un trío. Yo estallé en emoción, luego mencionó a un transexual “guapo” y la calentura en mí se disparó. Era mi primera vez con un chico/chica y qué mejor si esa nena, un bombón, estaba ahí para desahogarse y experimentar también. Pactamos para el sábado, al día siguiente. Por la tarde, así disfrutaríamos parte de la noche. Yo las recogería en su casa e iríamos a uno muy grande en la avenida Arequipa. Es rubia, de buena delantera y bonita, de brazos delgados y una cola paradita,  me adelantó.

 

Entramos a la suite —para guardar discreción, aunque se fue ¼ de mi sueldo— y nos desnudamos con mucha naturalidad. Ella/él era amigo/a de Emma, no nos cobraría como he visto muchos en la red. Era muy evidente que la deseaba —¿Quién no?—.  Iniciamos con un beso triple, se sintió como tener dos mujeres conmigo, delicadas y de un aliento neutro. Esos labios tan cuidados.  Mi erección era obvia. Se desnudaron, bailaron para mí —se movía bien la “otra” nena—  y acercaron sus bocas muy lentito, jugaron con sus lenguas. Emma repasaba con la puntita la de Ella/él. La agitaba y luego formaba letras. Ella/él, se enfrentaba, quería pelea, sexo y más placer. Agresivo/a desde su lugar, compartieron saliva. Se devoraban. Me identifiqué, soy así: todo un animal. Luego ella disfrutó de su pene durante dos minutos —por suerte más delgado que el mío, soy picón— hasta que voltearon en mi dirección y rieron. No me la creía, no pestañeé, se me secó la boca, mi glande era un globo que brillaba por el líquido seminal y mis huevos, ni hablar ya quería montarlo/as.  

