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11 min
En la boca del lobo (III)
Suspense |
26.07.16
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Sinopsis

¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

Por primera vez, James alzó la cabeza más de un palmo para clavarle unos ojos helados e incisivos al doctor; parecía que se hubiera propuesto encontrar algo en lo más hondo de su alma, tal vez un resquicio, una vulnerabilidad.

Él tenía un innegable talento para la extorsión: no le costaba prácticamente esfuerzo localizar tu punto débil simplemente con observar tus gestos o tu forma de hablar, y mucho menos dudaba en explotarlo sin piedad hasta que de ti quedaba poco más que las migajas.

Esta habilidad suya le había granjeado no pocos enemigos, aunque tampoco los consideraba especialmente peligrosos. A decir verdad, estaba convencido de que le tenían pavor; solo uno de ellos logró reunir una vez el valor suficiente para encararse con él, y no salió precisamente bien parado. Pero esa es otra historia.

Entre los dos hombres hubo una breve y tensa pausa. Tras ella, James le soltó al doctor:

—Dígame usted para qué demonios me ha llamado. ¿No es aquí quien maneja el cotarro? —Su voz sonaba áspera pero profunda, como si llevara mucho tiempo sin usarla, o más bien como si se hubiera estado desgañitando mientras intentaba luchar contra Dios sabe qué.

Esta vez se produjo un silencio de acero. Por un momento, el doctor pareció no haber oído aquella impertinencia. Sin embargo, respiró hondo y relajó las facciones. De su rostro desapareció todo amago de sonrisa.

—Muy bien —dijo finalmente echando una ojeada a sus papeles, ahora repartidos en pequeños montoncitos. En la cima de uno de ellos estaba el dosier que tantas veces había estudiado y repasado. Se lo sabía casi de memoria. Lo cogió sin que le temblara la mano y lo arrastró debajo de las narices de James.

Él se quedó mirando con indiferencia su propia imagen, desprovista de toda expresión. Casi sin quererlo se fijó en las palabras «ahorcado», «familia» y «demencia» del párrafo que había justo debajo.

—¿Lo recuerdas ahora, James? —preguntó con calma el doctor. Hizo una nueva pausa y acercó ligeramente su cara a la del paciente, apoyándose con los antebrazos en la mesa—. Sé que tú no eres así —mintió con la voz cargada de fingida compasión hacia él.

Barrows observó como James daba una leve sacudida y levantaba la cabeza al unísono, como si le hubieran espoleado con una aguja invisible, aunque seguía sin mirarlo. Ese detalle captó toda su atención. Creía saber lo que sucedía, y lo cierto es que de repente se sentía incómodo, tanto que rompió a sudar.

El doctor se puso en pie para quitarse la americana y enseguida se sintió más aliviado. Luego se dirigió hacia el perchero y la colgó al lado de su sombrero de ala corta del mismo color marrón tostado y de la gabardina beige. De inmediato volvió a su sillón y se recostó en él con el ceño fruncido; su frente se había llenado de pequeñas pero profundas arrugas. Cruzó los brazos.

Fuera se había puesto a llover con ganas. El rumor del agua repiqueteando contra el cristal se instaló en la habitación como un espectador, con voz pero sin voto.
Tratando de aparentar seguridad en sí mismo y en la situación, el director preguntó pausadamente:

—¿Oyes voces ahora, James?

Él volvió la vista hacia delante con un movimiento brusco y se puso súbitamente alerta, enderezándose en la silla con sus profundos ojos azules clavados en los del doctor, negros con betas de oro viejo, que de pronto parecían confundidos. No hizo caso del dolor que sintió al moverse tan rápidamente ni a la tirantez de sus músculos.

Le estaban gritando desde lo más hondo de su ser.

¡Dile que no!

—No —se oyó decir él.

—¿No?

—No —repitió mecánicamente. Aunque se esforzaba por que no le temblara la voz, estaba asustado. Y mucho.

El doctor esperó en silencio unos segundos a que James continuara hablando, pero él balbució algo ininteligible antes de enmudecer. Entonces se inclinó de nuevo hacia delante con las manos entrelazadas sobre la mesa, arqueó las cejas y, utilizando el mismo tono conciliador, siguió con el interrogatorio:

—¿Qué ocurrió aquel día en el porche de tu casa, James?

