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16.07.15
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Sinopsis

Desde chico me llaman la atención los perros callejeros. Su decisión para ir de un lugar a otro, su paso firme, sus miradas profundas. Me encontré con varios de ellos, pero dos me marcaron profundamente. Me hicieron reflexionar sobre una dualidad que es una constante en mi vida: ser conservador o arriesgarme a lo desconocido.

La primera vez que me pasó yo era muy chico, tendría unos 11 años. Vivía en Remedios de Escalada y volvía de un partido que se había armado contra los pibes del colegio María Reina. Lo recuerdo perfectamente.

Todos decían que él era de la vieja Italia (una mujer casi sin cuello y a la que nunca le entendí absolutamente nada de lo que decía) pero yo nunca lo supe a ciencia cierta. Para mí,  Italia, que sí alimentaba a una decena de gatos, nunca fue la dueña de Rony. Me inclino más a pensar que en algún momento indefinido de los años 80 apareció en la cuadra. Lo que sí sucedía es que el tipo dormía en el pasto de su vereda, pero esto no certifica de ninguna manera que Rony haya sido en ese o en cualquier otro momento, propiedad de la vieja Italia. Esa tarde yo caminaba para casa y cuando todavía me faltaban como 10 o 12 cuadras para llegar lo vi doblar la esquina y acercarse hacía mí. Primero dude sobre si era o no era el, pero conforme nos acercábamos el uno al otro las dudas se disiparon. Definitivamente era Rony. Me di cuenta porque su manchón blanco  del pecho con tres puntas que miraban para el hocico era irrepetible y porque con 11 años uno suele prestarles mucha atención a los perros, o por lo menos yo lo hacía. Creo que hubo un instante en el que él se dio cuenta quien era yo y atinó a cruzar la calle, pero como ya era tarde no quiso quedar en ridículo y siguió caminando firme y decidido. Esa es la palabra justa, la más indicada. El tipo iba decidido y, luego de mirarme fugazmente a los ojos como nos miramos siempre con la persona que cruzamos en una vereda, siguió su camino. Una única vez, antes de doblar, giré intrigado para ver adónde iba y puedo jurar que en ese instante él giro y se hizo el desentendido. Estoy seguro que un segundo antes había girado para verme a mí. En ese momento no me atreví a seguirlo y hasta el día de hoy me arrepiento. En la próxima esquina el tipo dobló sin dudar y lo perdí de vista. Esa noche, después de una pascualina de queso, aceitunas y huevo, me quedé en la cama dando vueltas, recordando esa fugaz mirada. Pensé que se había sentido descubierto. Que, al verlo, había puesto en riesgo una misión, una tarea o, al menos, un recorrido. Sospeché que algo era secreto y yo, involuntariamente, volviendo de un infantil partido de fútbol, lo había arruinado todo. ¿Dónde iba? ¿Por qué estaba tan lejos de nuestra cuadra? ¿volvería? ¿se había ido para siempre? y ¿por qué esa decisión, por qué esa firmeza, ese paso seguro como quien sabe perfectamente adónde va y a qué? ¿existe un lugar donde ellos se reúnen a nuestras espaldas? ¿tienen una especie de asociación?. Cientos de interrogantes taladraban mi joven mente.  Sentí un irrefrenable deseo de salir a la calle y ver si Rony había regresado, pero no me animé. 

Esa semana lo vi poco y las veces que me lo cruce lo sentí distante. Pero eso no fue todo. Desde el encuentro de aquella tarde y hasta que nos fuimos del barrio, Rony empezó a mirarme fijo  por un momento cada vez que yo salía de casa. Eran solo unos instantes. Su expresión no encerraba ni bronca, ni amenazas ni ningún otro sentimiento. Simplemente me observaba por unos segundos y luego seguía en lo suyo, o bien comiendo pasto o bien lamiéndose las partes o bien corriendo una pelota. Con el paso del tiempo y muy de a poco todo volvió a la normalidad y nunca más me crucé a Rony fuera de nuestra cuadra. Sin embargo, yo sentía que algo había quedado inconcluso entre nosotros y, aunque nunca me consideré con el valor suficiente para hacerlo, no debí marcharme sin averiguar algo más.

 

A lo largo de muchos años me he cruzado por las calles con infinidad de perros, pero nunca con aquella decisión, con aquella firmeza al caminar, con aquella fuerza en la mirada que vi en Rony,  y hasta llegué a olvidarme de los extraños sucesos del año 89….hasta hace poco.

Hace algunas semanas, un domingo, lo recuerdo bien, tuve que levantarme temprano por razones que no vienen al caso y me encontraba caminando por las calles del barrio que ahora me tiene de vecino (muy lejos de Escalada y del colegio María Reina) cuando un vagón de recuerdos, cada uno con el peso de una plomada, se me vino encima. Sentí un frío que subía por las pantorrillas y que indefectiblemente iba a llegarme al pecho en segundos. No era miedo, no era terror….era más bien una mezcla de adrenalina y ansiedad. En mi inconsciente se habían acumulado años de espera para vivir una situación similar y ahora no estaba seguro de querer hacerle frente. En dirección a mí y proveniente de la esquina de Entre Ríos y Senador Morón se acercaba con ese paso seguro y con aquella vieja decisión un perro callejero. Una nueva versión de Rony que no hizo más que baldear todo lo que me rodeaba del olor, color y sensaciones de mis 11 años. ¿Dónde iba? ¿Por qué esa decisión? ¿De dónde venía?. ¿Se reuniría con alguien? ¿Alguien lo esperaba? Conforme se acercaba, creció en mí la duda de si tenía que mirarlo a los ojos o hacerme el desentendido.  Aunque todo pasó muy rápido y el frío ya se había instalado en mi pecho, tomé el poco valor que la nostalgia me permitió y decidí hacerle frente al desafío. Cuando lo tuve a escasos metros y su presencia ya era ineludible levante la cabeza y noté que él ya tenía todo resuelto. Sus ojos ya estaban sobre mí desde hacía bastante y su mirada era mucho más serena que la mía. Esta vez nos miramos más tiempo, todo fue un poco más sostenido que en el año 89. Quizás por la edad, por la experiencia o por otra cosa, no lo sé. Lo cierto es que luego de ese mágico y eterno momento, el  tipo siguió su camino después de mantener el tiempo necesario sus ojos sobre los míos, esos ojos profundos, todo pupila, sin blanco a la vista. Ojos de perro. Me pareció ver un manchón blanco en su pecho, pero no podría asegurarlo, estaba muy nervioso. No todos los días uno vuelve a tener 11 años. Seguí unos metros más y decidí mirar hacia atrás. El se había detenido y me estaba mirando, hasta me pareció que con la cabeza hacía un gesto como invitándome. Sentí el impulso de seguirlo, para ver donde lo llevaba tamaña decisión, semejante firmeza pero no me animé. El se dio cuenta instantáneamente y sin el menor reproche en su gesto de perro, se dio vuelta y siguió calle abajo. Yo me alejé en la dirección opuesta y esa noche me costó mucho conciliar el sueño.  

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