Debía dilatarlos. Lo hice, me perdí en esos esfínteres desde el comienzo. Los saboree, los examiné, aunque claro que al inicio exigí que los lavasen. Cumplieron. Retomo: les besé con tanta pasión que me dijeron: Métela, métela, métela, métela ya. —Ambo/as al mismo tiempo y con el trasero de Emma sobre el de Ella/él—. No resumiré nada: El miembro que manejo no es grande, 16.5 cm, pero es un poco ancho, 4.5 cm de circunferencia. Con un condón ultrasensible puesto, con el vello recortado a menos de cinco milímetros, bañado en lubricante se ve monumental. Al menos, a Emma le gustaba. Inicié con ella. Primero yo embestía, luego cogió ritmo y  me cubrió con sus nalgas — rosadas por mis palmadas—, Ella/él oía los jadeos y se masturbaba, lo sentí porque su codo se movía rápido. No te vayas a correr sin mi ayuda, le dije y su voz —también grave— me respondió que no, que aguantaría horas, pero que si él me daba, yo no aguantaría nada. Continuaba en mi tarea tan bien recompensada y le respondí que no habría problema, que apostemos algo si él tenía razón. Emma no entendió nada de la apuesta porque deliraba con la penetración y mis caricias en su espalda, mis besos y pausas muy trabajadas para rozar su punto G. Ella/él exigió que se lo haga apenas terminaban los espasmos de Emma, los suspiros entrecortados que siempre tenía  y los temblores que bien conocía. Por sus gestos, restaban segundos para que alcance el  clímax. No me equivocaba.  Descendí, la mujer que yo tenía conmigo, apesar de no tener conmigo —como yo quería— se acurrucó de lado y segundos después, sus ojos se cerraron. Dormitaba y el silencio del edificio ayudaba. Era un cuarto lujoso,  tenía una cama amplia, un televisor gigante, un closet empotrado, jacuzzi, frigobar, llamadas ilimitadas y un acabado de revista pituca —para la alta sociedad—, pero mi nena solo se recostó a reposar. Mi maldito ángel de gustos sencillos y tormento sexual, la única que me sometía si quería, pero que me alegraba la vida debía recuperar fuerzas. Clavé mis dedos —índice y corazón— en el ano de Ella/él, mi furia se iba a ir con él y no perdería esa apuesta. Su próstata terminará hinchada, como los labios vaginales de ella. Ojalá que no sangrando tal cual sucedió con Emma en nuestros primeros encuentros, muy clásicos, en el baño del cine durante los primeros viernes de aquel periodo tan “activo”.  Chilló como una cerda, este hombre/mujer de uno setenta y luego exhaló. Qué dedos  tan gruesos tienes, sé suave, ¿sí?, agregó. Giré mi mano y con el paso de una tortuga, mi palma apuntaba al suelo, empecé a moverlos con armonía y acariciar su punto G. Se me ocurrió algo en el instante que lo hacía, agacharme y masturbarlo. Quiero que se corra y no perder esta apuesta — aún sin  premios—. Primero vi la forma de su pene, estábamos empalmados,  sus piernas eran delicadas y sus nalgas armonizaban, cumplían con ser trabajadas en el gimnasio y por tanto, macizas, resistentes. No había vello púbico en ninguna parte. Sus quejidos eran varoniles, intercalados con los silencios de disfrute. Habré hecho todo ello durante cinco minutos hasta que volvió el rostro, con un gesto de perro furioso ordenó que lo follara. Y cumplí, agité mis caderas sin detenerme aún con sus pedidos de misericordia. Te jodes, marica. Lo agarraba por la nunca y arañaba su espalda. Tenía que dejar marca, era mi primera vez. Voltéate, le grité. Con esto que te haré ni podrás pararte. Esa frase despertó a Emma. Sonrió y me dijo: Uy, el macho sí que le va a todo. Deberíamos grabarnos. Mi hembra de turno no se giró porque a la nena le gustaba la posición y por supuesto que le pidió con su mirada más dulce que aguante unos segundos más. A Ella/él le encantó la idea y yo entendí a medias por gozar a pleno. Se acercó a su celular y me enseñó el trasero contorneado. Rojo —por mí—   contrastaba con sus plantas color leche. Sabrosa parte. En especial si están helados y recorren mi pene caliente. Los talones sobre mis bolas y la delicadeza justa hacen que sea mi fetiche favorito. Empezó la grabación ambos saludamos, se acercó ella y con su mano disponible extrajo el miembro, lo masturbó un poco y luego lo mezcló con flujo, lubrica más —agregó con una sonrisa y el cabello desarreglado—.  Se recostó sobre sus codos y agarré su cola, ella deseaba grabar —una toma contra, contre, conpicado o algo así. En cristiano, de abajo hacia arriba— de mi pene perforando a su amigo. Me pone mucho que lo tengas así, hace meses que no tira y necesitaba un hombre para olvidarse de su última relación, me habló con cariño y ternura. Uy, así que quieres metes un clavo para sacar otro clavo. Terminé la expresión y aceleré, sus puños golpearon varias veces contra la cama, gritó fuerte y le pidió una almohada a Emma para morderla, supuse que para callar la prueba del dolor/amor de estar por eyacular sin usar sus manos y los recuerdos de su ex en cualquier lugar.   Y luego de babear, las telas delicadas que cubrían la almohada de plumas, por fin se volteó. Alzó el trasero y vi un agujero expandido. La punta de su miembro brillaba y los fluidos que desbordaban por todo el falo provocaban que las venas se hinchen. Emma se acercó y lo humedeció con abundante saliva, posó por unos segundos —con la boca llena— como si fuera un selfie y con gracia nos indicó que sonriéramos. Nunca se olvidarán de esto chicos, lo postearé en internet. Atendí a la frase y no me asustó, soy un don nadie, mejor si alguien lo ve y nos vuelve conocidos. A lo mejor me sale un trabajo en alguna productora porno. Ella/él se alertó y algo nervioso, perturbó el coito —me pareció extraño— y explicó que en su trabajo lo podrían ver y despedir. No laboraba en un cine de baja reputación como nosotros, este chico/chica se desenvolvía como agente de ventas por teléfono para una compañía de telecomunicaciones. No podía quedarse sin trabajo por un escándalo. Emma prometió que no lo haría, pero que sí cada uno tendría una copia en su correo. Por si necesitan revivir las sensaciones. Yo no me detuve a pesar de la interrupción, ese cabello rubio le caía bien y esa preocupación, me reactivó todos los sentidos. Estaba cumpliendo mi única fantasía gay y todo iba muy bien.   Ah, no. Falta contar algo más, apoyé mi mano sobre el cuello de mi víctima, sentí el aire en su vaivén a lo largo de su laringe y reconocer que lo/a tenía a mi merced. Entonces, se corrió.

Su boca se abrió, sus ojos cerrados completaban la expresión perfecta con el grito apagado, la mirada de Emma se dirigía hacia el pene que aventaba chorros por el aire y por puro gusto, puso su rostro de niña buena para recibirlos todos. Presenciar eso y lo que continuó: La nena tragó los restos de semen y no reparó en usar la lengua por todo el abdomen de Ella/él. Me provocó todo.  Me saqué el preservativo un segundo antes. Mis piernas sufrieron espasmos, el placer recorrió todo mi cuerpo, hasta mi nariz se crispó un segundo y mis espermatozoides rellenaron el culo de Ella/él. También Emma se acercó y con sensualidad, lo extrajo con los labios y  un dedo índice  hasta dejarlo limpio. Al finalizar la tarea, mi pene seguía duro y ella lo atrapó. Era una imagen muy romántica, ni con mis novias más duraderas —Un año y cuatro meses, otra de dos meses— me besaron  como Emma se desvivió con mi glande.

