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4 min
En el crepúsculo
Drama |
27.10.10
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Sinopsis


Por encima del muro, las ramas se inclinaban sobre la calle. Al fondo de un pequeño jardín descarnado por el invierno, se elevaba la casa, blanca y sencilla, el antiguo baluarte de una época ya pasada. Aunque su aspecto exterior contrastase con su imagen interior, unos salones que producían la impresión que un simple estornudo podría hacerlos añicos, mientras que la fachada se recubriese de una especie de dorada alucinación.

El empapelado de la pared roto, los visillos deshilachados, una única ventana dirigida al patio con los cristales sucios, las tuberías enmohecidas y paredes desconchadas. Para distraerse, sin embargo, detallaba que a pesar de su fealdad, esparcía una especie de calor a la habitación. Daba vueltas por ella, acariciaba el borde de un mueble, rozaba el remate de una figura. Hasta que se detuvo, inmóvil frente al espejo del armario. Porque la impresión que ofrecía su casa, su cuarto, era el mejor reflejo de ella misma

Contempló su imagen delgaducha. Y una ligera sonrisa, aunque mustia, apareció en sus labios. Tan breve, que las carnes de su rostro, de fino bozo, pronto se relajaron. Era uno de sus habituales destellos que concedía una expresión vacilante, esa sonrisa casi imperceptible, cargada de aire de resignación. Se quedó mirándose. Con una pequeña coronilla de cabellos blancos cortada sobre la frente, al ras de unas pequeñísimas arrugas. Pero en medio, brillaba una mirada gris, atenta, llena de secretos. Se podía distinguir en el fondo, muy lejos, un resplandor de bondad. Y a pesar de que su piel no era blanca, ni por asomo, hacía tiempo que no había vuelto a tener un cutis sonrosado y fresco como lucía antes.

El sentimiento de soledad no le penetró lo suficiente más que cuando se despertó y se resignó al paso de los años, en aquella casa, en su día luminosa y alegre, escenario de tantas veladas, que ahora le aburría. Andaba por sus pasillos como siguiendo un triste itinerario. Ya nada lograba embellecer sus estancias, ni tan siquiera el busto de su estimado padre –otrora símbolo del poder de la familia-, colocado en la rinconada de la escalera. Recorría el laberinto de escaleras, pasillos y recodos que le llevaba a su despacho, su rincón preferido de la casa, no sin antes detenerse en uno de los dormitorios y quedarse un rato observando quieta y en silencio.

De pronto, se quedó mirando desde la ventana. El sol estaba dos palmos por encima de los tejados, con una bruma de invierno, venosa y dorada. El astro quedaba alto, pero la barrera de la niebla lo ocultaba y la luz era opaca y descolorida. El pequeño espacio del cuarto estaba sumido en la oscuridad, los tupidos visillos no dejaban penetrar el sol y sólo una lamparilla ponía reflejos amarillentos en el techo. Una tórrida hora de la siesta, sin sueños, mientras que a fuera el mortífero sol de invierno que reinaba en las desiertas calles. Recostada sobre un sillón, aspiró un poco del humo del cigarrillo. Su cabeza abandonada, cayó sobre un almohadón, distendiendo sus músculos y vibrando sus sentidos como arcos tensos. Afuera sonaron pasos. Se acercó, pero no vio nada, había sido su imaginación que los había creado en torno a ese silencio mudo y esa soledad infinita.

Miraba hacia delante sin fijar la vista en nada. Habían pasado muchos inviernos desde que el bozo de su rostro iluminara una expresión más agradable. ¿Qué le habría hecho cambiar? Sin duda, el paso del tiempo, que no tenía por costumbre dar tregua a esa edad en la que nada resultaba confortable, no había apetito y no se conocía más que las penas.

Se acostó, despertándose a cada revuelta, siempre con el mismo pensamiento en su cabeza. Lo que sucedía era que su espíritu, ya lejos de ser animoso, sólo veía ese paso del tiempo, cuando tuvo que contentarse con sus cacharros como única compañía. Así, sus ojos siempre veían lo mismo cuando quería ver: como si sintiera la polilla corroer la tallada madera, en aquellos restos de tiempos lejanos, se sentía un almacén de antigüedades.
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  • Bonito texto, creo que las imágenes están muy bien construidas, dando un aire melancólico. Me encanta el final. Saludos
    Deliciosos los detalles descriptivos.
    El título lo dice todo, como leer El crepúsculo del diablo del venezonalo Rómulo Gallegos, que es un cuento de él. El texto está bien escrito, muy poético pues se presta con la situación de la protagonista y el tema, como el paso del tiempo y la soledad. En fin, es literario.
    Tu narrativa siempre me ha gustado. Nada empalagosa y amena. He sentido bastante empatía por la protagonista; parece ser que la soledad y la melancolía es algo que se incrementa con la edad, pero al menos espero que no sea cierto. Un saludo! :)
    Querido amigo Gonzalo: ¡¡¡Por fin puedo volver a "abrazarte virtualmente!!! Qué agradable sorpresa reencontrarte no sólo en "espíritu virtual", jejeje, ( ¡cómo nos afecta el Halloween, eh!... espíritus, crepúsculos...), sino que, además, has vuelto a escribir con ese estilo tan a lo "Balzac" que siempre celebré. ¡Ay, compañero, la polilla... la polilla del tiempo, corroe corroe, y mejor no mirarse muy a menudo en el espejo. Bien, ni que decir tiene cuánto he disfrutado leyéndote otra vez. Espero que se repita. Por aquí, ya ves, nos vamos, "aparecemos" ¡¡¡Brrrrr!!!, volvemos a irnos,...: y dejamos algún que otro "ectoplasma brillando en la pantalla". ¡¡¡¡SOMOS COMO FANTASMAS QUE NO ACABAN NUNCA DE DESPRENDERSE DE SUS CADENAS WÉBICAS!!!! Ciertamente, resulta divertida esta autopista de idas y venidas fantasmagóricas... Gracias por tu valoración a mi "RADIO VIOLADA" (la 1ª que he recibido, jejeje, tras 100 hipotéticas lecturas. Cuesta mucho aceptar cierta clase de humor y pronunciarse contra esa "realidad catódica" -bien captada por ti- que invade el planeta. Lo mismo da.) Me ha encantado la descripción del caserón. Espero, pues, que "te nos aparezcas" (¡otra vez la fiebre Halloween!) de nuevo, y me alegró de ser el primer espíritu en enviarte un abrazo "tras el fantástico crepúsculo que hoy he visto desde mi ventana, para disfrutar del "tuyo" ¡Happy Halloween!, y más abrazotes- stavros
  • ¿Quién es el cazador y quién, la presa?

    Un escritor, acostumbrado a lidiar con el terror en la literatura, conocerá la sensación del miedo; aunque todo sea un McGuffin.

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    Esta pequeña entrega es un imprevisto, se aparta de la historia, para hacer tiempo y dedicarme a revisar la rigurosidad histórica del resto. Se lo dedico, por tanto, a Lázaro y espero que -como esta bagatela- sepa tomárselo con humor. Una forma de observar el optimismo y la autoestima, que en los tiempos que corren seguro que sigue teniendo su vigencia. Un saludo a todos.

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