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3 min
En el bolsillo del impermeable
Amor |
21.01.15
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Sinopsis

El amor acaba. Las relaciones se cortan.

Empacó y echó una mirada como quien busca algo que faltó guardar pero sabiendo que esa mirada era su despedida silenciosa de la habitación.

Allí quedaban un par de sillas de un blanco que se derramó con el tiempo pero que más allá de su aspecto eran sillas cómodas, hasta con un aire de antigüedades finas.

Un estante donde conservó sus libros; los propios, los prestados y los compartidos. Se quedaban los compartidos porque de los prestados ya se encargaría ella y de los propios no se desprendía porque los cuidaba como otros cuidan a sus mascotas o a sus pertenencias más queridas.

Una mesa con blancos folios, de esos que fueron reacios a tolerar tinta sobre sus prístinas caras y donde tal vez le faltó el deseo de escribir aunque sea una nota final de resumen, de balance, de recuerdos que gritaran que al menos valió la pena compartir el tiempo, las noches, las tardes calurosas o los inviernos ventosos.

Una cama sencilla con cobijas a veces benditas cuando el frio se colaba por la puerta o por las ventanas y a veces molestosas cuando en noches de pasión incomodaban porque la piel se resistía a someterse a todo que no fueran las caricias de él.

El armario, mudo prisionero de la pared, estaba revuelto sin mala intención porque en un tiempo sus ropas se mezclaban como se mezclan los colores en la paleta del pintor y porque todos sus espacios eran comunes. Ahora, pantalones de mezclilla y camisas a cuadros eran los únicos habitantes del tenebroso espacio que desde ya sentían la ausencia de las telas suaves, transparentes, alegres, cortas o muy cortas, siempre femeninas.

En el aparador nada importante porque una vajilla para dos no es una vajilla completa. Su taza gorda para el café negro de la mañana y una taza bajita para dos o tres noches al mes cuando él le servía la manzanilla caliente y le regalaba los círculos cariñosos en su vientre mientras la visita puntual estuviera con ellos.

Sus dedos quisieron cerciorarse que en el bolsillo del impermeable estuvieran las llaves  de la puerta y del portón que daba a la calle. Allí estaban como detalle final antes de bajar el telón de una obra que no se repetiría nunca más.

En ese mismo bolsillo y casi estorbando, también sintió los chocolates que envueltos en metálico papel de color le aseguraban que en el camino tendría algo amargo, algo dulce y algo puro para sostener su ánimo, avivar sus sentidos y recordar lo bueno de este capítulo que ahora concluía.

Salió de la habitación y lo último que se oyó entre esas paredes fue el seco sonido de la puerta diciendo: adiós.

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