La voz volvió a hablar, esta vez cargada de un odio podrido de habérselo guardado mucho tiempo.

Esas zorras. Esas zorras se lo merecían.

—Esas zorras se lo merecían —dijo James en voz alta, mucho más convencido que antes.

El tono de sincero desprecio que destilaban aquellas palabras hizo que Barrows sintiera un calor desagradable en la boca del estómago que le subía y le quemaba por todo el pecho. Por un instante lo achacó a que su estómago se quejaba de tanto café, pero no: era más bien un hormigueo insistente provocado por la bestia de su interior al desperezarse. Tragó saliva para intentar contenerla dentro. Se sentía extrañamente despejado.

La conversación no avanzaba lo más mínimo, así que decidió cambiar de estrategia.

—Una de las cosas que más valoro es que confesaras el crimen por teléfono —dijo—. Yo estaba delante cuando el de homicidios respondió la llamada y, por amor de Dios, fuiste valiente. Lo digo en serio: hay que tener valor para tratar de enmendar un acto tan grave.

Sus palabras no tuvieron ni por asomo el efecto que deseaba.

Lejos de interpretar aquello como un halago, James lo consideró un síntoma de debilidad que el doctor podía usar para desarmarle, y eso lo encendió hasta que todo el miedo que pudo haber sentido se evaporó sin dejar rastro. Le lanzó por encima de las gafas una mirada propia de un hombre repentinamente lúcido. Sus ojos se habían vuelto de un azul más oscuro y profundo.

Se entregó a lo que la voz tenía que decirle.

Ese cerdo está perdiendo el tiempo.

—Creo que pierdes un tiempo valioso, William —replicó tranquilamente. No tengo ningún interés en satisfacer tu morbosidad.

Apenas hubo terminado de hablar, James observó que el doctor tensaba la cara y empezaba a palpitarle la vena de la sien. Él podía tolerar que un paciente le llamara por su nombre de pila, pero no estaba dispuesto a que le tutearan sin su permiso.

Barrows le puso la cara a James lo bastante cerca para que él pudiera oler su desagradable aliento cuando le habló de nuevo:

—Ten cuidado conmigo, listillo. No te conviene enfadarme —le amenazó, abandonando toda formalidad. Pronunciaba muy lentamente, mascando las palabras. Respiró hondo para tratar de relajarse sin mucho éxito—. Te lo preguntaré por última vez: ¿qué ocurrió en el porche de tu casa?

James le dedicó una sonrisa socarrona. Había encontrado lo que buscaba.

Atacó sin piedad, como él sabía hacer.

—¿Quieres que todo el mundo sepa por qué tu hospital sigue abierto a estas alturas?

El doctor frunció el ceño de forma casi imperceptible.

James siguió metiendo el dedo en la llaga.

—Crees que nadie más que tú sabe lo de los sobornos y… todo lo demás. —Acompañó las últimas palabras de un vago ademán que destacó en medio de su habitual frialdad—. Aquí la gente habla, William; desde que entré aquí he puesto el oído en muchas conversaciones entre tus médicos, y están de acuerdo en que si siguen trabajando para ti es solo porque les pagas bien. Pero te consideran un canalla arrogante. —Asintiendo levemente, le espetó—: Y yo también.

El doctor Barrows enrojeció de ira. La bestia se hacía fuerte, y creció en su interior hasta dominarlo. Dio una fuerte palmada en la mesa, apoyándose en el respaldo del sillón. Abrió la boca para hablar, y fue como si abriera la puerta de un horno.

—¡Ya basta! —chilló. Cerró los ojos un momento e inspiró por los dientes. Luego volvió a abrirlos y, levantando un tembloroso dedo ante las narices de James, le presionó una vez más—: Dime lo que quiero saber o te juro por Dios que no saldrás de aquí en tu puta y miserable vida.

Hizo una pausa para que James asimilara las palabras. Después, con el rostro congestionado, siguió escupiendo amenazas:

—Ordenaré que te metan en la «bola» y… —Chasqueó los dedos—. Desaparecerás de los registros. Nadie volverá a verte la maldita cara. —Con una sonrisita de suficiencia en los labios, añadió—: Es así de fácil.

