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6 min
Encontrarse a la parca
Reflexiones |
24.02.15
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Sinopsis

Una reflexión en torno al angustioso trance de cumplir los plazos.

Cuando dejo caer estas líneas ―me perdonarán el anglicismo. Deformación profesional, supongo―, no sé si podré acabar el artículo a tiempo de enviarlo dentro del plazo establecido. Me he puesto tarde a ello, lo reconozco. Aunque no por pereza precisamente. Y es que en el último mes he tenido que satisfacer unos cuantos encargos a los que por poco no he llegado fuera de control ―tirando, esta vez, de jerga ciclista. Creo.

Siempre me ha resultado muy divertida, al tiempo que indudablemente ilustrativa, la fórmula que en inglés se suele emplear para referirse al, en ocasiones angustioso, trance de cumplir los plazos: la reverberante, y casi apocalíptica, “to meet the deadline”. Mediante un voluntarioso ejercicio de poética traductológica ―aquí es la cacofonía lo que habrán de disculparme―, bien pudiera verterse a nuestro idioma como “encontrarse a la parca”, expresión de reminiscencias dantescas que no dista demasiado, sin embargo, de las draconianas condiciones de que se acompañan ciertos pedidos.

Dos trabajos, en concreto, se me han hecho especialmente gravosos. El primero, de índole profesional y al que, al menos, he podido sacar un buen puñado de euros ―no me van a venir mal en el sostenimiento de cierto antojo inmobiliario en el que, hará apenas un mes, me zambullí sin pensarlo dos veces―, era la traducción, del castellano al inglés, de un larguísimo estudio médico relativo al cáncer oral. Ni que decir tiene que, tras cada rato ―exiguos la mayoría, pues los quehaceres docentes monopolizan buena parte de mi tiempo; no en vano son ellos los que sufragan la sangría… digo, el alquiler― dedicado a tan apasionante documento, me invadían unos irrefrenables deseos de fumar, prueba de la naturaleza, contradictoria y autodestructiva, del ser humano.

La segunda parca a la que he tenido que hacer frente ha sido mi enésima participación en un concurso literario. Descartada, por principios, la auto publicación ―no me parece sino un negocio perverso fundado en la explotación del narcisismo de quienes son incapaces de discernir sus limitaciones―, poco más margen queda para la incorporación al quejumbroso mercado editorial ―mercadeo, cabría decir― que el envío de originales, porfiado y sistemático, a certámenes de todo pelaje. El que nos ocupa explicitaba en sus bases que la temática de los relatos debía caer dentro del cesto de la ciencia-ficción. Nada fácil, toda vez que nunca antes me había atrevido con el género… Miento como un bellaco: hace varios años, bastantes, traté de iniciar una ambiciosa distopía post apocalíptica sobre la base de la escritura automática. Matizo que “traté” porque solo alcancé a componer las primeras páginas de la misma, bajo los efectos de una exuberante batería de sustancias nefandas y, a la desgarradora luz de la mañana siguiente, ni una sola frase tenía el mínimo sentido. Creo que aún conservo “aquello”. Puede que un día lo envíe, a guisa de risotada cínica, a alguno de tantos juegos florales en los que insisto en seguir inscribiendo mi nombre. En cualquier caso, creo que mi primera aproximación sobria a la ciencia-ficción no ha quedado mal del todo ―me conformaría con ser incluido en la antología acostumbrada―; un tanto deudora, quizá, de los excesos del ciberpunk, muchas de cuyas premisas estéticas ha acabado llevándose por delante el futuro con su abrupto advenimiento digital. A tal conclusión ―que el futuro ya está aquí― llegué durante los veinte minutos que hube de pasar en absoluta inmovilidad ―de ahí seguramente el somnoliento estado de “epojé” que me llevara a disquisiciones tan inapropiadas para un viernes noche―, con la pierna derecha metida en unas estruendosas fauces robóticas; mi maltrecha rodilla bombardeada de ultrasonidos, a la búsqueda de los arcanos médicos que, cinco meses después del accidente, todavía me incapacitan incluso para un inofensivo trotecillo camino del autobús.

Mi mayor temor al comenzar, decía, era carecer del tiempo suficiente; ahora lo es a la falta de espacio― perderme en eternos excursos es un defecto que pugno por corregir, tanto en el registro escrito como en el oral. Porque en muchas ocasiones sencillamente es que no me explico―. Y no quisiera poner punto final a este pobre remedo del “Sillón de orejas” que mi admirado Manuel Rodríguez Rivero nos regala cada semana en “Babelia”, todavía decoroso suplemento cultural del cada vez más degradado diario “El País”, sin hacer brevísima referencia al par de lecturas ―tres, para ser exactos― que, entre toro y toro, he podido disfrutar:

En primer lugar, y pese a los arduos intentos de mi vecino por impedírmelo, el volumen de su televisión bastante por encima de lo que la coexistencia pacífica aconseja y un electrizante programa de investigación acerca de “La estafa de los crece pelos” ―en serio―, me sumergí, con sumo deleite y dos gruesos tapones incrustados en lo más hondo del oído medio, en la sombría recreación que del “hombre funcionario” hace Dostoievski en sus turbadoras “Memorias del subsuelo”. Especialmente deleitosas, por cuanto reales, me resultaron las continuas disputas imaginadas por el narrador, siempre resueltas en su mente con inapelables victorias que, tristemente, no tienen correlación con el mundo no ya hostil, sino cruelmente indiferente, de ahí fuera.

Para terminar, una mención ―dos, insisto en la precisión― al último nobel de literatura, el francés Patrick Modiano. El hermosísimo onirismo que envuelve al París de “Perro de primavera” y “Flores de ruina” ha supuesto una sorpresa por demás agradable. Su “Trilogía de la ocupación” aguarda turno impaciente para que le hinque el diente, cosa que sucederá, preveo, en cuanto resuelva el áspero duelo con la inconclusa “El castillo”, de Kafka, en que ando enfrascado desde hace unos días. 

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