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4 min
En el interior de un patio vacío
Drama |
03.09.07
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Sinopsis

      En casa, todo el mundo iba de un lado a otro sin atender realmente a la lógica de su comportamiento. Se mostraban nerviosos. Yo diría que exaltados. Mamá me estaba preguntando si me encontraba bien al tiempo que me abrazaba y acariciaba mi mejilla. Sentí pena por ella. Su rostro parecía avejentado, dueño de una expresión demacrada, como marcada por un sinfín de esperanzas malogradas. Estaba sufriendo y era por culpa mía. Mientras ella apretaba con fuerza la gasa que recubría mis muñecas, papá llamaba a una ambulancia, visiblemente alterado, como rojo de ira o impotencia, no sabría concretar muy bien qué sensaciones le circundaban. Sí podría suponer que estaba enfadado. Conmigo por mi adolescencia convulsa. Consigo mismo por no ser capaz de hacer nada. Por mantenerse siempre ajeno a una realidad en la que se hundía sin remedio. Por sus problemas con mamá. Por estar siempre endeudado. Él solía decir, “el dinero es solo un instrumento, no un fin en sí mismo. Más o menos como lo que es el lenguaje al conocimiento”. Pero él sabía que no era verdad. En su interior estaba sufriendo.


      Después llegó la ambulancia. Las vendas tenían manchas rojas en el centro, aunque eran manchas pequeñas. Sin mucha importancia. Hacía tiempo desde que los cortes dejaron de sangrar. No eran profundos. Mamá se sentó al lado de mi camilla, dentro del furgón. Siempre me ha tratado tan bien, me ha demostrado tantas veces su cariño, que me sentí responsable de que tuviera que pasar por aquella sensación desagradable. Sin embargo, no sabría decir muy bien por qué, no podía evitar hacerlo. Sólo me sentía muy apartada de la realidad de la gente, como escuchando el chirriar de mi columpio solitario en el interior de un patio vacío. Esta era una sensación insoportable y por eso a veces deseaba romper con la calma, variar el rumbo, perder el sentido. La bocina de la ambulancia se escuchaba nítidamente desde el interior del vehículo. Era un domingo soleado, mediodía, pero desde donde yo estaba tumbada, no se podía percibir ningún destello dorado. Apenas el traqueteo del motor rugiente y los crujidos que producía la camilla al moverse. Frente a mí, la mirada preocupada y silente de mi pobre madre. Me sentí mal, por un momento. Luego respiré hondo y cerré los ojos. Me prometí no volver a hacerlo.


      Es sábado y estamos comiendo. Todos alrededor de la gran mesa del salón. Mis primos pequeños ríen mientras juguetean con sus platos de comida. En la zona de mayores todo el mundo habla con grandes estridencias, casi a gritos, intentando elevar el tono por encima del resto. Alguien me habla pero no estoy atendiendo. Simplemente asiento, con una mueca automatizada, pero muy alejada de aquel lugar, con la conciencia perdida. Mi prima no me entiende, nunca lo ha hecho. Sólo nos llevamos un año de diferencia pero pertenecemos a mundos distintos. Aún así la aprecio mucho, aunque parezcamos no expresarnos en el mismo idioma. Me levanto y me disculpo para ir al baño. Todas las miradas, más o menos disimuladamente, se vierten sobre mí. Mi madre se levanta y me acompaña hasta la puerta. “Por favor, dime que todo está bien, que no tengo que preocuparme, cariño”. Le pido que se tranquilice, que no busco evadirme, como en otras ocasiones, que puede marchar tranquila. Mis palabras precisas y escogidas la han tranquilizado aunque intuyo que no pasará demasiado tiempo hasta que vuelva a escuchar re
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