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18 min
En la casa de los cuerdos
Fantasía |
23.07.15
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Sinopsis

Este es un capítulo de una obra que estoy realizando, espero que sea de su agrado.

Era descomunal y casi inhumano el aburrimiento que padecía ese día, nada parecía saciar mis ganas de inventar algo nuevo, afilé las armas varias veces, lo mismo con mi pistola, desmantelada hasta las entrañas y puesta a punto otra vez, sirvió para perder un poco el tiempo, pero no fue lo suficiente. Pensé en el padre Tock, habían varias historias nuevas para contarle, asique fue mi primera opción, tomé mi abrigo y salí a la calle, el clima estaba frío, extraño, una oscura y enigmática entidad me recorría el cuerpo ni bien empecé a caminar por la vereda, era como si el tipo de la hoz me estuviera prestando especial atención ese día, me miraba a lo lejos rascándose la barbilla con la mano pensando como cumplir su trabajo.

-“¿Qué será?- Se decía -¿Accidente, robo, causas naturales? No, para este hay que buscar algo especial, algo “de su estilo” para llevármelo hasta las profundidades del infierno, el Cerbero se divertirá mucho con él.”

Un manto gris cubría el cielo en su totalidad, la luz de sol era tenue e inexpresiva haciendo transcurrir el tiempo de manera uniforme, invariable si se le puede llegar a decir. En la ciudad era el caos de todos los días, cientos de vehículos circulaban a mares como hordas de acero y plástico expulsando negras bocanadas de humo infernal, suerte que mi transporte principal son las piernas, es esfuerzo lo que se ahorra con el vehículo, porque en tiempo, es casi los mismo, con semáforos programados por monos mancos que complican el tránsito más de lo que ayudan a descongestionar las calles de los demente detrás del volante con sed de sangre hacia cualquiera que según ellos haga mal su trabajo tomando las riendas del caballo a motor.

Llegué a destino y para ser sincero, me sentía inquieto por las energías que circulaban en ese lugar tan extraño, como si un lobo me asechara entre las sombreas esperando el momento adecuado para lanzar  todo su peso sobre mi desprotegido cuello.

La bella secretaria me dijo que Tock estaba en la cocina con unos internos, parte de su tratamiento es ser reinsertados en campos sencillos en donde sean útiles, estaba el padre en el centro de los tres con la severa mirada puesta sobre uno de ellos, era el turno de estos tipos para preparar la comida, el lo personal no probaría ni un solo bocados de lo que pueda llegar a salir de la mano de estos tipos.

Un pirómano miraba con asombro de niño una llama pequeña que servía de piloto para encender a toda máquina un termo-tanque que alimentaba de agua caliente la cocina, esta se tambaleaba por lo cerca que el hombre respiraba, el padre lo tomó por los hombros y retirándolo de la llama, este transformó su cara en infinita melancolía, como a quien lo alejan de un ser querido por tiempo indefinido, otro de los hombres de pelo rizado y largo hasta los hombros miraba completamente abstraído al cura, parecía que le prestaba atención pero estaba en piloto automático por así decirlo, en cuanto al tercero tomaba una zanahoria y con ayuda de un pesado cuchillo para separar huesos este cortaba en finas rodajas.

Las tareas fueron repartidas entre esta extraña población, volviéndose sobre sus pasos el padre me vio en el pórtico de la cocina, parecía sorprendido por mi temprana visita, fuimos al jardín que era un lugar más agradable que llegaba a ofrecer.

EL fuerte saludo fue secundado con un cigarrillo que me pidió mi compañero y le conté le último que había sucedido, al terminar mi confesión se tomó unos segundos para digerir todo, mientras tanto, yo seguía teniendo esa mandita sensación de que algo no estaba bien, casi paranoico estaba, de seguro era culpa de ese puto lugar que me daba escalofríos con sus largos pasillos llenos de habitaciones abarrotadas con paredes acolchonadas y húmedas como cárcel Rusa en la época que flameaba la bandera roja.

Justo cuando Tock estaba por hablar, un doctor pasó a las zancadas por el pasillo como maratonista profesional seguido de tres enfermeros a los gritos, nos adentramos en despejado pasillo cubierto por ventanas y detuvo con su brazo extendido a otro enfermero en plena retirada.

-“¡Son los reos de la cocina, se han vuelto locos!, incendiaron el lugar y uno de ellos logró escapar con un cuchillo, el protocolo de seguridad se ha activado y esta ala está a punto de de ser sellada, tenemos que salir antes de…”-

Un pitido de alarma seguido por un zumbido de pequeños motores eléctricos liberando la carga hizo bajar las persianas metálicas en puertas y ventanas, tras unos segundos de oscuridad total, se encendieron débiles luces de emergencia que alumbraba las paredes de los corredores.

