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8 min
Encuentro fatal
Suspense |
06.07.13
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Sinopsis

A veces las personas se encuentran por casualidad. Otras veces, definitivamente no.

Los vi un minuto antes de que comenzara la función de Lohengrin en el Teatro Colón. Estaban en uno de los palcos bajos, algo por encima del nivel de la platea, a mi derecha. Los miré desde mi butaca de la tercera fila de la platea. Charlaban de manera amistosa, pero yo sabía que estaban muy lejos de ser amigos. Desvié la vista de inmediato. No tenían que saber que yo estaba ahí.  De todas formas sé muy bien que desde la altura de los palcos se distingue muy bien a toda la gente de la platea, así que lo más probable es que me hayan visto a mí antes de verlos yo a ellos. En ese momento, por la ansiedad, dirigí la vista de nuevo hacia ellos, y los dos me saludaron. Sonreían agitando las manos hacia mí cuando comenzaron a bajar las luces, mientras una voz en off indicaba que estaba prohibido en la sala sacar fotos con flash o sin flash. Yo no hice movimiento alguno, porque en seguida el teatro quedó a oscuras.

La obra que estaba viendo era de Richard Wagner, de una época anterior a la de su famosa melodía continua. Wagner fue un músico genial, aunque como persona siga siendo objeto de controversias hasta el día de hoy. La orquesta tocó con inspiración, afinada y con buen sonido, pero el tenor no tenía buena voz, sufrió para llegar a las exigencias de su rol, y por lo general cantó en otro tono para no desafinar. La gente estaba molesta, el papel de Lohengrin no puede cantarlo cualquiera, aunque sea alemán.

Al término del primer acto las luces se encendieron, y volví a la realidad. No quería encontrármelos. Pero vinieron. En cuanto la gente desalojó la sala en busca de un café, un champagne o simplemente para estirar las piernas, ellos aparecieron con una sonrisa en los labios. El primero que me saludó fue González.

-Hola, cómo estás amigo. Que placer verte en el teatro después de tanto tiempo. Lástima que el tenor esté arruinando la obra.

-Yo vengo siempre –le dije sin poder sonreír- pero no te veo nunca.

-No nos habremos cruzado.- Me respondió sin alejar esa sonrisa sarcástica de su boca. Agregó:

-¿Conoces a Munch, verdad?- Me dijo, sabiendo que lo conocía muy bien.

-Si, por supuesto.

La escena era patética. Por mi parte intentaba disimular mi descontento pero no podía, González mostraba su lado más hipócrita fingiendo una alegría desmesurada por verme y Munch…el asesino más perfecto que he conocido enseñaba los dientes como si fuese un doberman al acecho de su presa. González me tomó del brazo y me llevó al pasillo, algo lejos de Munch. Su rostro se transformó, la sonrisa se le borró de la cara y su mirada ahora era furiosa. Su mano apretó mi brazo más fuerte.

-Ninguno de nuestros conocidos se tiene que enterar de que nos vimos, Munch y yo. Vinimos al Teatro Colón porque es un lugar público, dada nuestra desconfianza mutua, para arreglar algunos asuntos, y porque ninguno de nuestro ambiente viene nunca. ¿Qué haces aquí?

-Ya te dije, vengo siempre. Muy especialmente si dan Wagner.

Me miró durante un minuto, más o menos, sin decir nada. Yo sabía que estaba evaluando si le decía la verdad o eran mentiras. Seguramente estaba pensando que fui allí enviado por algún otro para espiarlo.

-Está bien, el asunto es así: cierras la boca y no te va a pasar nada. ¿OK? De otra forma estás muerto, y sabes que no miento.

-De acuerdo.- Le dije con mi mejor voz calmada, para que se tranquilice.

González volvió a mirarme por unos instantes, directo a los ojos, con mirada escrutadora. Supe que no me había creído. En ese momento las luces de la sala comenzaron a titilar, anunciando que estaba por comenzar el segundo acto de la obra. Se fueron a sus lugares con rostros serios sin dirigirse palabra.

Durante el descanso del segundo acto me dirigí hacia el salón dorado y probé un champagne. Tuvo un efecto tranquilizador. La obra era buena en todo sentido pero el tenor era un desastre que cada vez desafinaba más y nunca daba con el tono correcto. Eso me ponía muy nervioso. Arruinaba todo. Las luces volvieron a titilar y me apresuré a bajar para volver a la platea.