En aquel momento, de no ser por cómo iban vestidos, habría resultado difícil decir quién se suponía que era el cuerdo de los dos.

Una nueva sonrisa se dibujó muy poco a poco en los labios de James, mostrando todos los dientes. Tras ella soltó una sonora carcajada que, directamente, no era humana.

Barrows no lo esperaba; se debatía entre la incredulidad, la ira y, tal vez, el miedo. Todo eso se le notaba en la cara, que dudaba si tenía que enrojecer o palidecer. Optó por lo segundo.

Sus ojos volvieron a encontrarse con los de James, y le pareció ver algo más que un par de lagunas azules. Tenían un brillo extraño; se habían vuelto aún más oscuros, casi negros. El doctor se dio cuenta de que no podía dejar de mirarlos.

Eran magnéticos. Los de un depredador.

La lluvia cesó de repente, conteniendo la respiración.

James había fijado a su presa. No desperdició la oportunidad.

Acaba con él. ¡AHORA!

El director se tiró distraídamente del cuello de la camisa; sin previo aviso notaba una ligera presión en la nuez. Esa sensación fue a más, obligándole a aflojarse la corbata. Empezaba a respirar con dificultad, igual que si un par de manos invisibles se hubieran cerrado alrededor de su garganta.

—¿Qué…? ¿Qué demonios…? —alcanzó a decir entre dos resuellos.

Fueron sus últimas palabras.

James lo perforó con la mirada y la vía aérea se le cerró del todo. Se agarró con ambas manos a los brazos del sillón, atrapando desesperadamente bocanadas de aire, como un pez al que han sacado del agua.

Pero todavía quedaba lo peor.

Barrows notó un dolor en el vientre que se intensificó hasta obligarle a doblarse por la cintura en el asiento, abrazándose con fuerza los costados y emitiendo un grito ahogado. Pese a todo, intuyó que sus vísceras se estaban desgarrando, una por una. Todas menos el cerebro, los pulmones y el corazón, que se le aceleraba por momentos.

Sin duda, James quería que continuara vivo y plenamente consciente hasta que su cuerpo colapsara.

Era más o menos la misma tortura que se llevaba a cabo en la «bola».

Si hubiera podido emitir algún sonido, el doctor habría aullado pidiendo clemencia. Se puso rojo, y después azul, y violeta. Su rostro era una máscara de sufrimiento, mientras que James estaba pálido como la cera, concentrando todos sus esfuerzos en hundir los colmillos en su víctima hasta que dejara de resistírsele.

Para Barrows, todo se volvió borroso. Todavía sentía el pulso en los oídos y sus músculos se negaban a obedecerle.

Al final, sencillamente dejó de luchar.

Casi pudo oír como se rompía su corazón.

Los brazos le cayeron a plomo a los lados del cuerpo que, lánguido, se escurrió ligeramente en el asiento. En su rigor mortis había una mezcla de perplejidad e impotencia a partes iguales. La sangre le corría por los labios y se le derramaba por el cuello y el pecho, tiñéndole la camisa de algodón blanco del mismo tono de rojo que el del sillón. Por debajo, su piel estaba repleta de hematomas causados por la hemorragia interna.

Lo último que vio fue un par de manchas azules.

Y luego, nada.

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    No sé a qué viene esto. Me lancé a escribirlo en mitad de la noche sin tener una idea clara del argumento en mi cabeza, ni de si pretendía que fuese una historia independiente o parte de una más grande. En fin. Iré actualizando esta entrada conforme vaya teniéndolo todo más claro al respecto.

    Las oportunidades que se esfuman ante nuestros ojos quizá solo nos dejen a su paso el peso del remordimiento.

    ¿Qué nos queda cuando nuestro mundo se derrumba?

    En la noche en que los tres hombres realizan su labor, la magia puede darse en cualquier momento y lugar.

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    ¿Quién dice que la locura no sea contagiosa?

    Imagina una amplia extensión de hierba. Es plena noche, reina el silencio, y no se divisa una luz distinta a la de las estrellas en varios metros a la redonda. Un muchacho las contempla allí tumbado, con las manos en la nuca. Y, mentalmente, escribe esto.

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Siete palabras bastan. Keep calm and follow the Lethani.

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