Mis corazonadas, las putas corazonadas, sentía como ese lobo enfermo y maldito que vivía en mi corazón se burlaba de mi desgracia, el trató de advertirme, pero yo no lo escuché y ahora ese perro me mostraba los dientes mientras se reía a carcajadas por poner indiscriminadamente mi vida bajo peligros innecesarios.

Intentaré describir todo los sentimientos y reacciones que me acontecieron, y si alguien lee esto, que ponga en marcha esa máquina de invención que guarda bajo su cráneo.

Aterrorizado, o incluso algo más, la adrenalina se bombeaba al 50% en mi cuerpo, manteniendo un estado de alerta excitado, me faltaba coraje para caminar por los pasillos lleno de preguntas infinitas, tras cada puerta se escondía un sujeto o más, tal vez ninguno, como el gato de Schrödinger, un nuevo enemigo creado por una mente retorcida, blasfema, inhóspita y cuantos adjetivos se le quieran dar de más, lo inesperable se encontraba guardado dentro de la figura humana, al igual que todos nosotros, solo que en él, esa fuerza que lo llama a la hora de hacer algo puede salir y tomar el control de la voluntad, por ejemplo, quien nunca se haya planteado matar a un hombre pero no por necesidad o defensa, sino por el simple placer de sentir correr por las manos una sangre gruesa, cálida y roja como el vino, trasladándose a través de las muñecas de manera lenta y progresiva dejando una sensación pegajosa entre los dedos, mientras se ve escapar la luz en finos hilos de ese que lentamente  se evapora de esta existencia para que le abran las puertas al más allá, o no, ¿Quién sabe?, eso quedará para otro momento, todos y cada uno de los hombres que ha pisado la tierra lo ha pensado y solo por el simple placer de hacerlo, pero los que somos “normales” no lo hacemos, porque entendemos que matar por placer es malo por religión, sentido común, espiritualmente o por cualquiera que sean los principios que guían al individuo, es malo y fin, en cambio estas personas no lo entienden o puede que sí, pero en su mente las voces se lo recuerdan todo el tiempo. –“¿Recuerdas su color, el olor… su sabor…?”- y como todo hombre, es débil ante la tentación de la carne, nótese que hay diversos tipos de carnes, así como sus usos, ese es un ejemplo de cientos de miles de millones de mentes diversas y apasionadas.

Además, se le sumaba que mi bella y preciada oscuridad, era una enemiga en ese momento, no se podía ver las rodillas hacia abajo, era su reino inexpugnable, tan profundo que se pegaba a los pies como un bloque de barro reteniendo cada valiente paso que osaba traspasar sus tierras, para seguir enumerando el maldito enfermero hiperventilado, tan flaco que podía ser derribado de un cachetazo y un cura que hablaba entre dientes con su dios en todas sus formas, era problema de Tock y yo estaba también metido en el enredo, supongo que es parte del comunismo o sociedad que me dispuse a ayudarlo a encontrar una solución, lo detuve suavemente con mi brazo derecho apoyando la palma sobre su pecho exponiéndole mi idea con palabras tan silenciosas que parecía que llovía. Se limitó a asentar con la cabeza, entre el penumbroso pasillo divisaba  una curva a noventa grados hacia la derecha donde estaba la cocina, sobre la pared se dibujaban las sombras de unas cortas llamas danzando a través del aire dando un tango al diablo, caminando con cautela avanzamos en silencio hasta llegar al comienzo de la pared, se armó de valor el padre y pegando su barriga contra la pared asomó la barbuda cabeza lentamente hasta llegar a ver el interior, se volvió rápidamente.”

-“No se ve nada”- dijo con la voz segura, avanzó él primero para cruzar la puerta seguido por mí, el enfermero mantenía la distancia y estaba en calidad de observador.

No nos habíamos percatado de que a la mitad del comedor estaba mirando hacia la entrada, bueno mirando es por decir algo, estaba uno de los pacientes comiendo, masticaba duro y pesado, moliendo todo con paciencia mientras contemplaba la enormidad de la nada misma, intercambiando miradas con el padre, lo flaqueamos sin interrumpir su almuerzo, entre la tenue luz artificial y las llamas que venían de la cocina se podía ver el rostro inexpresivo del sujeto masticando una ensalada de zanahorias, pepinos y los dedos cortados por la falange de su mano izquierda, aliñados con vinagre, sal y pimienta roja dejando su mano mutilada sobre la mesa creaba una laguna de sangre debajo de la palma. Se imaginaran las ideas tan importantes que se creaban en su cabeza, tan grandes que requerían a todo el cerebro para procesarlas por lo que decidía eliminar otras funciones como el habla, la interacción con el mundo y el dolor que, sin darse cuenta, se cortó sus propios dedos para comer una ensalada.