Al promediar el tercer acto, cuando ya la ópera llevaba dos horas y media de representación, pedí permiso a los espectadores que estaban a mi derecha y salí al pasillo. Se molestaron un poco conmigo. Subí unos escalones y una vez en el otro pasillo, el que daba a los palcos, donde no vi a las asistentas o a la gente de vigilancia, me metí en el baño. Tenía que ir, el champagne había hecho su efecto y mi vejiga estaba completa.

Cuando salí del baño me fijé de nuevo y el pasillo de los palcos estaba desierto. Me dirigí hacia mi derecha, el primer palco tenía el número 22, pero seguí hacia el palco 24. Estaba seguro de que estaban allí. Me puse los guantes de látex que llevaba en el bolsillo externo de mi saco. Saqué la pistola 9 mm Bersa que tenía oculta en un bolsillo interno, abrí la puerta sigilosamente no sin antes volver a mirar por el pasillo para ver si alguien podía verme. Delante de mí vi a un señor mayor, una señora de pelo batido blanco, seguramente su esposa, y a otras tres personas de mediana edad muy elegantes y modernas. En el asiento más lejano a la puerta estaba González, pero el asiento de Munch estaba vacío. Tuve miedo. Miré de nuevo hacia el pasillo, no había nadie. Entonces le disparé a González en la cabeza, un tiro perfecto, fatal. Luego cerré la puerta del palco, para que todo quedara como si nada hubiese pasado.

No tenía muy claro lo que iba a hacer después, pero soy bueno para improvisar en situaciones extremas. Se sentían los gritos dentro del palco y muchos murmullos en la sala, pero la orquesta no había dejado de tocar. Caminé rápido por el pasillo hasta el baño  y me dispuse a meter la pistola sin identificación y sin marcas en uno de los tanques de agua.

Ahí estaba él, Munch. Al ver su asiento vacío imaginé que me había ido a buscar a la platea, pero no sabía qué iba a hacer al no encontrarme. Tal vez volvía al palco cuando sintió el disparo, y se le ocurrió ocultarse en el baño. Como sea, no podía usar la pistola, un disparo nos hubiera delatado, así que la guardé en el bolsillo interno de mi saco y saqué del otro bolsillo mi cuchillo KA-BAR TDI LDK, pequeño y modesto a primera vista pero mortal si lo usas bien.

No se sorprendió al verme, ni siquiera pestañeó. Siempre tuvo sangre fría y por eso es uno de los mejores. Pero yo soy tan bueno o mejor que él. Munch pensaba igual que yo, por supuesto, y no sacó un arma de fuego, sino un enorme y hermoso cuchillo de acero.

La pelea fue desigual, pero no por el tamaño de los cuchillos. Munch era excelente con armas de fuego a distancia, y cuando podía sorprenderte, pero también era un hombre muy grande y pesado. Yo siempre fui pequeño y muy ágil y tengo cientos de horas de entrenamiento en ataques con arma blanca. Así que dí un salto rápido y letal, y le hundí mi cuchillo en su cuello. No pudo reaccionar. Cayó al suelo, donde era ya hombre muerto pero me aseguré con otro “toque”.

Me limpié con varios elementos que siempre llevo en mi saco. En pocos segundos no me quedó ninguna mancha, lo comprobé mirándome atentamente en el espejo. Metí la pistola, el trapo, los algodones absorbentes y el cuchillo en el tanque de agua que está sobre el inodoro. Senté el cuerpo de Munch sobre ese inodoro y cerré la puerta. No me molesté en limpiar el piso. Salí hacia el pasillo y todo era un caos. Había policías por todos lados y por eso me apresuré a volver al área de la platea, porque no tenía nada que hacer en el lugar en donde estaba. Si me identificaban como plateísta iba a tener que dar muchas explicaciones, y decir que venía del baño sólo hubiera servido para incriminarme.

Al rato descubrieron el cuerpo. Me di cuenta por los gritos de los policías. Iba a ser una noche larga, pero había hecho un trabajo limpio y estaba tranquilo. Para eso me enviaron. Con este acto gané muy buen dinero. Sólo espero poder escuchar a un buen tenor cuando vuelva al teatro.

