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6 min
En la boca del lobo (II)
Suspense |
24.07.16
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Sinopsis

¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

El hombre que se hacía llamar James seguía mirando fijamente a Barrows desde el papel, pero él ya no le prestaba atención: había dado rienda suelta a su mente para que divagara a su antojo.

La falta de sueño empezaba a hacer mella en el doctor; sus amplias ojeras se pronunciaban aún más bajo la bombilla del flexo, que tenía encendido a pesar de que por la ventana cerrada entraba suficiente luz natural, y notaba sus pensamientos muy lentos e imprecisos, como si discurrieran por una especie de melaza.

Aun con todo, no tardó demasiado en darse cuenta de que quizá a James le habría bastado con la altísima dosis de somníferos para acabar con la vida de su familia, y aún le sobraría del bote para quitarse la suya.

Por mucho que lo intentó, el director encontró muy pocas maneras en que ellas pudieran tragarse semejante cantidad de pastillas de una sola vez. Se imaginó a James forzándolas y metiéndoles la droga a puñados por el gaznate, obligándoles a tragar mientras ellas intentaban zafarse, hasta que quedaban reducidas a peleles dóciles e inofensivos, sumergidas en el más profundo de los sueños. O muertas.

En el colmo de sus desvaríos, se fijó en que el paciente guardaba un cierto parecido con el actor homónimo: tenía el pelo y la barba entrecanos y en su cara afilada destacaban unos ojos azules y sombríos, parapetados tras unas gafas rectangulares de miope cabalgando sobre una nariz aguileña. Sus labios formaban una delgada línea horizontal y su rostro carecía de expresión; ni alegría, ni arrepentimiento, ni tristeza: nada.

El doctor obligó a su mente a volver de tan lejos.

Por increíble que parezca, aquella imagen le transmitió demasiada frialdad incluso para su gusto. Tuvo un estremecimiento e hizo una extraña mueca enseñando un poco los dientes, muy blancos a pesar del tabaco y el café. Luego tiró la carpeta y el bolígrafo encima de la mesa y se enderezó en el sillón, pasándose las manos por los ojos y la cara y dejándolas caer sobre su regazo.

Paseó lentamente la mirada por la habitación, deteniéndose en cada uno de los pocos muebles que la llenaban, hechos artesanalmente a partir de gruesa madera de ébano. La estantería al otro lado de la mesa era el más grande, pues ocupaba una pared entera, y estaba repleta de libros que trataban una amplísima variedad de temas relacionados con la psicología, como había de ser. Era una auténtica reliquia, pues probablemente llevara allí incluso más años de los que contaba el doctor, que no eran pocos.

En el extremo opuesto, detrás del escritorio, había también un modesto aparador con dos puertecillas de madera y cristal, tras las cuales descansaban una vieja cafetera, tazas de diversos tamaños y platos pequeños a juego de porcelana blanca. En la parte inferior, de ocho cajones con idénticos tiradores rústicos bañados en oro sobresalían papeles de cuatro colores distintos.

Por último, cerca de la puerta, la gabardina y el sombrero de Barrows descansaban sobre un perchero de caoba con bajorrelieves muy elaborados en el pie.

Todo lo que había allí tenía aspecto de valer una auténtica fortuna, pero el doctor nunca le dijo a nadie cómo diablos podía permitírselo. A la luz de los hechos y de la reputación de su hospital, casi no hacía falta preguntárselo.

Barrows se levantó de la mesa con movimientos lentos, casi mecánicos, y fue directo a prepararse un café bien cargado en la taza más grande que pudo encontrar.

Llamaron a la puerta del despacho justo cuando daba el primer sorbo. Dio un respingo y no pudo evitar atragantarse. Tosió violentamente tapándose la boca con la manga de la americana y maldijo algo por lo bajo. Cuando se hubo recompuesto fue a abrir con la mano que le quedaba libre.

Se encontró con dos enfermeros vestidos de azul celeste escoltando a un hombre menudo y desmadejado que llevaba una camisa de fuerza y pantalones de algodón del mismo blanco refulgente. Tenía la vista clavada en el suelo, la mandíbula desencajada y Barrows observó que ofrecía claros signos de autolesiones en sus brazos y pómulos.

A pesar de que conocía a decenas de pacientes con su mismo perfil, el doctor no tuvo ninguna duda de que era él a quien había estado esperando. Dedicó a James una sonrisa que no tenía nada de cordial y lo invitó a pasar dentro con un amplio ademán. Sin embargo, solo logró que él levantara la cabeza lo suficiente para mirarlo con expresión hosca, revelando unos ojos inyectados en sangre tras los cristales sucios de las gafas.

Educadamente, Barrows repitió el movimiento, esta vez más breve, y finalmente el hombre atravesó renqueando el umbral. Los médicos, por su parte, se limitaron a dar media vuelta y alejarse con paso marcial por el pasillo. Ni una palabra.

El doctor cerró la puerta a sus espaldas y, con el pomo en una mano y la taza de café en la otra, se volvió hacia James, que permanecía de pie junto al escritorio con la mirada perdida en la estantería. Después se dirigió hacia él, le pasó por un lado sin apenas rozarlo y se sentó en el sillón, que crujió bajo su peso.

Antes de que se lo pidieran, James hizo otro tanto en una silla de madera al otro extremo de la mesa, casi igual de grande que la del doctor, con gomaespuma en el asiento y el respaldo y tapizada con tela del mismo color burdeos.

Tras poner un poco de orden entre todo el papeleo, Barrows se volvió y cogió un plato pequeño del aparador. Al punto hizo girar su sillón de nuevo para situarse frente a la mesa, dio otro sorbo al café y dejó la taza a un lado encima del platito junto a su pipa y un paquete de tabaco rubio. Después acercó el asiento al escritorio, miró a su paciente, apoyó las manos encima de la mesa y entrelazó los dedos tranquilamente.

James no hizo siquiera por salir de su ensimismamiento. Todo su interés parecía concentrarse en un punto indeterminado del pequeño despacho.

El doctor se aclaró la garganta.

—Bueno, James —empezó. Tenía por costumbre llamar a los enfermos por su nombre de pila para intentar crear un vínculo de empatía; todo minuciosamente estudiado y calculado a lo largo de muchos, muchísimos años de trabajo—. Ya sabes por qué estás aquí, ¿o no?

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    No sé a qué viene esto. Me lancé a escribirlo en mitad de la noche sin tener una idea clara del argumento en mi cabeza, ni de si pretendía que fuese una historia independiente o parte de una más grande. En fin. Iré actualizando esta entrada conforme vaya teniéndolo todo más claro al respecto.

    Las oportunidades que se esfuman ante nuestros ojos quizá solo nos dejen a su paso el peso del remordimiento.

    ¿Qué nos queda cuando nuestro mundo se derrumba?

    En la noche en que los tres hombres realizan su labor, la magia puede darse en cualquier momento y lugar.

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    Imagina una amplia extensión de hierba. Es plena noche, reina el silencio, y no se divisa una luz distinta a la de las estrellas en varios metros a la redonda. Un muchacho las contempla allí tumbado, con las manos en la nuca. Y, mentalmente, escribe esto.

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Siete palabras bastan. Keep calm and follow the Lethani.

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