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5 min
En Nuestro Hogar de la Alhambra
Drama |
06.01.08
  • 4
  • 6
  • 1927
Sinopsis

      Corríamos descalzos por aquellos jardines y bosques; tan libres como las hojas secas de los arboles que en otoño lo envolvían todo. Siempre corría agua fresca y había alimentos de sobra. Cientos de arboles en los que trepar y maravillosos compañeros para jugar, como lo eran las castañas, las hojas, los escarabajos… y Katty. Mi pequeña Katty. No hay un solo día que no piense en ella.

      Grandes muros de arcilla limitaban nuestra zona de recreo. Pero era divertido rebasar aquella fortaleza y hacer enfurecer a aquellos guardas que no nos querían allí. Día a día, los hombres entraban y salían de aquel castillo. No sabemos bien para qué; porque allí, por lo que pudimos averiguar los que nos adentramos, estaba casi vacío. Pero muchos de aquellos humanos nos daban alimento a cambio de dejarles estar allí. Supongo que creerían que aquel lugar era nuestro.

      Nos gustaba jugar con las crías de los humanos.       Eran cariñosos y atentos. Un poco toscos algunos… Pero algunos de ellos desprendían la esencia. Sagrado vinculo entre animal y humano. Y si te abrían los brazos; podías elegir entre seguir en el jardín, o pasar la vida con estas criaturas. Nos acariciaban, nos traían comidas; que nunca supimos de donde las sacaban. También nos enseñaban juegos divertidos, como el de hacernos correr detrás de un hilo –ese era mi favorito-. En definitiva, era divertido jugar en aquellos rasos en medio del campo que fueron ellos mismos quienes lo construyeron.

      Todo era apacible y maravilloso. El sol que entraba a duras penas entre las ramas de los arboles, la brisa que bajaba de la montaña... Todo era extraordinario, hasta que llegaban los monstruos. Eran hombres, sí, pero su crueldad contra nosotros, y algunas veces entre ellos mismos, no tenia limites. Muchos de ellos, galopaban en furiosas maquinas bípedas que alteraban la tranquilidad de la montaña.

      Mi pánico a estas criaturas aumentó un día, en el que ingenuamente, un grupo de ellos me llamaban como lo hacían los otros humanos. Fui con la promesa de caricias y comida, pero cuanto pase mi cabeza por una de las piernas de ellos, me golpearon de tal manera que salí disparado por el aire y me lastime la cintura al estréllame contra un árbol. Katty, mi Katty, me cuido después del ataque. De esta manera nació nuestro amor.

      Era muy atenta conmigo. Me mimaba inconmensurablemente. Cada pequeño detalle de ella hacia que fuera más querida aún; cuando me agarraba e insistía en limpiarme las orejas, cuando me tiraba bocados en las piernas porque sabia que no resistía las cosquillas. Cuando me deleitaba con sus danzas…

      Pero un día llegó una pareja de aquellos humanos indignos. Ella, aunque yo le decía que no fuera, acudió a la llamada de la mujer. Me decía que era una buena chica y que nunca le había hecho daño alguno. Yo me desasía entre los arbustos llamándola y suplicándole que volviera. De repente la mujer la cogió por el cuello y la atrapó entre sus brazos. ¡Esa mujer no tenia esencia alguna! Y con toda la osadía del mundo se subió a esa maquina del infierno, y con un gran estruendo se alejaron.

      Corrí tan aprisa como me permitían las patas y gritaba su nombre con cuerpo y alma. Pero no se detuvieron y siguieron colina abajo. Ella asomo su cabecita por encima de aquellos monstruos y me llamaba con la patita. No te dejare. Gritaba. Pero cada vez se alejaban más y más. De repente ella consiguió escapar y dio de bruces contra el suelo. Miro atrás horrorizada; yo la seguía llamando desesperadamente. Al verme, corrió hacia mí. Pero el monstruo rugió, giró bruscamente, y de entre una nube de polvo se abalanzo hacia ella. Mis ojos se cerraron para protegerme de ver aquello, como si ellos supiesen lo que iba a ocurrir. La mujer gritó, y el hombre que llevaba las riendas de la bestia: huyó.

      No se por qué lo hicieron. No se por qué tuvieron que quitarle la vida, sólo porque no les pertenecía. El amor de mi vida quedó tendido en el suelo. Yacente. Y yo, horrorizado, tuve que acercarme a ella para ver si seguía respirando. Pero era imposible que lo hiciera. Me quede con ella hasta que vino otro humano; la metió en un saco negro estridente y se la llevó. Le suplique con desesperación que la curara, pero parecía que no me entendía. Igual que yo no entendía sus resonancias.

      Y allí continúe, solo. Aunque lleno de gente, estaba solo. Porque no estaba quién yo más quería. Me la habían arrebatado. Y con ella mi alegría y vitalidad. Y aquel sitio dejó de ser hermoso y alegre. Al menos para mí. Dejó de ser un jardín bellísimo, y se convirtió en la más desoladora de las tumbas. Ahora me llaman arisco y solitario. Y por desconfiar del mal trato del humano: ahora mi penitencia es vivir sin ella. Pero yo sigo cumpliendo mi promesa.

      No te dejare…
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