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  • Muchas gracias por los comentarios Stavros, la Maga, Alcázar, Paco, J.M., Elias, Shiva. Me alegra poder devolverles algo de lo que yo tomé de ustedes: lecturas para imaginar y disfrutar, todos son muy talentosos. Un abrazo!
    Buena historia. No te esperas para nada que el asesino sea la víctima final. De hecho es bastante creíble la ingenuidad del protagonista, realmente llegas a pensar que fue al teatro a disfrutar de la obra como siempre y que incluso la presencia de los 2 conocidos le causaba nerviosismo y malestar... hasta que lees el final claro. Un saludo!
    Excelente relato. La voz del asesino, y su método. La banda sonora y el espacio, le da un toque particular. Abraza al lector y lo obliga a terminar la pieza. Fue un placer, me ha dado ideas incluso para un relato que pronto compartiré con usted. Me quito el sombrero, y los guantes.
    Genial: "¿qué haces aquí?" (en Madrid, antes de comenzar la función siempre, desde que existen, ruegan "apaguen sus teléfonos móviles"... y sí, siempre suena alguno) Como dicen abajo, Wagner, a su pesar, es el preferido de los asesinos -el tenor volvió a nacer si consiguió regresar a su casa-, que además de melómanos ya vemos aquí que no les falta buen humor. Me gustó. Saludos.
    Bueno, amigo Rolando, veo que también dominas los registros de la novela negra. La verdad es que los tres relatos que te he leído abordan temáticas y estilos muy distintos y los tres demuestras tu destreza como escritor. Un relato trepidante, de acción sin tregua, con asesinos que matan sin pestañear en un escenario singular. No es la ópera donde uno espera toparse con mercenarios a sueldo. Te confieso que me mosqueó desde el principio el asunto del tenor, creí que era otro matón infiltrado, de ahí su penosa actuación. Al final, uno cantó las cuarenta y silenció a los otros dos para siempre. Sin duda, un aria memorable, Wagner, el predilecto de los nazis, estaría encantado. Saludos.
    Un relato estupendo. De lectura amena, rápida y ágil, como nuestro sicario. Me gustaría leerte más en este tipo de historias. Saludos
    Compañero Rolando, ante todo gracias por tu valoración. Siento no haber leído nada tuyo hasta hoy, pero hay tanto que leer en la web que nos falta tiempo. Coincido contigo en nuestra apreciación por el gran Kavafis, poeta grandioso y genial. En cuanto a tu texto creo que se apoya excelentemente en la mejor tradición de la novela negra, Posee un refinamiento nervioso, de golpe de gracia, cuyo suspense va in crescendo entre un vértigo de violencia, y un final magnífico, que oscila entre la insolencia y la fría extravagancia de que suelen hacer gala los sicarios. Un relato, por tanto, muy bien perfilado en sus caracteres, y que consigue mantenerte en vilo en todo momento. Enhorabuena. Un saludo muy cordial y buenas noches-stavros
  • ¿Qué sucede cuando comparas tus sueños de juventud con la realidad? Pueden pasar muchas cosas, y en esta reflexión reconozco que no me fue muy bien. Al menos en este caso.

    Un drama sin tiempo ni frontera, universal, que han sufrido y siguen sufriendo muchos hombres, por culpa de la ambición y la falta de escrúpulos de otros hombres.

    Nunca sabes la sorpresa que puede depararte la decisión de seguir a un gato negro...

    A veces una vida normal y segura de un matrimonio puede transformarse en una historia de violencia, si se pretende seguir para siempre con las costumbres habituales, enterrando muy profundo los sentimientos de cada uno.

    Una historia de persecución, argucias y distracciones. Con esos ingredientes las cosas pueden terminar muy mal, aunque a veces también se pueden obtener compensaciones inesperadas.

    Todos podemos afrontar dificultades que a veces parecen imposiblesde superar. Sin embargo siempre existe alguna forma de enfrentarnos a ellas. Y a veces se obtienen excelentes resultados, dependiendo del camino que elijamos para hacerlo.

    Cuando se vive como un esclavo maltratado una buena opción es pensar en escapar y tratar de cambiar de vida. Pero cuando sabes lo que quieres, la opción de escapar es la única posible.

    A veces, una mirada dice muchas cosas. Buenos Aires es una ciudad enorme, una de las más grandes del mundo. En el centro de la ciudad convergen millones de personas todos los días, personas que no se miran, y allí puede suceder de todo. Peleas, robos, persecuciones, son cosas de todos los días. Esta es sólo una pequeña historia de tantas que suceden.

    La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

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