Recostados los tres, ella al medio y yo a la derecha —como la curvatura de mi falo—, respiramos cansados y satisfechos hasta que el chico/chica rubia nos recordó la apuesta.

—¿Aún tienes ganas y energías? Wow, super hombre.

—No me hagas reír, nene. Dime todo menos hombre.

—Está bien, pero aún no hay apuesta y a ti las piernas te tiemblan. ¿Seguro que das uno más?

—¡¡¡Sí, apuesta. Dale con todo a mi nene!!!—algo se detuvo en mí, pero supuse que la situación la puso así de cariñosa—.

—Claro, guapo. Yo te lo hago y sin tanto maltrato. Otra cosa,  te probaré y verás que tú me quedarás pidiendo más.

—Eso nos lleva a la apuesta, ¿no?

—Ob-vio. Apuesto que si pasa ello, te pelearás por mi corrida con tu noviecita.

—¿Y si no pasa? Además, ya te di un buen motivo para olvidar a tu ex. ¿Yo qué gano?

—Seré tu esclavo por un año, con novio o sin novio. Sin límites. Sumiso. A tus órdenes, a toda hora, con quienes quieras.

—Con una oferta así, dejaría mi beca y me quedo para ser la dominatrix de este sujeto también.

—No hay más vueltas. Acepto. ¿Cuando viajas? Podríamos repetir algo así y darte una buena despedida.

—También acepto tu propuesta —sus ojos parecían encenderse de pasión y como en las butacas, en los pasillos y en el piso de mi habitación, sus técnicas para besar me encendieron.

Se ladeó y me dejó la zona que más me gusta de su cuerpo —sus nalgas, caderas, piernas— y la penetré. Ya estaba húmeda y primero deseaba sexo normal. Luego, me pidió, contranatura. Ella/él agarró su móvil, activó los datos y revisó todas las notificaciones que tenía. Sí que vibraba aquel celular. Nos miró, retornó la vista y exhaló. No  tenía energías, yo sí daba para uno más.  

—Descansa un poco, amigo/a. Yo te cubro.  

A Emma le podía dar, manejar y penetrar como quisiera, pero no conquistarla. Eso, cuando me ponía más triste, recaía en mis pensamientos. Pero no era momento. Aquí el placer se lo daba yo, decía mi nombre entre gemidos y me sentía parte de ella, la completaba.  Entre los quince minutos que durmió Ella/él cambiamos a una posición clásica, el misionero, Emma me marcó la espalda con sus uñas porque yo aceleraba mucho mi ritmo. Mis piernas aguantaban, mis huevos resistían y mi pene para ella junto a su encanto de mujer, hacían que funcionara al 100%. Qué importa el cansancio en mis brazos, sentir cómo rebotan sus pechos, me excitaba. Esas aureólas son un crimen del que quiero ser cómplice —cuando regrese ojalá se fije en este hombre sin pretensiones por la vida—.  Todo ello pasaba por mi cabeza mientras su rostro se desvanecía en sensaciones placenteras. En ese instante, Ella/él saltó de la cama, fue al baño y regresó para colocarse un condón y mucho lubricante a base de agua. Fue tras de mí. Yo sí que me congelé por microsegundos. Era el destino, la apuesta, todo se mezclaba. Un cazador vuelto presa. Carajo, carajo, CARAJO, ¿Qué hago? Cumplir con mi palabra. Recibí a la rubia. Primero me sentí incómodo con sus labios y las caricias atrás, a lo que continuaba con Emma. Era inconstante, por el vaivén de mi posición. Después sentí que me agradaba y cuando masajeó mi escroto y lo relamió. UFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF.