No representaba ningún peligro, no solo por su nivel de abstracción, sino porque además de manco, también estaba desarmado, un tenedor de plástico era su única herramienta ahora, por lo que entramos a la cocina tras unos cortos pasos, el paisaje estaba desordenado, el caos era el dueño del lugar que se adornaba de flamas que comenzaban a consumir el techo llevando todo lo que se cruzaba en su camino al infierno, me abalancé sobre el extintor cuando vi al responsable de ese caos de cuclillas y dando la espalda mientras encendía otro fuego, no le tomé importancia pensando que se encontraba en el mismo estado de abstracción que el anterior, pero cuando ataqué la base del fuego con espuma sintética, el pirómano en calzones, con el resto del cuerpo desnudo se abalanzó sobre mí con una cuchara de madera en llamas que me tiró a la corta distancia, me cubrí con el cilindro de metal la cara pero el proyectil me golpeó en el hombro dejando una marca del carbón en la chaqueta seguido de unas cuantas chispas y gritando a todo pulmón moviendo la cabeza negativamente y mirando hacia el suelo.

-“¡NO…NO! ¡LA LUZ NO!”-

Tomó el mata-fuegos con sus manos y tiraba hacia él como un chimpancé, la fuerza y agresividad que tenía me abrumó por unos segundo en el que parecía que perdía la pelea, su cara demoniaca marcaba las severas curvas de sus cejas alumbradas por las llamas que lo hacían tan feliz, poderoso y temible, entre su enojo se soltaban cortas sonrisas producto de chispazos en su cerebro culpa de todos los cables y borneras que tenia fuera de lugar, el padre le asentó un puñetazo detrás de la oreja dando trayectoria horizontal descargando un largo recorrido de una pesada masa aplicando con certeza semejante a una explosión que llegó a sonar mientras corría la cabeza del loco hacia la derecha, los brazos se le aflojaron y como un títere al que le sueltan las cuerdas se desplazó completo, no sin antes pegarse en la frente con un banco y cayó al suelo completamente dormido, un golpe de 10 puntos, lo miré unos segundos sintiendo piedad por el semejante golpe que se ganó, el fuego terminó de ser extinguido dejando todo en una humeante penumbra cubierta de espuma auto expansible que se movía entre las sombras como un monstruo deforme, maniatamos al prisionero con una rastra de chorizos por si llegaba a despertar, Tock y el enfermero avanzaron por el pasillo buscando al tercero de nuestros amigos.

El esquelético enfermero retrocedía  mientras contemplaba con horror el interior de una sala, los rezos del cristiano se asentaban con fuerza y el sonido de la letra “s” rebotaba por las blancas paredes del corredor, cuando entré, estaba colgado por los pies un doctor con el estómago abierto, las tripas le colgaban tapándole un ojo, la sangre se abría paso en el suelo con marcas de pies descalzos.

