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6 min
Empacho de poder
Drama |
24.11.14
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Sinopsis

Lo que nos motiva es el camino, no la meta.

Desde lo alto de aquel majestuoso edificio podía ver toda la ciudad, y casi todo lo que se veía le pertenecía. No siempre fue así, pero poco a poco su ambición lo llevo a poseer todo lo que se puso al alcance de sus posibilidades, las cuales aumentaban con la misma rapidez que su riqueza. No fueron pocas las voluntades que compró y los silencios que su dinero pudo lograr. Todo por perseguir aquel impensable sueño de ser el ser humano más rico de este mundo y tal vez de todo el universo. Para conseguirlo solo tuvo que seguir su instinto depredador y su astucia natural, que junto a su voluntad de hierro lo llevo a ser la persona que era hoy. No todos entendieron ese afán desmedido, ese voraz apetito de poder, pero que podían saber esos seres mediocres sin ambición ni meta alguna en la vida. Desde muy joven desarrolló una especial habilidad de intuir las debilidades de las personas y de esta manera las manipulaba a su antojo, las personas como las máquinas solo hay que comprender su funcionamiento para sacar el mejor partido de ellas, o así era como lo veía. No faltaron los esfuerzos de su conciencia por recordarle que, aunque débil, la llama de su hogar aun prendía en lo más hondo de su alma, pero todo fue en vano para aplacar aquella fuerza interior que lo impulsaba a amasar más dinero y más poder. A pesar de que era consciente de las desigualdades que había en la sociedad, pensaba que era algo que también pasaba en la naturaleza, la ley del más apto para la supervivencia, y el sin duda era un alumno aventajado en este despiadado mundo. Muchas  fueron las veces en las que vio el miedo en las personas que de alguna manera dependían de él, y por tanto creía de su propiedad, y ninguna las veces que tuvo compasión con aquellos que él consideraba no aptos para conseguir su meta de ser la persona más poderosa del mundo. Sin duda, todo y todos tenían un precio. Solo él no podía ser comprado. Solo él dictaba el precio de todos los bienes y materias primas que los países creían poseer, siempre para aumentar sus ingresos y su poder. Cuantas veces intentaron hacerle caer, solo consiguieron fortalecerlo y aumentar su astucia. Pero todo aquello  ya eran solo historias pasadas, ya nadie podía hacerle sombra. Por fin era la persona más rica y poderosa del mundo.

El tiempo pasó y sin duda seguía siendo el más rico y poderoso ser humano sobre la faz de la tierra, pero algo en su interior parecía crecer sin que él pudiera evitarlo. De alguna manera estaba perdiendo la ilusión por seguir adelante. Su hasta entonces inagotable instinto depredador se estaba marchitando, y con él la fuerza interior que lo había guiado durante toda su vida. Por primera vez en su vida no tenía una meta que perseguir, ya que de facto lo poseía todo. La sola idea de seguir viviendo de esa manera, sin la excitación de la batalla y sin el dulce sabor de la victoria, volvía su vida amarga como la hiel. Sin duda, podría donar todo su dinero y comenzar de nuevo de cero y recobrar así aquel espíritu guerrero, del que hizo gala durante sus mejores años, pero la sola idea de ceder todo su dinero y por tanto el poder, le hacía estremecer, ya que quedaría a merced de sus numerosos enemigos, y peor todavía, de sus supuestos amigos.

Trascurrieron las semanas y la situación se volvía insoportable por momentos, parecía haber envejecido 20 años de golpe. Aquel horrible tedio lo perseguía día y noche, aquella sensación de carencia de sentido por todo, le enveneno el alma hasta la locura. Traspasado el límite de la cordura, ya solo le quedaba jugar su última partida.  Aquel mundo le pertenecía y por tanto sin él, este no tenía sentido. Como la persona más poderosa del mundo que era, todavía tenía la potestad del uso del arma más poderosa que el cerebro humano había concebido. Con una mueca de satisfacción en el rostro, largo tiempo olvidada, se encaminó a su despacho y abrió un maletín que contenía el pulsador rojo que desataría la total aniquilación de la raza humana en este oasis de vida que es la tierra. Al ver el botón rojo, la excitación volvió a su espíritu, un fulgor de felicidad podía verse en su mirada. Los latidos de su corazón se desbocaron y la sudoración bañaba su rostro, aquel era el cenit de su existencia y su felicidad era exultante, nunca se había sentido así de poderoso. Soy la némesis de Dios, se decía así mismo. Lo que dios creo en 7 días, yo lo destruiré en tan solo una fracción de segundo, seguía pensando. Si la locura tenía rostro, aquel sin duda era el de aquel hombre. Su dedo presionó el botón con furia y rápidamente se asomó a la ventana de su despacho para ver aquel acto final de megalomanía, que solo a él le estaba reservado. Pasaron los minutos, pero nada acontecía. Todo parecía discurrir con la misma cadenciosa y lejana rutina por allí abajo, en las calles abarrotadas de personas afanadas en conseguir las migajas que el repartía. Una hora pasó, y todo seguía igual. Encendió la tele para ver si los noticiarios anunciaban el ataque nuclear que él esperaba, pero nada parecía distinto a cualquier otro día. Pronto comprendió, que aquel final digno de él nunca pasaría, sin duda sus supuestos amigos ya habían intuido el peligro que representaba. Ya nadie lo respetaba ni temía, su poder se había acabado. De pronto aquella verdad lo sumió en la mayor de las tristezas y se sintió vulnerable como un niño. Las lágrimas anegaron sus ojos, pero nadie aplacó su temor y solo la soledad lo acompañó en su camino hasta la ventana exterior de su despacho. Al día siguiente la gente celebraba en la calle el final de aquel que hasta el día anterior fuera Dios en la tierra. Lo que no sabían era que ya había un sucesor, un nuevo señor del mundo.           

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