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4 min
En el rincón
Drama |
16.08.18
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Sinopsis

.

…Y así pasan, como cada día, mis horas, sin ninguna ilusión nueva que aparezca por la puerta. Lo mismo cada día, cada tarde, cada noche. El tufo que emana de la grasa de la plancha y el vaho de alcohol, el sudor rancio de los parroquianos y el humo del tabaco, las voces de las disputas y los susurros de los que hablan solos, sentados en un taburete aislado, hace que esto, más que un lugar de esparcimiento, parezca la antesala del infierno. Son muchos los que miran para mi rincón, sin atreverse a acercarse; otros, con cierta cara de desconfianza, se adelantan unos pasos, me observan y, sin apenas hacerme caso, siguen de largo o se dan la vuelta. Otros no; otros son más decididos y, con el botellín de cerveza cogido por el gollete entre los dedos, llegan hasta mí, con una sonrisilla en los labios; se apoyan a un lado mirándome, pensando en si este será el día, si le saldrá bien la propuesta, lo que podrán conseguir a cambio,…; sí, alguno se decide y me acerca el billete, con los ojos abiertos esperando mi respuesta pero ¿qué voy a hacer yo con un mísero billete de cinco euros? Alguno, si no consigue nada con eso, se vuelve a la banqueta que ocupaba junto a la barra, pero son muchos los que, medio avergonzados, con todo el disimulo del que son capaces, abren la cartera, casi sin sacarla del bolsillo, para extraer otro billete, pensando que con este sí; con este conseguirán algo de mí.

¡Claro que sí! ¿Cómo no voy a recompensar de vez en cuando a estos generosos hombres que cada día se acercan hasta aquí ofreciéndome su dinero, el fruto de su trabajo? Disfruto viéndoles las caras cuando retornan junto a sus amigos, que apestan a alcohol y tabaco también, como si de chiquillos chicos el día de Reyes se tratara. Sí; los hay agradecidos y con poco que yo les pueda dar hoy se sienten satisfechos, sin pensar en lo que me dieron ayer o antes de ayer, total, por nada. Otros no; otros son brutos y desagradables, que si no consiguen lo que esperan, intentan forzarme, me pegan y me ofenden soltando improperios por su sucia boca.

- ¡Me cago en tu puta…..! –vocean esos mientras, con la mano abierta me golpean por el costado o, los más borrachos, me tiran por encima el contenido de la copa, como si demostrando sus más asquerosos modales vayan a conseguir que me muestre más cariñosa ¡A mí tíos de estos!

No todos son así. Los hay que cuando se acercan, con las mismas intenciones seguro, susurran entre dientes, apoyan su mano delicadamente, juegan con mis botones o la luminosidad de mi atuendo; sacan algún dinero y, si consiguen lo que vienen buscando, se vuelven tranquilamente con la satisfacción dibujada en su cara. Los otros no; los otros me tratan como si fuera una mula vieja a la que nadie quiere. Estos, si consiguen algo, alardean por todo el local como si ellos fueran los únicos capaces de conseguir una recompensa; como si les perteneciera; como si sólo ellos tuvieran la habilidad de salir satisfechos de mi rincón. Son los mismos que, cuando no consiguen lo que buscan, la mayoría de las veces, gritan barbaridades, me insultan a mí y a quien pregunte, por entrometidos. Son desagradables, incluso cuando están serenos. ¿serenos? eso….casi nunca.

La verdad es que en el fondo me dan pena. Sí, me dan pena los unos y los otros, tanto los que me tratan bien, con cariño, como los babosos desagradables, porque todos ellos tienen mujer e hijos; tienen familia y una casa que mantener. Quizá no sean felices y por eso prefieren venir aquí, a disfrutar conmigo, a gastarse el dinero y lamentarse después, cuando llega la noche y salen con los bolsillos vacíos, pero…. ¿qué puedo hacer yo si sólo soy la máquina tragaperras?
 

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