Uno puede ser macho, tener pelo en pecho y un varonil rostro afectado por acné como yo, pero esa satisfacción cambia perspectivas sobre la estimulación anal.  Me trató con mucho cariño y amabilidad, acarició y frotó mis nalgas en círculos con sus manos. Al poco tiempo, introdujo su miembro. De nuevo la incomodidad, sentí como si intentara descargar mis intestinos un día que amanecí estreñido. Soporté. Inició su trajinar en esa parte de mí. Temblé. Para esto, Emma se movía. Yo inmóvil, daba y recibía. Cerré los ojos y me concentré en disfrutar. Era el maldito cielo, por Dios. Dicen que las terminaciones en el ano son muchas más y muy delicadas. Lo comprobé y se me desborda la baba de recordarlo. No abrí los ojos. Pero me imagino el tren humano que fuimos, la unión perfecta, la orgía humana. ¿A Ella/él le gustaba solo Emma a estas alturas?¿Todo fue un plan para conocerme a mí?¿Emma quería probarme mis límites? No estoy seguro de nada y no me importa. Lo que me interesa es ahora. Entonces, la cola de Emma aceleró el compás, el muchacho/a hizo lo mismo. Lancé gemidos apagados, respiraba agitado y a los segundos, muy relajado para no dar señales de una contundente eyaculación. Ella/él cesó en sus movimientos, se retiró con rapidez y lanzó el preservativo usado contra la pared. Se recostó  y buscó la mirada de Emma. La curva en la espalda de Emma transpiraba y las gotas de mi sudor caían sobre ella. Cuántas veces no vi esos hombros, solo para mí. Cuántas veces no respiré de su aroma para luego descargar con chupetones mis deseos carnales, recorrer su columna y hacerla vibrar por la novedad que, ninguno de sus novios, logró antes. Empezó a jadear, a gritar que tenía sed, a dudar en lo que decía. Quería más y no quería nada. Ahí, Ella/él se acercó a mí y con sus dedos, puestos de similar manera a garfios, intervino mi trasero, y nos acompañó. Quería darme la corrida de mi vida y lo hizo. En simultáneo, los involuntarios movimientos recorrieron nuestros cuerpos y almas. Cada recoveco en mi interior gozaba. No aguanté. Sentí que mi pene cobraba vida propia, mis bolas latían,  mi semen rebalsó  el preservativo y en lo profundo de mí: Felicidad.  Caí sobre ella. Mi hembra, aunque no me quiera. Era mi turno de dormir.

Al despertar, vi el techo y  a mi derecha, con el vientre sobre las sábanas, Emma. A mi izquierda, con el bulto al aire, Ella/él. Mi nena dormitaba, mi futuro esclavo también. Su miembro aparentaba menor tamaño. A lo mejor, ya tenía los huevos secos.

La noche se asomó, las penumbras inundaron el cuarto. Las luces del cielo en las ventanas se apagaron. El aire de la habitación perdió peso y ya no nos envolvía, nos vigilaba. El aroma de canela, de sudor y sexo era lo único que respiramos a esa hora.  

Los dejé dormir unos cuarenta minutos más y grité:¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!¡QUÉEEEEEEEE RIIIIIIIIIIICO!

Emma, tiempo después, comentó que me iba a matar por hacer eso. Yo solo sonreí.

—Entonces, ¿quién ganó, nenes?

—Yo—respondí.

—¿Qué? ¡Estás loco! Tú, por mí, verás el mundo desde una nueva perspectiva, mi rey.

—No, no, no, señorita. Yo disfruté, me gustó, pero de aquí a repetirlo… Nel. Soy uno de esos tipos que dan, dan y dan. Está bueno, sí, solo que no es para mí.

—Uhmmm...—sentenció en las penumbras Emma. Yo no percibí lo hinchados que estaban ambos tras el fin de la “acción”—. Es difícil definirlo. Me duelen las piernas y tengo hambre. Para mí ganó El caminante. Siempre tan caliente, tan …

—Todo porque es tu macho, ¿no? —interrumpió Ella con más voz de él.

—No. No. Lo sentí más seguro desde el inicio, se “ocupó” de ambas y nos dió tanto eso que, en mi opinión, nos faltaba. Por eso se merece que cumplas tu parte de la apuesta. Ser su esclava y, de paso, la mía… hasta que me vaya de aquí.

—La mujer ha hablado —ironicé y reí. De pronto, Ella/él se enfadó y salió de la cama. Arrojó las frazadas con mucha fuerza y recogió sus ropas. Un top, unos leggins, una mini casaca y sus zapatillas de planta delgada y plana. Sin decir más, abrió las puertas y las azotó al cerrar. Emma y yo, sin vernos, lanzamos risotadas que todo el hotel debió oír. Fue injusto que se vaya así, dijo Emma cuando calmó su risa. Me dolía la panza. Deseé que me quiera por el resto de sus días en la ciudad. La besé y nos quedamos profundamente dormidos.

 

Hace poco, con la ayuda de Emma, agregué a Ella/él en las redes. Por joder, me sugirió que le pregunte por la apuesta. Le saludé, le mandé un toque y no recibí nada de vuelta. Sigue histérica. No importa. Mi nena continúa en su posgrado en Argentina. Tiene planes de radicar por allá. Sigue sin ser mía y, a estas alturas, sé que ya nunca lo será. Pero qué bien la pude aprovechar.

 
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