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5 min
En Lagarto murió un hombre
Fantasía |
20.11.10
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Sinopsis


Calor. El calor es asfixiante. En el pueblo de Lagarto, en Ecuador, no puedes pisar los caminos después de las once, sin correr el riesgo de morir repentinamente, como le pasó a Ecuador Sabalú Satisfecho, el comerciante de ganado que osó atravesar una calleja del pueblo en plena canícula, y no pudo llegar al otro lado.

Las mañanas en cambio son hermosas y frías, igualitas a las mujeres de Europa. Puede que sea su blancura la que cause esa frialdad de nieve. Aquí, en cambio, no existe el blanco, si no es en los manteles de las mesas o en los toldos. La oscuridad en forma humana toma movimiento, es un meneo lento, cadencioso, porque el calor te invade; el tiempo lo usas para cuestiones básicas pero importantes como comer, dormir y el fornicio. Estas mujeres de piel oscura no tienen celos, y comparten el cuerpo de sus maridos con otras amantes con las que platican como si tal cosa, mientras sus hijos juegan con los entenados, los otros frutos que su esperma dejó diseminados por el planeta.

Calor. Las palmeras se balancean como cinturas cimbreantes, y seducen con sus quietudes. Sus cocos son como pechos de mujer, maduros y fuertes. En la pensión donde me alojo flotan en el ambiente olores de maderas, frutas tropicales y agua marina. Desde la ventana de mi humilde cuarto puedo ver el azul del mar. El océano embiste como un amante embrutecido, arremete contra las orillas con un ímpetu desaforado, con ansia de posesión, y es por el calor, estoy segura; por este calor penetrante que solo produce lascivia y pereza; pereza y lascivia.

Sentada en una gran butaca de mimbre, que en su día debió ser de color blanco, te observo bajar al cuarto de baño común. No está limpio, pero no hay otra cosa. El inodoro pertenece a otro siglo, igual que el lavabo y demás elementos del sencillo aseo. Y fuera de toda norma, una pequeña ducha bajo un emparrado, no para lavarse a fondo, sino para refrescarse un poco. Ese lugar tampoco escapa a las miradas codiciosas de los negros, las negras y los mestizos, siempre pendientes de los pensamientos de los blancos, tan extraños para ellos como vacíos.

Calor. Acaban de traer café cargado, acompañado de corvina y patacones. Todo un lujo de colores se instala en mi pituitaria mientras te espero, sumisa y hambrienta. Dejo que la indolencia se apodere de mi, y antes de mover la cuchara para derretir el azúcar blanca como mi piel, dentro del café oscuro, observo con deleite pequeños lagartos nacidos en ese curioso pueblo de curioso nombre, veo a los hijos auténticos del pueblo, corretear ufanos sobre los toldos de algodón blanco, o esconderse para echar una siesta verdosa entre las plantas que cubren el jardín tropical.

Te sientas frente a mí y me miras, y tus ojos se funden en mis ojos. Puedo ver cómo sudas; tu frente está perlada de gotas transparentes; la camiseta que llevas, negra, se adhiere a tu pecho como si se tratara de una segunda piel. Dejamos que el día transcurra entre perezas y sopores, tardando un siglo en desayunar, escuchar música y dormir la siesta; pese al intenso calor, abrazados y desnudos, envueltos en el sudario del dosel.

Calor. Por fin, llega la noche piadosa, y unos cantos potentes nos sacan de la habitación. Están celebrando el velorio de Ecuador Sabalú Satisfecho, el comerciante de ganado que osó atravesar una calleja del pueblo en plena canícula, y no pudo llegar al otro lado. Enciendes un puro y yo observo atenta las volutas subiendo al cielo, anilladas con las que exhalo yo, que imito la manera indolente como lo hacen las negras. Ahora soy negra, soy una de ellas, igual que tú. La atmósfera es densa, y entre tanto cuerpo ardoroso cantando y bailando, el cadáver inerte de Ecuador Sabalú Satisfecho resulta un tanto grotesco. Algunos lloran mientras beben aguardiente, y las amantes del muerto narran grandilocuentes, con todo lujo de detalles, la potencia de sus noches, sus coitos bárbaros. La fatalidad está en el ambiente, y la imagen que proyectamos es de una película negra ambientada en el sur de América, esa América profunda y corrupta, voluptuosa y caliente, que empareja hermano con hermana o saltamontes con hipopótamo sin importarle un comino.

En Lagarto murió un hombre, mira tú qué pena, y aunque nadie nos dio vela en ese entierro, nos arrastramos hasta la playa cautivados por la música, y allí bailamos, reímos y nos emborrachamos, y todavía no sé cómo, terminamos subidos a una palmera. Yo metía dátiles en tu boca, y tu lengua se llenaba de besos y dulzura. Con la misma parsimonia del ambiente, tú arrancabas los botones de mi blusa uno a uno, y los tragabas bebiendo directamente desde la improvisada copa de mi zapato blanquecino; y seguimos tomando hasta caer sobre la arena húmeda, que olía a mar, a lagarto, y al cadáver cercano de Ecuador Sabalú Satisfecho, .el comerciante de ganado que osó atravesar una calleja del puebo en plena canícula, y no pudo llegar al otro lado.

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  • El lenguaje que usas es muy rico y colorista, pero le veo dos pegas a este relato que podría ser excelente: 1.- La historia de amor debería ser meramente anecdótica porque la vida del pueblo mismo ya tiene suficiente fuerza como para que una historia de amor, como tantas, le reste interés. 2.- Es innecesario que utilices la segunda persona, es decir, que el narrador hable con su amante. Referirse al amante en tercera persona me parecería más acertado y le restaría ese protagonismo inneceario que tiene. O relatas la historia de amor (que resultará insípida por corriente, o relatas tu estancia en una pensión del pueblo y lo que viste con tu amante al lado, pero sin interferir) Una cosilla, en el segundo párrafo repites "en cambio". Revísalo si te apetece.
    Un historia con detalles muy buenos, sabes valorar lo externo, el escenario en sí, creando historias así no te faltarán lectores, yo el primero.... Que no afecte la opinión de Notley, aún estamos esperando algunos de los escriben aquí algún relato suyo, claro que a tanto no llega.
    A veces las mejores historias solo necesitan de un lugar, unos personajes y un clima, (eso del calor es un detalle, muy interesante), para contarse por si solas. Que las historias de amor resulten siempre las mismas, (bueno, eso puede ser discutible) es porque el hombre es hombre, las pasiones siempre han provocado las mismas emociones. Y al escribirse, suenan igual. Y no solo de las mujeres, Casanova, Don Juan, ... reflejan las mismas pasiones amorosas. Sin embargo, lo mejor es la descripición de la atmósfera de tu historia. Un saludo.
    La historia que cuentas, como todas las historias de amor, porque no hay nada nuevo bajo el sol, son siempre las mismas, triviales y anodinas. Muy propio de mujeres, como pasa en todas las novelas de amor, que aburren hasta la saciedad. Pero el ambiente está muy bien captado, es muy bueno, y el texto gana por ello muchos puntos. Está cargado de atmósfera y se siente hasta el calor que transmite. El relato aumenta por eso mismo en calidad.
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