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7 min
En la boca del lobo (I)
Suspense |
24.07.16
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Sinopsis

¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

Prólogo

 

En los alrededores del hospital psiquiátrico Ashecliffe la blanca e intensa luz del día se colaba entre las nubes de un cielo plomizo.

Reinaba un silencio causado por la ausencia de las cosas: no había ni un alma en el patio principal y tampoco hacía mucho viento, por lo que las hojas de los imponentes cipreses repartidos por el terreno apenas emitían un leve susurro al moverse, casi una caricia. Tampoco se oía al enorme y frondoso seto que bordeaba los límites de la parcela, rodeado a su vez por una verja más alta aún de hierro forjado con adornos en punta.

El invierno había venido para quedarse y la hierba recién cortada de los amplios jardines estaba cubierta por una fina capa de escarcha, fruto de la helada de la noche anterior. La nieve acumulada en el tejado de chapa apenas contrastaba con la fachada enteramente blanca del pequeño edificio, por donde la hiedra trepaba apoderándose de ella sin prisa pero sin pausa.

Había un segundo silencio al que tardabas en acostumbrarte. La autopista más cercana quedaba a algunas decenas de metros del complejo; los ruidos del tráfico tampoco llegaban allí. Al hospital solo se podía acceder por una carretera secundaria sin asfaltar y luego a pie por un camino empedrado que iba en línea recta desde la portezuela oxidada de la entrada hasta otra más sencilla de madera barnizada en el edificio principal.

Por lo general, en el ambiente se respiraba la paz. Cualquiera que visitara el lugar entonces lo encontraría agradable y sin novedad, salvo por un pequeño gran detalle que sin duda le llamaría poderosamente la atención.

En el ala norte, el hospital contaba con un módulo semiesférico sin puertas ni ventanas, hecho enteramente de metal pulido, que parecía una especie de nave extraterrestre y daba la impresión de haber salido de debajo de la tierra como un hongo cualquiera. A él se accedía por una estrecha y larga pasarela de losa gris, aunque no estaba del todo claro por dónde.

A pesar de haber permanecido allí plantada desde que el hospital empezara a funcionar hacía una década, nadie ajeno a sus actividades sabía realmente qué clase de prácticas se llevaban a cabo en aquella fantasmagórica «bola», como la denominaba la gente. Todos los rumores que se habían extendido sobre ella le conferían un aire de misterio, y no había ninguno que no le helara la sangre a quien tuviera noticias de ellos.

Lo único claro era que, una vez que alguien entraba allí, no se volvía a saber de él. Cuando sus padres o sus hermanos llamaban por teléfono o iban a visitarlo, la recepción del hospital se limitaba a dar una negativa detrás de otra y a afirmar que nunca tuvieron ingresado a aquel enfermo. Daba igual que lo hubieran tenido delante tan solo unas pocas horas antes; de la noche a la mañana desaparecía de todos los registros sin dejar rastro.

Familiares y administrativos ya se habían visto varias veces las caras en los juzgados cuando los primeros, desesperados, presentaron sendas denuncias por negligencia. El jurado falló en favor del hospital en todos y cada uno de los recursos, casi huelga decir a cambio de sobornos y favores especiales a los fiscales y al jurado que permanecieron en absoluto secreto para jueces y víctimas, rotas estas últimas de puro impotentes.

Gracias a ello, el complejo psiquiátrico Ashecliffe continuaba prestando sus servicios, «de incuestionable utilidad social en el mundo en que vivimos» según su director general.

Estas palabras las había pronunciado hacía bien poco en una rueda de prensa televisada para los medios a raíz de una de estas ya famosas querellas. Estaba claro que trataba de salvar los muebles frente a la prensa y la opinión pública, pues no dudó en declarar que «cada miembro del hospital realiza su trabajo profesional y eficientemente, haciendo gala de una intachable moral».

Pero cuando la boca se te llena de ruido, luego está condenada a gritar.

 

 

Los hechos

 

En el interior del hospital Ashecliffe, el doctor Barrows esperaba sentado a la mesa de su despacho, rellenando con diligencia formularios e informes de sus pacientes. A él no acababa de convencerle ese calificativo; sentía que estaba faltando a la cruda realidad que vivían a diario, encerrados como bestias entre cuatro paredes acolchadas de un blanco frío y sobrenatural, sin otra salida que un sueño amargo inducido por las drogas. Definitivamente, su objeto de mayor diversión, sus «cobayas», se merecían un nombre mejor, más hiriente y ofensivo: más divertido para él.

Su larga experiencia a cargo del hospital le había servido de entrenamiento para ser capaz de mantener su mejor actitud de médico profesional y competente ante las turbulentas y, a menudo, embarazosas situaciones en que ellos solían colocarle. Aun así, y bajo amenaza de extorsiones, los operarios recibían órdenes de abrir la celda y permitir que Barrows maltratara y humillara como quisiera a aquellos «perturbados», en caso de que alguno se le echara encima babeando y gritándole al oído; entonces cabían desde brutales palizas en las celdas insonorizadas hasta descargas eléctricas aplicadas directamente en la columna, esto último como medida excepcional.

Era claro que el doctor disfrutaba de un modo macabro con sus casos, pero al cabo de numerosos tachones y errores en las dosis, se dio cuenta de que su mente se encontraba muy lejos de su sillón giratorio de cuero rojo, el flexo y los documentos que abarrotaban la mesa: estaba absorto en su nuevo conejillo de indias, hasta tal punto que pasaba noches en vela dándole vueltas a la cabeza bebiendo una taza de café tras otra. Hizo el cálculo y comprobó que llevaba un buen número de horas sin dormir por su culpa.

El doctor fue a la primera página del dosier que tenía en las manos y se quedó un momento mirando la fotografía que la encabezaba. Después, empezó a escudriñar el texto que había debajo.

«James Cromwell, 47 años, funcionario». Había ahorcado a su mujer y a su hija en el porche de su casa después de administrarles «una dosis de barbitúricos muy por encima de la recomendada». Cuando Barrows comprobó la cantidad en miligramos creyó que veía visiones. En el juicio, la defensa alegó demencia, pero solicitó que se le internara en el hospital psiquiátrico del estado «ante la posibilidad de su rehabilitación».

Así fue: esa misma tarde James ingresó en Ashecliffe. A los médicos que lo acompañaron hasta la puerta les sorprendió que no tuviera la típica reacción: insultos, patadas y forcejeos. Al contrario, James se mostró colaborativo, casi sumiso, e incluso ayudó a que le pusieran la típica camisa de fuerza en la parte trasera de la ambulancia. Aun así, estuvo reservado y no despegó los labios en todo el trayecto.

A Barrows siempre le encargaban la primera entrevista con los pacientes nuevos para evaluar a fondo su grado de desequilibrio mental. Este «reconocimiento» podía durar desde unos minutos, cuando los pacientes no querían o no podían dar una respuesta a sus preguntas, hasta un par de horas, cuando el doctor se cegaba de morbo e insistía a sus enfermos para que le dieran más detalles: si se avergonzaban de su condición, si tenían llagas en la lengua de mordérsela en los ataques epilépticos e incluso si hacía poco habían mojado la cama. Todo con un cinismo que a cualquier persona en su sano juicio le daría ganas de vomitar.

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