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5 min
En la calle
Reflexiones |
25.10.14
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Sinopsis

La subjetividad de la realidad y los estragos de la soledad en el hombre-

Yo también fui como tú y como él, como todos vosotros. Yo también vivía en la seguridad de mi soberbia y nunca pensé que acabaría así. Pasáis a mi lado en la calle y me miráis sin verme, Yo en cambio os veo sin miraros. Sé que nunca volveré a ser uno de vosotros, pero algo de vosotros sigue en mí a pesar de que ya no soy nadie y de que a nadie tengo que me recuerde quien fui. Mi historia es una de tantas y que a nadie importe, es ya otra historia.

Todavía recuerdo la primera noche en la que cambié la familiar comodidad de una cama por el metálico frio de un banco situado en un céntrico parque de mi ciudad. El desamparo y la soledad me hirieron tanto en mi interior, que aquel dolor solo podía ser una demostración empírica de la existencia de mi alma, que aunque la creía perdida en el pozo de mi desesperación seguía sobreviviendo muy a mi pesar. Pero a fuerza de repetir esta función en escenarios en el que yo fui el único actor y espectador, mi alma dejó de quejarse y creo firmemente renegó de mi y por ello decidió escapar, creo que por lástima, de este cuerpo vacio que soy yo.  

Como persona que ha perdido su alma, me paso la vida intentando capturar el alma de las cosas, que a priori cabría pensar que carecen de esta tan humana cualidad. Yo sin embargo, pienso que los parques, las ciudades, los pueblos y en fin, todas las cosas, poseen un alma compuesta por los pedacitos de la de aquellos que las hicieron posible. De esta manera pienso también que mi alma se halla descompuesta en infinidad de pedacitos y que cada una de estos forma parte del alma de todas las cosas y lugares que en mi vida pasada formaron parte de mí.

Cuando la noche se apodera de la ciudad, es cuando más percibo el espíritu de la ciudad, o más bien cabría hablar de diferentes espíritus para sus diferentes rincones, ya que las ciudades cómo las personas se componen de diferentes sustratos, los cuales conforman su personalidad. Así es como por ejemplo,  de noche se percibe una mayor soledad en aquellos lugares que normalmente bullen de vida y alegría durante el día. Un claro ejemplo de esto que digo, son los parques y la involuntaria quietud de los columpios, que transmite una sensación de tristeza a la que no acabo de acostumbrarme, a pesar de que casi nada ya me importe. Por otra parte, la noche muestra detalles de la ciudad que de día pasan desapercibidos, o más bien pareciera que se escondieran y solo se atrevieran a mostrarse a las pocas almas errantes que de ambulan por sus solitarias calles. Es por ello por lo que siempre digo que vivo en dos ciudades distintas, la una me desprecia de día y la otra se me ofrece de noche.

Así mismo, pienso que no hay nada más absurdo que una ciudad de noche. La ausencia de gente en las calles, los parques, las avenidas,.., despoja de sentido a todos estos lugares, los cuales sin gente son solo despojos de hormigón de la vanidad humana. Me pregunto si también las personas pierden su sentido sin las ciudades o pueblos en los que habitan.

La noche no solo transforma la imagen de la ciudad ante mis ojos, sino que además arrebata a mis oídos de sus numerosos y estrepitosos estímulos diurnos. Pareciera que los sonidos migrarán junto con las personas a otro mundo y que un silencio primigenio y antinatural invadiera cada rincón de la ciudad, tomándose especial venganza en aquellos lugares donde el bullicio más cómodo se siente a la luz del día. De alguna manera, esta ausencia de sonidos permite que mi mente no se distraiga y no esté en permanente estado de alerta, lo que realiza el milagro de que los pensamientos manen puros desde el manantial que antes alimentaba mi alma. Cuando mi mente entra en este estado, es cuando mejor logro capturar el alma de los lugares en los que me hallo y de alguna manera siento que he descubierto un secreto de la ciudad que la mayoría desconoce. No cabe duda de que mi cuerpo habita en la misma ciudad en la que vosotros habitáis, pero en esos momentos puntuales mi mente es capaz de abrir puertas secretas que me permiten habitar una ciudad que solo a mí está permitido y que el resto desconoce, allí es donde logro esconderme de todos vosotros y de vuestro desprecio. Allí me siento a salvo de vuestra indiferencia, de vuestro mecánico caminar por la vida, de vuestra inconsistente seguridad burguesa adquirida de generación en generación. Desgraciadamente, las murallas de esta ciudad no logran protegerme eternamente y mi realidad física me arranca de la seguridad de mi secreta ciudad. Entonces vuelvo ser, a sentirme, el miserable que soy ante vuestro ojos, aquel al que miráis sin ver.

 

  

 

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