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2 min
Encuentros desencontrados
Amor |
08.06.15
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Sinopsis

La vida misma. A veces buscamos algo y no lo encontramos. Aún cuando esta muy cerca.

 

     El día asomaba en aquel vetusto barrio. El sol, tímidamente, iluminaba las copas de los árboles. La brisa de la mañana acariciaba las hojas. Era un amanecer como todos, pero diferente. Un silencio se hacía presente. Los primeros habitantes salían a caminar las irregulares calles, esquivando pozos. Un muchacho de tez blanca, alta estatura, pelo castaño y con manos en los bolsillos, deambulaba las calles con un andar cansino y llamativo. Se dirigió hacia una plaza. Aquella plaza que visitaba todas las mañanas. Se sentó en el único banco que había y miraba la vida pasar. Durante dos interminables horas, el hombre esperaba algo. Pero nada pasó. Aquella plaza deshabitada, de un silencio sepulcral y aspecto desdibujado, guardaba algo peculiar. La mañana pasó, sin gloria, como pasan aquellas que no tienen nada para decir.

     La tarde irrumpía con convicción. El añejo barrio era muy diferente por las tardes. Gente por doquier. El silencio de las mañanas era aturdido por los ruidos de los autos. Una muchacha de tez morena, pelo oscuro y brillante como una noche estrellada, una sonrisa que irradiaba paz y que amenazaba con llevarse todo por delante, caminaba aquellas calles laberínticas hacia la misma plaza. Aquel lugar era el único espacio que seguía como la mañana. Invadía la soledad y un silencio que decía muchas cosas. La mujer se acostó en el banco y dejó pasar la tarde. Los últimos rayos del sol escapaban del día. La luna, amenazante, comenzaba a devorar el cielo. Esa era la señal para volver a casa. La chica se levantó y se fue.

     La noche emergía de golpe. El sol, cobarde, se escapaba lejos. El pueblo adoptaba un silencio de muerte. La niebla en las calles junto con la luz tenue de los faroles, hacía de las avenidas un lugar lúgubre. El chico ya en su cama, pensaba en aquella plaza. La chica, mirando al cielo en busca de respuestas, también pensaba en lo mismo. A partir de la siguiente mañana, el muchacho empezó a visitar la plazoleta por las tardes. La muchacha, en cambio, comenzó a acudir por las mañanas.

     Eso peculiar guardaba aquella plaza. Aquellos tristes encuentros desencontrados.

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