No solo era psicópata, sino que también artista, había dibujado con la sangre del pobre hombre manos, caballos y árboles sobre las paredes llenando de una oscuridad latente en la sala, el golpe de unos talones descalzos sobre el suelo nos puso en alerta, el miedo recorría mi espalda erizando los pelos de la nuca, mis puños estaban cerrados de manera inconsciente y  el barrigón me gritaba que corriera como nunca antes lo había hecho. Tock me tomó por el brazo y me guió hasta una puerta que abrió de un solo empujón, casi en penumbras quedamos con la puerta cerrada y el frondoso cuerpo del reverendo haciendo contrapeso en la entrada, una ventana espejada por el otro lado separaba esta habitación de otra en la que acababa de entrar dando zancadas e hiperventilado el enfermero, este había huido apenas escuchamos los pasos pero el destino nos puso cerca otra vez, el problema con el escondite en el cual había entrado era que la puerta solo se abría por fuera, dejando a cualquiera que entrara encerrado, en ese momento fue cuando más terror sentí, no estaba a merced de un asesino profesional sino que a manos de un enfermo, se escuchaba en el completo silencio como lentamente retrocedía el pestillo, el marco se separaba a medida que la puerta era empujada hacia adentro hasta quedar por la mitad de su recorrido, el tiempo parecía retenido en ese instante, como un tigre sigiloso el loco fue asomando su cabeza de cabellos rizados hacia el interior, el otro que no cabía en su terror respiraba lo justo para no hacer ruido y pretendía usando todo el poder de la imaginación ser invisible ante los ojos de cualquier mortal. La totalidad de la cabeza entraba fría, inexpresiva, casi cruel en todos los sentidos mientras los verdes ojos registraban el lugar hasta topar con la silueta del enfermero acurrucado en una esquina, el muy infeliz sonrío como un niño al que le dan un regalo, de una zancada entró su torso desnudo mostrando algunas cicatrices don dibujos hechos en sangre, unos pantalones largos de color celeste arremangados en los tobillos exponían sus pies blancos como la espuma del mar, sostenía un largo cuchillo carnicero en la mano izquierda en posición horizontal y con el filo hacia arriba, se detuvo unos segundos a mirar el panorama que le esperaba, se acercó casi sin mover los pies, usando las sombras como transporte, mientras los rizados pelos se ondulaban con el andar, se agachó con sutileza para tomar el brazo del enfermero que literalmente se orinaba encima, apoyó su mano la punta de la templada hoja sobre la cien como quien dirige a punta de revolver, aún figuraba en su rostro esa sonrisa de satisfacción por encontrar a alguien con quien jugar.

Ya de pie y con la espalda contra la pared se agitaba nerviosamente una presa que no podía hacer más que contar los segundos que le quedaban en este mundo, con la mano abierta el cazador envolvía el rostros del sujeto empujando hacia atrás haciéndola chocar  contra la pared, el otro trató de librarse tomando con las dos manos el brazo del sujeto pero este, apretando la cara con fuerza se inclinó con la parte derecha del cuerpo para deslizar el filo en el interior del estómago a la altura del ombligo. Con violencia movía la hoja hacia atrás y hacia delante con la precisión de una máquina sin retirar el ardiente cuchillo de las entrañas y forzando al movimiento hacia arriba, el lugar se convirtió en un matadero lleno de cerdos por los semejantes gritos desgarradores del escuálido, un grito agudo que anudaba la garganta helaba la sangre como nitrógeno líquido, se desangraba como una bestia por la barriga formando una cascada carmesí. La fuerza se alejaba progresivamente de su cuerpo empezando por sus brazos que languidecían intentando separar su cara de la mano del verdugo aficionado, las rodillas se quebraban como árboles abatidos por el viento hasta que el cuerpo sin vida cayó rendido sobre sus rodillas, empujando con suavidad por la cabeza quedó tumbado sobre el su hombro así sin más, eso era todo.

Puso a descansar el cuchillo sobre la mesa de interrogación mientras se hincaba ante el cuerpo, usó sus manos para beber un poco del suelo, con la mirada fija sobre su victima se marcaba líneas sobre su cuerpo con la sangre, trabajaba en su arte sobre su cuerpo y las paredes con las manos desnudas, pintando garabatos y figuras con movimientos tan armónicos que parecía una seda bailando con el viento, yendo y viniendo con los giros demenciales desparramando sangre sin discriminación.

Salimos como unos fantasmas de la sala en silencio de misa, frente de la celda donde estaba la bestia nos quedamos por unos segundos, imaginé la situación que nos esperaba, entrar a ese infierno, reducir al cabrón entre tripas y sillas para dejarlo desarmado y ser los héroes, pero ni era una tarea fácil, pelear con un animal salvaje hambriento y malvado nunca es una buena idea, mis conjeturas fueron cortadas por el ruido de la puerta.

-“Ahora es problema de alguien más.”-

El perro al verse encerrado arremetió puños y patadas pero no había manera de ser liberado a menos que le abrieran la puerta desde afuera, las tinieblas se tornaron camas y dóciles flotando con tranquilidad a nuestro alrededor, mi corazón retomaba su función normal por lo que encendí un cigarro para terminar de calmar los nervios mientras Tock se encargaba de dejarnos en libertad, las persianas se abrieron dejando entrar al reino de la luz otra vez, unos veinte hombres entraron al corredor, la mitad de ellos armados con palos y escudos, tremendo paliza le sirvieron al autor de tanta locura, lo tomaron por las piernas y arrastrándolo por el pasillo inconsciente, maniatado y por seguro con varios dientes de menos, definitivamente la pesadilla había terminado, nunca jamás volvería a ese lugar, es por seguro.

--“Hermano, necesito matrixs y cerveza con urgencia.”--

 -“Voy a secundarte en la bebida, invito las dos primeras rondas.”-

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