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5 min
Enanitos
Humor |
23.12.14
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  • 715
Sinopsis

Este breve capítulo habla de los peculiares vecinos de María García Montalbán. Fragmento de la novela: ‘CALLEJÓN CON SALIDA, La vida de María García Montalbán’, escrita por Rosa Rivas Aranaga, publicada en noviembre de 2013.

Poco a poco empecé a conocer a los vecinos de mi edificio. Había un señor bastante alto que andaba muy encorvado y que todas las noches bajaba a comprobar si su coche estaba cerrado con seguro. Abría la puerta de su coche, la cerraba y luego intentaba abrirla otra vez para ver si estaba bien cerrada. Después subía a su casa, pero pasado un rato volvía a bajar para repetir exactamente el mismo ritual. No estoy segura de cuántas veces bajaba a la calle cada noche, lo que sí sé es que lo hacía todas las noches. En mi edificio vivía también una señora muy amable que alquilaba uno de los garajes. Un día cuando pasaba por delante de su garaje, me quedé estupefacta al descubrir que el garaje estaba lleno de bolsas y cajas hasta el mismísimo techo. Parecía un basurero. La señora me contó muy abiertamente que era adicta a coleccionar trastos y me dijo que no podía parar de guardar cosas. Me confesó que guardaba todo tipo de objetos: paquetes vacíos de leche, periódicos y revistas y hasta las cáscaras de huevo. Lo guardaba absolutamente todo, incluso la basura.

Según me contó Tim, mi vecino de la derecha había estado ingresado en una clínica para superar la manía de limpiarlo todo. Siempre estaba limpiando. A mí no me daba tiempo a limpiar la entrada principal de mi casa y tenía la suerte de que me la limpiaba él. El pobre hombre tuvo la desgracia de que yo me convirtiera en su vecina de la izquierda. Yo apenas tenía tiempo para recoger mi cocina, que daba justo a la galería por donde pasaban todos los vecinos para ir a sus respectivas casas, de modo que todo el mundo podía contemplar las pilas de platos apilados y las ollas grasientas de mi cocina. Su mujer siempre me miraba con cara rara, como si le resultara incomprensible que una mujer pudiera vivir con una cocina sin recoger. Me hubiera gustado tener tiempo para limpiar mi casa, pero no lo tenía. No había otra y, aunque al principio me costó acostumbrarme a vivir así, luego se convirtió en algo natural. Tampoco tenía tiempo o ganas para andar detrás de mis hijas para que hicieran las tareas de la casa que les había asignado y que hacían solo de vez en cuando. Haciendo de padre y madre, educando a mis hijas, trabajando sin parar para pagar las facturas que me perseguían sin descanso; limpiar la casa era casi lo último en que pensaba. Prefería tumbarme en el sofá, que también hay que descansar.

 

Había comprado siete figuras de enanitos muy monos en un centro de jardinería al que fui en busca de una planta para el balcón y los había colocado en la entrada al lado de una maceta con flores. Siempre me han gustado mucho los enanitos y me recordaban a Blancanieves esperando a su príncipe azul. “Algún día yo también encontraré a mi príncipe azul”, pensé. A los pocos días, al ir a bajar la basura, me crucé en la escalera con la mujer del limpialotodo, quien me dijo algo indecisa:

 

 −A veces tus enanitos aparecen colocados delante de las puertas de otros vecinos de la galería, ¿los colocas tú? −me preguntó mirándome con cierto temor a los ojos.

 

−¿A qué se refiere? −le pregunté yo perpleja−, ¿para qué iba a hacer yo eso?

 

−¿Entonces no lo haces tú misma? −preguntó como cuando un niño pequeño pregunta a su madre si de verdad los fantasmas no existen.

 

−Pues claro que no −le repetí−, será una gamberrada de algún niño o algo así.

 

−A veces, cuando abro la puerta de mi casa por las mañanas, me encuentro a uno de tus enanitos delante de mi puerta −siguió explicándome−, y no solo en mi puerta, tus enanitos están colocados delante de las puertas de otros vecinos también. Yo me encargo de volver a colocarlos en la entrada de tu puerta −terminó de contar en espera de mi reacción.

 

−Por Dios, señora −le dije atónita− ¿para qué voy a hacer yo eso? Será otra persona, no sé quién.

 

Por lo visto, la tonta de la mujer del limpialotodo se debía pensar que yo estaba como una regadera y que por eso me dedicaba a colocar enanitos delante de las puertas de los vecinos. Pues no faltaba más. Me hubiera gustado ver su cara si le hubiera dicho que mis enanitos eran muy traviesos y que no me escuchaban, a pesar de que les había prohibido terminantemente que fueran a casa de los vecinos, pues desde que habían aprendido a andar no podía controlarlos. Coloqué mis enanitos en el balcón de atrás, donde nadie pudiera tocarlos.

A mi izquierda vivía una viejecita encantadora con cuatro pelos en la cabeza que siempre iba en bata y  que limpiaba a diario los barrotes de la barandilla de la galería que daba a la calle con un trapito. En Navidades y en Pascua siempre nos mandaba una tarjeta con sus mejores deseos. Siempre he sentido debilidad por los ancianitos y de  pequeña le preguntaba a mi madre si nos los podíamos llevar a casa.

 

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  • Gracias Ricardo! Saludos
    Me gustó, sobre todo la descripción de cada personaje, todos ellos bien dibujados. Un saludo.
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    microrelato

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Rosa Rivas Aranaga estudió Traducción e Interpretación de los idiomas holandés y español. Actualmente trabaja como traductora jurado y profesora de español en Holanda. Diez años le ha llevado a Rosa Rivas escribir su primera novela, que retrata la capacidad de superación de una mujer maltratada y su fuerza y valentía para hacerse valer y sobreponerse a las dificultades, haciendo frente a su maltratador para sacar adelante a sus dos hijas y brindarles un futuro feliz. Destaca la construcción de personajes opuestos y lo paradójico de sus comportamientos: mientras los amigos más íntimos pueden mostrarse completamente insolidarios, los desconocidos sorprenden a veces con pequeños gestos cargados de felicidad para quien tiene la suerte de recibirlos. La historia tiene un enfoque psicológico y espiritual, y va acompañada de anécdotas absurdas que hacen el drama más llevadero. Trata el tema de la violencia de género, la falta de preparación por parte de la sociedad para afrontar este tipo de situaciones y refleja muchas facetas del comportamiento humano. El mensaje de este libro es: SIEMPRE HAY UNA SALIDA.

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